SOBRE LA PROPAGACIÓN DE LA FE CATÓLICAEN EL MUNDO ENTERO
I. NORMAS PARA LOS OBISPOS,
VICARIOS
Y PREFECTOS APOSTÓLICOS
2. Sean el alma de la misión
13. Nuestras palabras dirígense ante todo a aquellos que, como obispos, vicarios y prefectos apostólicos, están al frente de las sagradas Misiones, ya que a ellos incumbe más de cerca el deber de propagar la fe; y en ellos, y más que en ningún otro, ha depositado la Iglesia la esperanza de la expansión del cristianismo.
14. No se nos oculta su ardiente celo ni las dificultades y peligros grandísimos por los que, sobre todo últimamente, han atravesado en su empeño no sólo de conservar sus puestos y residencias, sino aun de extender todavía más el Reino de Dios. Con todo, persuadidos de su mucha piedad filial y adhesión a esta Sede Apostólica, queremos descubrirles nuestro corazón con la confianza de un padre a sus hijos.
15. Tengan, pues, ante todo, muy presente que cada uno debe ser el alma, como se dice, de su respectiva Misión. Por lo cual, edifiquen a los sacerdotes y demás colaboradores de su ministerio con palabras, obras y consejos, e infúndanles bríos y alientos para tender siempre a lo mejor. Pues conviene que cuantos en la viña del Señor trabajan de un modo o de otro sientan por propia experiencia y palpen claramente que el superior de la Misión es padre vigilante y solícito, lleno de caridad, que abraza todo y a todos con el mayor afecto; que sabe alegrarse en sus prosperidades, condolerse de sus desgracias, infundir vida y aliento a sus proyectos y loables empresas, prestándoles su concurso, e interesarse por todo lo de sus súbditos como por sus propias cosas.
3. Cuidado paternal de los misioneros
16. Como el diverso resultado de cada Misión depende de la manera de gobernarla, de ahí el peligro de poner al frente de ellas hombres ineptos o menos idóneos.
17. En efecto, el misionero novel que, inflamado por el celo de la propagación del hombre cristiano, abandona patria y parientes queridos, tiene que pasar de ordinario por largos y con mucha frecuencia peligrosos caminos; y su ánimo se halla siempre dispuesto a sufrir mil penalidades en el ministerio de ganar para Jesucristo el mayor número posible de almas.
18. Claro es que si este tal se encuentra con un superior diligente cuya prudencia y caridad le pueda ayudar en todas las cosas, sin duda que su labor habrá de resultar fructuosísima; pero, en caso contrario, muy de temer es que, fastidiado poco a poco del trabajo y de las dificultades, al fin, sin árnimo para nada, se entregue a la postración y abandono.
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