"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

jueves, 22 de enero de 2009

22 de Enero, Festividad de Dan Vicente, Diácono y Mártir y San Anastasio, Mártir



del Santoral del P. Juan Croisset, S.J.




San Vicente de Zaragoza, Diácono y Mártir




ue San Vicente uno de los más ilustres mártires de la Iglesia en España, en quien se hizo más visible cuánto puede la gracia de Je­sucristo. Nació en Huesca, según la opinión general, de una de las más distinguidas casas del país. Su padre Eutiquio era natural de Zaragoza, y su madre Enola había nacido en Huesca, en donde re­sidían habitualmente. Desde niño le entregaron sus padres á la di­rección de Valerio, obispo de Zaragoza, que le educó en toda pie­dad, haciéndole instruir así en los misterios como en los deberes de la religión, sin olvidar el estudio de las letras humanas. En poco tiempo aprovechó mucho Vicente; y viendo el santo prelado los pro­gresos que hacía en todo, le ordenó de diácono de su iglesia, encar­gándole el ministerio de la predicación, que no podía ejercitar el santo obispo por razón de su avanzada edad. Le ejerció Vicente con dignidad y con feliz resultado; porque, predicando tanto con obras como con la palabra, no sólo enseñaba y fortalecía á los fieles, sino que también convertía á la fe á buen número de gentiles.

Hacia el fin del año 303, principio de la persecución que los em­peradores Diocleciano y Maximiano movieron en España, queriendo Daciano, gobernador de la provincia de Tarragona, á cuya jurisdic­ción pertenecían Zaragoza y Valencia, demostrar su celo y actividad en que fuesen obedecidos los decretos de los emperadores, mandó prender á Valerio y á Vicente, dando orden para que fuesen condu­cidos á Valencia cargados de cadenas, con la esperanza de que se desalentarían con las fatigas y con los malos tratamientos que había encargado se les hiciesen en el camino, y le adquirirían la gloria de haber vencido á los dos mayores héroes cristianos que se conocían á la sazón en la nación española. Pero quedó no poco admirado cuando los vio en su presencia tan frescos y tan robustos como si nada hubieran padecido, á pesar de las diligencias que se habían hecho para matarlos de hambre en tan prolijo y tan penoso viaje.

Parecióle á Daciano que, para persuadir á unos hombres de aquel carácter, tendrían más fuerza los buenos términos que la severidad y las amenazas. Con esta idea, dirigiendo primero la palabra á Va­lerio, le representó que su avanzada edad estaba pidiendo de justi­cia algún descanso, y sus muchos achaques una vejez dulce y tran­quila; que uno y otro lo hallaría obedeciendo á las órdenes justas de los emperadores. Y, volviéndose después á Vicente, le dijo con afectada blandura: «Tú, hijo mío, estoy seguro que no degenerarás de la nobleza de tu sangre. Tienes ta­lento y eres noble; con que espero te harás acreedor á las honras que la generosidad de los emperadores se dig­nará dispensarte. Eres joven, eres galán, eres generoso, eres discreto y pue­des esperar los grandes favores con que te brinda la for­tuna, la cual se te presenta colmada de gracias y de di­chas. Pero para merecerlas no has me­nester más diligen­cias que no abando­nar la religión de tus antepasados. Ven, hijo mío, ríndete a lo que ordenan los emperadores, y no te expongas por una necia obstinación á una muerte anticipada y afrentosa ».

El santo anciano Valerio padecía alguna dificultad en la lengua y no podía explicarse con bastante soltura, por lo que ordenó á Vi­cente que respondiese por los dos. Tomando éste la palabra, habló á Daciano con valerosa intrepidez, diciendo: « No creas que las ame­nazas de la muerte nos han de acobardar, ni que las despreciables hondas de la vida puedan movernos á faltar á nuestra obligación; porgue has de tener entendido que no hay cosa tan estimable ni tan deliciosa en el mundo que se acerque de mil leguas al consuelo y á la honra de morir por Jesucristo».

Ofendido Daciano de la generosa libertad del santo diácono, se contentó con desterrar á Valerio, y descargó toda su cólera sobre San Vicente. Dio orden á los verdugos para que empleasen los tor­mentos más crueles, y para que inventasen también los más terri­bles que pudiesen discurrir, á fin de vengar á los dioses del despre­cio que se les había hecho; y fueron ejecutadas sus órdenes con la mayor exactitud.

Tiéndenle al punto sobre la catasta ó potro, aplícanle los cordeles y comienzan á tirarle los pies y las manos, jugando el artificio de aquella horrible máquina con tanta violencia, que luego se oyó el ruido y se percibió la dislocación de todos los huesos; de suerte que apenas se mantenían los miembros unidos al cuerpo sino por medio de los nervios. Durante este tormento, el cruel tirano preguntó á la víctima con ironía: «Y ahora, Vicente, ¿quieres decirme cuál es tu fe?—Tú realizas, respondió el diácono, el voto más ardiente de mi vida, y esto hace que te considere el mejor de mis amigos. Sigue en tu tarea». Viendo el tirano que el Santo se reía de aquel tormen­to, mandó que le rasgasen las espaldas con uñas ó garfios acerados; lo que se ejecutó por modo tan cruel, que se le descubrieron las cos­tillas hasta el espinazo. Esperaba Daciano que el santo mártir lan­zaría por lo menos algún suspiro, ó dejaría correr alguna lágrima; pero queriendo el Señor dar á entender á los hombres que sabe muy bien, cuando quiere, endulzar las penas y los trabajos que se pade­cen por su amor, hizo que el Santo sufriese este segundo suplicio con tanta constancia y alegría como había sufrido el primero.

Quedó atónito el tirano al ver tan asombrosa tranquilidad del san­to mártir en medio de los más vivos dolores; pero cuando le oyó ha­cer como burla de la crueldad de los verdugos, y que á él mismo le desafiaba que le hiciese sufrir todo lo que se le antojase, espumaba de cólera, teniéndolo por especie de insulto. Y sabiendo que las lla­gas, en dejándolas enfriar, son más dolorosas si se vuelven á abrir, ordenó que fuese despedazado de nuevo, lo que se hizo con tanta crueldad, que, arrancándole crecidos pedazos de carne, dejaban ver patentes las entrañas. Corrían arroyos de sangre por todas partes, y sólo se veía un esqueleto que vivía en fuerza de milagro. Hasta los espectadores, empedernidos idólatras, acostumbrados á ver marti­rios, apartaban la vista horrorizados de aquel santo cuerpo. Com­prendió bien el tirano que en aquella constancia se ocultaba algo so­brenatural, y que nunca podría vencer una fuerza tan superior á la suya. Mandó se suspendiesen los tormentos; pero, sin querer manifes­tarse vencido, le ordenó que á lo menos le entregase los libros sagra­dos para arrojarlos al fuego, ofreciéndole la vida si le obedecía en esto.

Vicente, con modo grato, pero santamente intrépido, respondió al juez que el fuego con que amenazaba á los libros estaría mejor empleado en el mismo Santo para acabar su sacrificio en las llamas; y también me veo obligado á prevenirte, añadió el invicto mártir, que algún día arderás tú por toda la eternidad en las del Infierno, si no renuncias el culto de los falsos dioses.

Apurado todo el sufrimiento de Daciano al oír tan inesperada res­puesta, y no pudiendo contener la indignación, mandó que al ins­tante le extendiesen en una cama de hierro ardiendo, aplicándole por todo el cuerpo láminas ó planchas encendidas.
Renovóse la alegría de Vicente á vista del nuevo tormento que le esperaba. Todo su gusto era pasar de un suplicio á otro, del ecúleo ó del potro á las parrillas, las cuales se componían de unas barras atravesadas, no de plano, sino abiertas en forma de sierra y salpi­cadas á trechos de púas agudas á manera de rallo. Su elevación era de una cuarta escasa, y se colocaban sobre carbones encendidos que estaban continuamente avivando los verdugos. Llenábanse todos de horror al ver aquel cuerpo medio desollado, amarrado con cadenas á la parrilla, cubierto de planchas ardiendo por la parte superior, mientras que la inferior la derretía el brasero. La grasa que el santo cuerpo destilaba añadía mucha fuerza á la violencia del fuego; y como si aquel conjunto de tormentos no bastase á causarle un dolor agudísimo y cruel, cuidaban los verdugos de avivársele, llenándole de sal las llagas y las heridas.

Permanecía Vicente inmóvil, los ojos fijos en el Cielo y el sem­blante risueño, adorando y bendiciendo sin cesar al Señor en aque­lla postura de inmolación y de víctima. Pero como la mano del To­dopoderoso se descubría tan visiblemente en la alegría y en la cons­tancia del santo mártir, no podía permanecer expuesto por mucho tiempo á los ojos del público un espectáculo que tanto desacreditaba el culto de los ídolos. Todos admiraban la fuerza prodigiosa del pa­ciente, y hasta los mismos gentiles clamaban que aquello no podía ser sin gran milagro; de suerte que se vio precisado Daciano á mandar retirar al invicto diácono. Encerráronle en un oscuro calabozo, donde le tendieron para descansar sobre fragmentos de vidrio y hie­rro, con severa prohibición de que se le diese el menor alimento ni el más ligero alivio; pero el Señor tuvo providencia de su siervo, porque de repente bajó una celestial luz que disipó las tinieblas del calabozo, y al mismo tiempo derramó Dios en el alma de aquel héroe una divina dulzura, un consuelo de superior orden que le inundó de alegría. Hallóse de repente restituido á su antigua robustez y mejo­rado en su natural hermosura, exhalando de su cuerpo un suavísimo olor que llenaba de fragancia aquel lugar hediondo. Bajaron á ha­cerle compañía escuadrones de espíritus angélicos, y se dejaron per­cibir los celestiales cánticos con que entonaban alabanzas al Señor; de manera que aquella horrorosa prisión se convirtió en paraíso de delicias.

La fragancia, la música y el resplandor llenaron de admiración á los guardias; pero quedaron atónitos cuando vieron á Vicente sin la más leve señal de los tormentos pasados, y convertidos en rosas los pedazos de hierro de que estaba sembrado el calabozo. No era fácil resistir á tanto tropel de prodigios. Convirtiéronse á Cristo el alcaide con los guardias, los cuales se arrojaron á los pies del Santo, pidiendo que los perdonara los tormentos que le habían hecho sufrir.

Y llegando á noticia de Daciano lo que pasaba, tomó (por desespe­ración ó despique) una resolución bien extraña. Mandó que al punto sacaran al Santo del calabozo, ordenando que le acostaran en la cama más blanda y regalada que se pudiera disponer, y dando providen­cia para que se le cuidase, sin perdonar á regalo ni á remedio. Se publicó en toda la ciudad este decreto; acudieron los fieles en tropas á la cárcel; condujeron al Santo como en triunfo por las calles; pero Vicente, apenas entró en el regalado lecho que se le tenía prevenido, cuando, como si fuera aquél el mayor de los tormentos, expiró y voló su alma al Cielo á recibir la corona y el premio de su victoria; suce­diendo esto el día 22 de Enero del año de 304.

Rabioso y fuera de sí Daciano al verse vencido y confundido por aquel héroe cristiano, mandó que fuese arrastrado su cadáver y sa­cado al campo, y que lo arrojasen en un barranco para servir de pasto á las aves y á las fieras; pero envió Dios un cuervo de grandeza extraordinaria, que le guardó y defendió de los demás animales. Ordenó el tirano que le echasen en alta mar, encerrado en un saco, para que no le diesen culto, y careciese de ese consuelo la devoción de los fieles; pero el Señor, que se burla de todos los artificios de la humana prudencia, condujo á la playa el santo cuerpo. De la playa le retiró una piadosa viuda llamada Jónica, por revelación que tuvo del mismo mártir, acompañada de un varón que recibió el mismo aviso, y le enterraron en un lugar cercano á las murallas de la ciu­dad , en el mismo sitio en que hoy se levanta una magnífica iglesia bajo la advocación de San Vicente.

Parte de sus reliquias, la estola, la túnica y un brazo de dicho Santo fueron llevadas á Francia por el rey Childeberto, cuando, sobre el año 527, y con motivo de la guerra con los visigodos arríanos, para libertar y vengar á la princesa Clotilde de los malos tratamien­tos que padecía en poder de aquéllos, sitió á Zaragoza, adonde ha­bían sido trasladadas aquellas reliquias del Santo, cuya intercesión solicitaron los zaragozanos, logrando por este medio que el rey franco levantase el sitio de la ciudad á cambio de las reliquias mencionadas, que Childeberto se llevó y depositó en la iglesia que hizo construir en París, bajo la advocación de San Vicente, y que hoy se conoce con el nombre de San Germán de los Prados.

Se guardó el santo cuerpo de San Vicente en Valencia hasta más de la mitad del siglo viii, en cuyo tiempo, para preservarle del moro Abderraman, perseguidor de las santas reliquias, fue trasla­dado al Promontorio Sacro, que hoy se llama Cabo de San Vicente. Por los años 1139 fue hallado en aquel sitio y trasladado á Lisboa, de orden del primer rey D. Alfonso, en cuya iglesia catedral se co­locó ; habiéndose perdido con el tiempo la memoria del sitio en que le dejaron, hasta el año 1614 en que se descubrió su sepulcro, con un letrero que decía ser el cuerpo de San Vicente. Los portugueses celebran la fiesta de esta traslación el día 15 de Septiembre, con aprobación del papa Sixto V.

La cabeza de San Vicente fue donada á San Dómnolo, obispo de Mans; y Metz, Castres, Besanzon y otras ciudades de Francia reci­bieron después varias reliquias del Santo.

Las ciudades dé Huesca, Zaragoza y Valencia se disputan la cuna de este célebre mártir; pero el Breviario español y la opinión más comúnmente seguida dan la preferencia á Huesca, si bien se educó en Zaragoza y fue martirizado en Valencia. Celébranse funciones á San Vicente en muchos pueblos del mundo cristiano, pero por modo solemne en Valencia, Huesca, Zaragoza, Júcar, Segura, Molina de Aragón y Lisboa.





SAN ANASTASIO, MONJE PERSA,
Y SETENTA COMPAÑEROS MÁRTIRES



ació, á fines del siglo VI, en la Persia, región occidental del Asia. Educado, como era natural, en la religión de su patria, el sabeísmo, ó sea la idolatría sidérea, y en la magia, aprendió, siendo niño, de su padre las artes mágicas. Antes de su conversión á la religión de Jesucristo, se llamaba Magúndat. Mozo ya, se alistó en el ejército de su nación, casi en constante guerra con los estados ve­cinos, sirviendo en el arma de caballería.

Hacia el año 610, Sain ó Sathin, exarca, esto es, prefecto ó te­niente general del ejército de los persas, hizo una expedición al Occidente; llegó con sus tropas, saqueándolo todo, hasta Calcedonia, y la sitió por algún tiempo. Formaba parte de este ejército el persa Magúndat.

Precisado Sain á volver al Oriente, porque Filípico conducía el ejército de Heraclio, emperador del Oriente, hacia la Persia, regre­só á su patria Magúndat y se separó del servicio militar, y por al­gún tiempo vivió en compañía de un artífice platero.

Cuando oyó el nombre de Cristo de los cautivos cristianos, comenzó á convertirse á la religión de éstos, abandonando en seguida la Per­sia en busca de gentes que le enseñaran la doctrina del Crucificado. Se dirigió á Calcedonia y á Hierápolis, y después á Jerusalén. Estando en esta ciudad en el año 614, en ocasión en que fue tomada por Cosroes II, rey de la Persia, como viese llevar con gran veneración cautiva á Ctesifon, lugar de aquella nación, la Santa Cruz que nos libró del cautiverio del pecado, yendo con ella multitud de cristia­nos prisioneros, después de tomada Jerusalén, quiso saber Magún­dat, ignorante aún de nuestra religión, qué motivo tenían los cris­tianos para estimar tanto dos maderos cruzados que habían servido para ajusticiar á un hombre.

Informado de esto y bien instruido en la doctrina cristiana, reci­bió el bautismo en el año 620, en el monasterio del abad Anastasio, á cuatro millas de la misma ciudad; con este motivo dejó el nombre pagano y tomó el de Anastasio, de origen griego, que significa resucitado, y realmente resucitó él á la vida de la gracia de Dios. No contento con ser cristiano, ingresó en dicho monasterio, que se cree fuera de PP. Carmelitas, en cuya regla vivió siete años, empleán­dolos en los ejercicios más humildes y más perfectos de la vida reli­giosa, para, en breve tiempo, como obrero de última hora, consumar su carrera en este mundo. En los calendarios de PP. Carmelitas se le considera como de su Orden. Después de admirar y contemplar la constancia de los siervos de Dios en mortificarse y en padecer por Jesucristo, no quiso leer casi otra cosa sino lo que le fomentase el más ardiente deseo de derramar su sangre por amor á Jesús.

Cumpliéronsele sus deseos. Obedeciendo á sus superiores, salió del convento para Dióspolis, Garizin y Cesárea de Palestina. En esta última ciudad fue donde por vez primera luchó Anastasio por la fe y venció á los impíos. Supo un día que algunos soldados de la guarnición hacían maleficios, y los reprendió. Súpolo Marzabana, gober­nador de la ciudad, enemigo capital de los cristianos, y mandó apre­sarle. Como declarase Anastasio ser cristiano, probó el juez de ga­narle con halagos, y, no consiguiéndolo, amarrado con cadenas fue aquél encerrado en la cárcel, donde fue cruelmente azotado, año de 627. En la prisión le confortó el Señor con una aparición de mu­cho consuelo para el mártir.

Fue enviado después al rey de Persia, quien en seguida le puso en prisión. Estando en ella, hizo revelaciones á sus compañeros de esclavitud, diciéndoles entre otras cosas: «Yo concluyo la vida ma­ñana. Algunos de vosotros seréis puestos en libertad dentro de pocos días, y el inicuo é impío rey Cosroes será matado». Llevaba Anas­tasio seis meses de prisión y de tormentos en las cárceles de Cesárea y de la Persia, y el rey remitió su causa á otro juez, el cual mandó primero que le azotasen, y después que le machacasen las piernas entre unos maderos, y que, colgado de un brazo y atada en uno de los pies una gran piedra, por espacio de dos horas le fuesen desco­yuntando sus miembros. Cansado el juez y confundido de la cons­tancia de Anastasio, mandó le cortasen la cabeza, habiendo enviado primero al martirio á setenta compañeros, los cuales fueron ahogados en un río, confesando todos su fe cristiana, el 22 de Enero del 628. Poco después de muerto Anastasio, cierto demoníaco se vistió con la túnica del mártir y se curó repentinamente.

Entre tanto llegó con su ejercito el emperador Heraclio, después de haber derrotado á los persas, y puso en libertad á los cristianos que aun estaban cautivos, diez días después del martirio de San Anastasio. En cuanto al cruel Cosroes, viendo su hijo mayor, Siróes, que su padre quería coronar á otro hijo por rey de Persia, se rebeló contra el autor de sus días, mató á vista de él al hijo á quien quería coronar, y mandó luego quitar la vida á su padre, Cosroes, á saetazos. Así se cumplieron las palabras que el mártir San Anastasio dijo á sus compañeros en la prisión.

Justino, hegúmeno, ó sea padre superior del convento á que per­teneció Anastasio, había mandado otro monje, que después escribió la vida de este mártir, á Cesárea para que le consolase en la prisión, y este religioso le acompañó á la Persia; y luego que fue martirizado Anastasio, desde allí llevó á su convento, primero elcolobio, ó túnica sin mangas que usaban los romanos antiguos, y después tam­bién las reliquias del cuerpo del mártir.

Posteriormente fue llevada á Roma su sagrada cabeza con su ve­nerable retrato ó imagen, en cuya presencia huían los demonios y sanaban los enfermos; y colocada en la iglesia contigua á la de San Pablo Apóstol, que se llamaba ad Aquas Salvias, ó de las Tres fuen­tes, que brotaron milagrosamente en el sitio en que San Pablo fue decapitado. Dicha iglesia, que se llama de San Vicente y de San Anastasio, fue construida el año 624 por Honorio I, papa, restau­rada por Adriano I en 772, y después renovada por el papa León III. Es gótica, de tres naves. Estos dos santos mártires son muy venera­dos en Roma, como lo prueba el tener otro templo en la misma ciu­dad dedicado en su honor, y con sus nombres, en la plaza de la fuente de Trevi, cerca de la de España.

La historia del glorioso mártir San Anastasio fue muy celebrada desde su muerte. Las actas de su vida comprenden dos tratados: uno que contiene su conversión, la vida monástica y la lucha que sos­tuvo por la fe; y el otro la traslación de las reliquias á Roma y la relación de muchos milagros obrados por su intercesión. A estas ac­tas dieron mucha autoridad los trescientos cincuenta obispos del Con­cilio 7.° general, 2.° de Nicea, en el año 787, ó sea ciento cincuenta y nueve años después del martirio de San Anastasio, en la sesión iv, en la cual se propuso el Concilio fijar la doctrina católica sobre el culto de las imágenes sagradas, sirviendo de ejemplo la de San Ana­stasio. Con este fin dijeron los legados del Papa: «Esta imagen de San Anastasio está hasta el presente en Roma, en su monasterio, con su preciosa cabeza, y en Sicilia hubo una mujer atormentada por el demonio, que sanó con sólo ponerla en Roma junto á la predicha sa­grada imagen de San Anastasio».

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