
Hno.A.Monasterio
INTRODUCCIÓN
resentamos la vida de una santa que fue oblata de S. Benito y su vida estuvo tan ligada a la ciudad de Roma que es conocida como Santa Francisca Romana. Nació a fines del siglo XIV; su vida transcurre prácticamente durante el Cisma de Occidente: es un período difícil de la historia de la Iglesia. De ahí que antes de hablar de su vida, es necesario referirse a las circunstancias históricas que le tocó vivir.
II. LA SITUACIÓN HISTÓRICA
1. EL GRAN CISMA DE OCCIDENTE
En el siglo XIV, durante casi setenta años, el Papado había residido en Aviñón, pues desde Clemente V (1305-1314) que, temiendo por la independencia del gobierno eclesiástico en aquella Italia tan desgarrada por las luchas partidarias y cediendo a la presión del monarca francés, permaneció en Francia sin llegar a pisar el suelo de la Ciudad Eterna, Roma. Su sucesor Juan XXII, elegido en 1316 residió permanentemente en Aviñón. Siete pontífices, todos originarios de la Francia actual, se habían sucedido en Aviñón. Como vemos lo esencial de esta época de la Historia de la Iglesia, consiste en el durable apartamiento de la residencia tradicional de la Sede Apostólica, y del suelo italiano en general, lo que puso a los Papas en una peligrosa dependencia de los reyes de Francia y amenazó gravemente su posición ecuménica. Esto trajo graves consecuencias. Pues el establecimiento en Aviñón, el nombramiento de cardenales en su mayoría franceses y la elección de siete Papas franceses uno tras otro, despertó la suspicacia de las demás naciones, y se formó la opinión de que la suprema dignidad de la Iglesia se había convertido en un instrumento dócil al servicio de la política francesa; menoscabó de una manera muy considerable la respetabilidad del Pontificado; debilitó la confianza general en el Jefe común de la cristiandad y despertó en los otros pueblos un sentimiento de oposición de carácter nacional contra el gobierno afrancesado de la Iglesia. Algunos Papas se preocuparon para que la situación cambiara. Por ejemplo Urbano V trató de volver a Roma, pero lo hizo fugazmente, regresando a Aviñón. Su sucesor Gregorio XI, puso todos los medios para restituir a Roma su papel tradicional de residencia papal, dando con esto una notable prueba de energía, sobre todo tan poco tiempo después del fracaso de su predecesor. Gregorio XI tenía sólo cuarenta y siete años cuando trasladó la corte de Aviñón a Roma poniendo fin a su largo exilio, pero moría catorce meses después. La tumultuosa elección de Urbano VI y el carácter violento y caprichoso del nuevo Papa, contribuyeron a que trece cardenales declararan nula la elección y designaran un nuevo pontífice: Clemente VII.
El mundo cristiano se dividió. Alemania, Italia, Hungría, Inglaterra y Escandinavia reconocieron a Urbano VI, instalado en Roma. Clemente VII, con su sede en Aviñón, contaba con la adhesión de Francia, Castilla y Escocia. La muerte de Urbano VI no puso fin al cisma, pues sus cardenales se apresuraron a elegir su sucesor, Bonifacio IX, que intentó restablecer la unidad ayudado por Gerson y la Universidad de París.
La muerte de Clemente VII no servirá más que para que los cardenales de Aviñón eligieran a Benedicto XII, quien obstinadamente se negará a ceder hasta el fin de sus días. Cuando muere Bonifacio IX los cardenales romanos se apresuraron a elegir un sucesor, Inocencio VII, y dos años más tarde, Gregorio XII. El Concilio de Pisa de 1409 decretó la deposición de los dos papas y veinticuatro cardenales eligen a Alejandro V, cuyo sucesor, Juan XXIII impuso la reunión de un nuevo concilio en Constanza, donde el propio Juan XXIII fue depuesto. La unidad fue restablecida merced a la elección de Martín V. Todo este período representa uno de los tiempos más difíciles de la vida eclesial, provocando un grave desconcierto en las conciencias.
2. CONSECUENCIAS:
¿Qué consecuencias trajo tanto la estancia del Papado en Aviñón, como el cisma para Italia y de manera especial para Roma? Desde el punto de vista político reina la anarquía. El historiador Fliche-Martín hace la siguiente descripción de la situación durante el pontificado de Martín V: "En los Estados pontificios se da por entonces una anarquía sin precedentes. En Roma, el desorden y la miseria están en pleno apogeo; la agitación municipal había redundado en provecho del rey de Nápoles cuyos soldados ocupaban la ciudad desde el cónclave de 1406. Por todas partes, los cimientos del poder están mal asentados y el equilibrio de fuerzas es precario. Las rivalidades políticas se entremezclan con odios familiares"
Desde el punto de vista social y económico, Roma, con el traslado del gobierno pontificio a Aviñón, cayó en una enorme incultura y en un total empobrecimiento. No es en manera alguna exageración retórica lo que el Cardenal Napoleón Orsini aseguraba al rey de Francia, después de la muerte de Clemente V en 1314: que por la traslación de la residencia pontificia a Aviñón, Roma había sido puesta al borde de la ruina. La situación no había cambiado mucho un siglo después, pues cuando el 28 de septiembre de 1420, Martín V entró solemnemente en la ciudad, tal como lo describe Fliche-Martín: "Roma ofrecía un aspecto lamentable, pues, empobrecida ya considerablemente durante el período aviñonense, sufrió mucho durante el Gran Cisma. Luchas de facciones, sitios a cargo de Ladislao de Nápoles, pillajes e insurrecciones comunales, anarquía, todo ello había llevado a la degradación de los monumentos, algunos de los cuales caían en ruina; la catedral de San Juan de Letrán estaba completamente abandonada desde que el Papa se fue de Roma y que los canónigos, que quedaron como únicos dueños de la iglesia, vivían en ella sin regla alguna y sin preocuparse por la conservación del edificio La ciudad estaba llena de bribones que se enriquecían a costa de los peregrinos. Nada se hacía contra las inundaciones o los lobos, que en años muy rigurosos franqueaban las murallas."
"Un tal período no había sido favorable al arte. Las únicas obras realizadas en tiempo del Gran Cisma son las tumbas de los Papas romanos o las de los cardenales de su obediencia. ¿Qué decir de las ruinas morales? La ciudad santa se encuentra en un desorden increíble. En 1402 vendieron los servitas de San Marcelo su biblioteca para socorrer sus necesidades; numerosos eclesiásticos hubieron igualmente de enajenar cuanto poseían. En 1414, en San Pedro, durante la fiesta de San Pedro y San Pablo, no alumbraron la Confesión ni lámparas ni velas. La Basílica de San Pablo Extramuros, cuyo tejado se había hundido, se convirtió en un establo en el que cocinaban vagabundos. Toda la ciudad adquirió un aspecto rústico; los rebaños deambulaban por ella." Este es el mundo y la ciudad en los que nació y vivió Santa Francisca Romana. Ellos forman como el fondo del Cuadro que nos permitirá contemplar con mayor nitidez la figura de su vida.
II. LA VIDA DE SANTA FRANCISCA ROMANA
1. Infancia - La Doncella
Su verdadero nombre fue el de Francesca Bussa dei Ponziani. Nació en la ciudad eterna en 1384; sus padres se llamaban Paolo Bussa de Leoni y Jacobella de Roffredecchi, ambos eran riquísimos y pertenecían a la flor y nata de la nobleza romana. Vivían cerca de Plaza Navona, en la parroquia de Santa Inés, en donde se le administró el bautismo el mismo día de su nacimiento.
Su madre era muy piadosa y le enseñó desde muy pronto a recitar el Oficio de la Virgen. Frecuentaba la iglesia de Santa-María-Nuova atendida por los Benedictinos del Monte-Oliveto en donde tenía su confesor: Don Antonio-di-Monte-Savello. Este religioso de edad madura era digno de su confianza. El historiador de su Orden lo califica como un hombre lleno del espíritu de Dios, muy versado en el estudio de la teología mística y de los caminos de perfección Le confía también la dirección espiritual de su hija Francisca, quien, desde los seis años, y durante treinta y cinco años, se irá a confesar semanalmente con Don Antonio. El eminente religioso comprendió que podía conducir a esta alma hasta las cimas de la vida mística. Desde entonces se consagra a establecer la vida espiritual de Francisca sobre los fundamentos de la humildad y de la obediencia.
Desde niña recibió una buena formación: más tarde se la verá frecuentemente rodeada de libros; gustaba de la Sagrada Escritura, especialmente de los salmos; las "visiones" que tendrá más tarde dan muestra de una cierta cultura teológica. Fueron ante todo los relatos de la vida en el desierto, a la sazón aún muy leídos, los que la marcaron. De ahí su atracción por la vida eremítica. Quiso transformar su habitación en "soledad"; construyó una pequeña gruta en el jardín del palacio familiar y se impuso desde muy pronto penitencias severas. A los once años tomó la resolución de ingresar en un monasterio y de consagrarse enteramente a Dios, pero sus padres tenían otros planes. En aquellos tiempos la voluntad de las hijas no solía contar para nada. A los doce años se casó contra su voluntad con Lorenzo Ponziani, matrimonio que suponía la alianza de dos de las familias romanas más influyentes dentro de la corriente política que acabó por provocar en 1398 la caída definitiva del municipio libre con la restauración pontificia de Bonifacio IX. Los Ponziani eran de los agricultores y ganaderos del agro romano que ese mismo siglo habían ascendido socialmente en el ciudad coincidiendo con el crepúsculo de la clase baronal determinado por el vacío político de la curia..
2. La esposa
Luego de la boda, Francisca deja la casa paterna, situada en el barrio Parrone, en el centro de Roma, para seguir a su esposo al Trastévere donde los Ponziani tenían su palacio. En el mismo vivían sus suegros, su esposo, el hermano de éste: Pauluci y su esposa Vanozza. Con su cuñada Vanozza entabla una estrecha amistad que se mantendrá durante treinta años, hasta la muerte de ésta. Ambas se ayudarán y apoyarán en la vida de piedad y en las obras de caridad. Afortunadamente, Lorenzo supo comprender y tolerar las aspiraciones religiosas de su joven esposa. A pesar del alejamiento, continuó confesándose y dirigiéndose espiritualmente con el P. Antonio en la Iglesia de Santa-María-Nuova.
Empeñada ya y ligada en matrimonio, supo vivir de acuerdo a las exigencias de su nuevo estado. Descubrió, con la ayuda de su confesor, el matrimonio como un camino de santidad; y persuadida que la verdadera santidad consiste, en primer lugar, en cumplir todos los deberes de estado con fidelidad y abnegación por amor de Dios, dedicó toda su aplicación a no descuidar ninguna de las obligaciones del estado matrimonial en que se hallaba colocada por la Divina Providencia.
En primer lugar se muestra una esposa consagrada a la atención de su esposo. Conformándose a los deseos de Lorenzo consintió, sobre todo en los primeros años de matrimonio, en vestirse con todo el decoro de su posición social: vestimentas lujosas, joyas, etc. Con el tiempo dejará el lujo y las cosas superfluas de lado para vivir en mayor sintonía con el Evangelio. En lo que nunca consintió es en concurrir a fiestas mundanas y lugares de diversión, dónde se deslizaba la frivolidad y la licencia. Sin embargo se prestaba de buena gana a las reuniones familiares y a las relaciones con el vecindario. Según su hagiógrafo fue un matrimonio feliz. La estimación, el amor y el respeto eran recíprocos; la paz y la unión fueron inalterables durante los cuarenta años que vivieron juntos.
En segundo lugar hay que destacar su preocupación por la educación de sus hijos. Tuvo tres hijos: Inés y Juan Evangelista, muertos en tierna edad, y el primogénito, Bautista, destinado a perpetuar la familia. No fió a otros el cuidado de su educación, rompiendo en este aspecto con la costumbre de las mujeres de su status, que confiaban la crianza y educación de sus hijos a nodrizas e instructores. Persuadida en que ésta es la primera obligación de una madre cristiana, se dedicó personalmente a formarlos y educarlos. Los medios que se valió para desempeñarla fueron la firmeza unida a la dulzura. Nunca consintió en sus caprichos y defectos de carácter. Desempeñó tan bien su cometido que, según su biógrafo, los dos menores murieron con fama de santidad y el mayor fue un perfecto caballero cristiano.
En tercer lugar, su preocupación fue la atención de los domésticos. Después de la muerte de su suegra Cecilia en 1400, tuvo que hacerse cargo de la dirección de la casa. En el Palacio de los Ponziani había un buen número de domésticos. En su trato con ellos, lo que más resaltaba era su bondad. Trataba que no les faltara nada desde el punto de vista material y que espiritualmente llevasen una vida verdaderamente cristiana. Cuando algún criado suyo caía enfermo no quería que se lo derivase al hospital. Decía: "Si vamos a los hospitales a servir a los pobres extraños, ¿por qué no hemos de servir dentro de casa a nuestros criados enfermos?" En pocas palabras trató de hacer de su numeroso servicio doméstico una familia de la que sólo sería excluido el blasfemo.
3. Los sufrimientos
Si bien era querida, admirada y respetada en el seno de su familia, sin embargo hubo momentos de gran sufrimiento debido a la situación política. En estos años Roma estaba dividida en dos bandos que se hacían encarnizada guerra. Los Orsini, en cuya facción ocupaba un elevado puesto Lorenzo, que luchaban a favor del Papa, mientras los Colonna, sus adversarios, acudían a Ladislao de Nápoles. Lorenzo fue gravemente herido en el costado, y perdida la batalla por las tropas pontificias, Ladislao entró victorioso en Roma tomando luego rehenes entre los miembros de las principales familias de sus enemigos, viéndose así obligada la santa a entregar a su hijo Bautista en lugar de su padre herido. Si bien lo recobró enseguida, no le duró mucho la alegría, ya que muy pronto vuelven los napolitanos a apoderarse de Roma, llevándose prisionero al primogénito de los Ponziani, después de haber saqueado el palacio de la familia; su esposo y su hijo mayor tuvieron que partir al destierro.
En medio de semejantes tribulaciones, Francisca se hizo notar por su fortaleza de ánimo y por sus obras de caridad para con los pobres, los desgraciados que lo habían perdido todo, los enfermos. En 1413-1414, Roma se había visto azotada por el doble flagelo de la peste y la carestía; Francisca transformó su palacio en hospital para con los apestados que cuidaba personalmente, y distribuyó a los hambrientos todas las reservas de grano y vino de que disponía. En estas circunstancias, muere su hijo Evangelista, y al año siguiente, su hija Inés: dos heridas muy profundas para el corazón de Francisca que sobrelleva con cristiana resignación.
La muerte de Ladislao trajo la paz a la ciudad de Roma. Los sufrimientos de los Ponziani llegaron a su término; los bienes confiscados les fueron devueltos. Lorenzo y su hijo Bautista regresaron del exilio. Francisca obtuvo que su marido se reconciliara con su enemigo. Además por consejo de su esposa, Lorenzo se entrega a una vida de mayor perfección y deja a su esposa con mayor libertad para consagrarse a la oración y a un fecundo apostolado.
4. El Apóstol
Se entrega con ardor a las obras de caridad. Acompañada por su cuñada se dedica a la atención de los más miserables en el barrio del Trastévere. Visita a los enfermos en los hospitales de Santa María in Capella, Santa Cecilia, Santo Spirito in Sassia y Campo Santo. Con el tiempo el testimonio de Francisca y Vanozza llamaron la atención de otras damas nobles que imitando su ejemplo se le unieron en la práctica de la caridad y se apartaron de las vanidades mundanas y llevaron un género de vida más coherentemente cristiano. "Para estas señoras fundó en el basílica de Santa María la Nueva, en el Foro romano, una asociación de mujeres que, no obstante llevar en sus hogares una vida de familia, vivieron de un modo más integral su cristianismo en el ejercicio de las obras de misericordia, tanto espirituales como corporales: las "oblatas seglares". Ella misma hizo su oblación el 15 de agosto de 1425 en manos del olivetano Hipólito de Roma, prior del monasterio. No era novedad para los olivetanos aceptar semejante fundación, puesto que en torno a sus monasterios muchos fieles seglares solían dedicarse con mayor empeño al servicio divino, sin abandonar sus propias familias, con el vínculo de la oblación.
Francisca hizo más: en 1433, estableció una comunidad de "oblatas regulares" en la casa de Tor de ´Specchi, que poseía en el barrio Campitelli, al pie del monte Capitolino. El papa Eugenio IV la había autorizado, a petición suya, para poseer en Roma una residencia fija, formar una comunidad, elegir, una presidenta, asociarse otras mujeres y escoger un confesor, todo ello con el consentimiento de los monjes olivetanos, a cuya Congregación estaría unido el nuevo instituto. Desde el principio Tor de' Specchi fue un monasterio, pero sus miembros no pudieron llamarse monjas, pues en aquel tiempo no se podía ser monja, esto es, las mujeres no podían hacer votos públicos y solemnes, sin obligarse a observar una clausura estricta, lo que no era el caso de la oblatas fundadas por Francisca Romana. Éstas, en efecto, hacían votos privados, llevaban una vida de oración intensa, cantaban o recitaban diariamente el oficio divino, su observancia religiosa se distinguía por su austeridad; pero salían normalmente del monasterio para realizar importantes tareas de asistencia social y otras en beneficio de la diócesis de Roma y del Obispo de Roma, el Papa. No eran las oblatas muy numerosas; en tiempo de su fundadora no solían ser más de quince. Pero enseguida se hicieron notar por su vida ejemplar y un celo nada común en su actividad caritativa." Había surgido de esa manera, comenta el cardenal benedictino Agustín Mayer, una "congregación femenina nueva y originalísima: religiosos sin votos, sin clausura, pero de vida austera, que se dedicaban al servicio de los más miserables y necesitados, a un genuino y verdadero apostolado social, la idea a la que daría una extensión prodigiosa san Vicente de Paúl pero cuya paternidad atribuiría a Francesca Ponziani san Francisco de Sales". "Por ello ha podido ver Alessandra Bartolomei en la fundación "una apertura benedictina al mundo seglar", al "regularizarse" bajo dicho impulso olivetano esa experiencia penitencial femenina que ya tenía paralelos en ese siglo y el anterior, a la vez que una inserción de la santidad en la vida urbana mercantil y artesana".
En 1436, murió Lorenzo Ponziani. Enseguida Francisca entró en el monasterio de Tor de ´Specchi el 21 de marzo de ese mismo año. Fue elegida, a pesar de su resistencia, superiora de la Asociación y se dedicó a una vida de intensa oración y a las obras de misericordia, dando ejemplo a todas las hermanas de una vida santa.
5. La Mística
Su santidad, aparte de la dimensión asistencial indefectible, fue muy nutrida de visiones sobrenaturales, combates con el demonio aliviados por la guía y la compañía constante de los ángeles, y milagros tan frecuentes como variados, "lo extraordinario insertado en lo ordinario", como afirma dom Jean Leclerq.
En primer lugar lo que llama la atención es el lugar que ocupan las visiones y apariciones demoníacas en su biografía. El demonio está siempre presente en esta existencia: la precipita por la escalera, la hace caer al agua, se disfraza de galán o de mendigo. Es por desgracia muy difícil hacer una crítica de estos relatos, pues falta el testimonio esencial, el de la propia Francisca. En efecto, sólo se conocen estos episodios a través de la relación que de ellos hace su confesor dom Juan Mattioti, y la Vita que éste escribió de la santa nunca ha sido estudiada de forma científica, aparte de que, por su propia composición, plantea difíciles problemas. Este sacerdote, al que Francisca tomó por confesor a la muerte de dom Antonio Savelli, era el párroco que Santa María del Trastévere, en cuya jurisdicción se encontraba el palacio de los Ponziani.
Más original es tal vez el mundo angélico en que vive Francisca: se asiste a lo largo de su vida al desarrollo de la devoción al Ángel de la Guarda, a quien ella tiene la gracia de ver con sus propios ojos, mientras que otros ángeles se mueven alrededor de ella. No menos característica es su devoción, por otra parte muy de la época, a la humanidad de Cristo: del nacimiento a la pasión. Esta devoción manifiesta una interiorización del sentimiento religioso, pues el Evangelio deja de ser un simple espectáculo enternecedor para convertirse en una realidad viva cuando María confía el Niño a la santa y ésta lo lleva acurrucado a Santa María la Nueva.
6. Su muerte
Llevaba viviendo cuatro años en medio de sus hermanas cuando se acercó la hora de su partida. La muerte no alcanzó a Francisca entre sus oblatas, sino en su antiguo palacio del Trastevere, a donde se había trasladado para cuidar a su hijo gravemente enfermo. Allí murió el 9 de marzo de 1440, a la edad de 56 años. Solícita en la recitación cotidiana del oficio divino según el uso de Monte Oliveto, era muy devota de la eucaristía y asidua en las meditaciones piadosas, como lo atestiguan abundantemente los documentos hagiográficos que la conciernen. De sus virtudes y de su espíritu de oración dan fe las actas de los procesos de canonización. Sus restos fueron depositados en Santa María la Nueva, y cuando Paulo V en 1608 la colocó en el número de los santos, la iglesia recibió el nombre de Santa Francisca Romana.
Conclusión
¿Para qué sirve el testimonio de los santos? La Iglesia no los canoniza para seguir ampliando su catálogo, sino para que nos sirvan de intercesores y de guías para encarnar en nuestras vidas los valores evangélicos; para crecer, como ellos, en nuestra configuración con Cristo. Ellos nacieron con una naturaleza herida por el pecado como la nuestra, pero lucharon con su egoísmo y le hicieron un lugar central a Cristo en sus vidas que los redimió plenamente.
Santa Francisca Romana fue una buscadora de Dios, de lo absoluto y supo encontrarlo tanto en su vida de intensa oración como bajo las humildes apariencias de los pobres y miserables que socorría. Supo ejercitar la caridad y la misericordia en una ciudad dividida por grandes diferencias sociales, en donde abundaban los pobres y miserables; en donde reinaban los odios y rivalidades entre las familias poderosas.
A través de la influencia que ejerce sobre las matronas con su testimonio silencioso, Roma comienza a convertirse con Francisca, no mediante una de esas conversiones súbitas y sin porvenir alguno que obtenían los predicadores de la penitencia. Se trata ahora, por el contrario, de descubrir cada vez más la exigencia de la caridad, de colaborar mediante la entrega diaria en aligerar las innumerables miserias de la ciudad, de buscar la fuente de este espíritu de servicio personal, de creer en la constante presencia de Dios, de un Dios íntimo que reside en el corazón de cada uno, un Dios que es el único fin y el único precio de la vida, sin duda objeto de fe, pero más aún de amor tierno y alegre fidelidad. Tal es el mensaje y el testimonio que nos deja Santa Francisca Romana a los hombres de hoy.
Como subraya el P. García Colombás, Santa Francisca Romana "ocupa un lugar importantísimo en la historia de la espiritualidad y de la mística católica del siglo XV. Su pertenencia a la tradición benedictina ha sido confirmada por un buen juez, Gregorio Penco: "Aunque no había emitido la profesión monástica, su vida y su actividad se encuadran admirablemente en el espíritu de la Regla y de la ascética benedictina" Su instituto, las oblatas de Tor de ´Specchi, tan nuevo en su tiempo y que en cierto modo se adelantó a las congregaciones de hermanas benedictinas de siglos posteriores, la sobrevivió hasta nuestros días".
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