

ació por el año 1085 en Vercelli, como indica su nombre, en el norte de Italia. Pocas cosas sabemos de su nacimiento e infancia, pero sí de su juventud y mocedad como un prodigio de mortificación y de don de milagros.
El solía decir a los monjes que trataban de imitar su vida y pretendían seguirle a todas partes: "Es necesario que mediante el trabajo de nuestras manos nos procuremos el sustento para el cuerpo, el vestido aunque pobre y medios necesarios para poder socorrer a los pobres. Pero ello no debe ocupar todo el día, ya que debemos encontrar tiempo suficiente para dedicarlo al cuidado de la oración con la que granjeamos nuestra salvación y la de nuestros hermanos".
Ahí estaba sintetizada la vida que él llevaba y la que quería que vivieran también cuantos quisieran estar a su lado.
Cuando todavía era un mancebo hizo una peregrinación a Santiago de Compostela que en su tiempo era muy popular y que hacían casi todos los cristianos que podían. Pero él lo hizo de modo extraordinario: Se cargó de cadenas, que casi no podía arrastrar por su gran peso, y apenas tomaba bocado. Un día llegó a las puertas de una casa de campo y parecía desfallecer. A pesar de ello habló así al dueño de la misma que parecía ser un valiente caballero: "Señor, estas cadenas se me rompen continuamente y me hacen muchos honores porque son vistas por todos. ¿No serías tan bueno que me dieras una coraza para llevarla escondida junto a mis carnes y un casquete para mi cabeza? Dicho y hecho. Guillermo salió de la presencia de aquel caballero con gran esfuerzo, ya que apenas podía moverse con tanto hierro y con los dolores enormes que le proporcionaban. Vuelto a Palermo, el rey Rogerio que había oído ya hablar muchas maravillas de aquel raro peregrino, sintió grandes deseos de verlo.
En la corte se contaban chascarrillos a su costa y cada uno lo tomaba a chacota y decía de él las cosas más raras e inverosímiles. En aquella corte había una mujer que llamaba la atención por su vida deshonesta y ella al oír hablar de la santidad del peregrino dijo a todos los cortesanos: "Yo os prometo que le haré caer a ese pobre hombre en mis redes de lascivia". Se arregló lo mejor que pudo y se dirigió a visitarle. El santo hombre la recibió con grandes muestras de simpatía y tuvo con ella una larga conversación creyendo la dama que ya lo había conquistado para el pecado. Así volvió contenta a la corte y contó sus victorias. Pero habían quedado que volvería aquella noche para pasarla con él. El santo peregrino la invitó, la tomó el brazo y le dijo: "Ven y acuéstate conmigo en este lecho nupcial". El extendió las brasas y llamaradas de una gran hoguera que había hecho preparar y se arrojó en ellas. La pobrecilla mujer, que se llamaba Inés, cayó avergonzada y prorrumpió a llorar al ver que no le tocaba el fuego al siervo de Dios. Hizo penitencia, abrazó la vida religiosa y murió santamente.
En Montevergine fundó un célebre monasterio y purificó la corte y los palacios de tanto pecado como se cometía. Príncipes y labriegos, hombre y mujeres abandonaban su mala vida y seguían su ejemplo dejándolo todo por seguir a Jesucristo.
Desde este Monte Sacro, que ahora se llama como en tiempos de San Guillermo, Monte de la Virgen (Montevergine), nuestro Santo continuaba ejerciendo un gran influjo por medio de su oración y vida de sacrificio. Lleno de méritos, murió el 25 de junio de 1142.
El mismo día: San Máximo de Turín, Obispo

Dar gracias a Dios en todo momento
(Sermones 72 y 73)
Repetidamente os he amonestado a que os ocupéis de la vida eterna mientras estáis en esta breve vida, pero veo con dolor que rechazáis mis enseñanzas: os hablo de ayunar, y son muy pocos los que ayunan; os hablo de dar limosnas, y os entregáis con más ahinco todavía en brazos de la avaricia. No me extraña, por tanto, que ignoréis qué sea orar y dar gracias a Dios, vosotros que al levantaros con las primeras luces no pensáis sino en comer, y una vez que habéis comido os abandonáis al sueño, sin acordaros para nada de dar gracias a la Divinidad que os concede el alimento para reparar fuerzas y el sueño para que descanséis.
Así pues, tú, cristiano, si quieres serlo de verdad, debes recordar de quién es el pan que comes y darle gracias. Tú mismo, cuando has regalado algo a alguien, ¿acaso no esperas que te lo agradezca y que bendiga la casa de donde procede lo que ha recibido? Y si acaso no te lo agradece, ¡con cuánta razón lo tienes por desagradecido! Del mismo modo, el Dios que nos apacienta espera de nosotros que le demos gracias por los alimentos que hemos recibido de Él, y le alabemos cuando nos hayamos satisfecho con sus dones.
Ciertamente correspondemos a los beneficios divinos cuando confesamos haberlos recibido. De otro modo, si cuando los recibimos nos callamos y los echamos en olvido, por ingratos e indignos de tanta generosidad, nos privamos de la oportunidad de recurrir en la tribulación ante el Dios cuyos beneficios no reconocimos; y como no fuimos capaces de dar gracias en la prosperidad, quedamos incapacitados para acudir a Dios en la adversidad. Y así, por ser perezosos para alabar en tiempos de bonanza habremos de llorar los peligros en tiempos de tormenta.
(...)
Ya el domingo pasado me extendí para corregir a los que, disfrutando de los dones divinos, no alaban al Creador, y utilizando los bienes celestiales, no reconocen a su Autor. Son ingratos, decía, los que siendo siervos no respetan a Dios como Señor, y siendo hijos no le honran como Padre. Pues dice Dios por el profeta: puesto que soy Señor, ¿dónde está el respeto que se me debe? Puesto que también soy Padre, ¿dónde está el amor con que se me honra? (Mal 1, 6). Por tanto, tú, como siervo, tributa a tu Señor el obsequio de tu respeto; y como hijo, manifiéstale el afecto de tu cariño. Pero cuando no eres agradecido, ni amas ni veneras a Dios, de donde vienes a ser un siervo contumaz y un hijo soberbio.
El verdadero cristiano debe dar gracias a su Padre y Señor y procurar su gloria en todo momento, como dice el Santo Apóstol: ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios ( 1 Cor 10, 31). Mira cuál dice el Apóstol que debe ser el género de vida del cristiano: alimentarse más de la fe en Cristo que de las grandes comilonas, pues más aprovecha al hombre la frecuente invocación del nombre del Señor que los múltiples y abundantes banquetes: ¡más sacia la religión que la grasa de los animales! Haced todo, dice, para la gloria de Dios.
Luego todos nuestros actos deben tener a Cristo como testigo y compañero. De este modo, haciendo el bien de la mano del que es su Autor, evitaremos el mal en virtud de su presencia, ya que nos avergonzaríamos de obrar el mal sabiendo que estamos asociados a Cristo: El nos ayuda en el bien y nos guarda del mal. Luego cuando nos levantemos con la primera luz del día, lo primero de todo será dar gracias al Salvador, y antes de hacer ninguna otra cosa debemos manifestarle nuestra piedad, porque nos ha guardado mientras dormíamos y descansábamos. Pues, ¿quién, sino Dios, guarda al hombre que duerme? En efecto, el hombre entregado al sueño carece de todo su vigor y se hace extraño a sí mismo, de manera que ni él mismo sabe dónde ha estado y, por tanto, no puede cuidar de sí. Por lo que resulta del todo necesaria la asistencia de Dios a los que duermen, ya que ellos no pueden valerse a sí mismos: Él guarda a los hombres de las insidias nocturnas, pues no hay ningún otro hombre que lo haga. Luego debo estar agradecido a Aquél que vela por mí mientras yo duermo seguro. Así, a los que se van a la cama los acoge en el regazo del descanso, los esconde en el tesoro de la paz y los oculta de la luz protegiéndolos con un velo de sombra, a fin de que la malicia de los hombres, que no puede ser combatida con benignidad, se pierda en las tinieblas; y así la oscuridad otorgue a los que se encuentran cansados la paz que no les concede la humanidad: pues los hombres, cuando no saben quién es su adversario, de mala gana conceden la paz que no querían. Debemos, por tanto, dar gracias a Cristo cuando nos levantemos, y hacer todas las obras del día en la presencia del Salvador.
¿Acaso cuando eras gentil no sabías escrutar los signos para conocer cuáles eran más propicios? Ahora es mucho más fácil: ¡sólo en la presencia de Cristo está la prosperidad de todas las cosas! El que siembra con esta señal cosechará el fruto de la vida eterna. El que empieza a caminar con este signo llegará hasta el Cielo. Así pues, todos nuestros actos deben estar presididos por el nombre de Cristo y a Él debemos referir todas las acciones de nuestra vida, como dice el Apóstol: en Él vivimos, nos movemos y somos (Hech 17, 28).
Y cuando caiga el día, debemos alabarle y cantar su gloria, a fin de que merezcamos el descanso como vencedores en la palestra de nuestras obligaciones y el sueño sea la palma de la victoria por nuestros trabajos. Para llegar a esto no solo tenemos la razón, sino también el impulso del ejemplo de las aves del cielo. Incluso la más pequeña, cuando la aurora produce las primeras luces del día, antes de salir de su nido rompe a gorjear para alabar al Creador con sus trinos, ya que no puede hacerlo con palabras: tanto más le expresan su obsequio cuanto más y mejor cantan. Lo mismo hacen al declinar el día. ¿Y qué son todos esos cantos sino una confesión de su rendido agradecimiento? Así se comportan con su Pastor las inocentes avecillas, que no pueden hacerlo de otro modo. Pues también tienen Pastor las aves del cielo como dijo el Señor: mirad las aves del cielo, que no hilan ni siembran, y vuestro Padre que está en los cielos cuida de ellas (Mt 6, 26). ¿Y con qué alimentos son apacentadas? Con los más vulgares. Pues si las aves dan gracias por tan viles alimentos, ¡cuántas más deberías darlas tú por los preciosos alimentos que recibes!
El mismo día: San Próspero de Aquitania, Seglar


i no fuera por sus escritos, todos marcados por la controversia semipelagiana, y por el testimonio del historiador Gennadio no sabríamos gran cosa de su vida que destaca por su virtud, por la perseverancia en la lucha por la ortodoxia y por el apasionamiento por la verdad.
Parece ser que era natural de Aquitania y así se añade a su nombre, como apellido, el de su patria y vió la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes que estaban en el monasterio de san Víctor, en Marsella, al sur de Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa» en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la autoría prosperoniana del poema.
Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V por la desviada enseñanza de Pelagio contraria al pensar cristiano poseído pacíficamente en la Iglesia. La reacción de san Agustín -con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos- no se hizo esperar en defensa de la fe y la sanción de los concilios de Cartago en los años 416 y 418 con la posterior aceptación del papa parecía haber solucionado para siempre el problema. Pero no fue así y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania.
Los monjes de san Víctor en Marsella empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus «Colaciones» que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por san Agustín y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes que depende del hombre la primera elección que en términos teológicos se denominará desde entonces el «initium fidei». Este es el pensamiento teológico que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal larvado y habla, y discute, y visita, y escribe a Agustín propiciando la escritura de los tratados maduros agustinianos «Sobre el don de la perseverancia» y «De la predestinación de los santos» que escribió, ya anciano, el obispo de Hipona. Es toda una controversia de alto nivel. Como es laico y su fuerza termina en su pobre persona, no cede en la verdad teológica y marcha a Roma para implicar en la defensa de la fe al mismo papa Celestino I que era ya un hombre avezado en este tipo de discusiones y escribió a los obispos galos pidiendo sometimiento al magisterio de la Iglesia recogido de san Agustín.
Se trataba de intrincadas cuestiones que, en sus matices, son para especialistas teólogos y en las que los incautos son fácil presa al engaño. En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa la que estaba sobre el tapete. Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluta libertad con la libertad del hombre que es un ser dependiente y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a la gracia. Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana se llegaba al extremo inaceptable de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si, por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible. Llegar a la expresión técnica de la fe era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos.
Muerto Casiano y fallecido también san Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del fraile y tuvo que ser el laico o seglar Próspero quien mantuviera firme y alta la bandera de la ortodoxia. Que se sepa, escribió «La vocación de todos los gentiles», «Contra el autor de las Colaciones», «Sobre la Gracia y el libre albedrío» y «De los ingratos».
Terminó sus días el seglar Próspero siendo secretario nada menos que del papa san León Magno y hasta se piensa que pudo poner su aportación en la Epístola Dogmática escrita a los Orientales para exponer magisterialmente el misterio de la Encarnación, declarando la unión Personal en Cristo contra la herejía de Nestorio y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas de Cristo.
Murió después del año 455, sin que se pueda aventurar con más exactitud la fecha de su muerte en el actual estado de investigación.
Da gusto ver en el siglo V la entrega de un laico sabio y santo responsable de su misión y puesto en la Iglesia sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época no se hablaba aún de «promocionar al laicado», ni de «laicos comprometidos», se demuestra una vez más que, para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos.
El solía decir a los monjes que trataban de imitar su vida y pretendían seguirle a todas partes: "Es necesario que mediante el trabajo de nuestras manos nos procuremos el sustento para el cuerpo, el vestido aunque pobre y medios necesarios para poder socorrer a los pobres. Pero ello no debe ocupar todo el día, ya que debemos encontrar tiempo suficiente para dedicarlo al cuidado de la oración con la que granjeamos nuestra salvación y la de nuestros hermanos".
Ahí estaba sintetizada la vida que él llevaba y la que quería que vivieran también cuantos quisieran estar a su lado.
Cuando todavía era un mancebo hizo una peregrinación a Santiago de Compostela que en su tiempo era muy popular y que hacían casi todos los cristianos que podían. Pero él lo hizo de modo extraordinario: Se cargó de cadenas, que casi no podía arrastrar por su gran peso, y apenas tomaba bocado. Un día llegó a las puertas de una casa de campo y parecía desfallecer. A pesar de ello habló así al dueño de la misma que parecía ser un valiente caballero: "Señor, estas cadenas se me rompen continuamente y me hacen muchos honores porque son vistas por todos. ¿No serías tan bueno que me dieras una coraza para llevarla escondida junto a mis carnes y un casquete para mi cabeza? Dicho y hecho. Guillermo salió de la presencia de aquel caballero con gran esfuerzo, ya que apenas podía moverse con tanto hierro y con los dolores enormes que le proporcionaban. Vuelto a Palermo, el rey Rogerio que había oído ya hablar muchas maravillas de aquel raro peregrino, sintió grandes deseos de verlo.
En la corte se contaban chascarrillos a su costa y cada uno lo tomaba a chacota y decía de él las cosas más raras e inverosímiles. En aquella corte había una mujer que llamaba la atención por su vida deshonesta y ella al oír hablar de la santidad del peregrino dijo a todos los cortesanos: "Yo os prometo que le haré caer a ese pobre hombre en mis redes de lascivia". Se arregló lo mejor que pudo y se dirigió a visitarle. El santo hombre la recibió con grandes muestras de simpatía y tuvo con ella una larga conversación creyendo la dama que ya lo había conquistado para el pecado. Así volvió contenta a la corte y contó sus victorias. Pero habían quedado que volvería aquella noche para pasarla con él. El santo peregrino la invitó, la tomó el brazo y le dijo: "Ven y acuéstate conmigo en este lecho nupcial". El extendió las brasas y llamaradas de una gran hoguera que había hecho preparar y se arrojó en ellas. La pobrecilla mujer, que se llamaba Inés, cayó avergonzada y prorrumpió a llorar al ver que no le tocaba el fuego al siervo de Dios. Hizo penitencia, abrazó la vida religiosa y murió santamente.
En Montevergine fundó un célebre monasterio y purificó la corte y los palacios de tanto pecado como se cometía. Príncipes y labriegos, hombre y mujeres abandonaban su mala vida y seguían su ejemplo dejándolo todo por seguir a Jesucristo.
Desde este Monte Sacro, que ahora se llama como en tiempos de San Guillermo, Monte de la Virgen (Montevergine), nuestro Santo continuaba ejerciendo un gran influjo por medio de su oración y vida de sacrificio. Lleno de méritos, murió el 25 de junio de 1142.
El mismo día: San Máximo de Turín, Obispo

as noticias sobre la vida de San Máximo proceden de las escasas referencias que da Gennadio de Marsella y de los datos que se deducen de los sermones escritos por el santo. Según Gennadio, no se conoce el lugar ni la fecha del nacimiento del que fue primer obispo de Turín. Por una de sus homilías, sabemos que ocupaba esa sede en el año 398, cuando se reunió en la ciudad un sínodo de los obispos de Italia del Norte y de la Galia. Tampoco son más precisos los datos que se refieren a su muerte: Gennadio sitúa el fallecimiento de San Máximo durante el reinado de Honorio y Teodosio el Joven, entre el 408 y el 423. Otras fuentes la sitúan en el año 465.
De su ingente obra homilética se conservan más de cien sermones, cuya brevedad ha hecho pensar que se trate de extractos o resúmenes. Aunque en su mayor parte siguen el ciclo litúrgico, no faltan los dedicados a conmemorar las fiestas de algunos santos y mártires turineses. Se caracterizan por su estilo claro, fluido, persuasivo, muy apropiado para combatir el paganismo que aún anidaba en su región, para consolar a los fieles antes las invasiones de los pueblos germánicos y, sobre todo, para instruirles en la doctrina cristiana.
San Máximo entiende la predicación como medicina para curar las llagas del alma y mover a la conversión. La oración, la misericordia y el ayuno son las armas que recomienda a sus fieles, para pelear como verdaderos cristianos y obtener de Dios la ayuda necesaria. Con el fin de convertir a los paganos, exige que los cristianos sean coherentes con la fe profesada.
De su ingente obra homilética se conservan más de cien sermones, cuya brevedad ha hecho pensar que se trate de extractos o resúmenes. Aunque en su mayor parte siguen el ciclo litúrgico, no faltan los dedicados a conmemorar las fiestas de algunos santos y mártires turineses. Se caracterizan por su estilo claro, fluido, persuasivo, muy apropiado para combatir el paganismo que aún anidaba en su región, para consolar a los fieles antes las invasiones de los pueblos germánicos y, sobre todo, para instruirles en la doctrina cristiana.
San Máximo entiende la predicación como medicina para curar las llagas del alma y mover a la conversión. La oración, la misericordia y el ayuno son las armas que recomienda a sus fieles, para pelear como verdaderos cristianos y obtener de Dios la ayuda necesaria. Con el fin de convertir a los paganos, exige que los cristianos sean coherentes con la fe profesada.
Dar gracias a Dios en todo momento
(Sermones 72 y 73)
Repetidamente os he amonestado a que os ocupéis de la vida eterna mientras estáis en esta breve vida, pero veo con dolor que rechazáis mis enseñanzas: os hablo de ayunar, y son muy pocos los que ayunan; os hablo de dar limosnas, y os entregáis con más ahinco todavía en brazos de la avaricia. No me extraña, por tanto, que ignoréis qué sea orar y dar gracias a Dios, vosotros que al levantaros con las primeras luces no pensáis sino en comer, y una vez que habéis comido os abandonáis al sueño, sin acordaros para nada de dar gracias a la Divinidad que os concede el alimento para reparar fuerzas y el sueño para que descanséis.
Así pues, tú, cristiano, si quieres serlo de verdad, debes recordar de quién es el pan que comes y darle gracias. Tú mismo, cuando has regalado algo a alguien, ¿acaso no esperas que te lo agradezca y que bendiga la casa de donde procede lo que ha recibido? Y si acaso no te lo agradece, ¡con cuánta razón lo tienes por desagradecido! Del mismo modo, el Dios que nos apacienta espera de nosotros que le demos gracias por los alimentos que hemos recibido de Él, y le alabemos cuando nos hayamos satisfecho con sus dones.
Ciertamente correspondemos a los beneficios divinos cuando confesamos haberlos recibido. De otro modo, si cuando los recibimos nos callamos y los echamos en olvido, por ingratos e indignos de tanta generosidad, nos privamos de la oportunidad de recurrir en la tribulación ante el Dios cuyos beneficios no reconocimos; y como no fuimos capaces de dar gracias en la prosperidad, quedamos incapacitados para acudir a Dios en la adversidad. Y así, por ser perezosos para alabar en tiempos de bonanza habremos de llorar los peligros en tiempos de tormenta.
(...)
Ya el domingo pasado me extendí para corregir a los que, disfrutando de los dones divinos, no alaban al Creador, y utilizando los bienes celestiales, no reconocen a su Autor. Son ingratos, decía, los que siendo siervos no respetan a Dios como Señor, y siendo hijos no le honran como Padre. Pues dice Dios por el profeta: puesto que soy Señor, ¿dónde está el respeto que se me debe? Puesto que también soy Padre, ¿dónde está el amor con que se me honra? (Mal 1, 6). Por tanto, tú, como siervo, tributa a tu Señor el obsequio de tu respeto; y como hijo, manifiéstale el afecto de tu cariño. Pero cuando no eres agradecido, ni amas ni veneras a Dios, de donde vienes a ser un siervo contumaz y un hijo soberbio.
El verdadero cristiano debe dar gracias a su Padre y Señor y procurar su gloria en todo momento, como dice el Santo Apóstol: ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios ( 1 Cor 10, 31). Mira cuál dice el Apóstol que debe ser el género de vida del cristiano: alimentarse más de la fe en Cristo que de las grandes comilonas, pues más aprovecha al hombre la frecuente invocación del nombre del Señor que los múltiples y abundantes banquetes: ¡más sacia la religión que la grasa de los animales! Haced todo, dice, para la gloria de Dios.
Luego todos nuestros actos deben tener a Cristo como testigo y compañero. De este modo, haciendo el bien de la mano del que es su Autor, evitaremos el mal en virtud de su presencia, ya que nos avergonzaríamos de obrar el mal sabiendo que estamos asociados a Cristo: El nos ayuda en el bien y nos guarda del mal. Luego cuando nos levantemos con la primera luz del día, lo primero de todo será dar gracias al Salvador, y antes de hacer ninguna otra cosa debemos manifestarle nuestra piedad, porque nos ha guardado mientras dormíamos y descansábamos. Pues, ¿quién, sino Dios, guarda al hombre que duerme? En efecto, el hombre entregado al sueño carece de todo su vigor y se hace extraño a sí mismo, de manera que ni él mismo sabe dónde ha estado y, por tanto, no puede cuidar de sí. Por lo que resulta del todo necesaria la asistencia de Dios a los que duermen, ya que ellos no pueden valerse a sí mismos: Él guarda a los hombres de las insidias nocturnas, pues no hay ningún otro hombre que lo haga. Luego debo estar agradecido a Aquél que vela por mí mientras yo duermo seguro. Así, a los que se van a la cama los acoge en el regazo del descanso, los esconde en el tesoro de la paz y los oculta de la luz protegiéndolos con un velo de sombra, a fin de que la malicia de los hombres, que no puede ser combatida con benignidad, se pierda en las tinieblas; y así la oscuridad otorgue a los que se encuentran cansados la paz que no les concede la humanidad: pues los hombres, cuando no saben quién es su adversario, de mala gana conceden la paz que no querían. Debemos, por tanto, dar gracias a Cristo cuando nos levantemos, y hacer todas las obras del día en la presencia del Salvador.
¿Acaso cuando eras gentil no sabías escrutar los signos para conocer cuáles eran más propicios? Ahora es mucho más fácil: ¡sólo en la presencia de Cristo está la prosperidad de todas las cosas! El que siembra con esta señal cosechará el fruto de la vida eterna. El que empieza a caminar con este signo llegará hasta el Cielo. Así pues, todos nuestros actos deben estar presididos por el nombre de Cristo y a Él debemos referir todas las acciones de nuestra vida, como dice el Apóstol: en Él vivimos, nos movemos y somos (Hech 17, 28).
Y cuando caiga el día, debemos alabarle y cantar su gloria, a fin de que merezcamos el descanso como vencedores en la palestra de nuestras obligaciones y el sueño sea la palma de la victoria por nuestros trabajos. Para llegar a esto no solo tenemos la razón, sino también el impulso del ejemplo de las aves del cielo. Incluso la más pequeña, cuando la aurora produce las primeras luces del día, antes de salir de su nido rompe a gorjear para alabar al Creador con sus trinos, ya que no puede hacerlo con palabras: tanto más le expresan su obsequio cuanto más y mejor cantan. Lo mismo hacen al declinar el día. ¿Y qué son todos esos cantos sino una confesión de su rendido agradecimiento? Así se comportan con su Pastor las inocentes avecillas, que no pueden hacerlo de otro modo. Pues también tienen Pastor las aves del cielo como dijo el Señor: mirad las aves del cielo, que no hilan ni siembran, y vuestro Padre que está en los cielos cuida de ellas (Mt 6, 26). ¿Y con qué alimentos son apacentadas? Con los más vulgares. Pues si las aves dan gracias por tan viles alimentos, ¡cuántas más deberías darlas tú por los preciosos alimentos que recibes!
El mismo día: San Próspero de Aquitania, Seglar


i no fuera por sus escritos, todos marcados por la controversia semipelagiana, y por el testimonio del historiador Gennadio no sabríamos gran cosa de su vida que destaca por su virtud, por la perseverancia en la lucha por la ortodoxia y por el apasionamiento por la verdad.
Parece ser que era natural de Aquitania y así se añade a su nombre, como apellido, el de su patria y vió la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes que estaban en el monasterio de san Víctor, en Marsella, al sur de Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa» en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la autoría prosperoniana del poema.
Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V por la desviada enseñanza de Pelagio contraria al pensar cristiano poseído pacíficamente en la Iglesia. La reacción de san Agustín -con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos- no se hizo esperar en defensa de la fe y la sanción de los concilios de Cartago en los años 416 y 418 con la posterior aceptación del papa parecía haber solucionado para siempre el problema. Pero no fue así y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania.
Los monjes de san Víctor en Marsella empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus «Colaciones» que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por san Agustín y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes que depende del hombre la primera elección que en términos teológicos se denominará desde entonces el «initium fidei». Este es el pensamiento teológico que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal larvado y habla, y discute, y visita, y escribe a Agustín propiciando la escritura de los tratados maduros agustinianos «Sobre el don de la perseverancia» y «De la predestinación de los santos» que escribió, ya anciano, el obispo de Hipona. Es toda una controversia de alto nivel. Como es laico y su fuerza termina en su pobre persona, no cede en la verdad teológica y marcha a Roma para implicar en la defensa de la fe al mismo papa Celestino I que era ya un hombre avezado en este tipo de discusiones y escribió a los obispos galos pidiendo sometimiento al magisterio de la Iglesia recogido de san Agustín.
Se trataba de intrincadas cuestiones que, en sus matices, son para especialistas teólogos y en las que los incautos son fácil presa al engaño. En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa la que estaba sobre el tapete. Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluta libertad con la libertad del hombre que es un ser dependiente y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a la gracia. Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana se llegaba al extremo inaceptable de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si, por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible. Llegar a la expresión técnica de la fe era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos.
Muerto Casiano y fallecido también san Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del fraile y tuvo que ser el laico o seglar Próspero quien mantuviera firme y alta la bandera de la ortodoxia. Que se sepa, escribió «La vocación de todos los gentiles», «Contra el autor de las Colaciones», «Sobre la Gracia y el libre albedrío» y «De los ingratos».
Terminó sus días el seglar Próspero siendo secretario nada menos que del papa san León Magno y hasta se piensa que pudo poner su aportación en la Epístola Dogmática escrita a los Orientales para exponer magisterialmente el misterio de la Encarnación, declarando la unión Personal en Cristo contra la herejía de Nestorio y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas de Cristo.
Murió después del año 455, sin que se pueda aventurar con más exactitud la fecha de su muerte en el actual estado de investigación.
Da gusto ver en el siglo V la entrega de un laico sabio y santo responsable de su misión y puesto en la Iglesia sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época no se hablaba aún de «promocionar al laicado», ni de «laicos comprometidos», se demuestra una vez más que, para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos.

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