

an Buenaventura —Juan de Fidanza— nació en Bañorea (Bagnoreggio), pequeña ciudad italiana en las cercanías de Viterbo. Un hecho milagroso ilumina su niñez como prenuncio de lo que sería su vida. Estando gravemente enfermo, su atribulada madre lo encomendó y consagró a San Francisco de Asís, por cuya intercesión y méritos recuperó la salud. Llegado a los umbrales de la juventud se afilió a la Orden fundada por su bienhechor, atraído, según el mismo Santo confiesa, por el hermoso maridaje que entre la sencillez evangélica y la ciencia veía resplandecer en la Orden franciscana. En las aulas de la universidad de París, a la sazón lumbrera del saber, escuchó las lecciones de los mejores maestros de la época a la vez que atendía con ardoroso empeño a su formación espiritual en la escuela del Pobrecillo de Asís, Sus bellas cualidades de mente y corazón, perfeccionadas por la gracia, le atrajeron la simpatía y admiración de sus maestros y condiscípulos. Alejandro de Hales decía que parecía no haber pecado Adán en Buenaventura. Durante un decenio enseñó en París con aplauso unánime. Y, cuando apenas contaba treinta y seis años, la Orden, reunida en Roma en Capítulo, le eligió por su ministro general el 2 de febrero de 1257.
A lo largo de dieciocho años viajará incansable a través de Francia e Italia, llegando a Alemania por el norte, y por el sur a España; celebrará Capítulos generales y provinciales y proveerá con clarividencia a las necesidades de la Orden, para entonces extendida por todo el mundo antiguo conocido, en cuanto a la legislación y a los estudios, y sobre todo en cuanto a la observancia de la regla, para la que señaló el justo término medio, equidistante del rigorismo intransigente y de la relajación condenable. Sus normas de gobierno son en lo substancial válidas aún hoy. después de siete siglos. Con toda razón puede llamársele en cierto sentido el segundo fundador de la Orden de Francisco de Asís, del que escribió, a petición de los frailes, una biografía, modelo en el género por la serenidad crítica, amor filial y arte literario que la hermosean.
Predicaba con frecuencia impulsado de su celo por el bien de las almas. Papas y reyes, como San Luis, rey de Francia, universidades, corporaciones eclesiásticas y especialmente comunidades religiosas de ambos sexos eran sus auditorios. Los papas le distinguieron con su aprecio, consultándole en cuestiones graves del gobierno de la Iglesia. Gregorio X (1271-76), que por consejo del Santo había sido elevado al sumo pontificado, nombróle cardenal, le consagró obispo él mismo y le retuvo a su lado para preparar el segundo concilio ecuménico de Lyón, en el que el Seráfico Doctor dirigió los debates y por su mano se realizó la unión de los griegos disidentes a la Iglesia de Roma. Fue el remate glorioso de una vida consagrada al bien de la Iglesia y de su Orden. Pocos días después, el 15 de julio de 1274, entregaba a Dios su bendita alma en medio de la consternación y tristeza del concilio, que se había dejado ganar por el irresistible encanto de su personalidad y por la santidad de su vida. El Papa mandó —caso único en la historia— que todos los sacerdotes del mundo dijeran una misa por su alma.
Si fue ingente la acción de San Buenaventura como hombre de gobierno, viendo los once gruesos volúmenes in folio de sus obras, hay que convenir que no fue inferior la que desarrolló en el aspecto científico. En los años de docencia en la universidad parisiense escribió comentarios a la Biblia y a las Sentencias de Pedro Lombardo. De la época de su gobierno nos quedan obras teológicas, apologías en que defiende la perfección evangélica y las Ordenes mendicantes de los ataques de sus adversarios, muchos centenares de sermones y opúsculos místicos; algunos, como el Itinerario del alma a Dios, son joyas inapreciables de la mística de todos los tiempos. En sus obras hallamos la síntesis definitiva del agustinismo medieval y la idea de Cristo, centro de la creación, y además la síntesis más completa de la mística cristiana. Todo ello presentado con claridad y precisión escolásticas, a la par que en un estilo armonioso y elegante, como de maestro, no sólo en las ideas, sino también en el decir. Sobre todas las otras cualidades de que están sus escritos adornados resalta una peculiar fuerza divina que el papa Sixto IV descubre en sus obras que arrastra y enfervoriza a las almas. Es la unción espiritual que rezuman todas sus páginas. Y no podía ser de otra manera, ya que la ciencia bonaventuriana no es frío ejercicio de la inteligencia, sino sabiduría, sabor de la ciencia sagrada vivida y practicada. Es, pues, muy comprensible el influjo inmenso del magisterio del santo doctor en la posteridad. Ideas y estímulos han bebido a caño libre en sus páginas maestros de la espiritualidad y almas sedientas de perfección. También en nuestra patria han sido editados repetidamente sus opúsculos auténticos y aun los espurios, pero inspirados en su espíritu o compuestos con retazos de sus obras.
En medio de actividad tan desbordante el ministro general de la Orden seráfica fue ascendiendo por las vías de la santidad hasta su cumbre más cimera. No es solamente un teólogo que puede dar razón adecuada de los fenómenos místicos merced a los profundos conocimientos que de la ciencia sagrada posee. Es parejamente un varón experimentado, que ha vivido, por lo menos, algunos de los fenómenos que analiza. Se juntan, por tanto, en su persona ciencia y experiencia. Mas no vaya a creerse que, antes de pisar las alturas de la unión mística, no tuviera el Doctor Seráfico que mantener recias luchas consigo mismo y con sus torcidas inclinaciones. Nada más aleccionador que la Carta que contiene veinticinco memoriales de perfección, breve código ascético, de valor inestimable por lo que de autobiográfico encierra. Leyéndola se columbran los esfuerzos que hizo para desligar su corazón de todo afecto desordenado de las criaturas y lograr una extremada exquisitez de conciencia y se entrevén sus progresos en el ejercicio de las virtudes. Entre sus virtudes preferidas están la humildad y la pobreza, la oración, la mortificación y la paciencia. Una ingenua leyenda, no comprobada, nos lo muestra lavando la vajilla conventual en el preciso momento que llegan con las insignias cardenalicias los enviados del Papa. Si el hecho no es real, simboliza exactamente la humildad del Santo en medio de los mayores éxitos y honores. En el desempeño de su cargo brillaron su prudencia, su humilde llaneza y amor de padre en atender a sus súbditos de cualquier categoría que fuesen. La piedad bonaventuriana es marcadamente cristocéntrica y mariana. Puso todo su empeño en imitar a Cristo, camino del alma. La Pasión sacratísima era el objeto preferido de sus meditaciones y amores seráficos. Todos los días dedicaba un obsequio especial a la Virgen Santísima y en honor suyo ordenó a sus religiosos que predicasen al pueblo la piadosa costumbre de saludarla con el rezo del Angelus. Tenerle devoción equivalía para el Santo a imitarla en su pureza y humildad.
El papa Sixto IV le canonizó el año 1482. En 1588 le proclamó doctor de la Iglesia Sixto V, asignándole el título de Doctor Seráfico. El sapientísimo León XIII le declaró príncipe de la mística. Y Pío XII exhortaba recientemente a los cultivadores de las ciencias eclesiásticas con palabras de San Buenaventura a unir el estudio con la práctica y la unción espiritual,
Grandiosa fue la actividad del Santo de Bañorea como sacerdote, como prelado y como sabio. Pero la ciencia ni la acción secaron su espíritu. Espoleado de abrasante amor a Dios y al prójimo, vivió una intensa vida interior, savia que empapaba toda su actividad de efluvios sobrenaturales. Secreto resorte de todo dinamismo sobrenaturalmente fecundo ha sido siempre una robusta vida interior. Es la lección perenne que el Santo nos brinda con las enseñanzas de su magisterio y el ejemplo de su vida. Es el camino que con gesto amable y persuasivo señala a las almas que no quieran dejarse arrastrar por este mundo ahíto de técnica, de adelantos, de prisas y velocidades supersónicas, amenazado, en cambio, de un espantoso vacío interior.
JUAN MESEGUER, O. F. M.
Oración de San Buenaventura para después de la Misa
Traspasa, dulcísimo Jesús y Señor mío,
la médula de mi alma
con el suavísimo y saludabilísimo dardo de tu amor;
con la verdadera, pura y santísima caridad apostólica,
a fin de que mi alma desfallezca y se derrita
siempre sólo en amarte y en deseo de poseerte:
que por ti suspire, y desfallezca por hallarse
en los atrios de tu Casa;
anhele ser desligada del cuerpo para unirse contigo.
Haz que mi alma tenga hambre de ti.
Pan de los ángeles, alimento de las almas santas,
Pan nuestro de cada día, lleno de fuerza,
de toda dulzura y sabor, y de todo suave deleite.
Oh Jesús, en quien desean mirar los ángeles:
tenga siempre mi corazón hambre de ti,
y el interior de mi alma rebose con la dulzura de tu sabor;
tenga siempre sed de ti, fuente de vida,
manantial de sabiduría y de ciencia,
río de luz eterna, torrente de delicias,
abundancia de la Casa de Dios:
que te desee, te busque, te halle;
que a ti vaya y a ti llegue; en ti piense, de ti hable,
y todas mis acciones encamine a honra y gloria de tu nombre,
con humildad y discreción,
con amor y deleite, con facilidad y afecto,
con perseverancia hasta el fin;
para que tú solo seas siempre mi esperanza,
toda mi confianza,
mi riqueza, mi deleite, mi contento,
mi gozo, mi descanso y mi tranquilidad, mi paz,
mi suavidad, mi perfume, mi dulzura, mi comida,
mi alimento, mi refugio, mi auxilio,
mi sabiduría, mi herencia,
mi posesión, mi tesoro,
en el cual esté siempre fija y firme
e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón. Amén
El mismo día: San Francisco Solano, Vice-patrono y Apóstol de América
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Había nacido el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla, en la Andalucía, del matrimonio de Mateo Sánchez Solano y Ana Jiménez Hidalga. Sus padres eran acomodados y cuando el niño estuvo en edad de estudiar lo entregaron a los jesuitas, que tenían entonces un colegio en el lugar. Allí aprendió las letras humanas y allí también sintió despertarse su vocación. A los veinte años, en plena adolescencia, decide vestir el sayal franciscano y acude al convento de San Lorenzo, en las afueras, donde el guardián, fray Francisco de Angulo, le abre las puertas de aquel cenobio, en donde va a poner los fundamentos de su futura santidad. Dios, en efecto, le había escogido para santo. Por entonces los franciscanos habían sentido renovarse su fervor y anhelaban imitar más de cerca a Jesucristo, siguiendo las huellas del Pobrecito de Asís. Solano, desde los primeros días de su vida religiosa, sintió en su corazón arder esta llama, se determinó a abrazarse estrechamente con Cristo, siguiendo desnudo al desnudo Jesús. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570 y verdaderamente renunció a todo para vivir unido a su modelo. Unos dos años más tarde dejaba Montilla y se trasladaba al convento de Nuestra Señora de Loreto, en las proximidades de Sevilla, donde alternó el estudio de las ciencias sagradas con la oración y la penitencia. Escogió para vivienda la celda más pequeña e incómoda del convento, bien próxima al coro, en donde pasaba buena parte de su tiempo.
Allí recibió la unción sacerdotal y un 4 de octubre cantó su primera misa en la capilla de la Virgen, hallándose presente su padre, que muy poco después dejaba este mundo. Como tenía buena voz y era muy aficionado a la música, arte que podemos decir cultivó toda su vida, le nombraron vicario de coro y predicador. La muerte de su progenitor y la ceguera de que adoleció su madre le obligaron a volver a Montilla, pero transformado en otro hombre. De su breve estancia en su ciudad natal quedó indeleble recuerdo. Aquel joven franciscano "no hermoso de rostro, moreno y enjuto", como nos lo describe uno de sus contemporáneos, se atrajo las miradas de todos por el espíritu con que hablaba y la santidad que emanaba de todo su ser. Aún se cuenta que hizo varias curaciones, pero el más evidente indicio de su ascendiente sobrenatural nos lo da el hecho de haber pedido la marquesa de Priego, la señora del lugar, un hábito de fray Francisco para que le sirviese de mortaja.
Tan sólidas eran ya sus virtudes que los superiores de la Orden le enviaron a Arrizafa, en las cercanías de Córdoba, a fin de que en esa recolección ejerciese el cargo de maestro de novicios. Nadie mejor que él para servir de guía a quienes aspiraban a realizar íntegramente el ideal del fraile menor. Tres años vivió en este convento y el 1581 pasa a San Francisco del Monte, monasterio escondido entre los breñales de la Sierra Morena. En aquélla soledad su espíritu se expande y se une más estrechamente a Dios. No olvida, sin embargo, a sus hermanos, y, cuando la peste diezma a los vecinos de Montoro, acude solícito a ayudar a los enfermos a bien morir y a curar a los atacados del mal. Le acompaña un buen hermano lego, fray Buenaventura, que al fin sucumbe también a los rigores de la peste, y Solano continúa asistiendo a sus hermanos dolientes en la iglesia de San Sebastián, transformada en hospital, donde aún se conserva un cuadro que recuerda su caridad.
Se le nombra guardián del convento y a los tres años se le envía al convento de San Luis de la Zubia, en la vega de Granada. Aquí termina su labor en España, porque en 1588 solicita pasar a América en compañía del padre comisario, fray Baltasar Navarro, que ha venido en busca de misioneros. Ciérrase entonces la primera etapa de su vida; la segunda le verá en las apartadas regiones del Tucumán, convertido en misionero de indios, hasta el año 1602, en que se le ordena volver al Perú, donde entabla la estricta observancia de los recoletos y donde fallece en 1610. Estas tres etapas en que podemos dividir su vida son bien marcadas y cada una de ellas tiene su carácter peculiar. En España ha alternado el estudio de la perfección religiosa con el de las ciencias y los cargos de gobierno con el ministerio apostólico, pero esto último lo hace sólo a intervalos y no de una manera metódica y continua. Es la etapa de preparación y en la cual se macizan sus virtudes. Cuando tome la carabela que le ha de conducir a Tierra Firme ya Solano es un santo, es el varón de Dios, que lo pisotea todo para unirse a su Señor.
El 3 de marzo de 1589 pasaba la barra de Sanlúcar la flota que conducía al nuevo virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza. En una de las naves, oculto a las miradas de todos, viajaba nuestro héroe, acompañado por un regular grupo de hermanos suyos que pasaban a América a conquistar para Cristo muchas almas. Con viento favorable llegaban a Cartagena el 7 de mayo y, tras unos días de espera en aquel puerto, pasaban a Portobelo y de aquí a Panamá, adonde debió llegar Solano a fines del mes de junio de 1589. La falta de embarcaciones le obligó a permanecer en aquel mortífero clima, donde perdieron la vida dos de los franciscanos que venían en su compañía, Después de cuatro meses lograron hallar una nave que los condujese al Perú, pero tan descuadernada que unos cuantos golpes de mar, como luego veremos, bastaron para dar al través con ella. Solano, en compañía del padre fray Diego de Pineda y de fray Francisco de Torres, tomó pasaje a su bordo, y la embarcación levó anclas en el puerto de Perico y se dio a la vela para el Callao.
La navegación desde Panamá hasta aquel puerto se hacía difícil, así por tener que vencer la corriente marina que baña aquellas costas como por la falta de viento, sobre todo en esta época del año. Así sucedió entonces, y en la vecindad de la isla de la Gorgona, frente a las costas de la actual Colombia, aquella frágil nave vino a zozobrar. En un batel lograron llegar a tierra algunos de los pasajeros y tripulantes, pero Solano permaneció sereno en los restos flotantes de la nave, alentando a los náufragos y auxiliándolos en aquel caso extremo. Cuando el batel volvió en su busca fue el último en acogerse a él, y lo hizo lanzándose al mar, después de arrollar el hábito a la cintura. Una vez en la playa, y cubierto tan sólo con la túnica, fue en busca del hábito que había perdido y lo halló en la arena. San Francisco, como él decía, le había dado aquel hábito y él también se lo había de devolver.
Por más de dos meses hubieron de permanecer los náufragos en la costa, desprovistos de todo auxilio. Uno de los compañeros de Solano había perecido en el naufragio, el otro, cansado de esperar, decidió salir en el batel con otros compañeros en busca de socorro. Tenían que alimentarse de peces, mariscos y hierbas silvestres, y no sin trabajo los encontraban. Solano, olvidado de sí, procuraba levantar el ánimo de sus compañeros, aliviaba sus males y les daba cuanto caía en sus manos y podía servir para su sustento. Parece que en más de una ocasión su pesca tuvo todos los contornos de milagrosa. El Señor escuchaba a su siervo. Al fin arribó el socorro tan ansiado. A últimos de diciembre una nave recogió a los náufragos y los condujo al puerto de Pafta, al norte del Perú. De aquí continuó Solano su camino por tierra hasta llegar a la ciudad de los reyes, Lima. Cruzó aquella costa desierta, interrumpida, a veces por los valles que riegan los ríos que bajan de la cordillera, y en 1590 entraba en la capital del virreinato, donde ya le había precedido el virrey don García y en donde por aquel tiempo gobernaba aquella iglesia un esclarecido prelado, Santo Toribio de Mogrovejo.
Solano ardía en deseos de pasar a las Misiones a que estaba destinado. Fray Baltasar, que le había traído consigo, atendió sus ruegos y con otros ocho religiosos emprendió el camino que conducía al Tucumán. La distancia era enorme. Basta fijar los ojos en un mapa de América para darse cuenta del inmenso espacio que había que recorrer. Pero a esta dificultad se añadía otra mayor: la de la aspereza y rigor de la tierra. Había que trasmontar los Andes, y luego de cruzarlos, llegar hasta el Cuzco, para tomar después el camino que conduce al Callao, esto es, a la meseta frígida y desnuda casi de vegetación que domina la actual Bolivia y se prolonga casi hasta los confines del Norte argentino. Aquí comenzaba la bajada abrupta y sinuosa hasta Salta y más abajo a las llanuras del Tucumán. Solano hubo de arrostrar esta jornada caminando unas veces a pie, otras en pobres cabalgaduras, y sufriendo todas las consecuencias de la falta de abrigo de las rigideces del clima. Si por allí habían pasado los conquistadores y capitanes en busca del Dorado y del rico cerro de Potosí, ¿iban a mostrarse menos animosos los discípulos de Cristo, los conquistadores de las almas?
En noviembre de 1590, según la carta del comisario fray Baltasar Navarro a Su Majestad, llegaba la expedición al Tucumán (carta fechada en Santiago del Estero el 26 de enero de 1591). En todo aquel territorio no había por aquel tiempo sino dos obispados, el del Tucumán y el del Río de la Plata. El primero era tan pobre, decía su obispo, fray Fernando Trejo, en 1601, que su catedral carecía de ornamentos decentes y no tenia cómo poder levantar el seminario. Los franciscanos, dominicos y mercedarios habían penetrado en la región años hacía, pero su número era muy escaso. Tras ellos vinieron los padres de la Compañía de Jesús, pocos también. En 1610 la Orden de Santo Domingo sólo tenía un convento en Córdoba; los franciscanos tenían seis: en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Rioja, Talavera y Salta, pero en el que más había seis o siete frailes y en el que menos dos o tres; los mercedarios tenían también seis casas, en las mismas ciudades, pero su número era menor; finalmente la Compañía sólo tenía domicilios en Córdoba y en Tucumán, aunque en el primero los religiosos pasaban de veinte. Si esto sucedía en 1610, ya podremos calcular lo que sería en 1591, o sea unos veinte años antes, en el momento en que Solano arriba a esas tierras.
Muy escasa es la documentación que poseemos sobre sus actividades apostólicas en el Norte argentino. Casi todos sus biógrafos, aun en la época moderna, no han hecho otra cosa sino inspirarse, no siempre con fidelidad, en las declaraciones de los procesos. Por fortuna, éstos se llevaron a cabo cuando aún vivían muchos que habían conocido y tratado al Santo, y de allí que su testimonio sea de calidad. Fray Francisco permaneció en el Tucumán sólo once años, de 1591 a 1602, primero como misionero y doctrinero de Socotonio y la Magdalena, y a partir de 1595, como custodio o viceprovincial de todos los conventos del Tucumán y del Paraguay, dependientes de la provincia del Perú.
La labor del misionero era ardua. No sólo había que vencer la resistencia del indígena, receloso siempre de los españoles, de quienes había recibido y recibía muchas vejaciones, sino, además, romper con las dificultades de la lengua y las que oponía la misma naturaleza, en un país cruzado por montes y ríos y en su mayor parte deshabitado. La caridad y mansedumbre de Solano y la pobreza de su hábito le ganó el corazón de los indios; se aplicó al estudio de su lengua y Dios ayudó sus esfuerzos. Se dice que poseyó el don de lenguas, pero no está de más advertir que, por las declaraciones de quienes le trataron, el capitán Andrés García de Valdés le enseñó la Tonocote y uno de sus compañeros confiesa que tardó cuatro meses en aprender otra de las lenguas indígenas. Sin embargo, en su caso se renovó el milagro del día de Pentecostés, porque, hablando en una sola lengua, sus oyentes le entendían como si les hablara en la propia.
El Santo se impuso a aquellas mentes casi infantiles y el secreto de sus éxitos estuvo en su perfecta unión con Dios. Hay un hecho que aparece referido por uno de los testigos de los procesos, el cura de la Nueva Rioja, don Manuel Núñez Maestro, pero sus biógrafos lo han desfigurado y hasta lo han hecho inverosímil. El Jueves Santo del año 1593 Solano se encuentra en la población, que apenas lleva dos años de fundada. Ha venido invitado por el cura. Cuarenta y cinco caciques con su respectivo séquito se dan cita en el mismo lugar y este número de indios alarma al teniente de gobernador, quien aconseja a los vecinos preparar las armas. En la noche, como era el uso de España y de muchas ciudades del Perú, va en la procesión un grupo de disciplinantes, desnudos medio cuerpo arriba, azotando sus espaldas. Los indios no salen de su asombro. Solano aprovecha la ocasión para hablarles del Redentor y de sus sufrimientos por nosotros; les cautiva y le piden que los instruya en los misterios de la fe. Algunos dieron en decir que los bautizó a poco a todos y que su número llegaría a 9.000. el cura Núñez no dice esto. Sus palabras textuales son: “Los retuvo a todos hasta que fueron bautizados”.
Solano no podía desconocer lo que habían ordenado sobre el particular los concilios limenses de 1567 y 1584. En el Tucumán se conocían esas prescripciones y en 1597 las hacía suyas el sínodo celebrado en Santiago del Estero por el obispo Trejo. Tampoco nos parece verosímil que fueran 9.000 los bautizados. El cura Núñez dice solamente que el número de indios llegaría a 9.000, pero es más que probable que en ese número incluía los de la región o los que estaban sujetos a los caciques que hicieron su aparición en la Rioja. Aun reduciendo el hecho a sus debidas proporciones, la acción del apóstol campea y sobresale. Tampoco creemos, como algunos afirman, que su actividad se extendiera al Gran Chaco y a otras regiones alejadas del Tucumán. No hay fundamento para asegurarlo. Santiago del Estero, la desaparecida Esteco, la Rioja y Córdoba fueron el teatro de sus hazañas, En todos estos lugares dejó las huellas de su paso y testimonios evidentes de su santidad. Cítanse las fuentes de Talavera o Esteco y la de la Nueva Rioja. En ambas brotó el agua al conjuro de la voz de Solano. De la primera apenas cabe dudar, pues cuando, en 1617, pasó por allí el visitador del Tucumán, don Francisco de Alfaro, todos le señalaron la fuente del Padre Solano que allí brotaba copiosamente.
En el año 1601 los superiores le llaman al Perú, Querían servirse de él para la nueva recolección de Nuestra Señora de los Ángeles, que estaba a punto de fundarse en Lima. Obediente a la voz de Dios, emprende el largo camino que le separa de aquella ciudad. Su humildad no acepta el cargo de guardián y queda como vicario. No mucho después el comisario fray Juan Venido le envía a la ciudad de Trujillo, en calidad de guardián. Esta vez no puede rehuir el cargo. En 1604 vuelve nuevamente a la recoIeta de Lima y en diciembre del siguiente año, abandonando su retiro y, con un crucifijo en la mano, sale por calles y plazas, exhortando a todos a hacer penitencia de sus pecados y amenazando a los reacios con los castigos de Dios. La vista de aquel fraile, espejo de la penitencia, el ardor de su mirada y el fuego de sus palabras, conmueve a sus oyentes. Le siguen hasta la plaza Mayor y allí el gentío se hace cada vez más numeroso. Resuenan por los aires las voces de perdón y por toda la ciudad cunde la voz de un inminente castigo del cielo. Recientes están los ejemplos de Arica y Arequipa, asoladas por un terremoto, de modo que aquélla noche hubo que dejar abiertas las iglesias, por el gran concurso de gente que pedía a gritos confesión.
La ciudad pasó la noche en alarma. Hasta Rosa, la virgen incomparable, azota su cuerpo sin piedad, pidiendo a Dios por los pecadores. El virrey, conde de Monterrey, manda al siguiente día hacer una averiguación del hecho. Ordena, de acuerdo con el padre comisario, que un tribunal examine e inquiera del predicador lo que ha dicho y las causas que le han movido a decirlo. Solano se presenta sereno y, como ha obrado por divino impulso, no hace sino exponer la verdad. Sin embargo, recibió una admonición, a fin de que en adelante no perturbara la tranquilidad de los habitantes.
En lo sucesivo su vida es más del cielo que de la tierra. Sus fuerzas van decayendo visiblemente y por esta causa se le traslada al convento de Jesús, de Lima, donde, tras breve enfermedad, causada más por las privaciones y trabajos que por el desgaste natural del organismo, fallece el día de San Buenaventura, 14 de julio de 1610, cuando se elevaba la hostia en la misa mayor. Su entierro tuvo contornos apoteósicos. El virrey, marqués de Montesclaros, y el arzobispo Lobo Guerrero son los primeros en conducir el féretro a la iglesia, donde la guardia de alabarderos apenas puede contener a la multitud. Predica sus virtudes el provincial de la Compañía, Juan Sebastián de la Farra, y se le da sepultura en la cripta de la iglesia, donde más tarde se levantará una capilla. El mismo año de su muerte, a 21 de julio de 1610, se empezaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado el que la santidad de Clemente X lo beatificase en el año 1675 y Benedicto XIII lo proclamase Santo en 1726.
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