
os antiguos martirológios transmiten la noticia de que San Apolinar fue el primer obispo de Ravena, en el norte de Italia, y que murió mártir, según parece, a fines del siglo II. Pero estas mismas noticias y otras que sobre él se nos transmiten están envueltas en el misterio y rodeadas de multitud de leyendas.
Lo más seguro respecto de este Santo, tan celebrado por otra parte en la antigüedad, es lo siguiente:
San Pedro Crisólogo, obispo de Ravena en la segunda mitad del siglo V (432-452), nos dice en el sermón 128 que Apolinar fue el primer obispo de Ravena y el único mártir de la ciudad. Ahora bien, especificando algo más el concepto de martirio de este Santo, nos comunica a través de ponderaciones oratorias que, de hecho, no murió por efecto de los tormentos y con la efusión de su sangre, por lo cual no podía ser considerado con rigor como mártir. Sin embargo, añade que los trabajos que tuvo que sufrir en el gobierno de su iglesia y la paciencia que mostró en todos ellos, que a veces llegó a la efusión de sangre, permiten considerarle en nada inferior a los mártires. En efecto, según dice él estuvo siempre dispuesto al supremo sacrificio y a punto de ser sacrificado cuando se dejó convencer por las oraciones de su grey, y quedó todavía algún tiempo en este mundo, difiriendo el cumplimiento de sus deseos.
Tales son las noticias que, en substancia, nos comunica San Pedro Crisólogo sobre San Apolinar. Por otra parte, según una fórmula de juramento usada en Ravena desde fines del siglo VI, transcrita por San Gregorio, aparece claramente que entonces se daba comúnmente a San Apolinar el título de mártir. Por lo demás, los martirológios posteriores, a partir de este tiempo, transmiten constantemente la noticia de que San Apolinar de Ravena murió mártir.
Asimismo se admite generalmente que San Apolinar es el obispo más antiguo y Ravena la primera diócesis de la alta Italia. Así lo atestiguan F. Savio en sus investigaciones sobre los obispados de la Lombardía y Harnack en su célebre estudio Sobre la extensión del cristianismo en el siglo III. Ambos suponen que San Apolinar gobernó la diócesis de Ravena en la segunda mitad del siglo II. Por otra parte, tanto de las expresiones de San Pedro Crisólogo y de San Gregorio Magno como de otras de Fortunato en su Vida de San Martín, se deduce que el cuerpo de San Apolinar era venerado en Ravena.
Y con esto entramos en terreno plenamente histórico, del que poseemos abundantes noticias. A partir del siglo VI San Apolinar se constituye en un santo sumamente venerado en la Edad Media, a medida que la ciudad de Ravena iba ganando en significación, estableciendo una verdadera competencia con Roma. Consta, en efecto, que ya desde el año 500 San Apolinar goza de gran veneración en toda la llanura del Po, por lo cual su nombre es incluido en el canon del rito ambrosiano. Durante el gobierno del obispo de Ravena, Ursicino (534-538), se construye en honor de San Apolinar una iglesia en Classe, en las afueras de la ciudad. Un rico banquero llamado Julián contribuye a su extraordinaria magnificencia, y su consagración, verificada con gran pompa en 549 por el obispo Maximiano, marca el principio de una nueva era para Ravena; pues, realizada por Justiniano I (527-565) la conquista del sur y centro de Italia y constituida Ravena en capital de este territorio bizantino, se inicia el período de grandeza de esta ciudad. Desde entonces una de sus tendencias es ofuscar en lo posible la grandeza de Roma, a lo cual contribuyen eficazmente los emperadores bizantinos desde el Oriente, con su constante oposición a los Romanos Pontífices.Ahora bien, una de las bases sobre la cual se funda la exaltación de Ravena en competencia con Roma es su primer obispo San Apolinar y la gran basílica levantada en su honor en Classe. Por eso, como Roma posee en la basílica Constantiniana el venerado sepulcro de su primer obispo, San Pedro, también se comienza a honrar con gran veneración el sepulcro de San Apolinar, llevado con gran pompa por el obispo Maximiano a la nueva basílica, trasladándolo a ella juntamente con el sarcófago o arca primitiva. Así lo atestigua una inscripción, conservada todavía en nuestros días en la nave lateral. Por ella se puede comprobar este doble hecho: por una parte, la presencia del cuerpo de San Apolinar en la nave lateral de la basílica, y, por otra, la traslación del mismo verificada por el obispo Maximiano.
Sobre esta base, pues, se continuó trabajando por la grandeza de Ravena y de su primer obispo, San Apolinar. Como los emperadores bizantinos dominaban en Roma, erigieron dos capillas en la misma basílica de San Pedro en honor de San Apolinar: la primera, ya a principios del siglo VI; la segunda, entre los años 625 y 638. Se trataba, pues, de introducir en Roma misma el culto de San Apolinar. Entretanto continuaba el esfuerzo que hacía Ravena por enaltecer la veneración del Santo. Así, su obispo Mauro (642-671) verificó un nuevo traslado de su sarcófago, colocándolo en el centro de la iglesia y esculpiendo sobre láminas de plata la historia del mártir, y, como complemento de toda esta campaña de exaltación de San Apolinar, surgió en este tiempo la leyenda en torno suyo, la Pasión de San Apolinar.
Es interesante, para conocer el espíritu del tiempo, considerar la facilidad con que se introdujeron en el ambiente popular los rasgos del patrono de Ravena, claramente legendarios.En efecto, según esta Pasión, Apolinar era uno de los discípulos de San Pedro y con él vino de Antioquía a Roma en tiempo del emperador Claudio (41-54). Enviado, pues, por el Príncipe de los Apóstoles para predicar el Evangelio en Ravena, se dirigió a esta ciudad, donde obró estupendos milagros, con los cuales se convencieron sus habitantes de la misión divina que les traía. De este modo recibieron el bautismo muchos de ellos, en particular un tribuno muy influyente y un patricio llamado Bonifacio. Tan notables y numerosas conversiones exasperaron a los sacerdotes de los ídolos y a muchos fanáticos paganos, los cuales atormentaron inhumanamente al apóstol, por lo cual se vio forzado a ocultarse, después de doce años de fecunda labor en la ciudad.Pasado algún tiempo emprendió una nueva campaña de apostolado, obrando grandes milagros, por lo cual un delegado del nuevo emperador, Nerón (56-68), empleó contra él toda clase de medios para inducirle a que abandonara el culto de Cristo y ofreciera incienso a Júpiter; de aquí pasó a las amenazas; mas, viendo que ni los halagos ni las amenazas lograban doblegar su férrea constancia, le hizo azotar bárbaramente y aplicar otros tormentos, y, como no consiguiera rendirlo, le cargó de cadenas, y arrojó a un horrible calabozo, de donde partió poco después desterrado a Grecia.
Embarcado juntamente con otros tres clérigos, tuvo que sufrir una horrorosa tempestad; mas, llegado a Corinto, evangelizó la región de Misia, donde curó de la lepra a uno de sus reyezuelos, pero no pudo realizar muchas conversiones; siguió luego por las riberas del Danubio y entró en Tracia, donde obtuvo fruto más abundante; pero, enfurecidos contra él los adoradores de Serapis, le azotaron cruelmente y arrojaron en un bajel fuera de su territorio.
Vuelto entonces a Ravena, después de tres años de ausencia, fue recibido con gran entusiasmo por los cristianos, e inició con gran fervor una nueva etapa de predicación y conversiones, acompañadas de multitud de milagros. Pero, inesperadamente, fue arrebatado por un pelotón de paganos, los cuales le hicieron objeto de las mayores violencias, y, conduciéndole al templo de Apolo, le obligaron a adorarlo. Entonces el Santo, lejos de obedecerles, se puso en oración, y rápidamente el ídolo cayó al suelo hecho pedazos, con lo cual, enfurecidos los paganos, le condujeron al juez Taurus, exigiéndole que le condenara a muerte. Este quiso entonces poner en ridículo ante todo el mundo a aquel hombre, de quien tantas maravillas se contaban y tanto influjo ejercía en las masas. Así, pues, puso delante de él y de gran multitud del pueblo y de la nobleza reunidos a un hijo suyo, ciego de nacimiento, y le intimó con toda solemnidad que, si le curaba, todos creerían en él; de lo contrario, recibiría el castigo de sus imposturas.
Puesto, pues, Apolinar ante esta alternativa, hizo primeramente oración, y luego, invocando el nombre de Dios, devolvió la vista al niño. Ante tan estupendo milagro abrazó la fe cristiana gran multitud de espectadores y el mismo juez condujo al Santo a lugar seguro, donde pudo entregarse durante cuatro años a su obra de apostolado. Pero descubierto por fin por los fanáticos paganos y denunciado a Vespasiano (69-79), fue conducido a la cárcel y entregado a la custodia de un centurión; mas, como éste era cristiano, pudo evadirse; pero, apresado entonces por los Paganos, fue azotado y maltratado cruelmente, y, recogido por los cristianos, murió siete días después, el 23 de, julio del año 81.
Tal es, en conjunto, la Pasión de San Apolinar, que en el siglo VII encuentra ya su expresión definitiva y constituirá en adelante la base de la grandeza y veneración tributada al Santo. La grandeza y significación de Ravena frente a Roma van en aumento durante los siglos VI, y VII Al mismo ritmo crece la grandeza y veneración de San Apolinar, el apóstol y fundador de Ravena. La basílica de San Apolinar in Classe se convierte en el centro más concurrido de piedad y veneración. A las riquezas con que la embelleció desde un principio Justiniano I se añaden multitud de preciosos mosaicos y otras obras de arte, que la convierten en uno de los más preciosos monumentos de arte bizantino. En el siglo IX. ocurre otra novedad. A la suntuosa iglesia que con el título de Jesucristo Salvador había erigido en Ravena el rey ostrogodo Teodorico el Grande, en torno al año 500, se le dio en este siglo nombre de San Apolinar el Nuevo y se la convierte en basílica más suntuosa y exuberante, y como el prototipo de la abigarrada ornamentación bizantina. Los preciosos mosaicos que cubren casi todas las paredes constituyen los mejores modelos de este estilo.Ahora bien, ¿qué ha ocurrido con la basílica de San Apolinar in Classe? La explicación, es muy sencilla. Era el tiempo de las terribles incursiones de los sarracenos, y como Classe era el puerto de Ravena, su basílica estaba expuesta a la profanación y a la ruina. Por esto se fingió un traslado de la basílica de San Apolinar in Classe al interior de la población y se convirtió a la basílica de San Apolinar el Nuevo en el nuevo santuario de San Apolinar. De hecho, así quedaron las cosas desde entonces. Mas cuando, pasado el peligro, se quiso restaurar el culto y la significación de la primera basílica, se inició una verdadera rivalidad entre las dos basílicas de San Apolinar.
Para confirmar definitivamente sus derechos de preferencia la basílica de San Apolinar in Classe, hizo realizar un reconocimiento solemne de las reliquias del Santo en 1173 durante el pontificado de Alejandro III (1159-1181). De nuevo, en 1511, en tiempo de Julio II (1503-1513) se efectuó otro reconocimiento oficial al mismo tiempo que se renovaba el sepulcro del altar mayor.
Mas como los monjes de San Apolinar in Classe el siglo XVI, se trasladaran al monasterio de San Romualdo, de Ravena, lleváronse secretamente consigo las reliquias de San Apolinar. Entonces, pues, presentó una reclamación la catedral de Ravena, alegando que ella tenía más derecho a aquellas reliquias que los monjes de San Romualdo. Con esta ocasión la Sagrada Congregación de Ritos dispuso en el año 1654 que se restituyeran aquellas reliquias a la antigua basílica de San Apolinar in Classe.
Por otra parte, aun fuera de Ravena y las llanuras del Po es admirable la expansión que alcanzó durante la Edad Media el culto de San Apolinar. Así aparece en un estudio reciente, no sólo en lo que se refiere a Italia, sino también a otros territorios. Así, para no citar más que unos pocos ejemplos: la importante sede metropolitana de Reims; el Apolinarisberg, en Alemania, entre Coblenza y Bonn, cerca de Remagen; la abadía de Burtscheind, dedicada al Santo, cerca de Aquisgrán: la iglesia monástica de Michel-bach-le-Haut, en el alto Rhin.
Indudablemente, su culto alcanzó un gran esplendor entre los siglos VI y IX, y es una de las manifestaciones la rivalidad entre Ravena y Roma. Pero, después de alcanzar su punto culminante, experimentó también su crepúsculo, si bien conservó siempre una relativa significación.
BERNARDINO LLORCA, S. I.
San Liborio, por lo general se lo considera el cuarto Obispo de Le Mans, Francia, pero es difícil determinar exactamente la época en que ejerció este ministerio. Lo que sí se sabe, es que fue alrededor del 380, y que estuvo en él durante 49 años. En algunos documentos se cuenta que uno de sus sucesores, el Obispo Aldrico, al consagrar la catedral (el 21 de junio de 835) quiso que uno de loa altares fuera dedicado al santo del lugar: Liborio.En el año 836, el Obispo de Paderborn envió una delegación a Le Mans para conseguir alguna reliquia del Santo por haber tenido noticias de sus milagros. Entre las dos Diócesis se estableció una suerte de "Fraternidad" por la cual San Liborio se convirtió también en Patrono de Paderborn.En el Martirologio Romano la fiesta del santo figura como el 23 de julio. Es el protector de los enfermos de cálculos renales y sus imágenes suelen representarlo como un anciano obispo, dándole como atributo identificatorio unas pequeñas piedras en recuerdo del legendario milagro producido durante la traslación de las reliquias.
Su culto se difundió mucho en Francia, Alemania, España e Italia.
El mismo día: San Juan Casiano, Abad

l patriarca de la vida monástica, a quien se llama simplemente Casiano, nació hacia el año 360, probablemente en Dobruja, ciudad de Rumania. No es imposible que haya luchado contra los godos en la batalla de Andrinópolis. Alrededor del año 380, partió con un amigo suyo llamado Germán, a visitar los Santos Lugares. Ambos se hicieron monjes en Belén. Pero en aquella época, el centro de la vida contemplativa era Egipto. Así pues, los dos amigos se trasladaron allá y visitaron uno a uno en la soledad a los famosos santos varones "que estaban llamados a desempeñar una alta misión en el mundo: no sólo la de orar por él, sino la de edificar e instruir a las generaciones futuras" (Ullathorne). Durante algún tiempo, Casiano y Germán llevaron vida eremítica bajo la dirección de Arquebio. Después, Casiano se trasladó al desierto de Esquela para hablar con los anacoretas que habitaban en cuevas excavadas en la ardiente roca y para vivir en los "cenobios" o monasterios de los monjes. No sabemos por qué razón, Casiano emigró a Constantinopla hacia el año 400. Ahí fue discípulo de San Juan Crisóstomo, quien le confirió el diaconado. Cuando se depuso al gran santo, contra todas las leyes canónicas y contra toda justicia, Casiano fue uno de los legados enviados a Roma para defender la causa del arzobispo ante el Papa San Inocencio I. Tal vez en Roma recibió la ordenación sacerdotal, pero no volvemos a saber nada de él hasta que le encontramos en Marsella, varios años después.
Ahí fundó Casiano dos monasterios: uno para monjes, en el sitio en que había sido sepultado el mártir San Víctor, y otro para religiosas. Casiano y sus monasterios habían de irradiar en el sur de la Galia el espíritu y el ideal ascético de Egipto. Para guía e instrucción de sus discípulos, Casiano compuso sus "Conferencias" o "Colaciones" y las "Reglas de la vida monástica." Ambas obras estaban destinadas a ejercer una influencia inmensamente mayor de lo que su autor pudo sospechar. En efecto, San Benito las recomendó, junto con las "Vitae Patrum" y la Regla de San Basilio, como la mejor lectura que sus monjes podían hacer después de la Biblia. También es sensible la influencia de Casiano en la Regla de San Benito y en su espiritualidad, de suerte que puede decirse que Casiano influenció a la cristiandad entera a través de San Benito. En los cuatro primeros libros de las "Reglas de la vida monástica" describe la forma de vida que deben llevar los monjes; el resto de la obra está consagrado a las virtudes que deben tratar de adquirir y a los pecados mortales en los que más peligro tienen dé caer. Casiano dice en el prefacio de dicha obra: "No voy a describir milagros y prodigios ni a contar anécdotas. Porque, aunque mis mayores me contaron muchas cosas increíbles y aunque me ha sido dado presenciar algunas con mis propios ojos, el repetirlas produce simplemente asombro en el lector, pero no contribuye a instruirle en el camino de la perfección." Tal sobriedad es característica de Casiano.
Es curioso que el Martirologio Romano no mencione a Casiano. Sin duda que Baronio no quiso incluirle en él, porque en su época se le consideraba como el iniciador y el principal exponente de las enseñanzas que ahora se conocen con el nombre de semipelagianismo. Casiano expuso su teoría en su tratado "Acerca de la Reprobación y de la Gracia", en el curso de una controversia acerca de San Agustín; basándose en dicho tratado, se puede tachar a Casiano de "anti-agustinista", pero no de semipelagiano. El santo pasó todo el resto de su vida en Marsella, donde murió hacia el año 433. Los bizantinos celebran su fiesta el 29 de febrero.
No existe ninguna biografía contemporánea de Casiano; pero en Acta Sanctorum, julio, vol. V, se encontrarán muchos documentos referentes a él. Véase también la introducción a la edición de sus obras, hecha por Petschening, en el Corpus script. eccl lat. de Viena. E. C. S. Gibson tradujo al inglés las obras de Casiano (1894). Muchos de los autores que escriben sobre los orígenes del monaquismo aluden frecuentemente a Casiano; por ejemplo, Herwegen, Albers y C. Butler. En los últimos años, se ha escrito mucho sobre el santo: cf. L. Cristiani, Cassien (2 vols., 1946), y la obra de O. Chadwick, John Cassian (1950), que es todavía mejor que la anterior desde el punto de vista biográfico y contiene una bibliografía muy completa; DHG., vol. XI.
El mismo día: Santa Ana o Susana, Vírgen
na, llamada también Susana, nació en Constantinopla hacia el año 840. Su padre murió cuando ella era todavía pequeña. Su madre la educó cuidadosamente con la cuantiosa fortuna que había heredado. Como era rica y hermosa, no le faltaron proposiciones de matrimonio, pero Ana las rechazó todas. El emperador Basilio de Macedonia apoyaba a uno de los pretendientes, pero como Ana se negase a contraer matrimonio con él, Basilio la sometió a persecuciones y malos tratos. La santa, que hasta entonces había llevado vida monástica en el mundo, huyó a la colina de Epiro, en la isla Léucade, donde pasó el resto de su vida en la soledad. Al llegar ahí tenía unos veintiocho años y murió a los setenta y ocho de edad. Mucho tiempo después, a raíz de varias curaciones milagrosas y, sobre todo, de algunas liberaciones de posesión diabólica, se procedió a desenterrar las reliquias; el cuerpo de la santa estaba perfectamente conservado y despedía un suave olor. Desde entonces, los griegos empezaron a profesar gran veneración a Santa Ana.
Es interesante notar que la isla Léucade se conoce ahora con el nombre de Santa Maura. Era ésta una virgen que dio la vida por la causa de la fe. Lo único que sabemos acerca de ella es que los cristianos le profesaban tal devoción, que el emperador Juliano el Apóstata, para acabar con ella, inventó la fábula de que se trataba simplemente de una desviación del culto de Afrodita. El Martirologio Romano menciona a Santa Maura el 30 de noviembre y sitúa su martirio en Constantinopla. El nombre de Santa Ana no figura en dicho Martirologio.
Ver Acta Sanctorum, julio, vol. V. Martynov, en Annus Eclesiasticus Graeco-Slavicus (Acta Sanctorum, oct., vol. XI), hace notar que en algunos sinaxarios se llama a esta santa, Susana y no Ana.
El mismo día: Los Santos Reyes Magos
n el Evangelio no se dice que los magos o sabios de oriente hayan sido tres; pero la tradición que lo afirma es muy antigua y se funda sin duda en las tres clases de dones que el Evangelio menciona. Algunos de los frescos más antiguos de las catacumbas, representan a tres reyes, pero otros representan a dos, cuatro y aun seis magos, probablemente por motivos artísticos. Algunos de los Padres, como Orígenes (Hom. in Genesim 16:3), San Máximo de Turín y San León consideran como cosa probada que los magos eran tres. Tal vez en la determinación de este número influyó también el hecho de que frecuentemente se compara o se contrapone a los magos con los tres jóvenes que cantaron las alabanzas de Dios en el horno en llamas, a que se refiere el Antiguo Testamento.
En los frescos de las catacumbas, así como en los más antiguos grabados de los sarcófagos, se representa siempre a los magos con gorros frigios. La idea de que eran reyes se divulgó posteriormente y es posible que se originase en el salmo 71:10: "Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán presentes; los reyes de Arabia y de Saba llevarán regalos." Según parece, San Cesario de Arles, que murió en el año 543, fue el primero en citar dicho salmo a este propósito (Migne, PL., vol. XXXIX, c. 2018) y, a partir del siglo VIII, los magos aparecen en todas las representaciones con la corona real.
Más tarde, el pueblo cristiano dio nombres propios a cada uno de los tres. Un manuscrito de París, que data del siglo VIII, les llama "Bithisarea, Melchior y Gathaspa." En una miniatura del Codex Egberti (c. 990) aparecen dos nombres: "Pudizar" y "Melchias." A pesar de estas ligeras divergencias, no cabe duda de que de ahí se derivaron los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. En las pinturas posteriores de la Edad Media, uno de los magos es casi siempre un joven, otro de edad madura y el tercero muy anciano. La costumbre de representar a uno de los magos como hombre de la raza negra, data del siglo XV.
Según la leyenda, los restos de los magos reposan en la catedral de Colonia, en una capilla que constituye uno de los más bellos ejemplos del primor con que se trabajaba el metal en la Edad Media. No hay razón para dudar de que dichas reliquias sean las que fueron trasladadas en 1164, de 1a basílica de San Eustorgio, en Milán, después de que Federico Barbarroja las regaló al arzobispo de Colonia. Pero la historia anterior de las reliquias es menos clara, por más que ya en el siglo IX, se las consideraba en Milán como las de los Reyes Magos. Se cuenta que habían sido transportadas de Constantinopla a Milán, probablemente en la época del emperador Zenón (474-491); pero ignoramos cómo se identificó a dichas reliquias con las de los magos y cómo fueron a dar a Constantinopla. Es indiscutible que en la Edad Media el culto de los magos era muy popular, sobre todo en Alemania. A su desarrollo contribuyeron las peregrinaciones a la catedral de Colonia y los "misterios" medievales, en donde los magos ocupaban un papel muy importante. Con frecuencia se les veneraba como los patronos de los viajeros.
Véase Hugo Kehrer, Die heiligen Drei Könige, en Literatur und Kunst (2 vols., 1909); Kraus, Geschichte der christl. Kunst, vol. I, p. 151, y otros muchos pasajes; H. Detzel, Christliche Ikonographie (1896), vol. II, pp. 473-475; y G. Messina, I Magi a Betlemme (1933).
El mismo día: Santas Rómula, Rédenla y Herundina, Vírgenes

l 23 de julio, el Martirologio Romano menciona a "las santas vírgenes Rómula, Rédenla y Herundina, acerca de las cuales escribió el Papa San Gregorio." Santa Herundina inició a Santa Rédenla en la práctica de las virtudes y de la vida eremítica. Más tarde, Redenta se retiró a las colinas de Palestrina, con Santa Rómula y otra mujer, para establecerse hacia el año 575, en una casita próxima a la iglesia de Santa María la Mayor. San Gregorio, quien las conoció personalmente, cuenta que daban ejemplo de humildad y obediencia perfectas y que casi no abrían la boca más que para orar. Durante los últimos años de su vida, Rómula estuvo paralítica en el lecho, pero supo aprovechar bien su enfermedad, ya que jamás se quejaba y vivía con la mente fija en Dios, apartada de todas las distracciones del mundo. Aunque era bastante más joven que Redenta, Rómula murió antes, seguramente a causa de esa enfermedad. Una noche, Rómula y su oirá compañera oyeron gritar a Santa Redenta; al punió acudieron y encontraron su habitación llena de una luz maravillosa y oyeron voces como de una muchedumbre que se acercaba. Al verlas tan asustadas, Rómula las tranquilizó: "No temáis", les dijo, "todavía no ha llegado la hora de mi muerte." Tres noches después, las llamó de nuevo y les pidió que le llevasen el viático. Apenas acababa de recibirlo, se oyó una música celestial, como si los ángeles estuviesen cantando junto a la puerta en coros alternados. Así murió Rómula y los cantos se apagaron poco a poco, como si los ángeles se alejaran con el alma de la santa hacia el Paraíso.
Ver los Diálogos de San Gregorio, lib. IV, c. 15; y Homilías, 40, c. II.








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