"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

jueves, 30 de julio de 2009

30 de Julio, Conmemoración de Santos Abdón y Senén, Mártires



e los Santos Abdón y Senén se recitaba esta "lección" en el oficio de maitines del Breviario antes de la simplificación de rúbricas llevada a cabo el año 1956 por la Sagrada Congregación de Ritos, en que su antiguo oficio de rito simple quedó reducido a "memoria" o conmemoración:

Bajo el imperio de Decio, Abdón y Senén, de nacionalidad persa, fueron acusados de enterrar en sus propiedades los cuerpos de los cristianos que eran dejados insepultos. Habiendo sido detenidos por orden del emperador, intentóse obligarles a sacrificar a los dioses; mas ellos se negaron a hacerlo, proclamando con toda energía la divinidad de Jesucristo, por lo cual, después de haber sido sometidos a un riguroso encarcelamiento, al volver Decio a Roma obligóles a entrar en ella cargados de cadenas, caminando delante de su carroza triunfal. Conducidos a través de las calles de la ciudad a la presencia de las estatuas de los ídolos, escupieron sobre ellas en señal de execración, lo que les valió ser expuestos a los osos y a los leones, los cuales no se atrevieron a tocarles. Por último, después de haberlos degollado, arrastraron sus cuerpos, atados por los pies, delante del simulacro del Sol, pero fueron retirados secretamente de aquel lugar, para darles sepultura en la casa del diácono Quirino."

La "lección" transcrita recoge la leyenda que nos ha transmitido la "pasión de San Policronio" , pieza que parece remontarse a finales del siglo V o principios del VI. Esta pasión representa a nuestros Santos como subreguli o jefes militares de Persia, donde habrían sido hechos prisioneros por Decio, circunstancia evidentemente falsa, puesto que Decio no hizo guerra alguna contra aquella nación. Añade el documento que padecieron martirio en Roma bajo Decio, siendo prefecto Valeriano, detalle igualmente inexacto, puesto que Valeriano no fue prefecto durante el reinado de Decio. Sin embargo, la mención de estos dos emperadores nos permite fijar la fecha del martirio de Abdón y Senén ya bajo Decio, en 250, ya bajo Valeriano en 258.

Lo que sí podemos retener como seguro es el origen oriental de ambos Santos, suficientemente atestiguado por sus nombres. Muy bien puede creerse que fueran de origen ilustre, príncipes o sátrapas, ya refugiados en Roma a consecuencia de alguna revolución en su país o por haber caído en desgracia de sus soberanos, ya traídos de Persia como prisioneros o como rehenes, no por Decio, que no estuvo allí, sino por su inmediato predecesor, el emperador Felipe el Arabe. Si vivieron en la corte de Decio pudieron haber muerto víctimas no solamente de su fe cristiana, sino también del odio que los escritores cristianos atribuyen a Decio contra todo lo que guardaba relación con su predecesor.

Alguien ha propuesto otra hipótesis. Teniendo en cuenta que el cementerio de Ponciano, donde fueron sepultados estos mártires, se halla enclavado en un barrio pobre, próximo a los almacenes del puerto de Roma, cabría preguntarse si Abdón y Senén no fueron simplemente dos obreros orientales. Se habla en la pasión de un cierto Galba, cuyo nombre podría haber sido sugerido por la proximidad de los horrea Galbae, los docks para el vino, el aceite y otras mercancías de importación.

Sea lo que fuere de tales conjeturas, hay un dato cierto e indudable en la vida de nuestros Santos, y es la constancia de su martirio, atestiguada por su sepultura en el referido cementerio o catacumba de Ponciano y la nota que trae el cronógrafo de Filócalo, del año 354, que dice así en su lista de enterramiento de mártires: "El 3 de las calendas de agosto (es decir, el 30 de julio), Abdón y Senén en el cementerio de Ponciano, que se encuentra junto al "Oso encapuchado". Igual referencia y para igual fecha aporta el calendario jeronimiano, repitiéndola los diversos itinerarios compuestos para uso de los peregrinos del siglo VII, e incluyéndola los martirológios de redacción posterior, como el de Beda, Adón y Usuardo.

El cementerio de Ponciano se encuentra en la vía de Porto, y una de sus criptas, la situada junto a la escalera, poseyó la tumba de estos mártires. Fue decorada posteriormente, en la época bizantina, hacia el siglo VI según Marucchi y monseñor Wilper. Esta cripta fue siempre objeto de particular veneración. En un hueco cavado en la roca se edificó un baptisterio, decorándolo con una cruz gemada que parece salir de las aguas, mientras de los brazos de la cruz penden las letras alfa y omega. Debajo del nicho se encuentra una pintura con el bautismo del Señor.

La tumba de Abdón y Senén ocupaba la pared de la derecha y hallábase coronada con un fresco representando a Cristo que sale entre nubes y pone dos coronas sobre las frentes de los mártires, estando escrito debajo de uno SCS ABDO, y del otro SCS SENNE. Su indumentaria es asiática, y ambos están tocados con un capuchón enroscado, en forma de gorro frigio. El resto de sus vestidos se compone de un manto que prolonga el capuchón, dejando ver una túnica de piel, que va recogida por delante, quedando las piernas al aire.

Tales detalles en el vestido denotan que, al tiempo en que fue decorada la cripta, la tradición oriental de Abdón y Senén no ofrecía duda alguna, pero no concuerdan del todo con el origen ilustre que la pasión les atribuye, pues la túnica recogida, dejando ver las piernas, parece indumentaria de gente humilde. Sin embargo, ha aparecido una lámpara de terracotta, que se data como del siglo V, la cual representa a San Abdón portando el manto persa de pieles, aunque adornado con esferillas y piedras preciosas, lo que está acorde con la pasión al decir que los mártires se presentaron ante Decio con su espléndida vestimenta oriental, como sátrapas o príncipes. Esta lámpara pudo inspirarse en alguna pintura del mismo cementerio de Ponciano, hoy desaparecida.

Los cuerpos de San Abdón y San Senén no estuvieron mucho tiempo en el sarcófago de ladrillo que aún se conserva en la cripta. Después de la paz de la Iglesia se les transportó a la rica basílica que fue levantada encima de la catacumba. El itinerario de Salzburgo lo indica claramente cuando invita al peregrino a que, después de visitar el subterráneo o espelunca, suba arriba y entre en la gran iglesia, "donde descansan los santos mártires Abdón y Senén".

Esta basílica fue restaurada a fines del siglo VIII por el papa Adriano I, pero de ella hoy no queda rastro. Años después, en 826, el papa Gregorio IV transfirió los cuerpos de los dos mártires a la iglesia de San Marcos, dentro del actual palacio de Venecia.

En Roma llegaron a tener dedicada otra iglesuela cerca del Coliseo, la cual se construiría en relación con la noticia de la pasión de que sus cadáveres fueron arrojados ante el "simulacro del Sol", que era la grandiosa estatua de Nerón que daba nombre de Coliseo al anfiteatro Flavio. Esta iglesia está registrada en un catálogo mandado confeccionar por San Pío V y debe señalar el sitio en que fueron ajusticiados ambos Santos.

Parte de las reliquias de San Abdón y San Senén fueron transportadas al monasterio de Nuestra Señora de Arlés-sur-Tech, en el actual departamento francés de los Pirineos Orientales. Están guardadas en dos bustos relicarios, ricos y artísticos. Por esta región se conservan poblaciones como Dondesennec, que evocan el nombre del primero de los mártires.

Aquí terminaríamos esta semblanza si no creyéramos defraudar al lector.

No debe tomarse a menoscabo para los gloriosos mártires el tener que movernos entre conjeturas; es una prueba de la antigüedad de su martirio, si bien la carencia de documentación abundante nos impida noticias ciertas, que el relato fantástico de la pasión procuró suplir tres siglos después. Lo principal, que es su martirio, está atestiguado por el calendario filocaliano y por el culto constante junto a su tumba y después en su basílica. También está comprobado su origen oriental, como lo demuestran sus nombres, la propia leyenda y la iconografía.

Fueron mártires de una de las más tristes y gloriosas persecuciones, la de Decio.

Este emperador reinó tres años, del 249 al 251. Era hombre de grandes cualidades; pero, cegado por el esplendor del trono, quiso volverlo a su antigua grandeza, pretendió que la religión del Estado alcanzara la significación que tuvo en los tiempos de gloria del Imperio.

Como el cristianismo había echado hondas raíces en la sociedad romana, se propuso exterminarlo, pues Decio lo consideraba como el principal estorbo a sus proyectos. Anteriormente las persecuciones habían sido esporádicas, en virtud de una legislación ambigua, que por un lado prohibía buscar a los cristianos, y por otro los juzgaba y condenaba cuando se presentaban denuncias contra ellos en los tribunales.

El edicto que ahora se publicó era general y sentaría las bases jurídicas de la persecución, nuevas en relación con la antigua jurisprudencia. Los procónsules o gobernadores de provincias habían de exigir de todos los súbditos del Imperio una prueba explícita del reconocimiento de la religión del Estado, ya ofreciendo alguna libación o sacrificio, ya quemando unos granos de incienso ante el altar de los dioses. Los que cumplieran este requisito recibirían un certificado o libellum, y su nombre sería incluido en las listas oficiales.

La persecución se extendió a todo el Imperio, desde España a Egipto, desde Italia a Africa. Los efectos fueron terribles, porque hubo muchos mártires, pero los magistrados preferían hacer apóstatas, recurriendo para ello a todas las estratagemas.

Entre los que resistieron heroicamente la prueba, tenemos a nuestros Santos Abdón y Senén. Ya fuesen de origen noble, ya de condición plebeya, demostraron gran entereza de alma.

¿Serían apresados porque, como afirma la pasión, enterraban en sus propiedades los cuerpos de los mártires?

No es inverosímil. En momentos de terror hasta los mismos familiares abandonan a sus parientes para no comprometerse. Por esta o por otra causa, o porque hubieran sido convocados simplemente a sacrificar, como otros muchos ciudadanos, lo cierto es que no retrocedieron ante el peligro y confesaron con valentía su fe. Tenemos también constancia de otros muchos mártires, sobre todo obispos y personas de relieve, que sufrieron la muerte en esta persecución, como el papa San Fabián, el obispo de Alejandría, San Dionisio; el de Cartago, San Cipriano; la virgen Santa Agueda, de Sicilia, San Félix, de Zaragoza. Los perseguidores buscaban las cabezas para desorganizar mejor la Iglesia.

Hubo también innumerables "confesores" que soportaron cárceles, cadenas y torturas por Cristo, aunque obtuvieran posteriormente la libertad, pudiendo mostrar las señales de sus padecimientos en sus heridas y cicatrices. Eran como mártires vivientes, que habían conservado la vida para ejemplo y estímulo de los demás. Uno de los más célebres confesores de este período fue el ilustre escritor alejandrino Orígenes.

En fin, de esta época y de este ambiente son San Abdón y San Senén. Si podemos tomar por novelescos muchos detalles de la pasión, siempre será cierto el hecho fundamental: que derramaron generosamente su sangre por Cristo en la confesión de su fe, y así los ha venerado por mártires, a través de una larga tradición de siglos, la Iglesia católica.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA



Beato Manés de Guzmán, Confesor






aleruega, en el corazón de la provincia burgalesa, se nos ofrece todavía como un ejemplar de aquellas aldeas, con su caserío agrupado junto a la silueta recia y protectora de un viejo torreón medieval, maltratado por los siglos, pero aún erguido con noble apariencia retadora. Caleruega es, en la actualidad, un pueblecito de unos mil habitantes que mira por el Mediodía hacia una vasta llanura, árida y monótona, y distingue hacia el Norte una agreste región que a lo lejos se empina en sierras fieramente dentadas de riscos y precipicios. Adosado a su torreón, de trazo
rectangular, que conserva cierta inflexible esbeltez, se levantó en un tiempo el castillo de los Guzmanes, finalmente destinado, en 1270, por Alfonso el Sabio, para monasterio de dominicas.

Muchos años antes, a mediados del :siglo XII, habitaba el castillo una familia que dio a la Iglesia dos santos y un beato en sólo el curso de dos generaciones.

Suena bien el apellido de Guzmán en oídos españoles. Las páginas de nuestra historia le recuerdan con frecuencia y aparece entre las estrofas del Romancero por mor de la hazaña de Guzmán el Bueno en la defensa de Tarifa. Pero en los tiempos a que nos referimos ya no se luchaba por los campos de Burgos, y don Félix de Guzmán, a quien el monarca había confiado la defensa de aquella plaza, pudo cultivar en paz las sólidas virtudes de religiosidad y dulzura hogareña que anidaban en su corazón, profundamente fervoroso y cristiano.

Noble apellido el de don Félix. Pero nada tenía que envidiarle el de su esposa, doña Juana de Aza, dama acaudalada, cuyos padres residían y mandaban en la villa de este nombre, entre Aranda y Roa, y de dotes tan elevadas y escogidas que la llevaron, tras una vida ejemplar, a los altares, donde hoy la ofrece la Iglesia a la devoción de los fieles entre la corte admirable de sus santos.

Unidos por el amor, don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, en un tiempo en que los valores del espíritu resplandecían sobre toda clase de apreciaciones materialistas, y compitiendo sus almas en celo religioso y nobleza de sentimientos, era lógico que formaran un hogar donde Dios recogiera frutos de evangélica belleza y la Iglesia encontrara paladines para sus empresas y moradores para sus cenáculos.

Así fue, en efecto. Félix de Guzmán murió en olor de santidad y su cuerpo duerme el sueño de los justos en el monasterio de San Pedro, de Gumiel de Izán. Doña Juana, elevada, como hemos dicho, a los altares, fue sepultada primero al lado de su esposo, y descansa ahora en San Pablo de Peñafiel. De tres hijos suyos nos habla la historia. El mayor, Antonio, se consagró a Dios en el sacerdocio, y, desdeñando altos beneficios y dignidades eclesiásticas, muy posibles dada la posición de su noble familia, se enterró en vida en un hospital, para cuidar de los pobres y los peregrinos que acudían por entonces en gran número al sepulcro de Santo Domingo de Silos. El menor fue aquella gran figura de la hagiografía hispana que el mundo conoce por Santo Domingo de Guzmán. Entre ambos Manés, a quien están dedicadas las presentes líneas.

A menudo resulta difícil discriminar lo histórico de lo legendario cuando se pretende presentar la biografía de los santos de la Edad Media. Ello ocurre aun con figuras del más destacado relieve, de aquellos que brillaron con acusado fulgor en el firmamento de las glorias cristianas. Bien conocido parece ser Santo Domingo de Guzmán y harto evidentes resultan la mayoría de sus hechos, andanzas y milagros. Y, sin embargo, sus propios biógrafos suelen hacer constar esta premisa de carácter general y los más escrupulosos se afanan en presentar por separado lo que en sus investigaciones han hallado como historia cierta de aquello otro que no se atreven a desarraigar totalmente del campo de la leyenda, tan fecundo en profundos barroquismos de maravillas, éxtasis y revelaciones.

Si tal sucede con el propio fundador de la Orden de Predicadores y creador del rezo del rosario, imagínense las dificultades que se encontrarán para sacar a luz la existencia de su hermano Manés que, sencillo y humilde como florecilla perdida en ubérrimo valle, pasó por el mundo sin apenas dejar otro recuerdo que el olor de una bondad fragante y una abnegación silenciosa.

Su propio nombre resulta dudoso, pues hay quienes le llaman Mamés y otros Mamerto, y hasta la fecha de su nacimiento se ignora, aunque hubo de ser antes, probablemente no mucho, del año 1170, en que, según todas las probabilidades (tampoco esto es seguro), vino al mundo su hermano Santo Domingo.

Ocupa, pues, Manés, en la cronología familiar, el puesto intermedio entre sus dos hermanos Antonio y Domingo, y este lugar parece encerrar cierto simbolismo que refleja algunas de las particularidades de su carácter. De lo que no cabe duda es de que fue callado y de pocas iniciativas: hombre de ideas sencillas y dulce carácter: firme en su profunda devoción y amor a Dios y a sus semejantes: aficionado a la oración y meditativo. Se le conoce como Manés el contemplativo: su alma era transparente como el cristal y nunca perdió la pura inocencia, que es una de las características de muchos de los elegidos del Señor.

Manés se sintió atraído y como subyugado por la férrea voluntad y el trepidante dinamismo de Domingo: se unió a éste, y a su lado permaneció largos años, siempre dispuesto a secundarle en sus empresas y a obedecer sus indicaciones, tan calladamente que apenas se le nombra de tarde en tarde por los historiadores del fundador de los dominicos, pero con una efectividad operante que surge como con destellos propios cada vez que esto ocurre.

Gran parte de su juventud la pasó Manés al lado de su santa madre, entregado a la práctica de la piedad y de las virtudes cristianas y a la lectura de los libros santos hasta que marchó a unirse a su hermano Domingo en tierras francesas del Lanquedoc, donde aquél trabajaba en la conversión de los herejes, a lo que también se entregó Manés, prodigando sus sermones y sus exhortaciones, que alternaba con la oración fervorosa y las más severas penitencias.

Tarea había, ciertamente, para todos en la gran empresa en que Santo Domingo se encontraba enfrascado. Sus luchas contra los errores y las malicias de los albigenses requerían el mayor número posible de auxiliares, y, al fundar aquél la Orden dominicana, a la que dio como especiales características las del estudio y la contemplación, Manés fue uno de los primeros miembros de la misma que en manos de su propio hermano hizo profesión de seguirle y cooperar al acrecentamiento de la obra de Dios.

Sabido es que Domingo, una vez confirmada la Orden por el Papa Honorio III, decidió dispersar sus frailes por el mundo, haciéndoles salir del monasterio de Prulla, verdadera cuna de la Orden, para que establecieran en diversos países nuevas casas que sirvieran de centros irradiadores de la verdad evangélica.

La dispersión tuvo lugar el día de la Asunción de Nuestra Señora, de 1217, fecha que ha pasado a las crónicas de la Orden con el calificativo de Pentecostés dominicano. La despedida del fundador fue tierna y patética. Se apartaban de él quienes primero se le habían unido y a su lado habían rezado y predicado, y entre ellos se encontraba el hermano, Manés, que formaba parte del grupo que salió con dirección a París, para, como atestigua Juan de Navarra, "estudiar, predicar y fundar un convento" en la capital de Francia.

Es curioso que, a la par que estos religiosos, salieran otros para España y que Manés figurase, no obstante, entre los primeros. No parece arriesgado presumir que Santo Domingo lo decidiera así por parecerle más difícil la lucha evangélica en Francia que en España, dando con ello una prueba de la confianza que tenía en su hermano. No era, por otra parte, Manés el único español que figuraba en el grupo, sino que había otros dos más entre los siete que lo componían. La labor que todos ellos llevaron a cabo fue magnífica. A su llegada a París se acomodaron en una vivienda modesta, frente al palacio del obispo; pero poco más tarde les concedieron una casa de mayor amplitud, donde fundaron el convento de Santiago, que no tardó en convertirse en uno de los de más nombradía de la Orden, tanto por aquel tiempo como en los posteriores.

Pero aún había de conferir Domingo a su hermano otra misión, si no de tanta trascendencia, quizá más delicada y difícil, y a la que el santo fundador concedía importancia singular.

Iniciadas las Comunidades de dominicas, Santo Domingo tuvo decidido interés en destinar a cada una de ellas algún vicario de la propia Orden que las gobernase, dirigiese y santificase. "Proveyólas principalmente -dice a este respecto el grave historiador Hernando del Castillo- de maestros y padres espirituales que las enseñasen, guardasen, amparasen, alumbrasen, consolasen y desengañasen en los muchos y varios casos y cosas a que en la prosecución de tan santa y nueva vida se les habían de ofrecer. Y, después de pintar cuáles son las virtudes que deben hacer de las comunidades religiosas, "congregaciones de ángeles", añade: "Para tales las criaba Santo Domingo, y por eso fue su primer cuidado dejar en su guarda y compañía a quien pudiese ser maestro y padre de la perfección que buscaron dejando el mundo y de la que prometieron buscando a Dios".

Si éstos eran el pensamiento y los deseos de Santo Domingo, puede suponerse con cuánto cuidado elegiría a aquellos de sus monjes que habían de encargarse de la función de vicarios en las Comunidades religiosas dominicas. Para esto también resultaban insuperables las dotes de Manés, virtuoso, prudente, reflexivo y fiel cumplidor de las reglas de la Orden y de las advertencias de su fundador.

Por eso, sin duda, cuando en Madrid se estableció la primera Comunidad de dominicas en el monasterio que más adelante se conoció con el nombre de Santo Domingo que gozó de la protección del rey San Fernando, designo para vicario de la misma a su hermano Manés, que con este motivo se reintegró a la madre patria para continuar en ella su vida religiosa.

Manés cumplió su misión a plena satisfacción de Santo Domingo, que, desde Roma, dirigió a la superiora de la Comunidad de Madrid una carta, en la que desborda el cariño que experimentaba por su hermano y la alta estima que las dotes y virtudes de éste le merecían. Dice así aquella tierna misiva:

"Fray Domingo, maestro de los frailes Predicadores, a nuestra muy amada priora y hermanas del monasterio de Madrid, salud y acrecentamiento de virtudes.

Mucho nos alegramos y damos gracias a Dios por haberos favorecido en esa santa vocación y haberos librado de la corrupción del mundo. Combatid, hijas, el antiguo enemigo del género humano, dedicándoos al ayuno, pues nadie será coronado si no pelease. Guardad silencio en los lugares claustrales, esto es, en el refectorio, dormitorio y oratorio, y en todo observad la regla. Ninguna salga del convento, y nadie entre, no siendo el obispo y los superiores que viniesen a predicar y hacer visita canónica. Aficionaos a vigilias y disciplinas; obedeced a la priora; no perdáis tiempo en inútiles pláticas. Como no podemos procuraros socorros temporales, tampoco os obligamos a hospedar religiosos ni otras personas, reservando esta facultad a la priora con su consejo. Nuestro carísimo hermano fray Manés, que no ha omitido sacrificio alguno para conduciros a tan santo estado, adoptará cuantas disposiciones le parezcan convenientes para que llevéis santa y religiosa vida. Le autorizamos para visitar y corregir a la Comunidad y, si fuese preciso, para sustituir a la priora, con el parecer de la mayoría de vosotras, y para dispensar en algunas cosas, según su discreción. Os saludo en Cristo".

Después de la muerte de Santo Domingo, ocurrida en el convento de San Nicolás, en Bolonia, el 6 de agosto de 1221, apenas se vuelven a tener noticias del Beato Manés. Consta, sin embargo, que siguió su vida religiosa en España y que guardó siempre un inextinguible cariño y una profunda veneración por aquel hermano que había sido su estrella y su guía y a cuyo amparo, y, por así decirlo, a sus inmediatas órdenes, estaba acostumbrado a actuar. Muchos de sus esfuerzos debieron dirigirse a procurar que los fieles le tributaran culto y a que su memoria perdurara en el discurrir de los tiempos.

A este respecto refiere Rodrigo de Cerrato, contemporáneo del Santo, que, "cuando en España se supo que era canonizado el bienaventurado Domingo, su hermano fray Manés vino a Caleruega, y, predicando al pueblo, los excitó a que en el lugar donde el Santo había nacido edificaran una iglesia, y añadió: "Haced ahora una iglesia pequeñita, que será ensanchada cuando a mi hermano le placiere".

Efectivamente, se construyó la iglesia y, según el mismo historiador, "lo que el varón venerable predijo con espíritu de profecía de que aquella pequeñita iglesia sería agrandada lo vemos en nuestros días cumplido, pues Don Alfonso, rey ilustrísimo de Castilla y de León, hizo que allí se edificase un monasterio con toda magnificencia, donde sirven al Señor Dios religiosas de nuestra Orden".

Manés continuó su vida humilde de oración, predicación y estudio, hasta el año 1234, en que, hallándose de nuevo en Caleruega, Dios le llamó a compartir en el cielo la gloria del hermano a quien tanto había amado y ayudado en la tierra, y fue enterrado en el panteón de su familia, en el monasterio de San Pedro, del cercano pueblo de Gumiel de Izán.

El dominico Bernardo Guidón lo confirma así: "Descansa en un monasterio de los monjes blancos en España, donde es esclarecido con milagros. Es reputado santo y conservado en una sepultura cerca del altar. Así lo refirió un religioso español, socio del prior provincial de España, que asistió al Capítulo general celebrado en Tolosa el año 1304, y había visitado dicho sepulcro".

Cuando principiaron a darle culto trasladaron sus reliquias del panteón de su familia al altar mayor, y allí estaban expuestas a la veneración pública, juntamente con otras muchas de otros santos, traídas de Colonia. El padre fray Baltasar Quintana, prior del convento de Aranda de Duero, enviado por el padre provincial a Gumiel para examinar lo referente al sepulcro de los Guzmanes, dice en carta escrita el año de 1694, al padre maestro fray Serafín Tomás Miguel, autor de una vida de nuestro padre Santo Domingo, que "la venerable cabeza de San Manés y otras reliquias suyas se hallaban en el altar mayor y tenían esta inscripción: Sancti Mamerti Ordinis Praedicatorum, Fratris Sancti Dominici de Caleruega in Hispania".

Después las benditas reliquias pasaron por varias vicisitudes y, a excepción de un pedazo del cráneo que conservaron las dominicas de Caleruega, se desconoce lo ocurrido con el resto, si bien es muy probable que desapareciera cuando los desórdenes y quemas de conventos de los años 1834 y 35 en Barcelona, adonde, según todas las apariencias, las había llevado el por entonces procurador general de la Orden, padre fray Vicente Sopeña.

Como quiera que fuese, el culto a San Manés se difundió mucho después de su muerte. Canonizada su madre por el Papa León XII, a ruegos del rey de España Don Fernando VII y de los magnates de la nación, estos mismos grandes señores elevaron a Roma sus solicitudes para que el segundo hijo de Santa Juana de Aza recibiera también los honores del culto y, efectivamente, Manés fue proclamado Beato por el Papa Gregorio XVI, sucesor de León XII.

ALFREDO LÓPEZ.


Santa Julita, Viuda y Mártir





n los edictos que promulgó contra los cristianos el emperador Diocleciano en el año 303, los declaró infames ante la ley y los privó de la protección civil y de los derechos de ciudadanía. Julita era una viuda de Cesárea de Capadocia que poseía fincas, ganado, bienes y esclavos. Un potentado de la región se apoderó de una porción considerable de sus posesiones y, para poder conservarlas, la acusó de ser cristiana. El juez mandó traer incienso a la sala del juicio y ordenó a Julita que ofreciese sacrificios a Júpiter. La santa respondió valientemente: "Que mis estados se arruinen y caigan en manos ajenas, que mi cuerpo sea descuartizado y pierda yo la vida antes que pronunciar una sola palabra que pueda ofender al Dios que me ha creado. Si me arrebatáis los bajos bienes de este mundo, ganaré en cambio el cielo." Entonces, el juez adjudicó al usurpador los bienes que reclamaba injustamente, y condenó a Julita a la hoguera. La santa avanzó valientemente hacia el fuego, pero, según parece, murió sofocada por el humo, ya que los guardias retiraron su cadáver sin que hubiese sido tocado por las llamas. Los cristianos sepultaron a la mártir. En una homilía que pronunció alrededor del año 375, San Gregorio dijo, hablando del cuerpo de la mártir: "Obtiene las bendiciones del cielo para el sitio en que reposa y para los peregrinos que acuden a él... En el sitio en que fue sepultada esa santa mujer brotó una fuente de agua dulce que conserva la salud a quienes están sanos y la devuelve a quienes están enfermos, en tanto que todas las otras fuentes son de agua salobre."

Prácticamente todo lo que sabemos acerca de Santa Julita proviene de la homilía de San Basilio (Migne, PG., vol. XXXI, cc. 237-261). En Acta Sanctorum, julio, vol. II, hay una traducción latina y ciertas notas introductorias.

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