"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

sábado, 4 de julio de 2009

4 de Julio, en México, Nuetra Señora Refugio de los Pecadores



Yo soy la Madre de los pecadores, a condición de que se arrepientan (Palabras de N. Sra. a Sta. Brígida)




abemos que una sola es la Virgen, la Madre de Jesús y Madre nuestra. Se le invoca con títulos diferentes según el lugar donde ha manifestado su protección o según se quiere hacer resaltar una característica de su amor.

Por su intercesión, muchos pecadores han encontrado el camino de la salvación. Es por eso que se le ha invocado como el “Refugio de los Pecadores”.

En efecto, cuando un pecador recurre a María con voluntad de cambiar, siempre la encuentra pronta a acogerlo. Solamente le exige que renuncie al pecado.

El Papa San Gregorio VII le escribió a la princesa Matilde: "Poned fin a vuestra voluntad de pecar y yo no dudo en prometeros que encontraréis a María más dispuesta a amaros que una madre según la carne".

La Santísima Virgen rehúsa su ayuda solamente a aquellos que se obstinan en su mala conducta. Pero no puede permanecer sorda a los ruegos de quienes recurren a Ella con confianza y con el propósito de librarse de las cadenas del pecado. Acudirá en su ayuda y los guiará al camino de salvación. En una ocasión, Santa Brígida oyó a Nuestro Señor decirle a su Madre: "A aquellos que se esfuercen en retornar a Dios, Vos les prestaréis vuestra ayuda y no dejaréis a nadie sin consuelo".

Según la tradición, esta imagen de la Santísima Virgen fue encontrada en el hueco del tronco de una encina, en Montepulciano (Italia), por lo que, al inicio de su veneración, se le conoció como Nuestra Señora de la Encina. Las misiones de franciscanos y jesuitas la reconocían como su protectora en su labor evangelizadora y la invocaban como Refugio de Pecadores. En el siglo XVIII, el padre Juan Giuca llevó a la ciudad de Puebla (México) una copia de la pintura.

Iconografía: aparece con vestido color de rosa, rodeada de nubes y cuatro querubines; un Niño Jesús, coronado, en el brazo izquierdo; sobre la cabeza de la Virgen figura una aureola de doce estrellas y cuatro rosas. Es patrona principal de las ciudades mexicanas de Matamoros, Tampico y Acámbaro (Guanajuato).

Para promover esta devoción de pedir la intercesión de la Virgen en favor de los pecadores, se escogió una copia de la imagen pintada en 1709, conocida como “Nuestra Señora de la Encina”, que se venera en Poggio Prato (Italia). Fue el beato Antonio Baldinucci que la mandó hacer para llevarla consigo en sus misiones. La ternura de esta imagen y la predicación del misionero causaba arrepentimiento en los pecadores. Esto hizo que algunos empezaran a darle el título de “Refugio de Pecadores”. Esta misma imagen se conserva ahora en Frascati, cerca de Roma.

Llegó a México por iniciativa de algunos misioneros, quienes en el mismo siglo XVIII la llevaron allí para exponerla a la devoción del pueblo y educarlo a pedir por la conversión de los pecadores.

ORACIÓN

Oh piadosísima Virgen Maria, madre y refugio de pecadores a quien el Dios de las venganzas cedió el imperio de la misericordia; ya que en aquel riguroso Juicio no podré acudir a vuestra intercesión, os suplico ahora que me alcancéis la gracia de una sincera penitencia, y de una perfecta enmienda de mi vida, a fin de que al comparecer después de mi muerte ante el divino tribunal, merezca una sentencia favorable de eterna salvación. Por los méritos de vuestro Hijo, nuestro Señor, que en unión del Padre y del Espíritu Santo, vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.

Dime, Señora, di,
cuando parta de esta tierra,
si te acordarás de mí.

Cuando ya sean publicados
mis tiempos en mal gastados
y todos cuantos pecados
yo mezquino cometí,
si te acordarás de mí.

En el siglo duradero
del juicio postrimero,
do por mi remedio espero
los dulces ruegos de ti,
si te acordarás de mí.

Cuando yo esté en la afrenta
de la muy estrecha cuenta
de cuantos bienes y renta
de tu Hijo recibí,
si te acordarás de mi.

Juan Alvarez Gato (1445-1510)

El mismo día: Santa Berta, Viuda


No andéis acongojados por el día de mañana; el día de mañana harto cuidado traerá por sí: a cada día le basta su malicia.
(Mateo, 6,34).

Santa Berta se casó con Sigfredo, pariente cercano del rey Clodoveo.
Tuvieron cinco hijas que se distinguieron, todas, por su piedad. Muerto Sigfredo, Berta
pudo dedicarse de lleno a la vida piadosa y las buenas obras. Emitió sus votos monásticos al mismo tiempo que dos de sus hijas, Gertrudis y Deotila. Sintiendo que se acercaba su fin, quiso unirse más estrechamente con el Señor. Hizo practicar una abertura en el coro de la iglesia del monasterio, y se construyó en ella una celda en la que pasó el resto de sus días orando y meditando.

MEDITACIÓN - DE QUÉ MANERA TENEMOS QUE PREOCUPARNOS DE LO PORVENIR

I. Nos prohíbe el Señor acumular riquezas por temor de carecer de ellas en lo futuro. Prevés una larga serie de años; piensas en mil adversos accidentes que pueden reducirte a pobreza. Estas previsiones de lo porvenir injurian a la divina Providencia que vela sobre ti; son contrarias al consejo de Jesucristo. No te acongojes, pues, por el día de mañana, trata de servir bien a Dios hoy; mañana, Dios proveerá. El Señor me rige y de nada careceré. (El Salmista).

II. Tal vez pronto mueras; ¿para qué esta aprensión de desgracias que no te alcanzarán? Aband6nate generosamente al gobierno de la Providencia divina y no te apenes de antemano. Las desgracias llegarán bastante pronto para cansar tu paciencia. No pienses en el tiempo que durarán tus obras de penitencia: es una tentación del demonio que quiere espantarte. Tal vez la recompensa está más cerca de lo que crees.

III. Piensa en lo porvenir para prever las ocasiones de practicar la virtud; prevé también los escollos contra los cuales tienes costumbre de naufragar y las tentaciones a que podrás estar expuesto, a fin de apercibirte contra ellas. Piensa a menudo en tus postrimerías. ¿Lo haces? ¿Consideras las terribles consecuencias de una vida pasada lejos de Dios, y de una muerte que sorprende en pecado? Si no piensas en ello a menudo, no escaparás de las desgracias que te amenazan.

La confianza en Dios.
Orad por la buena educación de los niños.

ORACIÓN

Escuchadnos, oh Dios Salvador nuestro, y que la fiesta de la bienaventurada Berta, regocijando nuestra alma, la enriquezca con los sentimientos de una tierna devoción. Por J. C. N. S. Amén


El mismo día: San Laureano, Arzobispo de Sevilla, Mártir




El portentoso san Laureano, arzobispo de Sevilla y glorioso mártir de Cristo, nació de padres nobles en la provincia de Pannonia que ahora llamamos Hungría.
Dejó su patria siendo de poca edad, y fue a Milán donde por misericordia del Señor se hizo cristiano, recibiendo el bautismo de manos del obispo Eustorgio II, y ordenándose de diácono a la edad de treinta y cinco años.
Pasó después a España, guiado por la Providencia, para resistir con su predicación y doctrina a los herejes arrianos que eran muy poderosos y señores de la nación, y perseguían a los católicos.
Muriendo en esta sazón Máximo, arzobispo de Sevilla, por la malicia de los herejes, estuvo vacante aquella cátedra por espacio de dos años, hasta que por común voto de los prelados sufragáneos fue elegido para aquella dignidad el varón de Dios san Laureano, el cual gobernó diez y siete años aquella Iglesia.
Mas como los herejes levantasen en Sevilla una grande persecución contra el santo arzobispo, y el mismo rey Theudes que injustamente ocupaba el trono, enviase gente que le matasen, el santo, avisado de todo por un ángel, dijo misa, convocó al pueblo, hizo un largo sermón, y tomando después su báculo rodeó parte de la ciudad, llorando y dando voces diciendo: «Haced penitencia, y mirad que está Dios enojado y tiene levantado el brazo para heriros»- y en efecto, poco después fue reciamente castigada de Dios aquélla ciudad con sequedad, hambre y pestilencia.
Saliendo desterrado de ella el santo obispo, en el camino sanó a un ciego; entró en un navío llegando a Marsella, donde resucitó a un hijo de un hombre principal. De allí pasó a Italia y llegó a Roma, sanando muchos enfermos. En Roma visitó al Sumo Pontífice y consolóse con él; dijo Misa Pontifical delante del Papa el día de la Cátedra de san Pedro, y allí sanó a un viejo que desde niño estaba tullido de pies y manos. Partió después para visitar el cuerpo de san Martín, en Francia, y tuvo la revelación de que venían por parte del rey Totila algunos soldados con el fin de quitarle la vida. No se turbó el santo, ni se congojó, antes encendido de amor del Señor y deseoso del martirio, salió a buscarles, y encontrándose con ellos en un campo raso, siendo conocido por ellos, dieron en él y le cortaron la cabeza. Tomáronla y la llevaron al tirano, el cual cuando la vio y supo lo que había pasado, la envió a Sevilla, y con su entrada respiró aquélla ciudad y cesó la sequedad, hambre y pestilencia con que había sido azotada y afligida por el Señor a causa de sus pecados. El cuerpo del santo lo sepultó Eusebio, obispo de Arlés, en la iglesia de la ciudad de Bourges: y el Señor glorificó su sepulcro con innumerables prodigios.

REFLEXIÓN

Te parecerán crueles y ajenos de toda humanidad aquellos reyes Theudes y Totila que perseguían de muerte a un varón tan santo y adornado con el don de milagros y profecía como el glorioso san Laureano pero más extraña que la fiereza de aquellos bárbaros parece, sin duda, la guerra que hacen a nuestra

santísima religión los incrédulos y libertinos de nuestros tiempos. Porque a pesar de saber muy bien que a ella se debe principalmente la civilización del mundo, la aborrecen entrañablemente y quisieran exterminarla de la tierra. ¿No es esta guerra propia de bárbaros, o de gentes enemigas de Dios y del linaje humano?

ORACIÓN

Concédenos, oh Dios omnipotente, que en la venerable solemnidad del bienaventurado san Laureano, tu confesor y pontífice, se acreciente en nosotros el amor de la virtud y el deseo de nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


El mismo día: San Ulrico o Ulderico, Obispo


San Ulrico, obispo, descendía del noble linaje de los condes de Kyburg. Al nacer, era una criaturita tan esmirriada, que sus padres sentían incluso vergüenza de mostrarle a la gente, todos cuantos le veían quedaban convencidos de que aquel condesito no llegaría a valer para nada. Solamente un peregrino, que acababa de regresar de Tierra Santa, fue de distinto parecer y predijo que aquel niñito llegaría a ser un personaje famoso. De hecho, Ulrico, a quien solían llamar con la abreviatura familiar de Utz, alcanzó la edad de 83 años.

Así que Utz de Kyburg logró superar con tenaz aferramiento a la vida, todas las enfermedades que pueden pasarse en la infancia y llegó a hacerse un buen mozo bien asentado sobre sus fuertes piernas, sus padres le enviaron a la famosa escuela monasterial de San Gall. Muy pronto supo ganarse Utz la simpatía de maestros y condiscípulos, pues no solamente era aplicado y piadoso, sino que, además, con mucha frecuencia tenía ocurrencias graciosísimas, de suerte que en presencia suya hasta los enfermos reían francamente.

Por aquel entonces vivía en los alrededores de San Gall una ermitaña llamada Wiborada. Con frecuencia acudía Utz a visitarla. En una ocasión la ermitaña, penetrando el futuro, dijo al joven conde de Suabia, que en el futuro llegaría a ser obispo de una ciudad donde hay un río que separa dos comarcas. La profecía se cumplió, efectivamente, pues la ciudad de Augsburgo, de donde Ulrico fue más tarde obispo, está asentada junto al río Lech, que separa a Baviera de Württemberg.

Cuando Utz, a quien por respeto vamos a llamar con su nombre completo de Ulrico, hubo terminado sus estudios en San Gall, regresó a su casa y se convirtió en seguida en la mano derecha de su tío Adalberto, que era a la sazón obispo de Augsburgo y de quien había recibido la ordenación sacerdotal. Ulrico hizo también una peregrinación a Roma. Allí le comunicó al Padre Santo que su tío Adalbero había muerto, entretanto, y que él sería su sucesor. Sin embargo, aquélla predicción no se cumplió en seguida, pues cuando Ulrico regresó ya habían nombrado a otra persona obispo de Augsburgo, y como en el ínterin había fallecido su padre, Ulrico se reunió con su madre, que se había quedado sola, para consolarla en su desgracia. Cuando quince años más tarde murió, él mismo le cerró los ojos y como igualmente murióel obispo de Augsburgo, Ulrico le sucedió, llevando en sus manos durante cincuenta años el báculo pastoral.

Eran malos tiempos aquellos, pues poco antes los húngaros, pueblo bárbaro compuesto de pescadores, cazadores y jinetes, se habían desbordado sobre el país, montados en vivaces y pequeños caballos, iban incendiando ciudades y aldeas, asesinando a muchas personas y llevándose a otras como botín de esclavitud. Todos los que habían logrado escapar estaban sentados sobre las ruinas de sus antiguas haciendas, sin ánimos ni resolución para hacer nada. El obispo Ulrico tuvo muchísima labor. Con mano vigorosa se puso él mismo a trabajar en la reconstrucción, y su ejemplo inflamó a los demás. Nuevos alientos reanimaron a aquellos desgraciados hombres que se habían doblegado ante la desgracia, y todo fue resurgiendo con suma rapidez. Ulrico sabía además orar con fervor, y era de arriba abajo un obispo como debe ser.

En el año 955 volvió a haber una violenta razzia de húngaros que saquearon el país, asesinaron a muchísima gente y redujeron nuevamente a cenizas las iglesias y los monasterios, las ciudades y las aldeas. Alaridos de dolor y angustia resonaban por doquier. Pero esta vez las hordas salvajes llegaron solamente hasta la ciudad de Augsburgo. En esta ciudad les tuvo a raya San Ulrico, obispo, acompañado de un escogido escuadrón de caballeros y soldados aguerridos, hasta que llegó con su ejército imperial el emperador Otón I de Alemania, el cual, en el día 10 de agosto del 955, causó tan completa derrota a los húngaros en la famosa batalla de Lechfeld, que estas hordas jamás volvieron a internarse en territorio alemán. No cabe duda, que un gran mérito en esta batalla, famosa en toda la historia universal, le corresponde a San Ulrico, obispo de Augsburgo, el cual, según dijera el peregrino de vuelta de Tierra Santa, había de ser realmente un hombre grande, valioso y afamado.

La primera canonización pontifica, llevada a cabo por el Papa Juan XV en 993, fue la de elevar al honor de los altares a Ulrico de Augsburgo.



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