"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

jueves, 6 de agosto de 2009

6 de Agosto, Festividad de la Transfiguración de Nuestro Señor





por el R.P. Gustavo Podestá




Tomado de Catecismo




u aspecto se volvió de un blanco fulgurante -del latín fulgur, rayo- ex-astrá-pton, dice el griego, de astrapé, también rayo, relámpago, de allí nuestro término astro-.

Blancura de los astros, que proviene de la superficie candente de sus gases ionizados, hidrógeno y helio, su fotósfera, con temperaturas que van de los cuatro mil a los nueve mil grados.

El rayo, -el fulgurum, el astrapé- es algo más modesto: aunque la diferencia de potencial entre las nubes y el suelo alcance el valor de algunos millones de voltios y saltan chispas de varios miles de amperios de intensidad, como solo duran algunas milésimas de segundo, la cantidad de electricidad producida es muy pequeña y las temperaturas que provocan a su paso no superan los mil grados y por brevísimo tiempo...

Las enormes temperaturas del sol, nuestro astro cercano, como las del resto de las estrellas, son producidas por un proceso de reacción nuclear autocontrolada, descrita por el premio Nobel de la física del 67, Hans Albert Bethe, en donde a razón de 4,5 millones de toneladas por segundo 4 átomos de H se transforman en dos de helio, liberando una lluvia de neutrinos y cantidades fabulosas de energía en forma de fotones.

El paso del rayo, en las tormentas, cuanto mucho, produce algo de ozono.

Algo de eso puede provocar el hombre. Cuando, por ejemplo, artificialmente impactamos con neutrones al núcleo de uranio, este se rompe en pedazos; pero la masa resultante es menor a la masa del átomo inicial. Esa masa faltante, según la conocida fórmula de Einstein, masa por velocidad de la luz al cuadrado, se ha transformado en energía. Si tenemos suficiente uranio, la llamada masa crítica -unos 10 kilos, en este caso-, los neutrones liberados en esta fisión hacen fragmentarse a los átomos vecinos, que liberan aún más energía y continúan aceleradamente el proceso. Es lo que se llama reacción en cadena o sencillamente explosión. Eso también se puede hacer, y mejor, con plutonio en vez de uranio.

Esta explosión, en un radio contado en kilómetros por masa crítica, produce varias clases de efectos: primero: elevación repentina y violenta de la temperatura a unos tres mil grados: con el consiguiente derretirse de las estructuras metálicas que están en el camino y el desplazamiento repentino de grandes masas de aire; y, segundo, radiactividad: radiaciones gamma de la misma explosión y emisión de partículas alfa y beta, que contaminan la atmósfera, las aguas y el terreno y por años hacen inhabitable la zona.

En una carta fechada en Agosto de 1939 Albert Einstein se había dirigido al presidente Roosvelt comunicándole que la fisión del átomo permitiría fabricar una bomba de estas características.

A un costo de más de 2000 millones de dólares de aquella época el proyecto Manhatan, dirigido por Oppenheimer, con por lo menos 150.000 personas trabajando directamente en él, logró el 16 de julio de 1944 en Alamogordo, hacer explotar exitosamente el primer prototipo.

Se fabricaron entonces, al menos, dos bombas de 4 toneladas y media cada una, y tres metros de longitud, una de uranio, de setenta centímetros de diámetro, otra de plutonio, el doble de ancha. A la primera se la bautizó Little boy a la segunda, más gorda, Fat man.

Mañana se cumplirán exactamente 50 años de cuando el bombardero norteamericano Enola Gay, por orden del presidente Truman, lanzó a Little boy sobre el blanco civil de Hiroshima.

Al segundo la temperatura de la ciudad se había elevado a 3000 grados centígrados: no tan caliente y fulgurante como la superficie del sol, pero suficiente para hacer desaparecer la ciudad y evaporar a sus cien mil habitantes.

Al fin y al cabo, el masivo bombardeo aliado de Dresde pocos meses antes, con bombas convencionales, solo había conseguido levantar la temperatura de la ciudad a 350 grados y destruirla solo en un 75 por ciento, lo cual por supuesto, fue suficiente para cremar a toda su población civil.

Sí: en Hiroshima, por una fracción de segundo, el aspecto de la gente, antes de transformarse en vapor, se volvió de un blanco fulgurante y una nube letal los cubrió con su sombra.

Es claro que eso no tiene nada que ver con la escena del evangelio que hemos escuchado hoy, a no ser que ese rayo siniestro de muerte inventado por Adán, construido en Babel y blandido por Caín no haya sido transfigurado por Cristo y haya llevado a todos esos hombres al encuentro con él. Al fin y al cabo no es casual que las dos grandes comunidades católicas de Japón en ese tiempo, habitaran justamente Hiroshima y Nagasaki, y allí desaparecieron.

Lo del evangelio de hoy es diferente. El evangelista utiliza elementos simbólicos para hablarnos de Jesús, ese Jesús que en este lugar del evangelio comienza su decisiva etapa de la subida a Jerusalén. Así como en la etapa anterior había presentado a Jesús en la escena del bautismo; en esta etapa última lo vuelve a presentar con la escena de la transfiguración. Son escenas parecidas: en los dos casos se oye desde el cielo la frase "Este es mi hijo muy querido". Porque claro los evangelistas no tienen el recurso de la filosofía griega que usa nuestra teología, como para decir, como se dirá recién tres y cuatro siglos después, en los grandes concilios, que en Jesús hay una sola persona divina y dos naturalezas, una divina y otra humana. Los evangelistas para hacer teología trabajan con imágenes, con escenificaciones, con símbolos del antiguo testamento. Y cuando construyen estas escenas no están contando simplemente historia o haciendo periodismo: hacen teología a su manera.

Lucas había mostrado poco antes las perplejidades de Herodes, "¿quién es éste?, ¿Elías, Juan, un profeta?". ¿Quién es Jesús? El mismo Pedro, solo había alcanzado a decir: "Tu eres el Mesías". El nuevo caudillo, el duce o el fuhrer que vendrá mesiánicamente a llevar al pueblo a la dicha, a la prosperidad, al orden nuevo.

Y ahora Lucas lo vuelve a mostrar corto, dormido, sin saber lo que dice. Pedro no va más allá del viejo testamento, de Moisés y Elías, y simplemente quiere restaurar los viejos y legendarios tiempos de aquellos grandes profetas, simbolizado en la fiesta de los tabernáculos o de las tiendas, que, junto con Pascua, era una de las dos grandes festejos de Israel.

En efecto, esta fiesta de las tiendas a la cual se alude en nuestro evangelio de hoy, era en su origen una solemnidad agraria: la celebración del fin de la cosecha, de la recolección, de los trabajos y labores; era el momento del disfrute: se cantaba y danzaba, todo era jolgorio. Mas tarde se le sumó el significado de festejar la finalización de la construcción del templo de Salomón y, luego aún, el recuerdo de las épocas felices por excelencia cuando en el éxodo, en el desierto, Israel en sus tiendas estaba en comunicación directa y familiar trato con Dios. "Quien no ha visto la alegría de esta fiesta -dice el Talmud- no ha visto verdaderamente alegría en su vida". Como las viejas costumbres habían nacido en el campo, donde en esas festividades se construían chozas o carpas que facilitaban las tareas comunes, al trasladarse la celebración a Jerusalén se siguió manteniendo la costumbre -y aún hoy se mantiene entre los judíos practicantes- de construir chozas de ramas en los patios y azoteas. Por eso se la llamaba la fiesta de las chozas o de los tabernáculos o de las carpas.

Eso es lo que quiere festejar Pedro cuando se refiere a la construcción de tres chozas o carpas. Cree que Jesús es un nuevo Moisés, un nuevo Elías, el Mesías, y que ya allí las cosas están acabadas, completadas, terminadas. Todos sus sueños humanos y las esperanzas de Israel, cree Pedro, han de recolectarse ahora, ha llegado el momento de la cosecha, de la inauguración del Templo.

Y en parte será así, pero no como Pedro lo piensa. Jesús habla del éxodo, si, del desierto -éxodo es el término que nuestro leccionario traduce partida-, pero ese éxodo suyo no es la fiesta que Pedro imagina, es la partida que Jesús habrá de consumar recién en Jerusalén, en la Pascua.
No una cualquier realización, éxito, logro humano, no una entrada conquistadora en tierra prometida de este mundo, no la construcción de un templo fabricado por manos de los hombres, no la instauración de la ética o la moral o la justicia en este tiempo, sino el paso muy superior de lo humano a lo divino.

Eso se expresa en la blancura o fulguración de su aspecto -los astros, la luz, símbolos véterotestamentario del ámbito propio de Dios como hemos escuchado en la primera lectura- Y también se afirma en la mención de la gloria, o de la montaña, signo universal del encuentro del cielo y de la tierra, o de las nubes, alados carros de Dios... Y, finalmente, la voz que viene del cielo y que, ya no puede ser más explícita: no 'este es el Mesías', sino "este es mi hijo, el Elegido, escuchadlo".

Y de tal manera ésto supera al viejo testamento, resumen espléndido de todas las expectativas de lo humano, que cuando se oye la voz, Moisés y Elías, representantes de lo viejo, han desaparecido, Jesús está solo. Ya no hay que escucharlos más a ellos sino solamente al hijo de Dios.

Porque Cristo no viene a traer meramente una sabiduría, una enseñanza humana, "Maestro, qué bien estamos aquí". No es la culminación, la cosecha, la recolección de ningún esfuerzo del hombre, una fiesta de los tabernáculos, de las chozas. Ni tampoco el final feliz, el epílogo o apéndice del antiguo testamento; sino que es el inicio de un capítulo nuevo, de un libro nuevo, que mira a la transformación, transfiguración, metamorfosis del hombre, por el paso de la Pascua, por el éxodo o partida a cumplirse en Jerusalén, hacia un destino incomparablemente superior a cualquier cosa que pueda el hombre conseguir por si mismo: la gloria, la salvación, la filiación divina, la perenne trinitaria felicidad.

Porque lo puramente humano, Adán, termina siempre por transformarse en Babel, en Caín: de una u otra manera, en muerte; o en el mundo virtual construído por la técnica, la propaganda, los ordenadores y los mass media, o en el mundo real deflagrado en Hiroshima y Nagasaki, en Bosnia o en Rwanda, o más pedestremente en injusticia y hambre...

Solo Cristo, el hijo de Dios, puede transfigurar a la humanidad, dar sentido a su ciencia y a su técnica, y aún llevar a la vida a los que Adán y Caín condenan a la muerte.


San Sixto II, Papa y Felicísimo y Agapito, Mártires




an Sixto nació en Atenas. Siendo diácono de la Iglesia romana, sucedió al Papa San Esteban en la silla de San Pedro por los años 257, durante la persecución de Valeriano.

San Sixto es titulado por San Cipriano: prelado pacífico y excelente. Y efectivamente un poco de paz sí se apresuró a llevar, apenas fue elegido, a las iglesias de Roma y de Cartago en cruenta lucha por la cuestión del bautismo a los herejes.

Tuvo una reconciliación con S. Cipriano, pero no hubo tiempo para profundizar un diálogo, pues debió enfrentar una nueva emergencia: Valeriano desató una segunda persecución contra los cristianos. Éstos fueron invitados a abjurar, so pena de la expropiación de los bienes y la decapitación.

Sixto fue detenido, procesado y condenado. La historia cuenta el conmovedor encuentro que tuvo con su diácono Lorenzo, en el camino hacia el martirio, quien
viéndole conducir primero a la cárcel, y luego al suplico, iba tras él quejándose con gran ternura y sentimiento de que le dejaba atrás. San Sixto le contestó amorosamente con una predicción: muy pronto habría de sufrir una muerte más gloriosa en el nombre de Cristo. Efectivamente a los cuatro días Lorenzo moriría quemado vivo en la hoguera. En ese mismo encuentro Sixto ordenó a su diácono que repartiera entre los pobres los tesoros de la Iglesia.

A fines del mes de agosto del 258, San Cipriano, que sería decapitado el 14 de septiembre, escribía a uno de sus colegas: «Valeriano, en un escrito al Senado, ha dado la orden de que los obispos, sacerdotes y diáconos sean ejecutados inmediatamente. Sabed que Sixto ha sido muerto en un cementerio el 6 de agosto, y con él cuatro diáconos». La noticia era exacta. El 6 de agosto, el Papa Sixto II había sido apresado en en el cementerio de Calixto y decapitado junto con los diáconos Genaro, Magno, Vicente y Esteban. Otros dos, Felicísimo y Agapito habían corrido la misma suerte en el cementerio próximo al Pretextato. Nos hallamos ante la página más gloriosa de la historia de la Iglesia romana durante las persecuciones. Cipriano podía apoyarse en este testimonio para invitar a los cristianos de África «a la lucha espiritual: de tal suerte -dice - que cada uno de nosotros no piense tanto en la muerte cuanto en la inmortalidad y que, consagrados a Dios con todas las energías de su fe y de su entusiasmo, sientan antes la alegría que el miedo a la hora de una confesión, en la que saben que los soldados de Dios no reciben la muerte, sino antes bien, la corona» (Carta 80).

En la pared derecha de la Cripta de los Papas se conservan, juntados, dos fragmentos originales de un primer poema de San Dámaso, dedicado al Papa Sixto II para celebrar su glorioso martirio.

"Cuando la espada (persecución)
las pías entrañas de la Madre
(Iglesia)
traspasaba, aquí el obispo sepultado
(Sixto II)

la doctrina (las divinas Escrituras) enseñaba.
Llegan de improviso soldados y arrestan
allí al sentado en cátedra
(la cátedra episcopal),
mientras los fieles ofrecen sus cuellos a la guardia enviada
(es decir, intentan salvar al Papa a costa de su vida).
Apenas el anciano
(obispo)
supo que uno quiso arrebatarle la palma
(del martirio),
él mismo fue el primero en ofrecerse y dar su cabeza a la espada, para que así a ninguno pudiera herir una tan impaciente rabia
(pagana).
Cristo que distribuye los premios de la vida, reconoció el mérito del pastor, defendiendo El mismo el resto de su grey".

San Esteban y los doscientos mártires de Cardeña



unos doce kilómetros al oriente de Burgos se levanta el monasterio de San Pedro de Cardeña, el que los cronistas de la Orden de San Benito hacen remontar al siglo V. Como es corriente en las fundaciones benedictinas, el cenobio está emplazado en un ancho valle más fértil y productivo que el resto del terreno, de suyo pedregoso y levemente ondulado, como lo es toda la comarca de Cardeña. Desconocemos la suerte que pudo correr el monasterio en el momento de la invasión musulmana, pero al repoblar la región de Cardeña el rey Alfonso III de León vemos surgir de nuevo el abandonado monasterio y pronto convertido en centro de laboriosidad y vida religiosa, según norma de las abadías medievales.

Las reliquias de San Pedro y San Pablo, San Juan Evangelista, San Vicente y Santa Eufemia, que se veneraban, en el monasterio de Cardeña, sirvieron, en aquellos días de gran fervor religioso, de medio de atracción para que muchas familias acudieran a repoblar las tierras abandonadas o recién conquistadas; las gentes del campo establecidas en la región de Cardeña y lugares circunvecinos sienten pronto la protección y el amparo de los tesoros de fe encerrados en el monasterio; admiran, con asombro la vida austera que hacen los numerosos monjes observantes de la regla de San Benito, y su agradecido reconocimiento se traduce en multitud de donaciones que son garantía de la protección divina.

El monasterio de San Pedro de Cardeña y todo el territorio castellano, como lugares fronterizos, se hallaban expuestos a frecuentes incursiones musulmanas en los siglos IX y X: los árabes, además, sabían aprovechar ventajosamente todas las luchas internas existentes entre los reyes y condes del territorio libre para sus fines militares y conquistadores. Apenas subió al trono de León Ordoño III (951), se vio envuelto en una guerra contra su hermano Sancho, pretendiente al trono y favorecido en sus aspiraciones por el rey García de Navarra y el conde de Castilla Fernán González, que marcharon con sus ejércitos sobre la ciudad de León. Las huestes de Abderramán aprovecharon muy oportunamente estas discordias de los reinos cristianos para invadir las fronteras castellanas, obteniendo fáciles y sonadas victorias registradas por los cronistas árabes en los años 951 y 952.

Los brillantes triunfos obtenidos por los ejércitos de Abderramán les movieron a repetir el ataque al año siguiente, confiados en que habían de obtener un rotundo éxito, porque las desavenencias entre el rey de León y el conde de Castilla continuaban. Precisamente en el momento en que Ordoño III se preparaba a ir contra el conde Fernán González, Ahmed ben-Yala, gobernador de Badajoz, y el terrible Gálib, gobernador de Medinaceli, planearon un ataque simultáneo por tierras de León, y Castilla en el verano del año 953. El conde Fernán González intentó hacer apresuradamente las paces con el rey de León y solicitó su ayuda, según lo atestiguan el Tudense y don Rodrigo Jiménez de Rada, pero la decisión llegaba tarde. Gálib penetró con su poderoso ejército por tierras de Castilla, avanzó sobre San Esteban de Gormaz, se apoderó de su fortaleza y, siguiendo la vía romana que va desde Clunia a Burgos, asoló los territorios que encontró a su paso: se internó por Cerras de Lara hasta Palazuelos de la Sierra, bajando después por Santa Cruz de Juarros hasta llegar a la capital de Castilla la Vieja.

En el camino un poco desviado al oriente de la ciudad burgalesa estaba el monasterio de San Pedro de Cardeña, rico por las frecuentes donaciones de monarcas y fieles, floreciente por los doscientos monjes que allí rezaban, estudiaban y trabajaban bajo la mirada vigilante de su abad Esteban. El venerando cenobio ofrecía ocasión propicia a la soldadesca mora para satisfacer su desenfrenada codicia de riquezas y, al mismo tiempo, apagar su insaciable sed de sangre cristiana. Según reza una inscripción de la segunda mitad del siglo XIII, con un laconismo propio de crónica medieval, el día 6 de agosto, fiesta de los santos mártires Justo y Pastor, llegó el ejército árabe a San Pedro de Cardeña, saqueó el monasterio y consumó la horrible matanza de sus doscientos monjes. La Crónica General de Alfonso el Sabio confirma también el hecho y asegura, además, que sus cuerpos fueron soterrados en el claustro, que en adelante se denominó de los mártires, perpetuando así la memoria de estos héroes de la fe de Cristo. El general del ejército árabe, Gálib, expidió rápidamente a Córdoba un correo anunciador de los triunfos que había conseguido sobre los cristianos, y poco después llegaba un convoy con abundante botín de cruces, cálices y campanas, que los musulmanes cordobeses recibieron con grandes muestras de satisfacción y alegría.

Ruinas y soledad interrumpieron por unos años la vida del asolado monasterio; pero la sangre de tan crecido número de mártires no podía ser infructuosa ni estéril; la vida del martirizado cenobio surgió pujante poco después, merced a la magnánima liberalidad del conde Garci Fernández, que bien puede considerarse como el restaurador y principal mecenas de San Pedro de Cardeña. Tanto la Crónica General como el martirologio antiguo de Cardeña y una memoria antigua conservada todavía en Oña en el siglo XV, según Argaiz, atribuyen la restauración del monasterio al conde Garci Fernández, y esta unánime coincidencia es una prueba más de que el martirio de los doscientos benedictinos de Cardeña tuvo lugar en el siglo X y no en el IX, como con notorio error apunta la inscripción de la lápida conmemorativa colocada en el claustro.

La memoria de los doscientos héroes de Cardeña degollados por los alfanjes musulmanes tenía que recibir pronto la veneración y el homenaje de los fieles y de sus hermanos en religión. El Señor, por su parte, quiso también honrar a sus santos con el maravilloso prodigio de ver teñido de color de sangre el pavimento del claustro todos los años el día 6 de agosto, aniversario del martirio, y en el lugar donde, según la tradición, habían sido martirizados. El milagro se vino repitiendo todos los años hasta los tiempos de Enrique IV (1454-1474), cuando faltaba poco tiempo para que los árabes fueran expulsados de España. El hecho lo deja insinuar la Crónica de Alfonso el Sabio de la segunda mitad del siglo XIII, cuando nos dice que "faz Dios por ellos muchos milagros". Y en el voluminoso libro del dominico Alfonso Chacón (De martyrio ducentorum monachorum sancti Petri a Cardegna), impreso en Roma el año 1594, como preparación para la canonización, se recoge además un buen número de milagros realizados a través de los siglos por estos atletas de Cristo.

Por sus doscientos mártires, y por los beneficios y gracias conseguidos a través de su intercesión, el monasterio de Cardeña quedó convertido en centro de peregrinación nacional; allí acudieron reyes como Enrique IV en 1473, Isabel la Católica en 1496, Felipe II en 1592, Felipe 111 en 1605 y Carlos II en 1677, y allí se congregaban en ininterrumpidas caravanas fieles de los pueblos y comarcas de Castilla atraídos por la fama de sus milagros y por el magnífico ejemplo de su vida inmolada y sacrificada en defensa de la fe cristiana. Cuando, a finales del siglo XVI, se quiso dar cauce oficial y litúrgico al culto tradicional de los mártires de Cardeña, su causa encontró favorable acogida en la Sagrada Congregación de Ritos y el Papa Clemente VIII autorizó el culto por breve pontificio del 11 de enero de 1603. El monasterio de Cardeña se preparó a celebrar tan fausto acontecimiento con una hermosa capilla dedicada a los Santos Mártires y con una serie de actos y solemnidades religiosas que duraron más de una semana.

Con la canonización oficial y solemne su fiesta trascendió a muchos pueblos de la diócesis de Burgos, que se apresuraron a conseguir reliquias para su veneración; su culto traspasó las fronteras de Castilla y pasó a varios pueblos de las diócesis de Valladolid y Palencia. Reliquias fueron solicitadas de muchas catedrales de España y aun del Nuevo Mundo, como nos consta por las existentes en Burgos, Santiago, León, Palencia, Osma, Badajoz, Santander, Canarias y Méjico.

Si el recuerdo del Cid Campeador no hubiera bastado para dar fama universal al monasterio de San Pedro de Cardeña, hubiera sido más que suficiente el martirio de estos doscientos monjes benedictinos, cuyas coronas serán la mejor ofrenda que podrá presentar esta región de Castilla cuando, según palabras de Prudencio, venga el Señor sobre una nube, blandiendo rayos con su diestra fulgurante, a poner la justicia entre los hombres.

DEMETRIO MANSILLA REOYO


Santos Justo y Pastor, Mártires



os santos niños Justo y Pastor murieron en la llamada "Gran persecución", la del emperador Diocleciano, en la que fueron inmoladas víctimas en mayor número que en todas las anteriores y en la que, además, se empleó la tortura con más refinamiento y crueldad que nunca.

Hasta tal punto fue sangrienta esta persecución, la última de todas, que la más antigua manera cristiana de computar el tiempo partía del año primero del reinado de Diocleciano, y este cómputo se llamaba "Era de los mártires".

Fue Diocleciano un gran estadista. La historia más moderna nos lo presenta, además, como un espíritu prócer, lleno de veneración por la majestad de Roma. No era ambicioso ni cruel. Y, como por entonces ya los bárbaros amenazaban las fronteras del Imperio, comprendió que él solo no podía acudir a todos los puntos donde sus enemigos, exteriores e interiores, le presentaran batalla. Resolvió, pues, compartir el gobierno de su inmenso Imperio con hombres de su confianza. Quedaba así fundada la "tetrarquía".

Lo más seguro es que, de haber seguido Diocleciano sólo al frente del Imperio, nunca hubiera perseguido al cristianismo. El era tolerante y demasiado inteligente para comprender que los perseguidores que le habían precedido habían fracasado en su empeño y que el mayor bien para su Imperio, desde todos los puntos de vista, incluido el político, era la paz y la unión de los espíritus. Pero tuvo a su lado un mal consejero que le indujo a la persecución: su yerno Galerio, que odiaba cordialmente al cristianismo. Al dejarse influir por éste, Diocleciano echó sobre sí la más negra mancha, de la que jamás la historia podrá exculparle.

Hacía cuarenta años que la Iglesia no era perseguida. El número de cristianos había crecido en medio de la paz, y con el favor de los emperadores se habían construido templos en las principales ciudades. Mas con la bonanza languidecía también el espíritu de los fieles; en la religión del amor empezaron las discordias, las envidias, la murmuración, y la mentira penetró en los seguidores de la Verdad. Entonces sobrevino el castigo. Galerio empezó a perseguir a los cristianos que militaban en su ejército. Maximiano Hércules imitó la conducta de aquél. Corría el año 301 de la Era cristiana.

Dos años más tarde, Galerio arrancó al fin a Diocleciano el edicto primero de persecución general. Todavía no era sangriento. Se mandaba destruir las iglesias cristianas y arrojar al fuego los libros sagrados. Los nobles que no apostataran de su fe serían notados de infamia; los plebeyos, privados de su libertad. Dos edictos posteriores iban dirigidos contra los jerarcas de la Iglesia, en términos conminatorios, ya sangrientos.

La persecución fue encarnizada desde el año 304, en que Diocleciano promulgó su último edicto. Los que se negaran a sacrificar serían gravísimamente torturados. Así lo afirma Eusebio de Cesarea, contemporáneo de los hechos e historiador de los mismos. Y añade: "Apenas ya puede contarse el número de los que en las distintas provincias del Imperio padecieron el martirio".

Las descripciones que de las torturas nos hace Eusebio horripilan, ciertamente; pero, por desgracia, son conformes con la realidad de los hechos.

En España representaba a Maximiano Hércules como procónsul o gobernador Daciano, que ha pasado a la historia como un tirano de los más siniestros y crueles; tal como lo describió nuestro gran poeta cristiano Aurelio Prudencio, en su poema Peristephanon, en que le hace responsable de todos aquellos horrores.

Dentro de este marco histórico, pues, sucedió el martirio de los dos pequeños héroes madrileños, Santos Justo y Pastor.

No es posible dudar de su historicidad. Prudencio les dedica una estrofa de su poema, que nosotros así traducimos:

"Siempre será una gloria para Alcalá el llevar en su regazo la sangre de Justo con la de Pastor, dos sepulcros iguales donde se contiene el don de ambos: sus preciosos miembros."

Los nombres de los mártires que figuran en el poema de Prudencio pertenecen todos a la historia. En los calendarios primitivos de la España cristiana, que son los mozárabes, aparecen también Justo y Pastor. Y el testimonio de los calendarios es irrecusable, pues en ellos se registraban las fiestas y conmemoraciones litúrgicas que tradicionalmente venían celebrándose. Lo que no hubiera sido posible de no existir el hecho de un sepulcro de mártir, que no puede falsificarse.

¿Desde cuándo se celebraría esta fiesta? Ya vemos que Prudencio habla de los sepulcros de Justo y Pastor. Por tanto, ya existían cuando él escribió. Prudencio murió hacia el año 405 de nuestra Era. Aparte de esto, existe el testimonio de San Paulino, que afirma haber enterrado el año 392 a un hijito suyo, muerto de ocho días, junto a los mártires de Alcalá.

De modo que, desde fines del siglo IV, unos ochenta años después del martirio, empezaría oficialmente en la Iglesia española el culto en honor de estos heroicos niños.

Ello no puede extrañarnos. Hubo millares y millares de mártires en los tres primeros siglos del cristianismo. Pero no todos, ni mucho menos, quedaron registrados en los calendarios de la Iglesia. Sólo conocemos los nombres de una exigua minoría. Y la razón es muy sencilla. Hubo mártires insignes por las circunstancias de su martirio, o por la edad en que dieron su vida, demasiado avanzada o demasiado tierna, o por el ascendiente que gozaban entre los cristianos antes de su muerte. Estos mártires dejaron una huella más honda en aquélla generación, y sus nombres se perpetuaron en la liturgia de la Iglesia.

Algo de esto debió ocurrir en el caso de estos santos niños. Dieron su vida espontáneamente y la dieron en edad muy tierna. Eran unos párvulos, y por ello causaron honda impresión en los hombres de su tiempo. El fenómeno pues, tiene fácil explicación.

Sin embargo, las actas de su martirio no son auténticas, es decir, fueron escritas en época muy posterior y por un escritor muy lejano de los hechos. Este, pues, recogería las pocas noticias transmitidas por la tradición oral y las elaboraría a su talante, aunque con indiscutible acierto desde el punto de vista estético y religioso. Fácilmente obtendría la finalidad que él se proponía de edificar y deleitar a sus lectores que, en época visigoda en que fueron escritas las actas, serían muchos y muy ávidos de una tal literatura. Nosotros hoy sólo podemos admitir como histórico de estas actas un pequeño núcleo, lo substancial de ellas: Justo y Pastor, tiernos escolares, enardecidos por el ejemplo de tantos hermanos que confesaron su fe con la muerte, un día, al salir de la escuela, arrojaron sus cartillas y se presentaron ante Daciano a confesarse discípulos de Jesucristo, y el procónsul los mandó degollar.

Todo lo demás es literatura edificante del hagiógrafo, y no puede concederse mayor autoridad a estas actas. Es verdad que tampoco es necesario. De suyo, los breves datos que admitimos como históricos son tan sublimes que bastan para nuestra edificación.

Un himno de la liturgia dice: "Justo apenas contaba siete años; Pastor había cumplido los nueve”. Es muy probable que así fuera.

Por lo demás, el diálogo que de los dos hermanos nos transmiten las actas, reproducido luego por San Ildefonso de Toledo (muerto en el año 667) en su apéndice a la obra Varones ilustres, de San Isidoro, es tan bello que no nos resistimos a transcribirlo.

"Mientras eran conducidos al lugar del suplicio mutuamente se estimulaban los dos corderitos. Porque Justo, el más pequeño, temeroso de que su hermano desfalleciera, le hablaba así: "No tengas miedo, hermanito, de la muerte del cuerpo y de los tormentos; recibe tranquilo el golpe de la espada. Que aquel Dios que se ha dignado llamarnos a una gracia tan grande nos dará fuerzas proporcionadas a los dolores que nos esperan". Y Pastor le contestaba: "Dices bien, hermano mío. Con gusto te haré compañía en el martirio para alcanzar contigo la gloria de este combate".

La tradición de Alcalá ha transmitido la noticia de que los mártires fueron ejecutados fuera de la ciudad, cosa muy verosímil, pues lo natural es que el tirano tuviera miedo de las iras del pueblo y procurara que su crimen pasara inadvertido.

En la santa iglesia magistral de Alcalá de Henares se conserva y se expone a la veneración una piedra que en uno de sus lados tiene una cavidad que la piedad popular quiere que sea la señal de la rodilla de los santos niños. Al arrodillarse sobre la piedra para ser decapitados se habría impreso sobre ella la forma de la choquezuela o rodilla de los pequeños mártires. El hecho es que esta piedra existe desde tiempo inmemorial. La veneración que los fieles la tributan redunda, en todo caso, a gloria de los dos bienaventurados.

El hallazgo de los cuerpos lo atribuye San Ildefonso al obispo Asturio de Toledo, quien, iluminado por Dios. habría dado con el lugar de su sepultura.

Es interesante también la noticia que da San Ildefonso de que Asturio edificó la primera basílica en honor de los mártires, y que de tal modo se le entrañó a este obispo toledano el culto de los santos niños, que desde entonces no volvió más a su diócesis de Toledo, sino que permaneció en Alcalá, junto al sepulcro, allí quiso morir y ser enterrado. Con ello consiguió que el antiguo Complutum y actual Alcalá de Henares se erigiera en diócesis, de la que Asturio habría sido primer obispo.

A este obispo, venerado por santo, se le atribuye la misa y el oficio de los dos niños mártires. Al cual oficio y misa pertenece esta bellísima oración: "Verdaderamente santo, verdaderamente bendito Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que robusteció la infancia de sus pequeños Justo y Pastor para que, a pesar de su tierna edad, pudiesen soportar los tormentos del perseguidor, y que en ellos se dignó hablar por el don de la gracia, cuando ambos se estimulaban mutuamente para el martirio, quienes habían de alcanzarlo, no por la fortaleza de su cuerpo, sino de su espíritu... Te pedimos que merezcamos vivir con la inocencia de aquellos cuya fiesta solemne celebramos hoy. Por Cristo, Señor y Redentor eterno".

JUAN MANUEL ABALOS.


San Horsmidas, Papa y Confesor (514-523)

Siempre obedientes y sujetos a los pies de la Santa Iglesia,
firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y la humildad
y el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
(San Francisco de Asís)


San Hormisdas Nació en Frosinone. Durante su pontificado tuvo lugar la definitiva conciliación entre Iglesia Oriental y Occidental. Demostró habilidad y autoridad en las negociaciones.

En Constantinopla se suscribió la así llamada fórmula Hormisdas que volvía a proponer prácticamente la doctrina del Concilio de Nicea, de Calcedonia y de la carta de San León Magno. Ésta terminaba así: «...Estoy de acuerdo con el Papa en la profesión de la doctrina y reprendo a todos los que él reprende».

Sin embargo en política se produjo una verdadera fractura entre Oriente y Occidente por culpa del emperador Justino. Este quería reconquistar Italia e incorporarla al imperio. Pero tenía que enfrentarse con Teodorico. Utilizó contra él, arriano, el arma de la religión, contando con el respaldo del Papa y de los católicos. Puso pues la población de Italia contra él y, con un edicto empezó la persecución contra los arrianos, llegando a cerrarles su iglesia. Teodorico respondió persiguiendo a los católicos, que consideró responsables de la política imperial. Víctima de esta nueva situación fue el ministro de Teodorico, el poeta Boecio, que fue condenado a muerte por su rey (524), y escribió en la cárcel su famoso tratado De consolatione philosophiae, obra perteneciente al patrimonio de la cultura universal.

Hormisdas legisló en materia de disciplina eclesiástica: se vetaba otorgar el cargo de obispo a cambio de privilegios y donaciones. Durante su pontificado San Benito fundó su orden.

La persecución de los vándalos terminó pocos días antes de la muerte de San Hormisdas.



Santa Claudia, Matrona

Señor, si tan maravillosas son
las pálidas imágenes tuyas,
¡que insondable y admirable será
tu misma grandiosidad
!
(San Ignacio de Loyola)


Era una dama de importancia en la Roma del siglo I. San Pablo la menciona en su segunda epístola a Timoteo. Según la tradición Santa Claudia era hija del rey británico Caractaco, a quien el general romano Aulo Placio derrotó y envió prisionero a Roma con su familia en el año 51. El emperador Claudio los puso en libertad. Una de las hijas de Caractaco se quedó en Roma y fue bautizada con el nombre de Claudia. Se ignora el día de su muerte.


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