"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

sábado, 1 de agosto de 2009

1 de Agosto, Los Santos Mártires Macabeos



l fin. Ya todo se acabó. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.... los siete. Con el martirio de cada uno de ellos le iban arrancando a ella, la madre, un trozo de su ser. Por eso ya no le quedaba nada. Vivía, pero su vida se había ido agotando con la muerte de cada uno de sus hijos. Ni dolor posible había para ella. Era como un vaso lleno donde ya no cabe agua.

Los había visto morir, uno a uno, casi cacho a cacho, en medio de una espantosa carnicería. La lengua, las manos, los pies... Y luego, así manando sangre, despojos humanos, a la caldera del aceite hirviendo. Pero, eso sí, valientes, erguidos, animosos. Proclamando su fe, cuando podían hablar, con palabras arrebatadas. Cuando ya no, con su mirada, con sus ojos brillantes de dolor o de esperanza, fijos en el cielo o en ella. Y luego, el mismo retorcimiento de sus miembros, el crepitar de sus carnes, el vaho espeso y atosigante de sus grasas, era como un incienso nuevo que traspasaba los techos del palacio y del mundo en un puro grito de amor.

Y ella, allí. Cada tormento de sus hijos era un golpe de dolor y de asfixia que se le iba represando en la garganta. Venía el dolor a oleadas, amenazando romper el dique de su corazón. Pero no. El quiebro de su fortaleza se notaba apenas en aquel sordo sollozo interior, en aquella leve crispación súbita de sus miembros, en aquella acentuada presión de sus manos al estrechar contra su pecho el apiñado racimo humano que iba reduciéndose, reduciéndose...

Hasta que no pudo abrazar más que el vacío. Había entregado su último hijo, el pequeño, el que estaba más cerca aún de su carne. Y fue entonces cuando hubo de hablar, a instancias del verdugo. Las primeras palabras habían sido dulces, quejumbrosas, como un llamamiento al consuelo, a la vida, a la alegría. Se hubiera esperado de ellas una súplica al niño para que volviese atrás, negase su fe, pero quedase en la vida como gozo único de su madre, según prometía el tirano. Mas luego se habían convertido, por esa misma carga de dulzura y de queja, en el agudo llamear de una espada que invitaba a la victoria de una muerte en martirio:

"Hijo, ten compasión de mí, que por nueve meses te llevé en mi seno, que por tres años te amamanté, que te crié, te eduqué y te alimenté hasta ahora. Ruégote, hijo, que mires al cielo y a la tierra, y veas cuanto hay en ellos, y entiendas que de la nada lo hizo todo Dios, y todo el humano linaje ha venido de igual modo. No temas a este verdugo, antes muéstrate digno de tus hermanos y recibe la muerte para que en el día de la misericordia me seas devuelto con ellos."

¿Hacía falta echar leña al fuego? Porque aquel adolescente, carne de su carne, era ya una llama viva, pura hoguera de encendidas palpitaciones. Voluntad indomable y arrogante, pero también aguda lucidez. Sabía adónde iba, y sabía también el porqué y el para qué:

"Yo, como mis hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes patrias, pidiendo a Dios que pronto se muestre propicio a su pueblo, y que tú, a fuerza de torturas y azotes, confieses que sólo Él es Dios. En mí y en mis hermanos se aplacará la cólera del Omnipotente, que con encendida justicia vino a caer sobre toda nuestra raza."

Las palabras, aceradas palabras, llenas de tremenda clarividencia de responsabilidad, pero también de inmensa fe, de inmenso amor, de total sentido de sacrificio, no se las había dirigido a ella, sino al tirano.

Estas palabras habían sido la expresión más absoluta del puro holocausto, y a ella la habían confortado en todos aquellos momentos últimos, tan terribles, cuando no veía más que desolación, miembros sanguinolentos, máscaras chamuscadas y retorcidas de los cuerpos de sus hijos, y vacío, sobre todo vacío.

Al fin todo se había acabado. Quedaba ella. Pero ¿qué era ella? El último resplandor, la vacilante llamita final de un incendio ya pasado. Recibió la muerte como si recibiera el soplo de una brisa. No tenía más que hacer: apagarse.

Debió de posarse entonces en el recinto, por un instante, la pesada ala del silencio. Y en medio de él debió de sentirse como el eco de un jubiloso cántico de gloria, que estremecía los cuerpos del tirano y los verdugos, calándoles hasta los huesos del alma con un escalofrío de pavor y con la más absoluta sensación de inutilidad.

Pero no había que extrañarse demasiado. Toda la monolítica grandeza de aquellos mártires no era más que la espiga en granazón de una simiente. La que había plantado con su propio martirio el viejo doctor Eleazar, a quien la leyenda, por ese juego de influjos ocultos, asocia a los siete jóvenes en calidad de maestro.

También a él querían forzarle a que renegase de las leyes religiosas de su pueblo, comiendo, como símbolo de la traición total, carnes prohibidas. Voces insidiosamente amigas le incitaron a que simulase comerlas para librarse de la muerte. Pero él se había negado a esta infamia, por fe, por respeto a Dios, por dignidad, y para sembrar ejemplo, no fuera que pudiesen luego "decir los jóvenes que Eleazar, a sus noventa años, se había paganizado con los extranjeros":

"Por lo cual animosamente entregaré la vida y me mostraré digno de mi ancianidad, dejando a los jóvenes un ejemplo noble para morir valiente y generosamente por nuestras venerables y santas leyes"

Y así, animosamente, al hilo de sus palabras, enfebrecido de entusiasmo juvenil, entregó su noble carne anciana al desgarramiento de los azotes, que "el alma sufre gozosa por el temor de Dios". Y no había sido inútil su tesonero ejemplo, pues prendió como devastadora llama precisamente en el pecho de los jóvenes, según su último deseo. Ahí estaban, para testimonio, esas siete antorchas, los siete hermanos unidos en el abrazo octavo de la madre, consumiéndose en el mismo fuego de fe, amor y holocausto.

Estos son los mártires Macabeos. Unidos en la veneración, como lo estuvieron, por esa misteriosa ligazón del ejemplo, en el martirio.

¿Mártires de Cristo antes de Cristo? Hay que buscar el nudo a la paradoja en esa corriente subterránea de vida y de fe que, nacida de las promesas divinas en la misma fuente de los tiempos, empapa todas las raíces de la historia, hasta desembocar, como chorro de luz abundosa, en la venida humana de Dios. Los Macabeos mueren por no traicionar sus leyes patrias. Y estas leyes suyas están ancladas en Dios y en las promesas de Dios a su pueblo. Sus raíces se hunden en la savia de esa corriente que, en definitiva, desemboca en Cristo y no tiene sentido sin Cristo, el Mesías esperado.

San Gregorio Nacianceno, en su homilía sobre los Macabeos, apoya también esta afirmación: "Una razón inexplicable e íntima, en la que abundan conmigo los que aman a Dios, me hace creer que ninguno de los que padecieron el martirio antes de la venida del Redentor pudo obtener esa gloria sin la fe en Jesucristo".

Mártires, por tanto, de Cristo. Mártires en esperanza. Han brotado en el huerto que, regado por esa dulcísima agua invisible de la fe en las promesas mesiánicas, "ya muestra en esperanza el fruto cierto".

¡Y con qué fuerza irrumpen en las celebraciones cristianas, ya desde los albores! Es tal la evidencia y celebridad de su culto que apenas se encuentran mayores en otros santos.

En un calendario del siglo IV, en el que, al lado de las fiestas del Señor, se citan solamente los nombres de los Santos Pedro, Pablo, Vicente, Lorenzo, Hipólito y Esteban, se conmemora la fiesta de los Macabeos, ya con la fecha del 1 de agosto, que ha conservado siempre, aun con precedencia sobre San Pedro ad Vincula hasta el siglo IX.

El esplendor de su culto alcanza a la Iglesia griega lo mismo que a la latina. Y sus reliquias se veneran en Antioquía primero, luego en Constantinopla, desde el siglo VI en Roma, en San Pedro ad Vincula...

Los grandes Padres de la Iglesia predican en su honor las más bellas homilías: San Gregorio, San Agustín, San Cipriano... El Crisóstomo, en una de las tres que les dedicó en Antioquía, exclama:

¡Qué espléndida y gozosa se nos ofrece hoy la ciudad! ¡Qué maravilloso este día, sobre todos los del año! No porque el sol derrame sobre la tierra fulgores más brillantes que nunca, sino por el resplandor de los Santos Mártires, que alumbran la ciudad más que el relámpago... Por su causa la tierra se muestra hoy más hermosa que el mismo cielo".

¿Qué es lo que ha visto la Iglesia en estos mártires para saltar así de gozo? ¿Para celebrarlos, únicos entre los del Antiguo Testamento, con esta gloria y devoción?

Sin duda adivina en ellos el ejemplo más acusado de esa mística radicación en Cristo de toda la fe, toda la gracia, todo el amor heroico de todos los tiempos. El borbotón de gracia y fuerza que brota en el Calvario, no sólo impregna de frescura y enciende en fuego de sangre a todo lo que viene después de él, sino también a lo anterior, porque su vitalidad es eterna.

Por otra parte, el martirio de los Macabeos es una lección magistral para todos los cristianos perseguidos, una incitación a la heroicidad en los tiempos difíciles, como lo destaca San Gregorio: "Si sufrieron el martirio antes de la pasión de Jesucristo, ¿qué hubieran hecho si hubiesen sido perseguidos después de Él, mirando el ejemplo de su muerte redentora?".

Y también -¿por qué no?- la Iglesia tiene que sentirse conmovida en lo más íntimo de sus entrañas por el testimonio soberano de estos mártires: ese noble anciano que marcha abierta y directamente a la muerte con ánimo juvenil, desechando subterfugios e hipocresías; esos siete hermanos, en plenitud de vida, que antes de morir lanzan al tirano su reto con aire de victoria: esa madre que, a golpes de corazón y de angustia, va entregando uno a uno sus hijos, en un segundo alumbramiento más doloroso, porque los envía a la vida, pero a través del negro puente de la muerte.

Finalmente, en las palabras de los Macabeos se encuentra uno de los testimonios más claros acerca de la fe en la resurrección de la carne antes del cristianismo.

Todo ello parece constituir una magnífica obertura en sangre a la grandiosa sinfonía de martirio que nace en el Calvario. Y nos enseña, desde su humilde fondo precristiano, la única manera de defender los inalienables derechos de Dios sobre el hombre, ante todas las tiranías y ante todas las defecciones de los buenos: con el holocausto propio.

"En mí y en mis hermanos se aplacará la cólera del Omnipotente, que con encendida justicia vino a caer sobre toda nuestra raza.

Son, en definitiva, estas palabras del hermano pequeño las que nos dan la dimensión profunda y verdadera de este admirable martirio de los Macabeos.

SERVANDO MONTAÑA PELÁEZ


San Pedro ad Vincula (en cadenas)



ropiamente hablando, esta fiesta fue establecida con motivo de la dedicación de la basílica de San Pedro en el Esquilino, donde se conservaban las cadenas (vincula) con que fue aherrojado San Pedro durante su prisión romana en la cárcel Mamertina. Pero la fiesta litúrgica, por curiosas circunstancias que después veremos, hace resaltar el prendimiento y liberación del apóstol en Jerusalén, que San Lucas nos ha transmitido en uno de los más bellos y pormenorizados episodios de su libro Hechos de los Apóstoles.

"Por aquel tiempo —comienza el capítulo 12 de los Hechos— el rey Herodes se apoderó de algunos de la Iglesia para atormentarles." Este era Herodes Agripa, el tercero de tal nombre, nieto de Herodes el Grande, que diera muerte a los Inocentes. Había recibido el reino del emperador Cayo Caligula el año 40, y el suceso que ahora se refiere ocurrió el año 44.

"Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan, y, viendo que daba gusto con ello a los judíos, llegó a prender también a Pedro. Era por los días de los ázimos."

Santiago, puntual a la predicción del Maestro y a su propia promesa, había conseguido morir "en los días de ázimos", durante la solemnidad pascual, bebiendo de esta suerte el cáliz de la amargura por las mismas fechas en que lo apurara el Señor.

Pedro es puesto en la cárcel, encargando de su custodia a cuatro piquetes de soldados, teniendo Herodes el propósito de ofrecérselo al pueblo después de la Pascua. Pero la Iglesia oraba incesantemente a Dios por él.

Se comprende la enorme emoción de la comunidad cristiana de Jerusalén con tal motivo.

Después de la muerte del diácono Esteban, ya algo lejana, pero que tan profundamente consternados dejó a los fieles, se junta ahora la muerte de Santiago en tan señalados días, y la prisión de Pedro, que todo hacía presentir un fin trágico. Incapaz de tomar resoluciones más expeditivas y heroicas, "la Iglesia oraba incesantemente a Dios por él". Oración por el Papa prisionero, con el que Herodes había extremado las precauciones, montando tan excepcional vigilancia para un solo hombre.

Y aquí viene el contraste entre el sobresalto de la Iglesia y la paz de Pedro. Porque la noche anterior al día en que Herodes pensaba entregar su prisionero al pueblo, hallábase éste durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas y guardada la puerta de la prisión con centinelas.

Hace bien el narrador en aportar tantos detalles. La víspera de su martirio Pedro duerme tranquilamente.

Queremos imaginarnos que su sueño sería bien distinto del de Getsemaní, la víspera del prendimiento del Señor, cuando le rendía el cansancio y la pena, no dejándole su inconsciencia presentir lo que se avecinaba. Ahora, aunque sujeto con dos cadenas que los soldados asían por los extremos, el santo apóstol duerme sosegadamente, sin importarle la incomodidad de la prisión, dejando su porvenir en las manos de Dios, ajeno al futuro, tan preñado de temores.

Y entonces se opera el milagro.

"Un ángel del Señor se presentó en el calabozo, que quedó iluminado, y, golpeando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo, "Levántate pronto"; y se cayeron las cadenas de sus manos. El ángel añadió: "Cíñete tus vestidos y cálzate tus sandalias". Hízolo así. Y agregó: "Envuélvete en tu manto y sígueme". Y salió en pos de él. No sabía Pedro si era realidad lo que el ángel hacía; más bien le parecía que fuese una visión."

San Lucas ha sabido captar magníficamente el estado psicológico del Príncipe de los Apóstoles, y Rafael, en las "estancias" del Vaticano, supo pintar con singular maestría la "liberación de San Pedro" y las distintas fases de la luz que alumbra la escena. El prisionero despierta de su pesado sueño y obedece como un autómata. Todo es extraño y tan rápido, que no tiene tiempo de discernir el sueño de la realidad.

"Atravesando la primera y la segunda guardia llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad. La puerta se les abrió por sí misma, y salieron y avanzaron por una calle, desapareciendo después el ángel. Entonces Pedro, vuelto en sí, dijo: "Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel, y me ha arrancado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío."

La impresión inusitada continúa. Como por arte de encantamiento, y sin ser notados de los centinelas, atraviesan los retenes de las guardias y salen a la ciudad al abrírseles por sí sola la puerta de la cárcel. Es en la calle, al encontrarse solo, cuando Pedro advierte con toda claridad que aquello no es un sueño, sino el ángel del Señor que le ha libertado. ¿Qué hacer en tal caso? ¿Adónde dirigirse en tales horas? La noche estaba avanzada, y el día era menester que le encontrase muy lejos de Jerusalén.

"Reflexionando, se fue a casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde estaban reunidos y orando. Golpeó la puerta del vestíbulo y salió una sierva llamada Rode, que, luego que conoció la voz de Pedro, fuera de sí de alegría, sin abrir la puerta corrió a anunciar que Pedro estaba en el vestíbulo. Ellos le dijeron: "Estás loca". Insistía ella en que era así; y entonces dijeron: "Será su ángel". Pedro seguía golpeando, y cuando le abrieron y le conocieron quedaron estupefactos."

Esta María debía ser la madre de Marcos, el evangelista, y seguramente que su casa era el cenáculo donde acostumbraba a reunirse la Iglesia o comunidad cristiana de Jerusalén, en aquel momento, en patética asamblea de plegarias por el apóstol cautivo.

San Lucas relata con gracia y ternura la deliciosa escena. La impresión de la criada Rode, que se olvida de abrir; la incredulidad de los reunidos, la impaciencia de San Pedro en la calle, solo y temiendo que pudieran buscarle al darse cuenta en la cárcel que el preso había escapado. Al fin le abren y, después de referir brevemente su liberación y dar algunas órdenes, "salió, yéndose a otro lugar".

No había tiempo que perder. Con ligereza y cautela Pedro organizó su huida. El autor de los Hechos no quiso decir hacia dónde emprendió su marcha, tal vez para no traicionar su retiro. La tradición nos refiere que marchó a la misma Roma. Dejaba la capital del judaísmo por la del mundo pagano. Su misión entre los de su raza había concluido. Era el momento de llevar la Buena Nueva "hasta el último confín del mundo".

Este es el bello relato que sirve de epístola en la misa del día y también como lecciones del primer nocturno del oficio divino. Una demostración de la Providencia divina sobre su Iglesia, que desbarata los planes de Herodes, porque todavía no era el momento en que Pedro "extendiera los brazos y otro le ciñera, llevándole adonde no quisiera ir".

Del Príncipe de los Apóstoles celebra la Iglesia varias festividades, la de su martirio (29 de junio), las dos cátedras (18 de enero y 22 de febrero) y ésta de sus cadenas (1 de agosto).

Desde el siglo IV existía en Roma, en el barrio aristocrático del monte Esquilino, una iglesia dedicada a San Pedro y San Pablo. Al siglo siguiente hizo una restauración a fondo de la misma el papa Sixto III († 440) con las limosnas que proporcionó el presbítero Felipe, legado suyo en el concilio de Efeso (año 431), y donde trabó amistad con la princesa Eudoxia, siendo ella quien sufragó las obras del templo, con tal esplendidez que la basílica mereció llamarse con el título de Eudoxia.

Consta que en este templo se guardaban ya desde principios del siglo V las cadenas con que fuera aprisionado en Roma el Príncipe de los Apóstoles en tiempos de Nerón, porque el obispo Aquiles de Spoleto consiguió el año 419 algunos eslabones de la misma, que depositó en su iglesia, en cuyas paredes mandó grabar unos versos de los que son este dístico que hoy figura como antífona en el oficio litúrgico:

Solue ivvente Deo terrarum Petre catenas

qui facis,vt pateant caelestia regna beatis.

"Desata, oh Pedro, por orden de Dios las cadenas de la tierra, tú que abres los reinos celestiales a los bienaventurados."

Estas mismas ideas las expresaba el diácono Arator en el poema que declamó en la iglesia romana de San Pedro ad vincula, donde una lápida las reproduce para el visitante:

"Estas cadenas, oh Roma, afirman tu fe. Este collar que te rodea hace estable tu salvación. Serás siempre libre, por que ¿qué no podrán merecerte estas cadenas, que han atado a aquel que todo lo puede desatar? Su brazo invencible, piadoso aun en el cielo, no permitirá que estos muros sean abatidos por el enemigo. El que abre las puertas del cielo impedirá el paso a los que te hagan guerra".

La devoción a las cadenas de San Pedro dio pie a una fiesta que se procuró fuera muy popular, para contrarrestar con ella la memoria de otra pagana que se celebraba en la misma fecha en honor de Marte. El calendario jeronimiano la menciona con estas palabras: "En Roma, estación en San Pedro ad vincula". O en esta otra redacción: "Estación en el título de Eudoxia, donde los fieles besan las cadenas del apóstol Pedro".

Era de tanta fama esta devoción que el propio emperador Justiniano llegó a pedir desde Constantinopla una reliquia de las cadenas del apóstol, "si era posible". Y San Gregorio Magno refiere que de todas partes ambicionaban, por lo menos, unas limaduras de dichas cadenas, con las que se fabricaban piezas de orfebrería en oro y plata, añadiéndoles dichas limaduras.

Alguna vez se regalaron hasta eslabones, como a la catedral de Metz, que conserva uno, de suerte que la cadena guardada en el Esquilino no está completa. Comprende dos pedazos, uno de veintitrés eslabones, terminado en dos argollas semicirculares que servirían para aherrojar las manos o el cuello, y otro que sólo tiene once eslabones idénticos a los primeros y cuatro más pequeños. Son obra tosca de herrero, de la misma factura que otras cadenas antiguas que han llegado a nosotros. Pocas reliquias llegan a poseer tantos títulos de autenticidad como ésta.

Sin embargo, la leyenda vino a hacerlas sospechosas. Siempre se pensó que tales cadenas fueron las que aprisionaron en la cárcel Mamertina a San Pedro, en la misma Roma. Pero en el siglo VII un predicador relacionó la prisión romana del Príncipe de los Apóstoles con la de Jerusalén, y en sí la idea era feliz, y pasó a la liturgia; pero, desgraciadamente se añadió como consecuencia que la cadena de Jerusalén había sido llevada a Roma por Eudoxia, la emperatriz que contribuyera a reedificar la basílica del Esquilino. En el siglo XIII se propagó la leyenda definitiva. La emperatriz Eudoxia, al ir en peregrinación a Jerusalén el año 429, recibió del patriarca Juvenal las cadenas que habían atado a San Pedro cuando la prisión de Herodes Agripa. Una parte de ellas las conservó en Jerusalén y la otra la regaló a su hija Eudoxia, que dos años antes había casado con el emperador Valentiniano III. La joven emperatriz mostró tan preciada reliquia al papa Sixto III, quien correspondió mostrando a su vez la otra cadena con que Nerón había aprisionado al santo apóstol antes de sentenciarle a muerte. Habiendo acercado el Papa una cadena a otra al instante se soldaron las dos tan perfectamente que parecían una sola.

Como consecuencia del milagro Eudoxia habría mandado edificar la basílica de San Pedro ad vincula en honor de la preciada reliquia.

Ya hemos visto el origen de este hermoso templo, que posteriormente fue título cardenalicio, ligado de forma tradicional a la familia florentina de los Rovere, que lo restauraron en la época del Renacimiento, dándole el aspecto actual. Posee frescos y pinturas del Pollaiolo, del Guercino, del Domenichino y del Pomarancio, y sobre todo guarda la obra cumbre de Miguel Angel, el famoso Moisés, que habría sido una de las cuarenta estatuas que decorasen el mausoleo de Julio II, el cual, sin embargo, fue enterrado en una relativamente modesta tumba.

Las cadenas se guardan bajo el baldaquino del altar mayor, en un tabernáculo de bronce con bajorrelieves del Caradosso (1477). Se muestran al pueblo el día 1 de agosto, y la historia habla de numerosos milagros atribuidos al contacto con las mismas, sobre todo para la liberación de los posesos. Algunas de estas escenas decoran la bóveda de la nave central.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

San Félix de Gerona, Mártir


an Félix de Gerona y su compañero San Cucufate, nacieron en el continente africano, en la región Scilitana, de familias acomodadas. En Cesarea marítima cursan sus estudios y tienen sus primeros contactos con los seguidores de Cristo, tantas veces declarados enemigos del Imperio y perseguidos con saña diabólica. Las enseñanzas evangélicas hallan terreno abonado en el corazón noble, puro y generoso de los dos jóvenes, que deciden recibir el bautismo. Su decisión y su entrega es tan definitiva que llegarán incluso a dar su vida en testimonio perenne de la divinidad de Jesucristo.

Nos hallamos a finales del siglo III. La Roma pagana empieza a fenecer, para dejar lugar a la Roma de Cristo, que cual nueva ave fénix aparece con una vitalidad inesperada que intentarán ahogar inútilmente en su propia sangre los crueles emperadores romanos. En estos decenios la persecución azota sólo algunas provincias del vasto Imperio, y entre Tarragona. La orden de exterminio ha sido dada por los poderosos Diocleciano y Maximiano, que hace poco se han repartido los territorios imperiales, que no pueden ser gobernados con una sola mano.

Félix y Cucufate, saben que sólo una cosa es necesaria: amar a Dios sobre todas las cosas y que para amarle hay que amar primero al prójimo. Quieren ser consecuentes, y deciden abandonar su país, donde aún no ha llegado la orden imperial de exterminio, para ayudar a los cristianos de Tarragona a soportar la difícil prueba en que se hallan. Llenos de santo amor y simulando el oficio de mercaderes, pasan el Mediterráneo y llegan respectivamente a Ampurias y Barcino. Félix se traslada a Gerona, que será el centro de sus actividades heroicas. Vienen -como dicen las actas de su martirio- simulando ser mercaderes, porque es el hábito más propicio en este momento y porque llevan entre manos el negocio mejor, que es la salvación eterna, y la mercancía más necesaria, la fe en Cristo.

En Gerona, Félix promueve tanta admiración entre el pueblo por su integridad de vida y por su ferviente caridad, que convierte muchos paganos. Pronto su presencia y actividad inquietan a las autoridades, que le llevan ante el tribunal del Pretor. Del tribunal pasa a la cárcel y después de recibir sentencia condenatoria, es sometido a los más atroces tormentos, de los que es varias veces liberado por intercesión angélica. Primero es víctima de diferentes torturas, después es atado a unos caballos y arrastrado por las principales calles de la ciudad. Curado milagrosamente, pasa nuevamente por diferentes pueblos y, trasladado a la playa de San Feliu de Guíxols, le echan al mar llevando atada una rueda de molino al cuello. Nuevamente es salvado por intercesión de unos espíritus evangélicos que suavemente le conducen a la playa. Por último, termina heroicamente su vida cuando es sometido al terrible suplicio de desgarrarle la carne con garfios de hierro. Esto ocurriría cerca del año 304, poco después del martirio del apóstol de Barcelona San Cucufate en el Castillo Octaviano, hoy San Cugat del Vallés.

Parece claro que San Félix era un simple seglar que se convirtió en misionero. Su fervor era tan grande, que no dudó en abandonar su tierra natal, su familia y sus riquezas, para testimoniar su fe en Cristo, para ayudar a nuestros antepasados en la fe a permanecer fieles ante la persecución, incluso hasta entregar su vida y ser con ello simiente de nuevos cristianos.

Pronto la fama de su martirio se extiende por toda la cristiandad. Los Padres de la Iglesia Visigótica nos cuentan sus milagros y los hechos extraordinarios obrados junto a su tumba y el rey Recaredo va en peregrinación a Gerona para ofrecerle una corona votiva de oro.

Gerona continúa guardando sus preciosos despojos y sobre su sepulcro ha construido un gran templo para recordar a la cristiandad la fe y el amor de su apóstol mártir.



Santas Fe, Esperanza, Caridad y su madre Sabiduría, Mártires



a viuda romana, santa Sabiduría y sus tres hijas sufrieron el martirio en tiempos del emperador Adriano. Santa Fe, que tenía doce años y, por fin, murió decapitada. Santa Esperanza, de diez años, y santa Caridad, que tenía nueve, salieron ilesas de un horno ardiente y fueron decapitadas. Probablemente todo esto se trate de un simple mito. La leyenda pasó del Oriente a Roma, donde empezó a hablarse de dos grupos. El primer grupo era una familia cuyos miembros padecieron el martirio en tiempos de Adriano y fueron sepultados en la Vía Aurelia, en el sitio que ocupó más tarde la iglesia de San Pancracio. Los nombres griegos de las mártires eran: Sofía, Pistis, Elpis y Agape. El segundo grupo compuesto por Sabiduría, Fe, Esperanza y Caridad, sufrió el martirio en fecha desconocida; dichas mártires fueron sepultadas en el cementerio de Calixto, en la Vía Apia. El Martirologio Romano hace memoria de Fe, Esperanza y Caridad el 1º de Agosto, y de su madre (acerca de cuyo martirio nada dice), el 30 de noviembre. La basílica Santa Sofía, en Constantinopla, no tiene que ver con esta santa ni con ninguna otra del mismo nombre, ya que está dedicada a la "Santa Sabiduría", es decir, al Verbo de Dios.


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