"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

domingo, 13 de septiembre de 2009

13 de Septiembre, Nuestra Señora del Milagro, Salta, República Argentina







a procedencia de la imagen no está determinada, pero su análisis muestra que la cabeza y las manos son de distinto origen al cuerpo tallado, al que fueron añadidas.
Inicialmente la Virgen del Milagro fue una Inmaculada de bulto completo con manto, todo tallado en madera. Esta imagen fue labrada nuevamente para hacerla articulada y poder vestirla con indumentarias de tela. Al respecto, Monseñor Toscano escribió: “La novedad que todo lo invade, comenzó por ponerle vestidos de tela, costumbre que se ha perpetuado hasta hoy, desperfeccionándosele, con este motivo, algo de la cabeza para acomodarle pelo postizo, y los brazos para hacerlos susceptibles de ser cubiertos de ropa”.
El ajuste a la nueva moda fue realizado por Tomás Cabrera, como consta en la tarjeta orlada sobre el pecho que dice: “Tomás Cabrera, la encarnó. Año 1795”(encarnar significa darle color carne a las esculturas, y nada tiene que ver con el tallado del cuerpo completo). La túnica tallada está ornamentada con finas líneas de oro sobre pintura que simulan brocato y una ancha faja de pan de oro en su borde inferior.
En el año 1692 la imagen de Inmaculada Concepción de María, que luego se llamaría Virgen del Milagro, se encontraba a tres metros de altura en un nicho del retablo del Altar Mayor. Cuenta la historia que aquel 13 de septiembre, después de los fuertes y reiterados temblores que destruyeron la ciudad de Esteco y fueron percibidos con singular intensidad en la ciudad de Salta, se encontró la imagen de la Inmaculada en el suelo sin que sufrieran daño su rostro y manos, y según la tradición perdió los colores del rostro que quedó pardo y macilento. La imagen fue llevada a la casa del alcalde Bernardo Diez Zambrano donde se oró toda la noche.
Al día siguiente, 14 de septiembre, se colocó la imagen, que todos querían venerar, en el exterior de la Iglesia Matriz donde continuaron los cambios
de colores del rostro y fue entonces cuando muchos fieles comenzaron a llamarla “del Milagro”.
Una nueva historia empezaba para esta sencilla imagen y para los salteños, que jamás abandonarían su culto y su devoción. Según la tradición oral y el exhorto de Chávez y Abreu, el padre jesuita José Carrión recibe la revelación de que el Santo Cristo Crucificado de la Iglesia Matriz, que tenían sin devoción y sin sacarlo en procesión, habría perdonado a Salta a pedido y súplica de la Madre de Dios del Milagro. Los padres jesuitas recordaron al Santo Cristo y lo liberaron de su encierro; lo colocaron frente a la iglesia que la Compañía de Jesús tenía en el centro de la ciudad. La imagen fue sacada en procesión por los fieles salteños con el ruego de que cesaran los temblores, lo que finalmente ocurrió.
En la ciudad de Salta, todos los años, del 6 al 15 de septiembre, se llevan a cabo las celebraciones del Milagro. Es la mayor manifestación de fe de la provincia en honor a las sagradas imágenes de Señor y la Virgen del Milagro, patronos de Salta. El día 15 culmina con una multitudinaria procesión de la que participa el pueblo de Salta y peregrinos de todo el país.

ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DEL MILAGRO

Virgen del Milagro, vengo a pedirte tu amparo de Madre, tu protección amorosa de Señora y Reina de Misericordia. Te ruego me asistas en mis necesidades, protejas desde el solio de tu poder suplicante a los que amo y por quienes imploro tu singular patrocinio.
Virgen Fidelísima, que la doctrina de tu divino Hijo ilumine mi vida, y pueda con el testimonio de mis buenas obras hacer triunfar en el mundo el Reino de Cristo Crucificado; enciende la llama del amor fraterno, que me haga ser más hermano con mis prójimos, y siembre el bien en este mundo cargado de males y rencores. Sé siempre mi esperanza en las luchas diarias y
que por tu cariñosa protección de Madre reciba el premio de mi lealtad de hijo de Dios en la dichosa Patria en la que Tú eres Reina y Soberana. Amén.


El mismo día: San Amé o Amado, Abad y Confesor



obre el abad del célebre monasterio alsaciano de Remiremont, San Amado, nos informa ampliamente una Vita antigua, escrita unos cincuenta años después de su muerte. Su autor se muestra gran entusiasta del Santo, pero mezcla en su biografía multitud de cosas, por las que da claramente a entender que se trata de adiciones más o menos legendarias. Sin embargo, si bien se mira, en el fondo de la exposición es enteramente digno de fe, y por lo que se refiere a la descripción de la vida monástica del tiempo, coincide substancialmente con otras obras clásicas de Luxeuil y Bobbio.

Así, pues, conforme a esta Vita, nació Amado hacia el 565 en un arrabal de Grenoble, en Francia, de una familia galo-romana, y siendo todavía niño fue conducido por su padre hacia el año 581 a Agauno (St. Moritz), donde se inició en la vida monástica; se ordenó de sacerdote y pasó treinta años en la práctica de la oración y de la vida religiosa. Con todo esto fue creciendo cada vez más en él el ansia de la soledad y de la vida eremítica, por lo cual escapó del monasterio y se internó en la montaña, donde se entregó a una vida completamente solitaria. Indudablemente, en los detalles que refiere la biografía sobre el modo como realizó esta huida a la soledad y lo que ocurrió durante los años siguientes, hay aditamentos propios de la leyenda; pero lo que aparece claramente a través de toda la narración es el espíritu eminentemente contemplativo de Amado, que deseaba vivir en la más absoluta soledad. Semejante fenómeno ocurría frecuentemente en los grandes monasterios medievales, como por ejemplo en Montserrat, donde se construyeron para este efecto celdas solitarias, a donde podían retirarse estos anacoretas y llevar allí una vida de contemplación y penitencia.

Una vez localizado el lugar de su retiro, tomó el monasterio de Agauno el cuidado de proporcionarle lo indispensable para vivir, y, a semejanza de los antiguos anacoretas de Egipto, continuó durante algunos años llevando aquella vida de soledad y contemplación. La Vita acumula en este lugar diversos hechos más o menos milagrosos, que debieron ocurrir en este tiempo. Tales son, por ejemplo: que al llevarle cierto día el monje Berino la pequeña cantidad de agua y el pan, que debía sustentarlo durante tres días, un cuervo derramó el agua y se llevó el pan, a lo que añade el biógrafo que, al observarlo el santo solitario, exclamó: "Gracias, Señor, pues reconozco tu voluntad de que prolongue mi ayuno". Más aún. Con el fin de librar al monje Berino del trabajo de traerle aquel alimento, él mismo cavó un poco de tierra en torno a su celda y cultivó algo de cebada, que luego molía con unas piedras, y de este modo se proporcionaba el nutrimento necesario, y al mismo tiempo, golpeando la roca con su bastón, hizo brotar el agua que necesitaba.

Estas y otras anécdotas, aun admitiendo su carácter legendario, nos dan a conocer la vida de paz y tranquilidad y de entrega absoluta a la oración y penitencia que llevaba Amado en la soledad próxima al monasterio de Agauno, semejante por completo a la de otros solitarios que dependían de algunos monasterios. Respecto de la vida que allí llevaba, se nos dice que iba vestido de una piel de cordero; que no se bañaba más de dos veces al año, por Navidad y por Pascua; que observaba riguroso ayuno durante todo el año, particularmente en la Cuaresma. En medio de una vida de tanta austeridad, como había sucedido con los antiguos solitarios, trató el demonio por diversos medios de vencer su virtud. Así se refiere que, habiéndolo visitado en cierta ocasión el obispo y dejado sobre la mesa algunas monedas de oro, se aprovechó de ello el enemigo para tentarlo; pero él las tomó con decisión y arrojó inmediatamente al fondo de un precipicio. Y en otra ocasión, furioso el demonio por la virtud heroica del ermitaño, lanzó una enorme roca contra su celda con el fin de que la destruyera matando al mismo tiempo al solitario; pero Dios detuvo milagrosamente la roca, y no ocurrió nada.

Sin discutir, pues, la veracidad de estos acontecimientos, deducimos de todo ello que Amado llevó durante algunos años una vida ejemplar de soledad y penitencia, que llegó a causar la admiración, no sólo del monasterio de Agauno, sino también de las regiones vecinas. Así se explica lo que ocurrió después del año 614 y constituye la tercera y última etapa de la vida de San Amado; pues, llenos los monjes de admiración por su extraordinaria virtud y deseando sacar el mayor provecho espiritual de ella, lo nombraron abad del nuevo monasterio, fundado en Remiremont, que gobernó durante unos quince años, dando admirable ejemplo de todas las virtudes religiosas.

Tal es el hecho substancial en que se resume la vida de nuestro Santo durante sus últimos años.

Pero nuestra biografía nos presenta estos hechos con un conjunto de circunstancias, más o menos objetivas o legendarias, dignas de tenerse en cuenta. Refiere, en efecto, que pasando por Agauno el abad de Luxeuil, San Eustaquio, camino de Italia, quedó prendado de la virtud de Amado, a quien visitó y con quien tuvo interesantes conversaciones en su soledad; por lo cual, al volver de Roma en 614, se lo llevó consigo diciendo que no debía permanecer oculta aquella maravillosa lumbrera que Dios había enviado al mundo, y así, durante algún tiempo, Amado se dedicó a predicar en el territorio de Austrasia, donde arrastraba a los hombres con su ejemplo y produjo extraordinario fruto.

Pues bien, en una de sus misiones se encontró con un gran señor, llamado Romarico, ansioso de fundar un monasterio en sus dominios de Remiremont, en la región de los Vosgos. Conducido, pues, por Amado al célebre monasterio de Luxeuil, hízose él mismo monje, y con la aprobación y consejo de Eustasio fundaron el nuevo monasterio de Remiremont, del que fue nombrado abad el mismo Amado. La vida monástica arraigó rápidamente. Bien pronto quedó organizado un monasterio de religiosas, que mantenían el Laus perennis, como se hacía en Agauno. Amado dejó a Romarico al frente de los monjes, retirándose él a una gruta solitaria, donde se entregó de nuevo a la vida de contemplación, que constituía sus delicias. Solamente los domingos volvía al monasterio doble de Remiremont, donde daba interesantes instrucciones ascéticas a los religiosos y a las religiosas.

Finalmente, rodeado éste de la mayor veneración de todos, después de haberse distinguido en la dirección de los religiosos y religiosas que la Providencia le había confiado, sufrió con heroica paciencia durante un año las molestias de una horrible enfermedad, y viendo que se acercaba su fin, pidió humildemente perdón de sus faltas, y entregó su alma a Dios hacia el año 630. El aroma de sus virtudes y del buen ejemplo que había dado en las tres etapas de su vida, como simple monje en Agauno, en el más exacto cumplimiento de la regla y vida monástica, como solitario en su vida de contemplación y penitencia, y como abad de Remiremont con la acertada dirección de los religiosos y religiosas y yendo delante de todos en la práctica de todas las virtudes, todo esto apareció más claramente después de su muerte. Por esto se extendió rápidamente la fama de su santidad, y en el siglo IX fue ya incluido en el martirologio romano.

La iglesia de Saint-Amé, cerca de Remiremont, ha sido construida junto a la gruta donde murió. No lejos de Agauno, una capilla señala el lugar probable de su primer retiro.

BERNARDINO LLORCA, S. I.

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