"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

viernes, 4 de febrero de 2011

4 de Febrero, Festividad de San Andrés Corsino, Obispo y Confesor





an Andrés, de la noble y antigua casa de Corsini, en la ciudad de Florencia, nació en la misma ciudad el año de 1302, á los 30 de Noviembre, día en que se celebra la fiesta del glorioso Apóstol, cuyo nombre se le dio. El día antes que le diese á luz su piadosa madre, tuvo una visión que la asustó mucho, llenándola de cuidados. Parecíala que había parido un pequeñito lobo, el cual, entrando en la iglesia de los Pa­dres carmelitas, se convirtió de repente en un manso corderillo. Estaba dotado Andrés de un natural excelente; pero, por otra parte, tan vivo y tan inclinado á todo género de pasatiempos, que ni los buenos ejemplos de sus padres, ni los prudentes consejos de los mejores maestros, fueron bastantes para que no se verificase con muchas ventajas el sueño de su piadosa madre. Contribuyó mucho á esto la compañía de otros caballeritos de su edad, algunos ligeros, otros disolutos, que en poco tiempo y sin mu­cha resistencia le condujeron por el espacioso camino del vicio.

Un día en que Andrés se disponía para salir á cierta diversión, menos decente, advirtió que su buena madre se estaba deshaciendo en lágrimas. Parte por ternura y parte por curiosidad, la preguntó el motivo de su llanto: Lloro, hijo mío, le respondió la virtuosa se­ñora, porque con harto dolor de mi corazón veo demasiadamente verificada la primera parte de un sueño que tuve la noche antes del día en que naciste para tanto desconsuelo mío. Soñé que daba á luz un pequeño lobo; pero no te disimularé que igualmente soñé que este lobo se convertía en un apacible corderillo, luego que entraba en la iglesia de los PP. Carmelitas. Tu padre y yo creímos que, consa­grándote desde luego á la clementísima Virgen, podíamos eludir el funesto efecto de un pronóstico tan triste; pero nuestra precaución sólo ha servido para que tu proceder desordenado traspase el alma con mayor tormento. Esas costumbres perdidas acreditan con sobrada verdad que mi visión fue más que sueño. Dichosa yo si antes de mo­rir pudiera ver todo el pronóstico cumplido, logrando él gusto de verte convertido en cordero inocente, ya que ahora te lloro sangriento y lascivo lobo.

Estas palabras, acompañadas de copioso llanto y pronunciadas con aquel tono dulce y penetrante que inspiran la piedad y la ter­nura, tocaron el corazón del generoso mancebo. No os moriréis, madre y señora, respondió Andrés bañado en lá­grimas, no os moriréis sin ver la dichosa transformación que deseáis; pasará este lobo á ser cordero, y sólo siento haber malogrado tanto tiempo en el funesto vaticinio, cumpliendo, con tanto estrago de mi alma como dolor de la vuestra, todo el significado que simboliza esta fiera; voy, señora, á que se justifique de lleno vuestra misteriosa visión. Vos me consagrasteis á la Madre de mi Dios; no he de des­truir vuestro sacrificio, y voy yo á cumplir lo que prometisteis vos. Consolaos, madre mía, que no se han perdido vuestras oraciones ni se han malogrado vuestras lágrimas; perdonad las pesadumbres que os ha dado mi dureza, olvidad mi rebeldía, no os acordéis de mis in­gratitudes, y sirvan de medianeras con Dios vuestras oraciones para que perdone mis pecados.

Dijo; y, sin dar lugar á que la piadosa señora volviese en sí del gustoso embeleso en que la suspendió una mudanza tan pronta como no es­perada, salió de casa, dirigiéndose á la iglesia de los car­melitas; postróse ante el altar de la Santísima Virgen, y, deshecho en lágrimas, se ofreció á Dios y á su Purí­sima Madre, como víctima que, aun­que consagrada á los dos desde su nacimiento, el mundo la había descami­nado, teniéndola infelizmente apri­sionada en sus ca­denas por el dilata­do espacio de más de doce años. Acep­tó el Cielo el sacrificio, y mudó el Se­ñor enteramente su corazón. Pidió el santo há­bito con tanta ins­tancia, y dio pruebas tan concluyentes de ser su vocación legítima, que fue recibido en la Orden, para ser dentro de poco tiempo uno de sus más brillantes astros. Su fervor fue el asombro de los más per­fectos, y los más ancianos miraron con admiración los progresos del novicio.

Irritado el demonio á vista de unos progresos tan rápidos en la virtud, se cree comúnmente que, tomando la figura de un pariente suyo, intentó persuadirle con artificioso engaño que, dejando el há­bito religioso, se restituyese al siglo; pero el observante novicio, sin hacer caso del tentador, le volvió las espaldas, alegando que no te­nía licencia para hablar. Cubrióse de confusión el enemigo, no pudiendo sufrir una observancia tan ejemplar, y, desapareciendo pron­tamente, dio bastante á entender su malignidad y su artificio. Hecha la profesión, se impuso una severa ley de no aflojar jamás en los ejercicios ni el fervor del noviciado. No pudo subir más de punto ni su humildad, ni su puntualidad, ni su obediencia. Nunca supo entibiarse su fervor, ni su devoción desmentirse. Concedió el Se­ñor á nuestro Santo el don de profecía y de milagros. Ordenado de sacerdote, decía la Misa con fervor tan encendido, que, al verle en el altar, no parecía un sacerdote; parecía un serafín. Celebrando un día el divino sacrificio entre estos celestiales ardores, se le apareció la Santísima Virgen, y le consoló con estas palabras que destilaban ternura: Tú eres mi siervo, y yo me gloriaré en ti. A la verdad, no parecía posible ni más reverente devoción, ni ternura más filial que la que profesaba nuestro Santo á la Madre de Dios. Esta era su devoción favorecida, ésta su distintivo y su carácter; por eso nunca admitía otro título que el de siervo de María; con él se honraba y con él se regalaba.

Habiéndose graduado en París de doctor en Teología, volvió á Florencia, donde le hicieron prior de su convento. Aquí fue donde descubrió los extraordinarios talentos que había recibido del cielo para el mayor bien de las almas. Mostró, entre otros, el don de pro­fecía, porque, teniendo á un niño en los brazos y mirándole con aten­ción, comenzó á llorar amargamente. Preguntado por el motivo de aquel llanto, que parecía intempestivo: Lloro, dijo, porque este niño tendrá desastrado fin, y será la ruina de su casa. Él tiempo y el su­ceso verificaron demasiadamente el profético vaticinio. Eran las brillantes virtudes de nuestro Santo admiración y ejem­plo de toda la Toscana, á tiempo que vacó el obispado de Fiésoli, ciudad que sólo dista una legua de Florencia. Nombróle todo el pue­blo por su obispo; pero, noticioso Andrés, huyó á esconderse en la Cartuja; lo que hizo tan á tiempo, y con tanto secreto, que burló cuantas diligencias se practicaron para encontrarle. Perdidas ya las esperanzas de dar con él, iba el pueblo á juntarse para proceder á otra elección, cuando un niño de tres años levantó la voz y dijo: An­drés, á quien Dios ha escogido para nuestro obispo, está haciendo oración en la Cartuja. A vista de una señal tan visible, no dudando ya el Santo que el Cielo le llamaba para aquella tan alta dignidad, sólo pensó en desempeñar sus obligaciones, añadiendo nuevos gra­dos de perfección á la santidad de su vida.

Elegido después por el pueblo, con aprobación de la Iglesia, obispo de Fiésoli, este nuevo cargo no le embarazó vivir como carmelita; antes persuadido á que un obispo está obligado á vida más ejemplar y más santa que un sim­ple religioso, aumentó nuevas penitencias á sus mortificaciones ordinarias. Sobre el cilicio común añadió una cadena de hierro que daba vuelta á toda la cintura, y á la diaria carga del Oficio divino aumentó la sobrecarga de los siete salmos penitenciales, que siempre se acababan con una sangrienta disciplina. Su cama eran unos sarmientos: la mayor parte de la noche la pasaba en oración; ayu­naba casi todos los días. Huía cuidadosamente todo trato con muje­res; nunca las hablaba sino con los ojos en el suelo, y no permitió jamás que entrase alguna en su cuarto. La vida tan ejemplar de un obispo, por precisión había de mere­cer mil bendiciones á su pueblo. Un pastor tan vigilante y tan santo, poco había de tardar en reducir al aprisco todas las ovejas desca­rriadas. No hubo pecador tan obstinado que no se rindiese á sus avi­sos; ninguno tan rebelde que pudiese resistirse á las solicitudes de su celo.

Entre otros, era muy visible el milagroso don que poseía para componer discordias y para desterrar el rencor de los pechos ene­mistados. Esto obligó al papa Urbano V á echar mano de nuestro Andrés para que pasase á Bolonia en calidad de legado suyo, para pacificar las discordias que despedazaban aquel numeroso pueblo. Apenas entró en él aquel ángel de paz, cuando calmó la sedición; uniéronse los ánimos con reconciliación sincera, y las portentosas conversiones que logró dieron á conocer cuánto puede hacer un obis­po santo.

Habiendo llegado á los setenta y un años de su edad, y estando celebrando la Misa del Gallo la noche de Navidad en su iglesia ca­tedral, tuvo un secreto prenuncio de su cercana muerte. Sintióse acometido de una maligna fiebre á la mañana siguiente, y comenzó á prepararse con alegría para la última hora, que desde el primer instante de su conversión había tenido presente en la memoria toda la vida. Fue universal el desconsuelo en toda la ciudad; no se eva­cuaba su pobre cuarto de los muchos que concurrían á verle, y todos se deshacían en lágrimas; sólo Andrés se conservaba con un sem­blante risueño, y tan tranquilo, que en su serenidad leían todos ve­rificado aquel oráculo, que para los santos es dulce cosa el morir.

Fue su dichoso tránsito el 6 de Enero, día de la Epifanía, en el año de 1373. Llevóse su cadáver á la ciudad de Florencia, y fue ente­rrado en la iglesia de los PP. Carmelitas, como el Santo lo había significado. Confirmó el Cielo la general opinión que se tenía de su santidad con multitud de milagros, y sesenta y siete años después de su muerte, el de 1440, fue solemnemente beatificado por el papa Eugenio IV, hasta que finalmente, en el año de 1629, Urbano VIII le canonizó, y fijó su fiesta al día 4 de Febrero, mandando que se rezase de él en toda la Iglesia.

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