
an Martín Dumiense debe su sobrenombre a Dumio, lugar próximo a Braga, capital que era, ésta, del reino de los suevos. A él se atribuye la conversión al catolicismo de este pueblo bárbaro, establecido desde comienzos del siglo V en la parte noroeste de la Península, y como apóstol de los suevos es conocido en la historia por antiguos y modernos. Entre los antiguos aduzcamos ya el testimonio dé San Isidoro de Sevilla, su contemporáneo algo posterior. "Habían —dice San Isidoro— permanecido muchos reyes suevos en la herejía arriana, hasta que subió al trono Theudemiro. Este, por celo y esfuerzo de Martín, obispo del monasterio de Dumio, hombre esclarecido por su fe y su ciencia, volvió a los suevos a la fe católica". Al importante hecho se le asigna la fecha de 560.Pero ni los suevos ni su apóstol son originariamente hispanos. ¿Cómo vinieron unos y otro a España? ¿Cómo se encontró el apóstol con los que, ante Dios y ante la historia, serían su gloria y su corona?
Si abrimos un mapa clásico de la antigua Germania, entre las mallas de las arterias que forman el Elba con las aguas venidas de los montes Sudetes, hallamos en grueso trazó el nombre de Suebi. El mapa mismo, con el confuso cruzarse y entrecruzarse de los nombres de pueblos, nos da la impresión de un hormiguero humano, aprisionado entre sus bosques, ríos y montañas por el límes romano, el Danubio aquí, el Rhin más allá, las legiones por dondequiera. Los suevos, en alguna de las ramas en que aparecen ya fraccionados a comienzos del siglo I, hubieron de ser más de una vez el terror de Roma. En los días de Marco Aurelio, cuados y marcomanos están frente a Roma (166-180), y fue tal el pánico de la urbe que el emperador estoico no halló en el Imperio adivinos bastantes a quienes consultar, ni víctimas suficientes que sacrificar para asegurar el éxito de la guerra. Pero a la larga, la frontera romana se resquebrajaba por todas partes. En lo que ahora nos interesa, los últimos días del año 406, bandas de vándalos, alanos, cuado-suevos y una fracción de vándalos silingos atraviesan, por Maguncia, el Rhin, que acaso estaba helado, e inician por tierras del Imperio la marcha que, a través de la Galia, había de llevarlos a nuestra Península. "De un solo empujón —dice, resumiendo penalidades infinitas, San Isidoro— alcanzaron el Pirineo, llevándose a los francos por delante (Francos proterunt directoque impetu ad Pyrenaeum usque perveniunt ("Hist. Goth." c.71 ). Pero no lo atraviesan entonces. Aún sufren una derrota romana y sólo el año 408 ó 409 irrumpen por las provincias de España. Hasta el año 411, estos pueblos devastan las tierras por donde pasan. El 411 hubo un reparto de tierras en nuestras provincias. "Los bárbaros —dice Idacio—, inclinados por la misericordia divina al camino de la paz, se reparten a la suerte las regiones de las provincias para habitarlas. Los vándalos y los suevos ocupan la Galecia, sita en la extremidad occidental del mar océano..." (Chronicon c.47).
Estos suevos que de un magnífico salto han venido de las orillas del Rhin a las del Miño, rompiendo por entre las lanzas de francos y romanos, eran paganos de religión. Todavía su rey Rékhila, que llevó sus armas victoriosas hasta la Bética y conquistó Sevilla, muere gentil el año 448. En este momento nos da Idacio esta noticia: "Al gentil Rékhila sucede inmediatamente en el reino su hijo Rekhiario, católico" (Chron., c.137). A la conversión del rey sigue la de su pueblo. A qué y a quién se debiera esta conversión de rey y pueblo, es punto oscuro en la historia —de la historia de este pueblo suevo, que tantos puntos oscuros tiene.
Lo cierto es que cuando, a los pocos años, otro rey suevo se hace arriano, el pueblo se pasa también al arrianismo (si no hay, más bien, que pensar que el pueblo fuera ajeno a estos cambios de decoración religiosa). Y es que estas conversiones religiosas nota bien un moderno historiador eran característicamente actos políticos. El nuevo rey arriano, Remismundo, de complicada historia política, aparece dueño único del reino suevo por el año 465. Está en relaciones con el poderoso rey godo Teodorico, con cuya hija se casa. La conversión, pues, fue también ahora acto político. El catequista fue un tal Ayax, gálata de nación, enviado, sin duda, por, Teodorico. Las palabras de Idacio respiran indignación: "Ayax, gálata de nación, que, viejo ya, se había hecho arriano, álzase entre los suevos a combatir, con el auxilio de su rey, la fe católica y la divina Trinidad, propagando el virus pestífero del enemigo del género humano, que había traído de la región de las Galias, habitada por los godos" (Chron. c.232). Si aceptamos para la conversión del pueblo suevo al catolicismo la fecha antes notada de 560, el arrianismo habría durado desde 465 a dicha fecha: un siglo aproximadamente. Y este siglo es justamente de total oscuridad histórica por silencio de las fuentes. Se duda, incluso, sobre el nombre del rey suevo que pasó con su pueblo al catolicismo: Kharriarico, según San Gregorio de Tours, o Theudemiro, según San Isidoro en texto anteriormente citado. Vamos a prescindir de la cuestión de nombres. Según San Gregorio de Tours (538-594), el rey suevo arriano habría enviado una embajada al sepulcro de San Martín, suplicando la curación de un hijo enfermo. La embajada fracasa. Envía otra con grandes ofrendas. Los enviados reciben ahora las reliquias del Santo, que, de paso, libera a los presos de la ciudad. Con próspero viento llegan, por mar, a Galicia. El hijo del rey, milagrosamente curado, sale a recibir aquel tesoro... "Entonces llegó también de lejanas regiones, movido de divina inspiración, un sacerdote llamado Martín... El rey con toda su casa confesó la unidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo y recibió el crisma. El pueblo quedó libre de la lepra hasta el día de hoy y todos los enfermos fueron sanos... Y aquel pueblo arde ahora tanto en el amor de Cristo, que todos irían gozosos al martirio si llegasen tiempos de persecución" (De rniraculis S. Martini, I,11).
Este texto de Gregorio de Tours, contemporáneo de los hechos que narra, siquiera sobre ellos deje indefectiblemente caer el polvillo irisado del oro de la leyenda, pone finalmente en contacto a San Martín Dumiense con el pueblo de que va a ser apóstol. No es inverosímil suponer que fue éste el momento en que, movido de divino impulso —divinis nutitibus actus, como dirá él mismo—, se determinó a dejar las Galias y pasar a la remota Galecia, dominada por un pueblo arriano, pero dispuesto a recobrar la fe ortodoxa. La perspectiva, para un alma de temple apostólico, no podía ser más halagüeña. Y también aquí pudo haber tenido parte la política. Los francos eran católicos desde fecha remota —Clodoveo se bautizó el 25 de diciembre de 498 ó 499— y, sin duda, se disputaban con los godos la influencia sobre el pueblo suevo. Por otra parte, Martín no era un desconocido en el reino franco. Venancio Fortunato, peregrino también del sepulcro de Martín de Tours, monje primero y obispo luego de Poitiers, inspirado poeta, fue amigo suyo y le exalta con alta inspiración en uno de sus poemas, que es bien citar aquí
de estirpe apostólica fue este varón para ti.
Por virtud a Pedro, por doctrina a Pablo, igualara.
De Santiago y Juan la protección te trajo.
De Panonia vino, según dicen, de parte Quirinis.
Y fue más bien la salud la Galicia sueva.
![]() |
Pero Martín no era franco ni galorroinano de nación, y si la embajada piadosa del rey suevo le halló junto a la tumba de San Martín de Tours era simplemente una de tantas estaciones en una vida de largo peregrinar por tierras extrañas. Sólo en Galecia justamente hallará reposo. El mismo nos dice en el epitafio que, con ejemplar previsión, se compuso para su tumba en hexámetros virgilianos: "Nacido en Panonia, atravesando los anchos mares y movido por impulso divino, llegué a esta tierra gallega, que me acogió en su seno...".
San Martín Dumiense es, consiguientemente, de la misma patria lejana, la actual Hungría, muy hacia el Oriente, que su glorioso homónimo San Martín de Tours, de reciente memoria (relativamente, reciente, pues San Martín muere el año 397) y cuyos milagros atraían a su tumba gentes de toda procedencia y categoría. El Dumiense hubo de nacer hacia el 510-520. De su juventud no se sabe nada. Apuntemos sólo que un siglo antes (después de 414) había muerto por sus tierras del Danubio un escritor notable, Nicetas de Remesiana cuyas obras hubo de leer antes de emprender sus peregrinaciones. Acaso la primera de éstas le llevó a Palestina, donde se hizo monje y aprendió el griego. El monacato era entonces algo muy móvil. Martín puede seguir peregrinando; pero de Palestina se trajo el espíritu monacal que instaurará en tierras de Galicia y dos preciosos opúsculos: Verba seniorum y Sententiae Patrum Aegyptiorum, que serán la regla de su futuro monasterio dumiense. La visita de Roma era inevitable. De Roma pasaría al reino franco, donde le hemos hallado junto al sepulcro de San Martín y hemos supuesto que, desde allí, por mar, se dirigió al reino, suevo, donde había de hallar término a su peregrinación y ancho campo a su celo apostólico. Este sería el momento de su grande obra: la conversión del rey y el Pueblo arriano a la ortodoxia católica. Ni San Isidoro ni San Gregorio de Tours nos dicen en qué consistió la acción del Dumiense en la conversión del rey y pueblo suevos. Acaso fue obra del prestigio de su fe y de su saber. El hecho es que en el primer concilio de Braga, el año 561, San Martín desempeñaba el mismo papel que San Leandro en el tercero de Toledo. La conversión había sido tan entera que no fue menester lanzar nuevo anatema contra el arrianismo y los ocho obispos que firman sus actas se limitaron a leer la decretal del papa Vigilio y extractar de ella su canon quinto, que manda administrar el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Que la conversión hubo de estar relacionada con los milagros de San Martín de Tours lo prueban los versos del Dumiense que figuraban en la basílica de Dumio, consagrada al taumaturgo turonense "Admirando tus prodigios, el suevo ha conocido el verdadero camino, y, para sublimar tus méritos, ha levantado estos atrios, construyendo a Cristo un templo venerable, donde tú repartes tus gracias y él derrama sus plegarias".
Pero Martín, que hubo de frecuentar la corte y mezclarse entre las muchedumbres populares y presidir un concilio para la obra de conversión, era en el fondo un monje que se había traído de Palestina la nostalgia de la soledad, del silencio y la quietud, de la gloria de la oración lejos de todo mundanal ruido, aun del que trae consigo toda obra de apostolado (y éste es acaso el brazo más pesado de su cruz). Así, y apoyado, sin duda, por el poder regio, pronto funda el monasterio de Dumio, cerca de Braga, el primero de Galicia y acaso también de toda la España visigótica. Luego seguirán otros, de los que quedan escasas noticias. Lo cual no era abandonar la obra de conversión, sino asegurarla. Acaso Martín comprendió que no hay medio de cristianizar un pueblo como esos focos de intensa vida sobrenatural, que, como el fuego su calor, la irradian luego en torno suyo, sin estruendos pero con infalible eficacia. No sabemos cómo se llevó a cabo la fundación y se formó en torno a Martín ese vasto mundo aparte que era una abadía medieval. Lo que sí sabemos es que muy pronto el abad de Dumio es creado obispo —Dumiensis monasterii sanctissimus pontífex, le llama San Isidoro—. Su jurisdicción debió de limitarse a la familia servorum del monasterio y acaso a la corte. Se supone que conoció la regla de San Cesáreo de Arlés († 27 de agosto de 543) y acaso también la de San Benito († h. 547). Pero en Dumio, Martín fue, sin duda, la regla viva. Y como fuente de inspiración para la formación de sus monjes, allí estaban los dos opúsculos que se trajera de Oriente: Las palabras de los ancianos y las sentencias de los padres egipcios. Este último, que nos parece menos interesante, lo tradujo por si mismo. Del primero encomendó la traducción a su discípulo Pascasio, quien antepone a su labor un breve prólogo dirigido "al señor venerable padre Martín, abad y presbítero". Este prólogo nos interesa, como todo rastro que de sí deje un alma, pues Pascasio, monje de Dumio, puede representar el ideal de cultura que San Martín señalaba a sus monjes. Pascasio emprende su trabajo, para él insólito, para obedecer a su padre santísimo. El sabe —y es un saber precioso— que nada puede jamás leerse, escribirse o imprimirse, si el ingenio o el corazón con su íntima voz lo prohiben. Se acuerda de Sócrates y, como él, sabe que no sabe nada. Ha leído muchos libros elocuentísimos, aun por incitación de su abad, y si su versión latina no lo es tanto, no se le inculpe a él, sino al mal manuscrito de que dispone. Le pide a su abad la ayuda de su oración y si halla, en fin, su trabajo digno de ser copiado, él se digne pulirlo con su buen estilo. El buen Pascasio termina: "No sabría que mi trabajo te ha agradado, si no veo algunas cosas que té hayan disgustado". La obrita es un tesoro de doctrina ascética, con la ventaja de ofrecérsenos no en tratados abstractos o en áridas sentencias, y menos en un código de imperativos, sino en narraciones, anécdotas y palabras vivas de los Padres del yermo. Son la flor de aquellas soledades en su mejor primavera de santidad. Son zumo sabroso de unos frutos de experiencia ya secular. Es difícil resistir a la tentación de transcribir aquí algunas de esas palabras de los viejos del yermo, no sólo por su perfume y su jugo, sino porque si no son obra de San Martín, por él llegaron a Occidente y él antes que nadie hubo de sentir su hechizo y modelar por ellas su espíritu y el de sus monjes. Tomemos el postrer capítulo. Se reúnen doce anacoretas y se conviene entre ellos que cada uno diga en qué piensa y medita. El primero dijo: He puesto un muro entre mí y el mundo exterior y sólo me miro a mí mismo y espero la esperanza de Dios. El segundo: Desde que renuncié a la tierra, me dije: Hoy has empezado a servir a Dios. El tercero: Por la mañana subo a Dios y le adoro... El cuarto: Yo me imagino estar en el monte Olivete con el Señor y sus discípulos y me digo a mí mismo: no conozcas a nadie según la carne. El quinto: Yo estoy continuamente esperando mi fin y le digo a Dios: Preparado está mi corazón... El sexto: Yo me imagino oír que el Señor me dice a la continua: Trabajad por mí y yo os daré el descanso... El séptimo: Yo pienso continuamente en la fe, la esperanza y la caridad. El octavo: Yo miro cómo el diablo está dando vueltas buscando a quién devorar... El noveno: Yo procuro vivir con mi mente en el cielo y cuanto hay en la tierra lo reputo ceniza y estiércol. El décimo: Yo miro continuamente al ángel que me acompaña... El undécimo: Yo hago de las virtudes personas y me las imagino acompañándome por todas partes... El duodécimo: Vosotros, padres, sois hombres celestes o ángeles terrenos y por ello pensáis en el cielo. Yo bajo todos los días al infierno y me digo a mí mismo: Estáte con los que mereces, pronto te contarás entre ellos...
![]() |
Vaya esta otra por lo breve: Un viejo le dice a otro: "Yo estoy muerto al mundo". El compañero le responde: "No confíes en ti mismo hasta que hayas salido de tu cuerpo, pues si tú, estás muerto, el diablo no lo está, y sus artes son incontables".
Una sentencia de oro: "Todo trabajo sin humildad es vano ...".
Contra la fácil tentación de soberbia que acecha al monje como elegido y predestinado, San Martín contaba a los suyos: El abad Silvano fue arrebatado en éxtasis en su celda. Vuelto del éxtasis, lloraba. Importunado por su discípulo, dijo finalmente: "He sido arrebatado al juicio, hijo mío, y he visto a muchos con hábito de monjes ir a los suplicios y a muchos laicos subir al cielo". (Sententiae Patrum Aegyptiorum, 48). Y así fuera grato continuar.
Pero no eran sus monjes de Dumio la sola solicitud de San Martín. Para regular la vida del clero, recopiló, tradujo y ordenó una colección de cánones, tomados "de los sínodos de los antiguos Padres orientales", pero también de concilios españoles y africanos. Colección, sin duda, del mayor interés para el conocimiento de la organización y vida de la Iglesia y aun de las costumbres en general de aquellos tiempos. San Isidoro nos dice haber leído él mismo —ego ipse legi— un volumen de cartas en que "el obispo santísimo del monasterio dumiense exhortaba a la enmienda de la vida, al fervor en la oración, a la largueza en la limosna y, sobre todo, al culto de las virtudes y a la piedad". Estas cartas se han perdido y su pérdida es bien de lamentar, pues ellas nos hubieran acaso guardado lo mejor del alma del abad de Dumio.
Al rey Miro, sucesor de Theudemiro, le dirige San Martín el opúsculo Fórmula de la vida honesta, El tratado hubo de ser pedido al Santo por el rey mismo, que siente —dice Martín en el prólogo— sed ardentísima de la sabiduría y quiere ir a saciarla en las fuentes de donde manan los ríos de la ciencia moral. Si esta sed la suscitó, como es de suponer, el apóstol en sus conversos, ello sería gloria suya y de ellos. La Fórmula es un tratado de ética natural de corte e influencia senequista. San Martín Dumiense, de origen no hispano, es nuestro primer senequista. Hasta tal punto se penetra del estilo y pensamiento del cordobés, que la Edad Media nos ha transmitido la Formula vitae honestae bajo el nombre de Séneca. La nueva patria le prestó acaso también algo de su espíritu. A Séneca suena esta sentencia: "¿Qué importa que no estés en tu patria? Tu patria es el lugar donde has encontrado el bienestar, y la causa del bienestar no radica en el lugar, sino dentro ¿el hombre mismo". Lo mismo se diga del tratado De ira, que recuerda otro del mismo título de Séneca.
Objeto, en fin, de la solicitud del abad, obispo de Dumio era el pueblo humilde de los campos, imbuido aún de supersticiones paganas, célticas y germánicas. El tratado De correctione rusticorum, a par de un resumen de las verdades cristianas, da noticias de las supersticiones de las gentes del campo del reino suevo (y hay que suponer que de toda España). Para desacreditar la idolatría, San Martín apela a la teoría demónica. Muchos de los demonios expulsados del cielo presiden en el mar, en los ríos, fuentes y bosques, y los hombres que ignoran a Dios les dan culto como a dioses.
En el mar los llaman Neptuno, en los ríos Lamias, en las fuentes Ninfas, en los bosques Diana. En realidad, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno fueron hombres pésimos entre los griegos. Notable cruce, pues, de la teoría demónica y del evhemerismo (y notable también que aún haya quien crea hoy el aire poblado de démones...). San Martín no quiere que se den a los días de la semana los nombres de los dioses gentiles y es admirable que los portugueses le hayan obedecido. Citemos, en fin, por lo curioso, el culto a los ratones y a las polillas. Su hartazgo a principios de año era presagio de abundancia en la casa visitada por tan incómodos huéspedes.
Sólo podemos ya citar por su mero título otras obras del Santo: Pro repellenda iactancia, De superbia y Exhortatio humilitatis, que tienen más sabor evangélico. Los opúsculos sobre la Pascua y De trina mersione responden a cuestiones muy debatidas en su tiempo.
San Martín fue también poeta, o, por lo menos, sabía manejar diestramente los hexámetros virgilianos. Se le han señalado influencias del poeta galorromano Sidonio Apolinar († 480-90). En el refectorio del monasterio de Dumio había una inscripción tomada casi a la letra de San Apolinar (cf. PL 72,52 y PL 58,722). En exámetros virgilianos está compuesto por él mismo su epitafio, con que cerramos esta semblanza:
"Nacido en Panonia, atravesando los anchos mares y movido de impulso divino, llegué a esta tierra gallega, que me acogió en su seno. Fuí consagrado obispo en esta iglesia tuya, oh glorioso confesor San Martín, restauré la religión y las cosas sagradas y, habiéndome esforzado en seguir tus huellas, yo, tu servidor Martín, que tengo tu nombre, pero no tus méritos, descanso aquí en la paz de Cristo".
Este descanso lo alcanzó el año 580. Cinco años más tarde moría también, bajo las armas victoriosas de Leovigildo, el reino suevo. San Isidoro le puso el epitafio: Regnum autem suevorum deletum in Gothis transfertur, quod mansisse CLXXVII annis scribitur, "Fue borrado el reino suevo que pasó a los godos y se dice haber durado ciento setenta y siete años". La obra, sin embargo, de San Martín no quedó borrada. Sólo unos años más tarde, España entera será católica y esta fe católica de España entera será la gran fuerza que la salvará, en lucha secular, de la suprema prueba que la historia le reservaba.

No se conoce nada con certeza acerca del linaje y del lugar del nacimiento de san Cutberto. Los hagiógrafos irlandeses lo declaran irlandés, en tanto que los cronistas sajones sostienen que nació en las tierras bajas (Lowlands) de Escocia. De acuerdo con la biografía en verso de Beda, fue bretón y el mismo autor, en el prefacio a la historia en prosa de san Cutberto, claramente asienta que no ha escrito nada que no esté bien comprobado. El nombre de Cutberto es sin lugar a dudas sajón y no celta. La primera noticia que tenemos acerca de él data de cuando tenía ocho años y estaba al cuidado de una viuda llamada Kenswith, a la que miraba como madre y quien lo trataba como hijo. Era entonces un jovencito sano, vivaz, gracioso y el cabecilla de los chicos de la región, a todos los cuales podía vencer en las carreras, saltos y luchas. Un día, en medio de sus juegos, un chico se echó a llorar exclamando: «¡Oh, Cutberto! ¿Cómo puedes perder el tiempo en juegos inútiles, tú, a quien Dios ha escogido para ser sacerdote y obispo?» Estas palabras hicieron una impresión tan profunda en su alma que, desde aquel momento, empezó a comportarse con una madurez impropia de sus años. El oficio de pastor de rebaños que desempeñaba le dio amplias oportunidades de comunicarse tranquilamente con Dios en las grandes praderas solitarias de Nortumbría. Hacia el final de agosto de 651, Cutberto, entonces de 15 años de edad, tuvo una visión que lo decidió a consagrar su vida a Dios: al claro día de verano siguió una noche oscura, sin luna y sin estrellas; Cutberto estaba solo y en oración. De repente, un rayo de luz deslumbrante brilló a través del negro cielo y en él apareció una multitud de ángeles que llevaban, como en un globo de fuego, un alma al cielo. Más tarde, supo que el obispo san Aidán había muerto aquella noche en Bamborough. Aunque éste fue, de hecho, el momento decisivo de su vida, por aquel entonces no parece que haya dejado el mundo.
Se ha sugerido que pudo haber sido llamado a luchar contra los mercianos, puesto que, a caballo y armado con espada, apareció repentinamente a la puerta de la abadía de Melrose y pidió ser admitido entre los hermanos. No sabemos si Boisil, el prior, haya tenido conocimiento previo de él o si instantáneamente leyó los pensamientos de su corazón; pero, en el momento en que Cutberto desmontó, se convirtió en uno de los monjes y dijo el prior: «He aquí a un siervo del Señor». En el año 660, el abad de Melrose recibió terrenos para otro monasterio y, sobre una elevación en la confluencia de los ríos Ure y Skell, se construyó la abadía de Ripón, a la que san Eata vino, en 661, trayendo a Cutberto consigo como encargado de atender a los que buscaran refugio en el monasterio. Leemos que en una fría mañana de invierno, al entrar al cuarto de huéspedes, encontró a un extranjero instalado ahí; de acuerdo con la costumbre, trajo agua, lavó las manos y los pies del visitante y le ofreció de comer. El huésped declinó el ofrecimiento cortésmente, diciendo que no podía esperar porque la casa a la que se dirigía con cierta prisa, estaba distante todavía. Cutberto, sin embargo, insistió y salió para conseguir algo de alimento. A su vuelta, encontró la celda vacía; por sobre la mesa había tres hogazas de pan de singular blancura y excelencia. No había huellas sobre la nieve que rodeaba la abadía, y san Cutberto tuvo la seguridad de que había hospedado a un ángel. La estancia de Eata y Cutberto en la abadía de Ripón fue corta. Un año más tarde, el rey Alcfrid transfirió la abadía a san Wilfrido y, según la narración de Beda, «Eata con Cutberto y el resto de los hermanos que había traído con él, volvieron a casa y el lugar del monasterio que habían fundado, fue habitado por otros monjes». Cutberto volvió a Melrose. Todo el país sufría el azote de una enfermedad conocida como «la peste amarilla» y Cutberto no escapó a ella. Sin embargo, cuando se le dijo que los monjes habían pasado la noche orando por su restablecimiento, él exclamó: «¿Qué estoy haciendo en la cama? ¡Es imposible que Dios haya cerrado sus oídos a tales hombres! Denme mi ropa y mis zapatos». Levantándose, inmediatamente comenzó a andar; su voluntad pareció triunfar por el momento sobre su enfermedad; pero, en realidad, nunca recuperó su salud.
En su aflicción, los hombres y las mujeres habían vuelto, como nos cuenta Beda, a poner su fe en talismanes y amuletos. A fin de asistir a las abatidas gentes y de revivir la cristianidad, san Cutberto emprendió un extenuante esfuerzo misionero que duró todos los años en que fue prior, primero en Melrose y después en Lindisfarne. Viajó a través de montes y valles, algunas veces a caballo, otras a pie, prefiriendo siempre las más remotas aldeas, ya que éstas tenían menos oportunidades de ser visitadas. Como Aidán, enseñó de casa en casa, pero mientras éste iba siempre acompañado de un intérprete, por no conocer el dialecto, Cutberto podía hablar a los campesinos en su propia lengua y con su propio acento nortumbriano. Conocía la topografía, pues había recorrido las tierras bajas con sus rebaños, podía adentrarse en las vidas de sus oyentes y se contentaba con frugal comida. Su aspecto apacible y su palabra jovial y persuasiva, pronto le ganaron la voluntad de sus huéspedes, de manera que sus enseñanzas tuvieron un éxito extraordinario. Llevó el Evangelio desde la costa de Berwick hasta Solway Firth y donde quiera fue recibido y honrado como huésped.
En Coldingham, donde visitó un monasterio, un monje que lo observaba, notó su costumbre de levantarse silenciosamente por la noche, cuando los hermanos dormían, y dirigirse a la playa donde se metía al mar y, con el agua hasta el cuello, cantaba alabanzas a Dios. Una leyenda que corre todavía entre los lugareños de la costa, habla de dos nutrias -con mayor probabilidad focas- que siguieron al santo sobre las rocas y lamieron sus entumecidos pies y los sacaron con sus pieles hasta devolverle el calor. Si hemos de creer a la tradición de que san Cutberto visitó a los pictos en la región de Galloway, debió ser de Coldingham, de donde zarpó con dos compañeros y tocó tierra en el estuario de Nith, al día siguiente de Navidad. Debido a los ventisqueros, no pudieron adentrarse más allá de la costa, en tanto que una serie de tormentas hacían imposible el que volvieran a embarcarse y estuvieron en peligro de perecer de hambre. Los dos compañeros se desanimaron, pero la fe de Cutberto no vaciló nunca. Les aseguró que todo saldría bien y, al poco tiempo, descubrieron al pie de una escollera unos delfines muertos de los que sacaron lonjas, con las que se sostuvieron hasta que la tormenta amainó y les fue posible hacerse nuevamente a la mar. Se dice que una iglesia se construyó después para señalar el lugar y que el nombre de la población, Kirkcudbright, que se levantó cerca de ahí, ha guardado el recuerdo de la visita de san Cutberto.
Entre tanto, grandes cambios habían tenido lugar en Lindisfarne y hubo momentos en que parecía como si el monasterio de «Holy Island», fuera a perder la famosa comunidad que lo había convertido en el santuario más venerable del norte. Las disputas acerca de la fecha de la Pascua de Resurrección, habían culminado en el célebre Concilio de Whitby, donde el rey Oswi se decidió en favor del uso romano. San Colman, obispo de Lindisfarne, regresó a Lindisfarne, pero pronto decidió que no podía adaptarse y prefirió renunciar. Seguido por todos los monjes irlandeses y treinta de los ingleses, llevando consigo el cuerpo de san Aidan, abandonó Inglaterra y edificó nuevas casas en Irlanda. Para sustituirlo, san Eata fue llamado de Melrose y nombrado obispo. Cutberto lo acompañó nuevamente para actuar como prior. Su tarea no fue fácil, pues muchos de los monjes que quedaban eran contrarios a las innovaciones. Eata y Cutberto, cualesquiera que hayan sido sus sentimientos, estaban decididos a apoyar las decisiones del Concilio de Whitby. Tuvieron que afrontar oposiciones y aun insultos, pero la conducta de Cutberto fue más allá de cualquier alabanza: ni una sola vez perdió la paciencia o el dominio de sí mismo; pero, cuando los descontentos se volvían demasiado agresivos, se retiraba tranquilamente y terminaba la discusión, para reanudarla cuando la pasión se había calmado. La vida de san Cutberto en Lindisfarne fue semejante a la que llevó en Melrose. Desempeñó sus labores apostólicas entre la gente, predicando, enseñando y sirviendo, no solamente a sus almas, sino a sus cuerpos, mediante el don de curar que le fue concedido. A donde quiera que iba, lo seguían las turbas para oírle, abrirle su corazón y pedirle que sanara a sus enfermos. Los días no eran suficientemente largos y, a veces, pasaba en vela tres de cada cuatro noches para poder entregarse a la oración, a la orilla del mar, o para recitar los salmos, paseando por la iglesia, o meditar mientras hacía algún trabajo manual en su celda.
Después de algunos años en Lindisfarne, la añoranza de una vida de unión más íntima con Dios lo condujo, con anuencia de su abad, a buscar la soledad. Su primera ermita no estuvo lejos de la abadía; probablemente en una pequeña isla vecina de Hoy Island, a la que las tradiciones locales asocian con él y llaman Isla de san Cutberto. El lugar, cualquiera que haya sido, no le pareció suficientemente aislado, puesto que en 676 se trasladó a una fría y desolada isla del grupo Farne, a dos millas de Banborough. El sitio estaba entonces despoblado, y al principio, no le proporcionó ni agua, ni semillas, pero encontró un manantial y, aunque la primera siembra se le malogró totalmente, la segunda, que fue de cebada, le produjo lo suficiente para mantenerse. Los visitantes persistían en ir a verle a pesar de las tormentas que entonces, como en todo tiempo, bramaban alrededor de las islas, por lo que san Cutberto construyó una hospedería cerca del desembarcadero para dar albergue a sus visitantes. Solamente una vez abandonó su retiro y fue a petición de la abadesa Elfleda, hija del rey Oswi. Este encuentro tuvo lugar en la isla Coquet. Elfleda le instó en esta ocasión a que aceptara el obispado que el rey Egfrido estaba ansioso de conferirle. Se le nombró obispo de Hexham, pero él se rehusó a abandonar su isla, y solamente consintió en hacerlo, cuando el rey Egfrido fue en persona a Farne, acompañado por el obispo Trumwin. Cutberto cedió con mucha dificultad a hacerse cargo de la diócesis de Lindisfarne, pero exigió que se le permitiera permanecer en su ermita durante los seis meses que faltaban para su consagración. Durante este período visitó a san Eata y arregló un cambio de diócesis. Eata tomaría Hexham y Cutberto tendría la sede de Lindisfarne y se encargaría del monasterio.
En la Pascua de 685, fue consagrado en York Minster por san Teodoro, arzobispo de Canterbury. Como obispo, el santo «continuó siendo el mismo hombre de antes», para citar a su biógrafo anónimo. Los dos años de su episcopado los empleó principalmente en visitar su diócesis, la que se extendía por el oeste hasta Cumberland. Predicó, enseñó, distribuyó limosnas e hizo taitas curaciones milagrosas, que mereció durante su vida el nombre de «el Taumaturgo de Bretaña», título que mantuvo después de su muerte, debido a las curaciones efectuadas en su sepulcro. Al hacer su primera visita a Carlisle, a las pocas semanas de su consagración, supo por un extraño don de telepatía o por revelación divina, el desastre del ejército nortumbriano y la muerte del rey Egfrido durante la batalla. La reaparición de la epidemia siguió a la derrota militar y fue tan severa, que muchos poblados quedaron completamente desiertos. El buen obispo, sin ningún temor, anduvo entre sus fieles administrando los sacramentos y grandes consuelos a los enfermos y a los moribundos; su sola presencia devolvía la esperanza y con frecuencia la salud. En cierta ocasión, reavivó con un beso al hijo de una viuda, en el que la vida parecía haberse extinguido.
Los trabajos y austeridades, sin embargo, habían minado la constitución de san Cutberto, quien se dio cuenta de que no iba a vivir por mucho tiempo. Durante su segunda visita a Carlisle, dijo a su antiguo discípulo Herberto, el ermitaño de Derwentwater, que no volverían a encontrarse sobre la tierra, consolando al afligido amigo con la promesa de obtenerle del cielo el favor de morir el mismo día. Después de una visita de despedida a su diócesis, dejó el báculo pastoral y, tras de celebrar la Navidad de 686 con los monjes en Holy Island, se dirigió a su amado Farne para prepararse a morir. «Díganos, señor obispo -preguntó uno de los monjes que se reunieron para despedirlo- ¿Cuándo podemos esperar que vuelva?» »Cuando tengan que trasladar mi cuerpo», fue la respuesta. Sus hermanos lo visitaron con frecuencia durante los tres últimos meses, aunque él no permitía que nadie se quedara y le sirviera en la enfermedad, que se agravaba continuamente. En un estado febril libró batallas terribles contra los espíritus del mal durante un tormentoso período de cinco días, cuando nadie podía aproximarse a la isla. Quería ser enterrado en su retiro, pero cedió a las instancias de sus monjes, quienes pensaban que sus restos descansaran entre ellos, en la abadía. «Me enterrarán -dijo- envuelto en el lienzo que he guardado para mi mortaja». Sus últimas instrucciones fueron dadas al abad Herefrido quien, sentado a su lado, le pedía un mensaje para sus hermanos: «Tened un mismo pensamiento en vuestros concilios, vivid en concordia con los otros siervos de Dios; no despreciéis a ninguno de los fieles que buscan vuestra hospitalidad; tratadlos con caridad, no estimándoos mejores que otros que tienen la misma fe y con frecuencia viven la misma vida. Pero no comulguéis con aquellos que se aparten de la unidad de la fe católica. Estudiad con diligencia, observad cuidadosamente las reglas de los padres y practicad con celo aquella regla monástica que Dios se ha dignado daros por mi medio. Sé que muchos me han despreciado, pero después de mi muerte se verá que mis enseñanzas no han merecido desprecio». Estas fueron las últimas palabras de san Cutberto, recibidas por Beda de labios de Herefrido. Dicho esto, recibió los últimos sacramentos y murió lleno de paz, sentado, con sus manos levantadas y sus ojos mirando hacia el cielo. Inmediatamente después, un monje escaló la roca sobre la que ahora se yergue el faro y agitó dos antorchas encendidas -porque era de noche-, para anunciar a los hermanos de Lindisfarne que el gran santo había pasado a descansar eternamente. Su cuerpo, que en un principio fue depositado en la abadía y permaneció en Lindisfarne por 188 años, fue trasladado cuando los hombres del norte empezaron a descender hacia la costa y, después de muchos traslados, fue depositado en un magnífico santuario en la Catedral de Dirham, el que, hasta la Reforma, continuó siendo el lugar preferido de las peregrinaciones de Inglaterra. Durante el reinado de Enrique VIII, el santuario fue profanado y saqueado, pero los monjes, en secreto, enterraron las reliquias. En 1872, el cuerpo de san Cutberto fue nuevamente descubierto y todos los objetos mediante los cuales fue identificado, se trasladaron a la biblioteca de la Catedral. Aunque generalmente se admite que las reliquias son auténticas, existe aún otra tradición, según la cual los restos de san Cutberto permanecen todavía enterrados en otra parte de la Catedral, conocida únicamente por tres miembros de la congregación de los benedictinos ingleses, quienes transmiten el secreto antes de morir.
Por lo general, se representa a san Cutberto sosteniendo en sus manos la cabeza del rey Oswald. Este fue enterrado con él y sus restos se encontraron cuando el ataúd del obispo fue abierto y examinado en Durham, en 1104. Algunas veces, las compasivas nutrias aparecen a sus pies, pero con mayor frecuencia se le representa acompañado de un pájaro, que probablemente es una de las aves silvestres, conocidas como «pájaros de san Cutberto», cuyas bandadas anidan en las islas Farne; se cuentan hermosas leyendas acerca de la amistad del santo con estas criaturas a las que domesticó, prometiéndoles que nunca serían inquietadas. Dos copias antiguas de los Evangelios están especialmente relacionadas con el santo. Una de ellas es el famoso Evangelio de Lindisfarne, del siglo VIII, depositado sobre la tumba de san Cutberto por el amanuense que lo escribió, y que fue bellamente adornado por san Wilfrido. Accidentalmente fueron arrojados al mar por los monjes que los llevaban a Irlanda, pero las olas los devolvieron a la playa sin daño alguno. Se encuentran ahora en el Museo Británico. La otra copia es el Evangelio de san Juan, del siglo VII que fue enterrado con san Cutberto y es una de las más estimadas posesiones del Colegio de Stonyhurst. El anillo del santo está guardado en Ushaw. La vida de san Cutberto fue casi una oración continua. Todo lo que veía le hablaba de Dios y su conversación versaba, habitualmente, sobre cosas celestiales. Beda dice: «Estuvo inflamado por el fuego de la divina caridad; consideraba equivalente a un acto de oración el aconsejar y ayudar a los débiles, sabiendo que quien dijo 'Amarás al Señor tu Dios', también agregó 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'». Como en muchas de las diócesis inglesas del norte, la fiesta de este gran santo se celebra en Saint Andrews y en Meath. En Hexham se celebra la fiesta de su traslado, el 4 de septiembre.
Nuestras fuentes de información, por lo que se refiere a san Cutberto, gozan de excepcional autenticidad y confianza. Ningún historiador medieval merece más respeto que Beda y, los detalles suplementarios de fechas posteriores —especialmente en lo que se refiere a traslados, etc., proporcionados por Simeón de Durham (sus obras completas han sido editadas en las Rolls Series) y a los descubrimientos hechos cuando la tumba fue abierta en 1827 (para lo cual véase Saint Cutbert (1828) de Raine, autor a quien agradaban poco los monjes) —, confirman también las narraciones primitivas. Gran parte de la información incidental, se encontrará en las notas a la edición de Plummer de la Ecclesiastical History de Beda. Los aspectos arqueológicos de la cuestión, pueden estudiarse en el catálogo de Haverfield y del canónigo Greenwell, Inscribed Stones, etc. y en el Durham, vol. I, de la Victoria County History. El relato irlandés de san Cutberto fue impreso en el octavo volumen de las publicaciones de Surtees Society. La primera vida anónima del santo, fue editada con la que escribió Beda, por Fr. Stevenson, quien también imprimió una buena traducción inglesa (1887) de la vida de Beda. Existe una biografía muy completa, escrita por C. Eyre (1849) que es sumamente útil por sus planos y mapas; otra, escrita por el preboste Consitt (1887) y para algunos milagros en Farne, véase Analecta Bollandiana, vol. LXX (1952), pp. 5-19. Véase también a Craster, en la English Historical Review, abril, 1954 (importante por los traslados de las reliquias).
fuente: «Vidas de los santos», Alban Butler


No hay comentarios:
Publicar un comentario