"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

miércoles, 23 de marzo de 2011

23 de Marzo, San Victoriano, Mártir


ue este Santo uno de los mártires en tiempo de Hunerico, rey de los vándalos, en Africa. Era Victoriano gobernador de Cartago. Su integridad y demás virtudes cristianas le hacían respetable y amado de todos, y hasta Hunerico le apreciaba, pero como arriano, no podía sufrir que Victoriano no lo fuera; y así dio un decreto de persecución contra todos los cristianos, en especial contra el procónsul de Cartago.

Este le respondió que estaba dispuesto a sufrir toda clase de tormentos antes de renunciar a la fe de su bautismo. Irritado el príncipe por tal respuesta, probó su valor con diferente e inauditas crueldades, que sólo sirvieron para recomendar más y más su fe y sus gloriosos triunfos. Y como una fiera, se enfurecía el tirano rey viendo a Victoriano lleno de alegría en medio de los tormentos, bendiciendo al Señor; y puestos los ojos en el Cielo, a fuerza de nuevos tormentos, terminó Victoriano su feliz carrera, con la corona del martirio, el 23 de marzo del año 484.




El mismo día: San José Oriol




arcelonés. Y lo que hubiera faltado es que encima fuera de Vich, para que formase constelación con San Antonio María Claret, con Torras y Bages, con Balmes y mi entrañable mosén Cinto, cuyas poesías tuve la osadía de leer en catalán. De todas formas, San José Oriol fue consagrado sacerdote en Vich por el obispo de esta diócesis, don Jaime Mas, el 30 de mayo de 1676, Témporas de la Santísima Trinidad... Y el seminario barcelonés no puede gloriarse de él sin someter la cuestión a "distingos", porque en los azarosos tiempos del santo beneficiado, en realidad, no existía.

Cautivado por la figura mansísima de San José Oriol, he de comenzar confesando un grave pecado: pecado de prejuicio. Porque me he enfrentado con él cargado de prejuicios malsanos. Un santo beneficiado, en medio de un paisaje estepario de prebendas eclesiásticas sin aureola de canonización durante varios siglos. El se habría santificado en su silla coral, rasera con el suelo, oficiando, simplemente asistiendo puntual al canto de horas en las misas conventuales, conforme al turno establecido. ¡Prejuicio! Y él sería también un caso de versión a lo divino de esa criatura de Dios que es el dinero, como hijo de un pueblo con sentido pitagórico, que sabe someter a número lo más bello que han visto mis ojos: la sardana. San José Oriol, cuya primera carta habla de reales y cuyo primer milagro convierte en monedas de plata unas tajadas de rábano, parecía tentarme a un escarceo de ascética económica, tan necesaria, sin duda.


Con situar estas dos cuestiones en su justo punto se haría algo aceptable, pero monstruosamente fragmentario. San José Oriol, que lo mismo puede enseñarme amor a los enfermos que cariño a la gramática hebrea, es un santo hecho por Dios para enseñar serenidad, efectividad en cualquier puesto, porque los suyos fueron todos simplicísimos. Hasta se podría incurrir en el gran pecado de presentarlo cargado de trivialidad. Ese beneficiado de más de cuarenta años se ha pasado diez de profesor particular de dos niños. Después hizo un viaje a Roma con buen resultado, porque de allí retornó con un beneficio en Santa María del Pino. De algo valió su amistad con los filipenses. Tiene la casa en un callejón adonde se entra por la calle de la Canuda. Le dio por marcharse a Misiones, pero no llegó más que a Marsella. Asiste a coro muy puntual. Confiesa en la capilla del Santísimo. Prefiere decir siempre la misa tarde. Al mes de tomar posesión del beneficio ya pidió que se le concediese celebrar la misa más tardía. No le fue concedido. En las reuniones de beneficiados no suele entrar en las deliberaciones. Un día se le ocurrió descolgarse pidiendo que se sustituyesen las pluviales viejas por otras menos pesadas. Muchos le tienen por santo y hasta dicen que hace milagros.


¿Queréis que os cuente lo que me dijo un taxista? Nos pusimos a hablar de curas, de los curas de la localidad, de los tres curas que él y yo conocíamos:


—Don N., se mata, no para.


—¿ ... ?


—Es un torbellino ese hombre.


—¿Y don X?


—Ese no tiene una peseta, es un manirroto y por eso todos le quieren tanto.


—Basta. ¿Y don Z? (un pobre capellancito de monjas).


—
¡Ah, padre!; ése.... canela fina...

Fueron las palabras que el buen taxista supo emplear cuando quiso hacer punto y aparte con el pobre capellán de ojos silenciosos. Fue su manera de decirme que aquél era un santo.


Si nos hubiésemos acercado a cualquiera de los tejedores o terciopeleros de 1695 para preguntar por el beneficiado de ojos azules y calva venerable que se postra ante el Santísimo después del canto de horas canónicas, nos hubiese dicho ineludiblemente: "es un santo". Sin más.


Porque en esta vida de cincuenta y un años no parecen aflorar todas esas cosas gravísimas, como los puestos de responsabilidad o las incumbencias pastorales, que obligan a moverse sin descanso. Cuando el celo apostólico aguijonea y se lanza a la vanguardia, una mano invisible le asienta nuevamente en su puesto y hay el peligro de que pueda tomarse su anhelo por una "quijotada". Y, sin embargo, florece el milagro a su paso. Es el gran taumaturgo de Barcelona, donde nace, vive y muere. Y aquí va ya la versión exacta que cabe ofrecer.


El santo beneficiado es doctor en teología. Le han tocado los tiempos en que quien mandaba en Francia era Richelieu y quien gobernaba en España era el chato conde-duque de Olivares, que tan mal se vio Velázquez para hacerle un retrato que no desdijera. Lo que a Barcelona le tocó pasar ya se sabe. Y al seminario de Barcelona le tocó no funcionar durante más de noventa años. A aquel pontífice de inigualado anecdotario —Benedicto XIV— le correspondió lamentarse de este gran mal. Pero entonces había lo que hoy casi no nos atrevemos a soñar: Facultad de Teología en las Universidades civiles. En la de Barcelona se doctoró San José Oriol, antes de haber subido las gradas del altar, y con la calificación de nemine díscrepante. Antes había opositado ya a la cátedra de hebreo. Lujo espiritual el de este Santo, que pudo dejar en el pobre inventario de sus cosas una Biblia y una gramática hebraica. Había soñado mucho con convertir judíos. Y se hubiera alegrado, sin duda, de saber que Juan XXIII iba a borrarles de la liturgia del Viernes Santo el adjetivo "pérfidos". Los tiempos cambian. De conversiones de judíos no me consta. Pero ya no fue poco leer —con puntos masoréticos o sin ellos— el texto original del Libro Sagrado. Santa Teresa de Lissieux se quedó con las ganas.


Había experimentado ya muchas cosas en su vida. Se me antoja que mamá Gertrudis tenía un semblante dulce y triste. Sus pupilas quedaron colmadas de eternidad con la despedida temprana de los siete hijos primeros y la de su esposo Juan, muerto a los treinta y siete años (cuando la peste de 1651). Gertrudis unió su vida a la de Domingo Pujolar. José Oriol encontró un padre, y el hijo de Pujolar (futuro sacerdote también) tuvo una madre en Gertrudis. Fue una solución no duradera. Pujolar murió pronto. José fue monaguillo de la ilustre y respetable comunidad de Santa María del Mar. Sólo los pobres entraban en tales funciones. La situación se comprende que era menos holgada. Pero aquellos señores eran buenos y además sabían ver. La cosa comenzó con música y gramática, y todo siguió por sus pasos hasta el flameante doctorado en teología, que alguna mano negra trató vanamente de frustrar. El doctorado era cuestión de talento y codos, ampliamente comprobados en este caso, pero no bastaba en aquellos floridos tiempos demostrar ciencia y santidad para aspirar a las Sagradas Ordenes. Se prerrequería una cosa tan elemental y tan poco aérea como estar en posesión de un beneficio eclesiástico que asegurase la "congrua sustentación" del ordenando. Lo escribo sin saberlo pronunciar: Bell-lloch, obispado de Gerona. Gracias a un beneficio aquí vacante pudo ordenarse San José Oriol. Rentaba un escudo de oro de cámara romano = siete pesetas anuales. Beneficio real y simbólico a la vez, respaldado por el beneficio puramente real de un amigo sincero que se comprometió a suplir con una renta anual. Transcurre casi un mes entre la consagración sacerdotal y la primera misa, que no sé cuándo aprenderemos a llamar la segunda... Una primera misa solemne o rezada. Lo mismo da. Es la primera misa de un santo, que pasa a ocuparse de la preceptoría de la familia Gasneri, alto militar de origen milanés. Pepito tiene seis años y Paquita dos todavía. Vive con ellos en familia durante diez años. Es ésta una vida de familia algo especial, porque, desde que sucedió el prodigio del pavo, se ha decidido a comer solo; y a pan y agua nada más. Muy sencillo: que en la abastecida mesa de los Gasneri José trinchó pavo, pero al servir su plato notó el brazo inmovilizado. Insistió dos veces, y lo mismo. Una mano como de hierro le atenazaba. Mano fuerte y dulcísima, que señalaba una ruta nueva. Un camino de austeridad extremada que no endureció su semblante. El rostro macilento a medida que se iba enflaqueciendo parecía adquirir mayor ternura.


Pepito hace la primera comunión a los diez años y Paquita a los ocho. El santo preceptor los ha preparado con mimo y reciedumbre a la vez. No es que viva consagrado a ellos exclusivamente. Hace unos años que en Barcelona se han establecido los de San Felipe Neri con su género de vida tan peculiar. Tienen vida común, pero son extraordinariamente abiertos, fieles al espíritu peculiar del santo fundador. José Oriol se siente como un miembro más de la Congregación. No le han preocupado nunca esas sutiles cuestiones de frailes o no frailes. En la iglesia del Oratorio confiesa, celebra misa, reparte la comunión. Es hombre que no deja los libros y predica unos sermones poco elocuentes, pero que llegan a las almas y producen consuelo. Hay colas ante su confesionario, y los filipenses están convencidos de que es un santo, aunque ignoran que ayuna a pan y agua durante todo el año...


¿Por qué José Oriol no vivió con mamá Gertrudis, viuda? Tampoco vivió San Pío X con su madre, amándola tanto. Tiene sus exigencias el apostolado. Y tienen a veces los santos esta precaución de no hacer partícipes de "sus líos" a los seres más queridos. Estuvo siempre pendiente de ella y recogió su último suspiro.


Año 1696. Con bordón y sayal de peregrino, con los ojos puestos en las estrellas y las manos mendigando el pan, José Oriol se dirige a Roma. Es la romería de un corazón ardiente al sepulcro de los santos apóstoles... Los hijos de San Felipe Neri le ven llegar a Roma empujado por su fervor. Un ilustre conterráneo suyo había llegado años antes a Roma para agenciar un beneficio eclesiástico. Merodeaban los clérigos españoles en Roma esperando una vacante en la Península. San José de Calasanz no quiso esperar ocioso y encontró en Roma el centro de sus grandes realizaciones. Dura prueba supuso Inocencio X para su obra. Ahora reina un Papa radicalmente distinto en algún punto: Inocencio XI, el papa Odescalchi, hoy Beato Inocencio XI, que señala el puesto definitivo de su vida. El cardenal Coloredo es oratoriano e Inocencio XI lo estima en mucho. El puesto del santo barcelonés está en Barcelona. Allá debe volver para hacerse cargo de un beneficio en Santa María del Pino. No hay canónigos en esta iglesia. Solamente hay beneficiados y por debajo de éstos toda una teoría de capellanes, pasioneros y vicarios. Toda una vida compuesta de detalles a los que hay que ser fiel Le acaban de nombrar "apuntador y bolsero". Horrible tarea la de controlar ausencias y retrasos. Mas horrible aún la de dividir y subdividir las partitiones inter praesentes conforme a un sistema equitativo. El cargo de enfermero le va mejor. Visita y socorre, con sentido de la exactitud, con una caridad controlada que rehuye improvisaciones. Su régimen alimenticio le ha permitido hacer unos ahorros: 311 libras catalanas, que pasan a constituir la fundación de 48 misas por los pobres muertos que no tienen sufragios...


Llega siempre antes de comenzar el coro y permanece de rodillas junto a su silla coral hasta que se inicia la función litúrgica. Prefiere celebrar tarde la misa para así tener más horas de preparación. Todo se va aclarando. Corren los niños a su paso y se detiene con ellos en cualquier pórtico. Hay siempre gente esperándole en la capilla del Santísimo. Visita las cárceles, los hospitales. Va y viene sin hacer ruido, pero todos saben que hace grandes milagros. El lo sabe también, y de todo da cuenta a su director espiritual, fray Juan de la Concepción, que es carmelita descalzo y le conduce por senderos de exigencia y humildad. San José Oriol lee mucho a San Juan de la Cruz. No se toma ni las vacaciones a que tiene derecho en su beneficio. Camina siempre a pie con sotana y manteo limpísimos. Suele andar sin sombrero. (Por eso está tan nuevo el sombrero que se conserva entre sus reliquias.)


Nueva tentativa. Peregrino otra vez. Varios años llevaba en su beneficio cuando emprendió otra aventura, mejor: la misma aventura no lograda. ¡Qué misionero soñador se esconde bajo la negra muceta del beneficiado! El cura de Ars no creía en una vocación sacerdotal sin arrebatos misioneros. Cercano a Marsella le venció la enfermedad y hubo de regresar a Barcelona tras un mandato categórico de Nuestra Señora, que le mostró ya claro para siempre su camino.


Ha cumplido cincuenta y un años. Tiene hecho testamento desde antes de emprender la aventura misionera que Dios no quiso coronar. Es el hombre ordenado en todo, que dispone de su pobreza con la misma seriedad de quien tiene mucho que dejar: sus ropas corales, sus libros, apenas nada más. Ha sido el hijo de laboriosos artesanos que han sabido valorar el fruto del trabajo, no ciertamente con sentido maeztiano. Hasta ha sabido quejarse de que los franceses encarecían la vida, atento a la preocupación vital de la gente pobre, la más cercana a él. Si subís a su buhardilla la hallaréis paupérrima. Pero nadie tiene por qué saber el mérito de tanta pobreza. Sabe el día y la hora en que va a morir y recoge el lugar. Después del coro de la tarde ha confesado a sus penitentes y se dirige a casa de unos buenos amigos: los Llobet. Todo se sucede según el plan de Dios, no ignorado por él. Diariamente se ha confesado antes de celebrar misa. Ahora es la última confesión y la última comunión.... la unción postrera.


Los ojos inmensamente azules se han clavado en la eternidad. Pero flota como un nimbo de belleza sobre la faz macilenta del santo beneficiado, en continuos cambiantes que impiden a los pintores fijar sus rasgos con exactitud. Mientras el pueblo se reparte sus ropas en febril afán de reliquias, en su semblante se posa la serenidad de los cielos. No conozco un santo que más me cierre el camino de las evasivas. He aquí a un amigo barcelonés hecho todo de ternura y exactitud. ¿No recuerdas haber conocido otros más por este estilo? Resulta fácil intuir a San José Oriol.

JOSÉ MARIA DÍAZ



El mismo día: Santo Toribio de Mogrovejo, Apóstol de América




a sensación que se produce al ponerse en contacto con esta figura excepcional de la historia eclesiástica es de auténtico asombro. Resulta increíble lo que, sin embargo, está maravillosamente documentado. Santo Toribio de Mogrovejo puede muy bien parangonarse, sin temor alguno, con las más egregias figuras de la historia eclesiástica universal. No es una impresión nuestra exclusivamente. Hace años que un especialista en historia eclesiástica de los más famosos, el padre Leturia, escribía así. "Nada de cuanto hasta ahora he manejado en el Archivo de Indias me ha impresionado más vivamente que este ilustre metropolitano, gloria del clero español del siglo XVI, quien por su apostolado directo e infatigable en las doctrinas de indios, por su legislación canónico-misional en los concilios de Lima, por sus relaciones y contiendas de subidísimo valor histórico y misional con las grandes Ordenes evangelizadoras; por la firme, digna y confiada majestad con que se opuso a ciertas rigideces centralistas de su insigne admirador y protector el monarca Felipe II, y, sobre todo, por su afán indomable y eficaz en mantener —por encima de los virreyes y del Consejo de Indias— el contacto inmediato y constante con la Santa Sede, proyecta en la historia de las misiones americanas su múltiple y prócer silueta, digna de coronar... el mismo Archivo de Indias de Sevilla". Como ha escrito el señor arzobispo de Valladolid: la epopeya homérica de los conquistadores halla un paralelo digno, y aun superior por sus fines y objetivos espirituales, en la labor inmensa del gran arzobispo. A él se debe en grandísima parte la rápida y profunda cristianización de la América española, y el éxito de su apostolado, y el florecimiento de sus maravillosas "doctrinas" de indios, la exuberancia del clero y de catequistas durante su fecundo pontificado, explican la supervivencia del espíritu y de la vida cristiana en aquellas dilatadas regiones, a pesar de las posteriores crisis y de la tremenda escasez actual de operarios evangélicos".

Sin embargo, triste es tener que reconocerlo, Santo Toribio continúa siendo prácticamente para la gran masa de los fieles, incluso españoles y americanos, un desconocido. Y hasta entre los mismos historiadores pesa más el tópico consabido de quienes dieron pie a la leyenda negra que la labor maravillosa realizada por este arzobispo, el mejor de los regalos que España hizo a su América.


Pasemos casi sobre ascuas por su niñez y juventud. Nacido en Mayorga, en las montañas de León, ya en las estribaciones de los Picos de Europa santanderinos, en noviembre de 1538, su niñez fue la que correspondía a un muchacho de casa hidalga en aquellos tiempos. Hasta los doce o trece años estudia en el mismo Mayorga. Después marcha a Valladolid, donde hace sus estudios de humanidades, lo que hoy llamaríamos bachillerato, y los de derecho. Son los años de 1550 a 1560. En 1562 le encontramos ya en Salamanca, donde había de permanecer largo tiempo, hasta 1573. Hay, sin embargo, un paréntesis significativo: su tío, Juan de Mogrovejo, que luego había de morir canónigo de la catedral de Salamanca, le llamó junto a sí a Coimbra, donde él se encontraba entonces de profesor, y juntos tío y sobrino prepararon para la imprenta, durante los años 1564-1566, las lecciones de don Juan. Es el más extenso de los autógrafos de Santo Toribio que conservamos: cuatrocientos cincuenta y un folios de escritura preciosa y limpísima. No parece, sin embargo, que llegara a matricularse como alumno oficial en Coimbra. En cambio nos consta históricamente que en septiembre de 1568 acudió a Santiago de Compostela en peregrinación a pie, y aprovechó esta peregrinación para graduarse en aquella Universidad. Por aquel tiempo la economía familiar tuvo un serio revés y Toribio se vio en la triste necesidad de ir enajenando, para ir viviendo, parte de la espléndida biblioteca que de su tío Juan había heredado. Se le ofreció ocasión de opositar a una beca en el Colegio Mayor del Salvador de Oviedo. Hizo las oposiciones, triunfó con limpieza y brillantez, y continuó sus estudios con vistas al doctorado en derecho. Otros eran los planes de la divina Providencia, y Toribio no llegaría nunca a graduarse de doctor.


Eso sí, nos consta de toda su vida de estudiante la admirable santidad que ya entonces presentó. Cuando, después de su muerte, el Colegio Mayor de Oviedo se dirigía a Su Santidad el Papa pidiendo la beatificación, diría: "Todavía rezuman las paredes, después de tantos años, el suavísimo olor de santidad de que esta casa quedó como consagrada con la vida en ella de este alumno divino". Y los testimonios de sus antiguos compañeros de colegio le acompañarían también en el mismo proceso de beatificación, proclamando el concepto de rectitud y de absoluta limpieza de vida en que entonces se le tuvo. Parece cierto que pensó en retirarse a la Orden cisterciense. Y no es improbable que la misma Santísima Virgen y San Bernardo intervinieran de manera milagrosa para enderezar sus pasos por otro camino. Al menos en el Museo Provincial de Salamanca se conserva algún testimonio arqueológico que parece indicarlo.


Recibido en el Colegio Mayor el 3 de febrero de 1571, llega de manera imprevista, en una noche de diciembre de 1573, su nombramiento como inquisidor de Granada. Inmediatamente comienzan los trámites, no pequeños, para incorporarse a tan importante destino, y en agosto de 1574 le encontramos ya tomando posesión e incorporado a sus difíciles tareas. Conservamos las actas de las reuniones de los inquisidores y los resultados de una visita, que, como correspondía a su cargo, hizo por diversos pueblos de la región granadina. Por lo que puede apreciarse su prestigio debía de ser extraordinario, cuando tan joven se le dio un puesto de esta importancia, y el mismo Consejo Supremo le trató siempre con una consideración que incluso no se encuentra en sus relaciones con inquisidores mucho más antiguos y avezados.


Por lo que podemos conjeturar sus planes eran enteramente modestos. Simple tonsurado, como lo fue toda su vida su tío el canónigo y tantos otros letrados eclesiásticos de aquel tiempo, Toribio no parece que llegara a pensar en pasar a Indias o en llegar a difíciles cargos de gobierno eclesiástico. Pero otros eran los planes de Dios. El mismo antiguo colegial de San Salvador de Oviedo, don Diego de Zúñiga, que había conseguido su nombramiento para la Inquisición granadina, logró ahora que el rey le presentará para la más importante de las sedes de Indias: el arzobispado de la ciudad de los Reyes, que hoy llamamos Lima. Y, en efecto, Felipe II accedió a solicitar del Papa que fuera nombrado para ese cargo aquel joven inquisidor, de treinta y nueve años de edad, que aún no había recibido ni una sola de las Ordenes menores. En junio de 1578 fue la elección. Tras mil vacilaciones y angustias, en agosto acepta. Pero antes era necesario que, al menos, fuera subdiácono para que se pudiera proceder al nombramiento. Y aquí tenemos a un arzobispo electo recibiendo, por sus tiempos, de una en una, sin querer dispensa, las diversas órdenes menores. Se hace la presentación oficial, el proceso de idoneidad, y, por fin, el 9 y 16 de marzo el nombramiento consistorial. El arzobispo, ya nombrado, recibe el diaconado y el presbiterado, realiza un viaje a su pueblo natal y a la corte, y por fin, en agosto de 1580, sin que sepamos la fecha exacta, ni el nombre del consagrante, ni ningún otro detalle (cosa muy curiosa, pero no rara en aquellos tiempos), recibe la consagración episcopal en Sevilla y se dispone a pasar a las Indias. Aún no había cumplido sus cuarenta y dos años.


"La desmembración actual en pequeñas repúblicas nos aleja del concepto unitario de aquella primera organización política de sus reinos en los virreinatos del Perú para el Sur y de Méjico para el Norte", ha escrito muy justamente Rodríguez Valencia. Entonces era Lima la más importante de las metrópolis de América, como cabeza de jurisdicción en lo civil y en lo eclesiástico, puesto que la provincia eclesiástica comprendía casi todos los obispados del Continente hasta Nicaragua. "Los obispos comprovinciales —decía el Cabildo de Lima a Felipe II— tienen por ley lo que se hace en el arzobispado de Lima." Y la influencia religiosa y misional de Lima rebasaba incluso los mismos límites del virreinato, extendiéndose al Brasil, a Filipinas y en parte también a Méjico. Lima era, por otra parte, una ciudad hermosa: "Parece otro Madrid", escribía el virrey don García Hurtado de Mendoza. Ciudad cortesana a la europea, con su Universidad de San Marcos, con su Cabildo catedral, con sus hospitales y su puerto de El Callao.


A Lima, pues, llega el 11 de mayo de 1581 el nuevo arzobispo. Y la ciudad le recibía con extraordinaria pompa y esplendor. Era una ceremonia prácticamente nueva para los limeños, pues la anterior entrada episcopal había tenido lugar hacía cuarenta años, en los comienzos del desarrollo urbano de la población. Cuando, rendido por el trabajo de aquel larguísimo viaje desde la Península, primero por mar y después por tierra, y de las interminables ceremonias de la entrada, terminaba don Toribio de cenar, dio orden a su paje de que le llamara muy de mañana al día siguiente. "Y ¿ha de ser esto así, siendo tanta la fatiga?", dijo su hermana doña Grimanesa. "Sí, hermana —contestó el Santo—, hemos de empezar a trabajar muy de mañana, que no es nuestro el tiempo."


El duelo que iba a establecerse no era el duelo individual de un santo frente a un mundo. Contaba ya con unos principios de evangelización y una organización eclesiástica; contaba con el apoyo eficiente del Patronato español, con amplia generosidad de medios; contaba con su propia preparación jurídica, muy completa, y contaba con un grupo excepcional de colaboradores. Allí está, junto a él, su cuñado don Francisco de Quiñones, que con tal lealtad le ha de servir a lo largo de los años, dando muestras de heroica fidelidad; está Sancho Dávila, su fidelísimo compañero desde los tiempos de Granada, que tantas noticias de su vida nos había de proporcionar; está don Antonio Valcázar, espléndido colaborador en materias jurídicas y pastorales, y el padre Acosta, y todos los jesuitas, que tanto le ayudaron. Y, sobre todo, su hermana doña Grimanesa. Es ella la que alzará su voz contra el exceso en las limosnas ("Andad presto —dirá el arzobispo a unos pobres a quienes ha dado su mejor camisa—, mirad que no venga mi hermana"), quien urgirá que cuide algo de su salud, quien atenderá a las cosas materiales de aquella casa. Así, rodeado de un equipo excepcional, acomete su tarea.


Tarea ciclópea. En primer lugar como legislador. Sus tres concilios y sus diez sínodos diocesanos suponen el planteamiento legislativo de toda la organización eclesiástica de la América del Sur. Durante siglos, hasta el concilio plenario de América latina que se tendrá en Roma a principios del siglo XX, América se regirá por las leyes que ha dado Santo Toribio. No importa que el Patronato ponga estorbos a la celebración de los concilios, como estaba mandado. El cumplirá la ley y allá los señores del Consejo de Indias si impiden que los concilios no lleguen a promulgarse. Pero su éxito más fabuloso será el del primero de los concilios que reúne. Es algo increíble: unos obispos que se pelean durante meses, que se envuelven en una maraña de pleitos... saben, sin embargo sobreponerse, que así eran los hombres de aquella época, a todas esas miserias humanas y de proceder de común acuerdo a la hora de dictar las leyes eclesiásticas. El arzobispo pasa por las mayores humillaciones. Casi se lee hoy con lágrimas en los ojos la historia de aquellos días. Pero no le importa. Lo sufre todo a trueque de sacar adelante aquellas leyes que introducían, con fuerza y decisión, la reforma tridentina en las tierras de América.


El concilio se tuvo, y con el apoyo del rey, y con la aprobación de Roma, se aplicó inflexiblemente. A los pocos años un clero reformado emprendía una tarea pastoral maravillosa. El arzobispo, incansablemente, superaría nuevas cimas, y al final de su vida la fisonomía de la diócesis limeña y de la provincia eclesiástica habría cambiado por completo. Sólo Dios sabe a trueque de cuántas Iágrimas, dificultades y disgustos.


Pero no bastaba dictar leyes. La experiencia estaba hecha. Su antecesor, Loaysa, había legislado también admirablemente y sus leyes habían quedado incumplidas. Santo Toribio quiso hacer más y ponerse en contacto inmediato con las duras realidades.


Y empezó su gigantesca visita. En una geografía atormentada, que iba desde las más deliciosas planicies hasta las cumbres de los Andes, sin caminos unas veces, las más, a pie, y otras en mula, soportando una diferencia de clima que ponía a prueba la salud de los más robustos, Santo Toribio recorrió aproximadamente cuarenta mil kilómetros. Nótese bien, cuarenta mil kilómetros de aguas y nieves, de súbitas crecidas, de los ríos, de caminos jamás transitados, llegando hasta tribus que jamás habían visto un español, cuanto menos un obispo. Al final de su vida en un cálculo exacto —pues, anticipándose a las tendencias de ahora, Santo Toribio llevó siempre cuenta rigurosa de lo que llamaríamos hoy datos de sociología religiosa— Santo Toribio pudo calcular que había administrado el sacramento de la confirmación a ochocientas mil almas. La mayor parte de su pontificado. transcurre en las doctrinas, en contacto con los indios y con sus párrocos. En este sentido su testimonio acerca de las cosas de aquellas tierras es excepcional. Unicamente un virrey, Toledo, que había cesado en su cargo al iniciar Santo Toribio el pontificado, hizo algo parecido, pero no en esta medida. El material de sus libros de visita, inconcebiblemente menospreciado por muchos historiadores, nos dice algo más e infinitamente más cierto y más seguro que las fantasías de otros muchos que escribieron sobre las Indias.


Es emocionante el anecdotario de la visita. Pero también inagotable. Jamás dejó de visitar a un solo indio, por pobre y alejado que estuviera. Baste un ejemplo por el que nos podemos hacer idea de lo que era aquello. Se les había hecho de noche en la margen del río. Decidió acampar y esperar la normalidad de las aguas al día siguiente, pues el río había subido de repente. Los demás lo habían atravesado ya. Quedaron con él sus dos capellanes y el negro Domingo que le servía. No había para cenar sino un pan que llevaba el negro. El prelado lo partió en cuatro partes, para los cuatro comensales, y, con un poco de agua del río hicieron su cena. Rezó sus horas canónicas y se acostó al sereno. No habían descansado hora y media cuando sobrevino un aguacero muy terrible que duró hasta el amanecer y no les dejó conciliar el sueño. Al llegar el día el río continuaba crecido. Rodeado por la cuesta sin caminos ni posibilidad de cabalgadura. Llegaron al pueblo por el puente del río a las ocho de la mañana. Sin desayunar se dirigió a la iglesia, hizo oración y predicó a los indios. Oyó misa y volvió a predicar durante ella. Se puso a confirmar y terminó a más de las dos de la tarde. A eso de las tres se sentaba a comer, "bien cansado y trabajado". Preguntó al doctrinero si faltaba alguno por confirmar. El padre, que conocía de lo que era capaz, respondió con evasivas. El arzobispo insistió y el religioso no tuvo más remedio que declararle que a un cuarto de legua había un indio enfermo. El arzobispo se levantó de la mesa y fue allá. Llevaron el pontifical. El indio estaba en un altillo "que si no era con una escalera no pudieran subir". Consoló al indio, le instruyó y le confirmó con la misma solemnidad pontifical que si se tratara de un millón de personas. Volvió a comer. Y encargó mucho al cura dominico que cuidase de él, le consolase y mimase, y le dejó una limosna. Se sentó a comer a las seis de la tarde. "Bendito sea Dios que se ha confirmado este indio —decía—, y no irá ya por mi cuenta a morirse sin este sacramento."


Ocasión hubo en que Dios selló con milagros un celo tan extraordinario. Así, por ejemplo, cuando hizo lo que entonces llamaban "una entrada hasta rincones a los que no había llegado jamás ningún español. Era tierra de infieles caribes y le salieron al encuentro cantidad de ellos con sus armas. Y Su Señoría les habló de manera que se arrojaron a sus pies y le besaron la ropa". Sus acompañantes testificaron el milagro: el intérprete que llevaba no les entendía, pero el arzobispo "miró al cielo diciendo: "Dejad, que yo los entiendo", y volvió a hablarles en la lengua española, que en su vida habían oído, y en latín, del Santo Evangelio, y fue entendido de todos. Ellos, a su vez, le respondieron en su lengua, entendiéndoles el arzobispo, con que se verificó este milagro, aunque el lo quiso ocultar por su mucha virtud y santidad".


Su gran amor fueron los indios y los negros. Por ellos padeció persecución, y bien recia, en tiempos de don García de Mendoza. En favor de ellos luchó con tenacidad para que se les admitiera a la Eucaristía. No es posible recoger los mil rasgos que de él se conservan en este aspecto. Les predicaba, se detenía con ellos en la calle, les invitaba a su mesa, les trataba con un cariño paternal, les recibía a cualquier hora. Es una epopeya emocionante de amor, entrega y afecto. Refugiémonos una vez más en la anécdota:


Ocurrió que entre la servidumbre de su casa arzobispal enfermó de gravedad un negro bozal de su caballeriza. A las dos de la madrugada entró un sacerdote a confesarle, y se retiraba ya a descansar. El arzobispo, que apenas dormía, le vio desde su ventana y le preguntó el objeto de su visita a estas horas. El sacerdote le explicó el caso y cómo lo había confesado ya. El arzobispo dijo era conveniente administrarle el viático. El sacerdote respondió que el negro era demasiado bozal e incapaz de recibirlo. Insistió el arzobispo que le instruyese y le hiciera capaz, y sin esperar más bajó de su habitación y se fue con el cura a la del enfermo; se sentó en la cama y, con palabras de consuelo y de ternura, comenzó a instruirle. Consiguió que el negro distinguiese suficientemente el pan eucarístico; levantó a los de su casa, limpiaron la habitación, entró en la catedral, sonaron las campanas, y bajo palio, con algunas personas que acudieron al toque de campanas, el sacerdote portó el viático seguido del arzobispo. Recibió el negro la comunión, volvió el arzobispo a la catedral acompañando al Señor. Reservado el sacramento, el prelado fue de nuevo a la habitación del negro para consolarle, supo que no estaba confirmado, pidió el pontifical y le administró la confirmación. Le exhortó a que pidiese la extremaunción. Lo hizo el negro. Se la administró el arzobispo y en estos ministerios llegó el alba. Inmediatamente el arzobispo emprendió su jornada ordinaria.


Esto no es más que una anécdota. Como éstas conservamos a millares. A cuál más edificante. Como edificantes sus relaciones con el clero secular, sus luchas por sacar adelante el seminario, su amor y veneración hacia las Ordenes religiosas, su firmeza y su sentido profundo de respeto hacia la autoridad civil. No hay lugar a recogerlo todo. Durante cinco años interminables recibió un trato durísimo por parte del rey, que inexplicablemente, se fiaba de las relaciones que enviaba don García Hurtado de Mendoza, quien en alguna ocasión no retrocedió ante la misma calumnia. Mucho tuvo que sufrir, hasta lo increíble. Nos consta, sin embargo, que jamás salió de sus labios una queja, sino, antes al contrario, tuvo explicaciones para todo. "No será como dice", decía siempre que en su presencia murmuraba alguno. Y cuando, con ocasión de un memorial en el que se le denunciaba por haber atacado el Patronato, la reprensión del rey llegó a extremos realmente increíbles, la contestación de él tiene una dignidad y un estilo que transparentan por completo la santidad: "No sé —dice— con qué conciencia pudo persona alguna hacer relación a Vuestra Majestad... tan siniestra y contraria a la verdad... Tendrá su conciencia gravada y onerada para poder satisfacer a la buena fama y opinión y honra de la persona del prelado y dignidad pontifical que se tenía en estas partes... Su Divina Majestad tenga misericordia de él, y le perdone y atraiga a conocimiento de su yerro, maldad y pecado, y a que satisfaga enteramente como está obligado... Dios Nuestro Señor que tenga en su mano, y me dé fuerzas para trabajar en esta viña y poder descargar la conciencia de todos, no queriendo otro premio sino a Él".


Aun hablando humanamente, y prescindiendo del aspecto sobrenatural, Santo Toribio fue un hombre realmente excepcional. Su salud, que sólo por milagro pudo resistir la increíble austeridad de vida y aquellos trabajos interminables; su inteligencia prócer, que se proyecta en la claridad extraordinaria de todos sus escritos; su estilo literario, de impresionante majestad; su propio dominio, aun en las circunstancias más difíciles, le elevan a una altura inconmensurable.


Murió como correspondía a un luchador de su talla: en pleno combate. Se sintió enfermo, y continuó, sin embargo, la visita. Le pedían y le suplicaban sus acompañantes que se cuidara un poco. Fue todo en vano. Continuó trabajando hasta el último momento. Había llegado a Saña medio muerto, con ánimo de consagrar allí los óleos. Le derribó la fiebre; y con todo, por rigor de ayuno del tiempo (era Semana Santa.), "no comió carne hasta tres o cuatro días antes de morir, por mandato del médico, lo cual fue mucha parte para apresurar su muerte, por no haberse dejado regalar estando enfermo". Allí, lejos de su iglesia catedral, rodeado de sus indios amadísimos y de los sacerdotes que habían concurrido para la consagración de los óleos, murió el día de Jueves Santo de 1606.


Su cabildo catedral tomó sobre sí, con fidelidad admirable, el trabajar por conseguir la beatificación. En 1679 se lograba. Y en 1726 era canonizado. Cuando, a principios del siglo XX, se reunía el concilio plenario de América latina, los obispos reunidos en Roma con esta ocasión habían de pedir con insistencia que él fuera su modelo. "Prelado santísimo —decían en las aclamaciones que se cantaron en la solemne sesión de despedida—, intercede por nosotros para que nuestros trabajos sinodales produzcan fruto sempiterno." Al fin y al cabo los mismos prelados acababan ya de llamarle "ejemplar de todos los obispos de América latina y ornamento espléndido de aquella santa Iglesia".

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA.



Quien quiera conocer más de la vida de este Santo Obispo, Patrono del Episcopado americano puede leer en este enlace un capítulo del libro Hechos de los Apóstoles en América, del R.P. José María Iraburu.

Y recomiendo muy especialmente la lectura de este artículo, capítulo del libro Arquetipos, del R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

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