"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

jueves, 3 de marzo de 2011

3 de Marzo, Santa Cunegunda, Emperatriz, Viuda y Vírgen



R.P. Juan Croisset, S.J.


ue Santa Cunegunda hija de Sifrido ó Sigefrido, señor palatino del Rhin, primer conde de Luxemburgo y de Heswigis, señora de las mayores casas de Alemania.

Salió á la luz del mundo hacia el fin del décimo siglo, y correspondió su educación á lo alto de su nacimiento y á la piedad de sus padres. Mamó con la leche una ternísima devoción á la Santísima Virgen, y con esta devoción se la pegó aquel amor ardiente, que conservó toda la vida á la virtud hermosa de la castidad.

El aplauso universal y la general estimación que se granjearon las prendas de Cunegunda encendieron la inclinación de los mayores señores para pretenderla; pero logró ser preferido a todos San Enrique, duque de Baviera, que, muerto el emperador Otón III, fue elevado y proclamado rey de romanos.

Habían nacido la una para la otra aquellas dos grandes almas; y siendo el matrimonio tan igual, no podía dejar de ser el más feliz. Raras veces se ha ofrecido á los ojos y á la veneración del mundo virtud más heroica en este estado. Prevenidos los dos castos esposos de aquellas gracias especiales que están destinadas para hacer los mayores santos, convinieron recíprocamente el primer día de la boda en guardar perpetua castidad, consagrando á Dios su pureza.

Resuelto el emperador Enrique á pasar á Roma para recibir la corona imperial de mano del papa Benedicto VIII, quiso que le acompañase en este viaje su esposa Cunegunda, para que asimismo recibiese de la misma mano la corona de emperatriz. No hay voces para expresar los grandes ejemplos de virtud que iban esparciendo por todas partes estos dos insignes dechados de perfección cristiana.

Muchos años habían pasado Enrique y Cunegunda en aquella perfecta unión, cuando el enemigo común de la salvación del género humano, que no podía sufrir tan rara y tan heroica virtud en medio de una corte, movió todas sus máquinas para derribarla, ó á lo menos para obscurecerla.

Atrevióse el espíritu de la maledicencia y la calumnia á la fidelidad y á la pureza de la Santa Emperatriz, y halló resquicio para introducir en el pecho del Santo Emperador la aprensión ó la sospecha; porque permitió el Cielo que se dejase preocupar, para acrisolar más la virtud de Cunegunda. La castísima princesa, aconsejada únicamente por la virtud de la humildad, á que era inclinadísima, resolvió desde luego abrazar con alegría esta obscura humillación con que la ennegrecía la calumnia. Ya su silencio y su resignación habían hecho más insolentes ó más atrevidos los recelos, cuando la representaron la obligación en que estaba de quitar el escándalo de sus pueblos, á quien debía de justicia el ejemplo de una vida intachable é irreprensible. Llena de segura confianza en Aquel que á un mismo tiempo era protector y testigo de su virginidad, ofreció justificarla, encomendando á la prueba del fuego el testimonio de su inocencia.

Anduvo Cunegunda con los pies descalzos por barras encendidas sin recibir lesión alguna. Conoció el mundo el mérito de su pureza; y el Emperador, condenando su nimia credulidad, no perdonó á medio ni á diligencia para reparar la injuria que habían hecho a su castísima esposa, ó á la facilidad de su genio, ó á la excesiva delicadeza de su pundonor. Desde entonces se estrechó más el vínculo ó casto nudo que dulcemente los unía. Convinieron ambos en edificar á nombre y expensas comunes la catedral de Bamberg, con magnificencia verdaderamente imperial; la Emperatriz por sí sola fue fundadora del célebre monasterio de benedictinos que, con el nombre de San Miguel, fue adorno y ejemplo de la misma ciudad, y poco tiempo después fundó allí mismo otro segundo con la advocación de San Esteban, siendo muy contadas las ciudades de Alemania donde no dejase religiosos monumentos de su singular piedad.

Acometióla una enfermedad peligrosa, y, luego que salió de ella, en acción de gracias fundó otro tercer monasterio de monjas benedictinas con el título de Santa Cruz, dotándole con una magnificencia digna de tan gran princesa.

Sucedió la muerte del Emperador el año 1024, y en ella sintió la santa Emperatriz el más vivo y penetrante dolor; tanto, que hubo menester toda su virtud para no rendirse á la fuerza del sentimiento. Libre ya de cuanto podía aprisionar su corazón en la Tierra, sólo anheló por el retiro, para dedicar todo su espíritu al Cielo.
El mismo día en que se celebraba el cabo de año de la muerte de su bienaventurado esposo, convocó gran número de prelados para celebrar la dedicación de la iglesia que había edificado á sus imperiales expensas en su muy amado monasterio de Caffungen. Asistió á la ceremonia, adornada de ostentosas galas y revestida de sus insignias imperiales. Concluido el Evangelio de la Misa, se acercó al altar mayor, y ofreció un pedazo de Lignum crucis primorosamente engastado en riquísimo relicario; despojóse después de la púrpura, y se vistió un humilde hábito de religiosa, de color morado, que ella misma había cosido por sus manos, y había hecho que se le bendijesen los Obispos. Cortóse los cabellos, que se guardaron en el monasterio como preciosa reliquia; echóla el velo sobre la cabeza el Obispo de Paderborna, y entrególa un anillo en prendas de su desposorio con el Esposo Celestial. Acabada la ceremonia de la profesión religiosa, aquella purísima heroína, á vista de toda la grandeza de la corte y del inmenso gentío que se deshacía en lágrimas, entró con despejo en el monasterio, donde pasó encerrada los quince últimos años de su vida, entregándose únicamente al ejercicio de las más sublimes y más heroicas virtudes.

Vivió perpetuamente en estado de religiosa particular, rendida con humilde sumisión á todas sus hermanas, mirándolas á todas como si fuesen superioras.

No parecía posible humildad más profunda ni más sincera, obediencia más perfecta ni más sencilla.

Las horas que no la ocupaban otras obligaciones más esenciales, ya se sabía que todas se habían de dar á la oración ó á la asistencia de las enfermas. Era extrema su mortificación; tanto, que vivía, al parecer, de milagro.

Al fin la naturaleza se dio por entendida, y fue necesario ceder á la suma debilidad á que la redujeron sus rigurosas penitencias y sus continuas vigilias. Recibió los últimos Sacramentos de la Iglesia con aquella tierna devoción y con aquellos consuelos interiores que tiene Jesucristo reservados como de justicia para sus dignas esposas. Afligióse tanto de que después de muerta quisiesen tratar como Emperatriz á la que había vivido y estaba para morir como pobre religiosa, que, inmutado repentinamente su apacibilísimo semblante, no se tranquilizó ni serenó hasta que la dieron palabra de que sería enterrada sin la menor distinción, como todas las demás.

Murió el día 3 de Marzo del año 1040, y, conducido su santo cuerpo á Bamberga, la honró Dios con la gloria de los milagros después de muerta, cuyo don la había concedido cuando viva. Ciento y sesenta años después, conviene á saber, el de 1200, la puso en el catálogo de los santos, con la solemnidad acostumbrada, el papa Inocencio III.

En las actas antiguas de la vida de esta Santa se halla la oración siguiente:

¡ Oh Dios, que, entre las demás maravillas de tu poder, hiciste tan sobresaliente en todo género de virtudes y en todo género de estados á tu sierva la santa virgen Cunegunda, que aun en el matrimonio no perdió la hermosa flor de la virginidad, y en la viudez, tomando el hábito de religiosa, nos fue á todos brillante ejemplar de toda perfección por la santidad de su vida, concédenos, por sus merecimientos, que nos alentemos, según nuestra flaqueza, á imitar los asombrosos ejemplos de aquella en cuyas dignas alabanzas deseamos emplearnos! Por Nuestro Señor Jesucristo, etc

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