- San Benito José Labre
- Santo Toribio de Liébana
- Santa Engracia y sus 18 Compañeros, Mártires
- Santa María Bernarda Soubirous, Virgen
- San Fructuoso de Braga, Obispo
- San Cayo, Mártir
- San Optato, Mártir
- San Saturnino, Mártir (Con Optato)
- San Encratis, Mártir (Con Optato)
- San Cremencio, Mártir (Ver Optato)
- San Dragón
- San Magno de orkney, Mártir
- San Paterno de Avranches
- Beato Arcángel de Bolonia
- Beato Guillermo de Polizzi
- Beato Joaquín de Siena
- Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo gratias.

San Benito José Labre
se hombre —suele decirse ante el desvalido— va dejado de la mano de Dios. Se acierta, sí, cuando tal se dice y cuando, ingenua y reverenciosamente, se toma la mano de Dios por el próvido cuerno de la abundancia. Pero sucede que los designios de Dios —los modos que tiene Dios de dar la mano— son infinitos como las arenas de la mar, innúmeros, como no llegan a serlo, siendo tantas, las mismas arenas de la mar.Aquel hombre desvalido, Benito José Labre, no iba dejado, sino guiado por la mano de Dios, conducido por su andadura clemente y amorosa, providencial y tierna.
Benito José Labre nació en Amettes el 26 de marzo de 1748. Regía el orbe cristiano el papa Benedicto XIV, cantado por Voltaire en verso latino, y reinaba en Francia, "bajo Voltaire", Luís XV, el firmante del Pacto de Familia, el galán de la marquesa de Pompadour y el protector de la porcelana de Sévres.
Cuando Benito José oyó hablar de la Gran Trapa y sus humildes perfecciones, se estremeció como un iluminado. Sus padres prefieren que siga estudiando, y Benito José cae en una honda sima de dudas. De un lado, su vocación que le fuerza. Del otro, lo que no acaba de ver claro: la validez, la ley, de su vocación.
Sobre Érin pasa, con su mano de luto, la epidemia, y su padrino, el cura, sucumbe atacado del mal. Benito José se esfuerza por llevar la caridad a los hogares en los que hizo su nido el dolor y, cuando el mal pasa y se sabe desvalido y solo, se vuelve a Amettes, a la casa paterna. Es el año 1766, el del motín de Esquilache, y Benito José es todavía un adolescente.
Sus padres le mandan a Conteville, a que continúe sus estudios. Al cura —Santiago José Vincent, que todo se lo da a los pobres—, le llaman el nuevo San Vicente por su inmenso amor al desvalido. El cura de Conteville, viendo a Benito José tan dispuesto para la vida monástica, habla con los padres del mozo y obtiene de ellos el necesario permiso.
En el mes de abril de 1767, pintándose la primavera en los campos, Benito José, con el corazón radiante de gozo, llama a la puerta de la cartuja de Val Sainte Aldegonde, tras la que había de esperarle la desilusión. La cartuja es pobre, demasiado pobre para acoger a un solo monje más, y Benito José no cabe en ella.
Benito José tiene ya veinte años y consigue que sus padres le permitan hacer otra tentativa, ahora en la Trapa. Emprende el camino y tras sesenta leguas a pie y bajo la lluvia, llega hasta el viejo portón de la Gran Trapa.
—¿Cuántos años tenéis, hermano?
—Veinte, ya.
—Veinte años no son bastantes para entrar aquí; os faltan cuatro todavía.
Y a Benito José, ante la puerta que se cerró, se le cayó el alma a los pies. Siguió su camino y llamó a otra puerta trapense: la de Sept-Fons. Pero los años que le faltaban para poder profesar eran los mismos y la puerta tampoco se le abrió.
El obispo de Boulogne le aconseja que no piense en la Trapa y que pruebe otra vez fortuna en la Cartuja. Benito José obedece el consejo del obispo e ingresa en la cartuja de Neuville.
Como en la Notre-Dame de Pres vuelven a asaltarle las tentaciones y Benito José Labre, huyendo de ellas, abandona por segunda vez la cartuja. Fue el prior quien le animó a que dejase la lucha cortando por lo sano.
Benito escribe a sus padres para comunicarles su nuevo norte: otra vez la trapa de Sept-Fons, a cien leguas de andar, durmiendo al raso y comiendo el parvo y sabroso pan de la limosna.
El día 2 de noviembre de 1769, sin tener los veinticuatro años que previene la regla, Benito José fue admitido entre los trapenses. Su dicha era inmensa y una inefable paz invadió su alma. Pero los escrúpulos no tardaron en aparecer, la noche se extendió de nuevo sobre su atormentado espíritu y la galerna azotó otra vez las flacas carnes de Benito José. A los seis meses fue llevado, exánime, a la enfermería y poco más tarde al hospital de pobres, fuera de la clausura. El prior le llamó a su presencia:
—Vuestra alma, hermano, no está en su lugar. Debéis abandonar la cogulla y volver al mundo.
Benito José bajó humildemente la cabeza.
—Hágase la voluntad de Dios.
Benito José volvió al campo abierto, a los caminos sin fin, al cielo por techo y las estrellas, en medio del alto cielo, como brújula y compañía. Toda su vida anterior la entiende como el forzoso noviciado de lo que se propone ser: un monje errante, un vagabundo de Dios, una pura llama que, olvidada de su cuerpo, vivirá de lo que a los demás les sobre.
El abad de Sept-Fons le bendice y Benito José emprende, serena el alma y el llanto brillándole en los ojos, el largo camino de Roma.
Desde Chieri, ya en tierra italiana, Benito José escribe a sus padres su última carta: una ingenua y patética despedida entre cuyos trazos se adivina la beatitud.
Benito José es ya, y para siempre, el mendigo errante que se propuso ser. Vestido con la túnica y el escapulario de Sept-Fons, de los que no habría de desprenderse en vida; con un rosario al cuello, un crucifijo sobre el corazón y el fardelejo, entre mendrugos de pan, el Evangelio, la Imitación de Cristo y un breviario, Benito José era la imagen misma del vagabundo si a los vagabundos, ¡ay!, nos habitase Dios con la misma clemencia con que se posó sobre aquel pecho elegido.
Entra en Roma el 3 de septiembre de 1770 y pasa las tres primeras noches en el hospicio de Saint Louis-des-Français; después, pesaroso quizá ante lo que entiende como un innecesario regalo, dormirá siempre al raso, en el quicio de una puerta, bajo un puente, al cobijo de una escalera, donde la noche le alcanza.
—De fuego para Dios, de carne para el prójimo, de bronce para conmigo mismo.
Su filosofía era la del pájaro del cielo, la de la poética avecilla que todo lo confía en Dios.
—Se ofende a Dios —dijo al cura de Cossignano— porque no se conoce su bondad.
En Roma se unía al Vía Crucis de los mendigos y, a diferencia de los mendigos, llegaba a rechazar lo que le daban. Nada quería porque nada, tampoco, le era menester. En la plaza Monte Cavallo, mientras dormía, tan breve y miserable era su carne mortal que con frecuencia era confundido con un perro. Por las noches rezaba ante las puertas de las ermitas y más de una vez fue apaleado por los anónimos golfos de la oscuridad. Benito José, bajo la lluvia de palos, sonreía y adoraba a Dios.
En Loreto, un clérigo, al verle sobre el duro suelo de la iglesia, le preguntó:
—Cálmese, madre, vuestro hijo ya no llorará más.
En 1777, antes de llegar a los treinta años de aquel cuerpo que se quemó en el sacrificio, Benito José abandona la vida del vagabundo para quedarse en Roma, dedicado a la oración. De sus largas jornadas de caminante sólo le queda el rumbo de Loreto, adonde nunca faltó.
¿Volverá el año que viene, hermano?
—No, padre.
—¿Por qué?
—Porque debo ir a mi patria —respondió, con diáfana clave, Benito José.

El mismo día: Santa Engracia y sus 18 Compañeros, Mártires
iocleciano había subido al trono imperial (285-305), alfombrando su camino con la sangre de Aper. Bravo militar de origen dálmata, Diocleciano se hizo proclamar emperador en Calcedonia.La muerte de Carino en el campo de batalla de Margus le dejó como único jefe del Imperio. Soldado favorito de la fortuna, manifestó siempre tener un espíritu lleno de recursos, una voluntad fría e implacable y un plan de reformas concreto y lógicamente ordenado.
Adepto ferviente del paganismo, a la vez por convicción personal y por razón de Estado, el emperador se afrontó muy pronto con el problema acuciante del cristianismo.
El cristianismo, gracias al decreto de tolerancia de Galieno en 260, había realizado grandes progresos no sólo entre la población civil, sino también en las legiones y en los castros. Diocleciano vio en ello una dualidad moral en el Imperio, y, una vez conseguida la unidad territorial, política y administrativa, se propuso conseguir la uniformidad religiosa.
Dadas sus convicciones paganas, la religión de Cristo debía sucumbir ante la religión del Estado. Cuatro decretos sucesivos emanados del poder imperial, en 303 y 304, ordenaron una persecución general en todo el mundo romano. El intento de descristianización empezó por el ejército. En cuanto al elemento civil, el emperador eligió los prefectos más sanguinarios para que persiguieran y acosaran a los cristianos en cualquier rincón del mundo en que se encontraran.
Y los ángeles en el cielo entrelazaron con flores purpúreas infinitas coronas que cayeron sobre las cabezas resplandecientes de los atletas de Cristo, lo mismo en el Oriente que en el Occidente, igual en Egipto que en Roma y que en las dos Españas. A España vino como prefecto Daciano. El regó con torrentes de sangre todas las vegas de la Iglesia española.
Conforme iba pasando por las ciudades de la España tarraconense, las vidas más puras y delicadas iban cayendo a sus pies. Empezó por Gerona. Siguió por Barcelona, en donde fue recogida entre la gavilla de las espigas cristianas el alma purísima de Eulalia; continuó por Tarragona, y llegó a Zaragoza. En esta ciudad el tajo era inmenso. En sus enormes brazadas cortó Daciano la vida del diácono Vicente y del obispo Valerio.
Por entonces cayeron también los innumerables Mártires de Zaragoza, cuyos restos calcinados formaron las santas masas, la nívea pella de predestinados que esperan en el templo de Engracia el día de la reivindicación final.
Por aquellos días agostadores llegó Engracia a Zaragoza. Venía de Brácara, la noble ciudad de Gallaecia. Hija florida de un noble hispanorromano, iba hacia el Rosellón en cortejo nupcial al encuentro de su prometido, que en aquellas tierras vivía.
Antes de emprender el viaje, en el que le servían de cortejo dieciocho caballeros de su familia, recibió entre sueños un aviso de que sería Zaragoza la ciudad de su abrazo feliz.
Cuando llegó a esta ciudad y se enteró de la encarnizada persecución que en ella sufrían sus hermanos, los adoradores de Cristo, comprendió el misterio. Ella era la novia destinada para las bodas eternas con el Cordero.
Se presentó delante de Daciano y le reprochó su impiedad.
—Juez inicuo —le dijo—, ¿tú desprecias a tu Dios y Señor que está en los cielos y exterminas con tanta crueldad a sus adoradores? ¿Por qué os empeñáis tú y otros malvados emperadores en perseguir a los cristianos porque no adoran vuestros ídolos, templos de los demonios?
Engracia no iba sola; la acompañaban, como pajes de una reina, los dieciocho apuestos caballeros de su séquito: Luperco, Optato, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evencio, Primitivo, Apodemio, Maturino, Casiano, Fausto y Jenaro. En los rostros de los caballeros se reflejaban los mismos reproches emitidos por la boca de Engracia, y en su silencio condenaban también la crueldad de Daciano.
El presidente, hombre sanguinario y soez, no resistió las palabras de Engracia ni el silencio de sus compañeros y los mandó azotar duramente a todos ellos. Al compás del chasquido del látigo y el desgarrar de las carnes se alzó la más pura de las sinfonías, que penetró en los cielos e hizo sonreír de gozo a los ángeles de Dios.
Engracia dirigía el coro de las alabanzas al Señor. Pensó Daciano que, vencida la entereza de Engracia, flaquearían sus compañeros, y en su presencia ató el delicado cuerpo de la doncella a la cola de unos caballos y la arrastró por las calles de la ciudad. Cuanto más punzantes eran sus dolores y más se desgarraba su cuerpo en flor más cantaba a Jesucristo y más detestaba a los ídolos y dioses imperiales, y más se robustecía la fe de los caballeros a la vista de la entereza de la vírgen.
El juez imperial no dejaba piedra sin remover para llevar a sus víctimas a una abjuración o a una apostasía. Viendo que por los tormentos no arredraba a la intrépida virgen propuso seducirla con promesas. "Ya que no podemos vencer con la dureza, venzamos con halagos", se dijo. Y puso delante de sí a la doncellita, a quien rodeaban sus compañeros corno al pistilo los pétalos de la flor.
—Oye, jovencita —le dijo—, ¿por qué unes la vanidad a tu nobleza? ¿No dejarás tu error si tu sangre real se une en matrimonio con uno de los gallardos príncipes que florecen en el Imperio? Lejos de ti el proseguir en tu desvío y en el desprecio de nuestros apuestos donceles. ¿Vas a despreciar una vida brillante y soñadora por cegarte en las fantasías de esa gentuza arrastrada?
—¡Pobre sacrílego! —replicó Engracia—. Haz a tus hijas esa proposición. En cuanto a mí, si no me venciste con los tormentos, no esperes atraerme con tus hechizos malvados. Mi causa es clara. Seré esposa de Cristo. Ni tus suplicios ni tus halagos conseguirán otra cosa que unirme y estrecharme más íntimamente al Esposo de mi alma. Yo soy enviada por Él para increparte por tus crímenes e indicarte que ceses en la persecución si no quieres sentir sobre tu cabeza la ira de Dios.
Al presidente se le encendieron los ojos y con voz quebrada y sarcástica agregó: —Por tus consejos, ¡oh niña simpática!, debo darte las merecidas gracias. Llamó a los verdugos, y en su presencia, y delante de los dieciocho caballeros bracarenses, la mandó desnudar y atormentar. Los garfios se agarraban en sus carnes ya desgarradas por los azotes anteriores y por el arrastre por las calles empedradas de la ciudad. Varios surcos abiertos por los ganchos dejaron al aire libre sus entrañas palpitantes. Ya no había cuerpo donde herir. Le cortan los pechos y a través de las heridas abiertas se veía latir dulcemente el corazón de la esposa de Cristo.
Luperco no se pudo contener ante aquella crueldad usada contra la mártir de Dios y exclamó en nombre dé los demás compañeros:
—Juez cobarde, ¿por qué persigues con esa saña al pueblo cristiano? ¿Por qué atormentas tan cruelmente a la virgen Engracia? ¿No podías probar en nuestros cuerpos varoniles la resistencia de tus garfios y dejar ya de deshilar la seda del cuerpo de la doncella? Si te han molestado sus palabras, su confesión es la nuestra. Si ella merece la muerte, también nosotros debemos morir; pero si nosotros seguimos con vida también ella debía continuar viviendo.
Daciano los mandó retirar de su presencia y ordenó que los degollaran fueran de la ciudad. Cuando Engracia los vio salir hacia el martirio, desde la púrpura de su sangre en que estaba envuelta, les dijo:
—Hermanos amadísimos, volad gozosos al martirio, camino de la vida eterna. Vais no a la muerte, sino a la vida; no al tormento, sino al triunfo. La misma palma del martirio nos unirá a todos en la gloria. La orden del presidente fue ejecutada al momento. Los mártires de Cristo recibieron sus coronas a las orillas del Ebro.
Cuando comunicaron a Daciano que su orden estaba cumplida, miró a Engracia y le dijo: —¡Oh tierna virgen, ¿qué esperas si ya sientes sobre ti todos los tormentos y sabes que tus compañeros han sido decapitados? Blasfema de Cristo, adora a los dioses y cesará el tormento y te presentaré un esposo.
A lo cual respondió, intrépida, la mártir de Cristo:
—¿Piensas que voy a adorar las piedras y a renegar del Criador del cielo y de la tierra? No sabiendo Daciano cómo atormentarla ya, mandó que le hincaran un clavo en la frente, y, envuelto su cuerpo en un vivo dolor, fue arrojada en un lóbrego calabozo para que se pudriera viva.
El poeta Prudencio le cantó un siglo después como si la estuviera contemplando en el lóbrego calabozo que él piadosamente visitó, sin duda: "A ninguno de los mártires aconteció que habitara en nuestras tierras quedando aún en vida; tú eres la única que permaneces en el mundo, sobreviviendo a tu propia muerte. Hemos visto parte de tu hígado arrancado y apresado aún a lo lejos en las tenazas comprimidas, ya tiene la muerte pálida algo de tu cuerpo, aun cuando estás viva”.
El cuerpo de la Santa fue sepultado honrosamente por el obispo Prudencio en una urna de mármol, uniendo a él las cenizas de los dieciocho compañeros. "Póstrate conmigo, generosa ciudad, ante los sagrados túmulos", cantaba el poeta Prudencio. Y Zaragoza, llena de fervor, se postra todavía en la cripta de la parroquia de Santa Engracia, donde duermen el sueño de los justos los restos de la virgen Engracia, de sus dieciocho compañeros y las níveas masas de los innumerables Mártires.

El mismo día: San Fructuoso de Braga, Monje y Obispo
n los confines occidentales de España, ganados un siglo antes para la ortodoxia católica por el ilustre San Más Martín de Braga, floreció en el siglo VII uno de los mas eximios varones de la iglesia visigoda. Fructuoso, de noble familia emparentada con algunos reyes visigóticos, hijo de un jefe del ejército, púsose muy pronto en condiciones de servir a la Iglesia al iniciarse en las disciplinas eclesiásticas bajo la dirección de Conancio de Palencia. Allí recibió su educación sagrada, en compañía de numerosos jóvenes a los que había atraído la sabiduría y la discreción de este obispo; pero en su alma florecía la vocación monacal, manifestada desde niño con piadosos pensamientos al decir de su biógrafo, un sencillo monje discípulo y admirador suyo, que escribió una vida llena de detalles maravillosos y de milagros. Joven aún, renunció a sus bienes y dotó con ellos iglesias y benefició a los pobres, para saber desprenderse mejor de la atracción de las cosas del mundo. Y todo hace sospechar que se retiró al Bierzo, donde sus padres posean bienes cuantiosos. Allí le encontrarnos rodeado de discípulos, llevando austera vida de penitente, fortaleciendo a todos con su ejemplo y con su instrucción.
Nos narra su biografía que familias enteras se sentían arrastradas por el hondo movimiento espiritual que había iniciado al restablecer, con redoblado vigor, la vida monástica en retiros de soledad y en medió de exigente disciplina. Su biógrafo nos cuenta, admirado, cómo en varias ocasiones intentó huir a la soledad completa desde sus cenobios, para mejor y más intensamente consagrarse a Dios, sin que el fervor de sus discípulos se lo permitiera, pues no estaban dispuestos a quedarse privados de su guía.
En esta primera etapa de su actividad fundó Fructuoso muchos y diversos monasterios en el Bierzo, en Galicia, en el norte de Portugal, que pronto se vieron invadidos por una multitud creciente, tan grande que nos dice ingenuamente su biógrafo que los mismos jefes del ejército real llegaron a temer quedarse sin hombres que reclutar para sus campañas. Quizá en estas fundaciones puso por norma su regla, que presenta una enorme originalidad y muestra cómo no fue breve su conocimiento de los hombres que se le sometían para servir a Dios: regla dura y enérgica, adecuada a hombres del Norte, con vivo sentimiento de la comunidad y con un concepto de la obediencia muy desarrollado. En breve, un movimiento ascético de tal ímpetu trascendió los límites de Galicia, y el nombre de Fructuoso y su obra corrió por la Península entera; comienzan entonces las inquietudes apostólicas de Fructuoso, para quien se habían quedado pequeñas las soledades galaicas. Tenemos noticias de una peregrinación suya a Mérida, por devoción a Santa Eulalia, y de un viaje emprendido a continuación hacia el Sur hasta llegar a Sevilla y Cádiz. El respeto y las atenciones de que es objeto en su peregrinar nos revelan la fama de santidad y de grandeza que le antecedía: su incansable actividad le lleva a realizar también en estas regiones nuevas fundaciones en que aplicar su intensa disciplina, camino para adelantos mayores en la vía de la perfección.
No pocas leyendas piadosas nos transmite su biógrafo para mostrar la protección que Dios le dispensaba: unas veces, prodigiosamente, le evita el ser confundido con un animal al hallarse en medio de un matorral en oración simplemente cubierto de pieles; en otra ocasión puede atravesar con sus códices un río sin que sus tesoros de formación eclesiástica sufran el menor detrimento al contacto con el agua; en otra ocasión consigue un castigo para un malvado que injusta e inicuamente le ataca; en otro momento logra de manera maravillosa concluir un viaje que corría el riesgo de convertirse en tragedia por el agotamiento de los marineros que a golpe de remos impulsaban la barca, y no falta, en esta larga sucesión de milagros, la barquichuela arrastrada por las olas y recuperada por el Santo, que no vacila en lanzarse a caminar sobre el mar para poder traerla de nuevo a la orilla.
Incansable prosiguió Fructuoso la fundación de monasterios, hasta que, un día, decidió marchar al Oriente en peregrinación. Es probable que, además de visitar los Santos Lugares, como habían hecho tantos hombres ilustres del Occidente español, hubiera dispuesto en su ánimo dirigirse a Egipto, cuna y fuente de donde provino a la Iglesia occidental todo el monacato en que tantos espíritus se santificaron y fueron luz y guía del mundo cristiano, pero no pudo lograr su propósito porque el proyecto llegó a conocimiento del rey y de sus consejeros, que tomaron urgentes medidas para evitar que tal lumbrera de la Iglesia abandonara España. En medio de tanta actividad cuidaba Fructuoso de su propia formación intelectual y de la de sus monjes, y buscaba libros y explicaciones que satisficieran su sed y sus dudas e ignorancia: las vidas de santos, las narraciones de la vida y doctrina de los anacoretas egipcios, la Biblia, constituían el manjar predilecto de aquellos hombres cuya fama recorría más y más la Península de un lado al otro. Braulio de Zaragoza, el gran obispo amigo de San Isidoro, uno de los hombres de más completa y exquisita formación en la España de aquel tiempo, llama a Fructuoso brillante faro de la espiritualidad española, y reconoce y proclama el esfuerzo novador que de bosques y desiertos hacía un grupo de monjes que cantaba sin cesar las alabanzas de Dios.
El entusiasmo de Braulio, dictado, como él mismo dice, por la verdad y no por la adulación o la amistad, debía ser compartido por muchas gentes, que veían en nuestro Santo un hombre de Dios, entregado a su servicio y poderoso instrumento suyo. En aras de este servicio rinde Fructuoso poco después su deseo de soledad y oración, y acepta, no sin repugnancia, el honor de ser elevado a la dignidad episcopal como obispo abad de Dumio, notable monasterio próximo a Braga. Poco tiempo después, obligado por su cargo, asiste Fructuoso a un concilio nacional, presidido por el grande Eugenio de Toledo. Allí, depuesto Potamio, metropolitano de Braga, por diversas faltas de las que se acusó espontáneamente, con voto unánime, los Padres asistentes al concilio elevan a Fructuoso a la silla metropolitana de Braga, con la esperanza y la seguridad, dicen, de que daría ello mucha gloria a Dios y redundaría en gran beneficio de la Iglesia. Puede decirse que nada o casi nada se sabe de lo que hiciera en su paso por la sede bracarense; pero su celo incansable le mantenía tenso, y por ello una y otra vez acude ante el rey Recesvinto, cuyo comportamiento tanto aflige a los grandes obispos de este momento, para amonestarle, pedirle clemencia, aconsejarle.
El biógrafo de nuestro Santo, celoso como era de poner de relieve el espíritu monástico de Fructuoso, insiste ahora en la rigurosa vida ascética que mantuvo durante su tiempo de episcopado, en lo continuado de su actividad como fundador, hasta decir que, conocedor de su próximo fin, se entregó a tal frenesí de trabajo que no cesaba en su labor de dirección y construcción sin darse descanso ni de día ni de noche. Su última fundación parece haber sido el monasterio de Montelios, muy cerca de Braga, donde se conservó su cuerpo tras su muerte, hasta que siglos más tarde, en 1102, el arzobispo de Compostela, Gelmírez, le trasladó a Santiago.
Dícenos su biografía que, atacado de fiebre, comunicó su inmediata muerte a sus discípulos, llorosos por la pérdida que se avecinaba y asombrados por su alegría y tranquilidad en tales momentos; todavía entonces tuvo tiempo para disponer asuntos relacionados con el gobierno de varias de sus más importantes fundaciones; luego hizo ser llevado a la iglesia, donde recibió con sumo fervor y devoción la penitencia y donde permaneció toda la noche postrado en oración, hasta que, amaneciendo un día, que los libros litúrgicos de Braga dicen el de hoy, el año 665, entregó a Dios su alma.
Su biógrafo no olvida señalarnos que pronto comenzaron los milagros en torno a su sepulcro, pero ninguno más importante ni valioso que el gran milagro del cual había sido instrumento dócil y activo en manos de Dios: la gran renovación espiritual que inició en el siglo VII, todavía lleno de resabios de herejía, henchido de luchas políticas, de odios y rencores. Entregado a la oración y a la penitencia en medio de un siglo corrompido, logró con su ejemplo y su virtud hacer cristalizar unas ansias de renovación sentidas con toda intensidad. Su celo y su entusiasmo prendieron en multitud de creyentes, que aun bastante después de su muerte buscaban todavía su santificación siguiendo paso a paso los itinerarios de Fructuoso, y haciendo de sus retiros y lugares de oración parajes sagrados en los que sus almas encontraban más facilidad para acercarse a Dios; y aun siglos más tarde, los monasterios por él fundados sentíanse satisfechos de esta tradición, mostrando la huella de su paso apostólico.
MANUEL DÍAZ Y DÍAZ
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