"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

viernes, 22 de abril de 2011

Santoral Católico del 22 de Abril

  • Santos Sotero y Cayo, Papas y Mártires
  • San Agapito I,
  • San Alejandro, Mártir
  • San Epipodo, Mártir
  • San Leonidas, Mártir
  • Santa Oportuna
  • San Teodoro de Sikeon
  • Beato Francisco de Fabriano
  • Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.


SANTOS SOTERO y CAYO
Papas y Mártires


Muy pocas noticias conocemos sobre la vida y el pontificado del papa San Sotero (166-175). Las principales son las contenidas en el Liber Pontificalis y en la Historia Eclesiástica, de Eusebio. Pero lo poco que conocemos, unido al fondo de la situación eclesiástica de aquel tiempo, nos permite reconocer en este Papa a uno de los más típicos representantes del siglo II.

Era originario de Fondi, en la Campania, e hijo de Concordio. A la muerte del papa Aniceto, el año 165, le sucedió en el trono pontificio, en un tiempo en que la Iglesia se debatía contra diversas clases de enemigos. El Liber Pontificalis nos da de él dos noticias en particular: en la primera nos comunica que prohibió a las mujeres tocar los sagrados corporales y quemar incienso en las congregaciones de los fieles. La segunda nos refiere su actividad, que podemos llamar jerárquica, con la ordenación de un buen número de sacerdotes y diáconos y once obispos, destinados a diversos territorios. Por lo que a esto último se refiere, se deduce claramente de aquí la actividad de este Papa en el desarrollo creciente de la Iglesia. Lo primero nos presenta un lado muy característico de este pontificado, que es su decidida intervención frente a las herejías del tiempo, pues claramente se ve que, por la limitación de la intervención de las mujeres en los ministerios litúrgicos, trataba de oponerse al montanismo, entonces en su apogeo, que daba a las mujeres excesiva participación en las cosas de la Iglesia.

Efectivamente, durante el pontificado de San Sotero tuvo en el Oriente mucha resonancia el movimiento herético promovido por Montano, quien anunciaba como próximo el fin del mundo. En consecuencia, debían todos prepararse con una vida perfecta y con rigurosa penitencia. Para ello prescribía una serie de ayunos y proclamaba algunos principios extremadamente rigoristas, sobre todo que debían vivir una vida pura y sin pecado, pues si cometían alguno, sobre todo de los más graves, no podrían obtener el perdón, ya que los pecados más graves son imperdonables, pues la Iglesia no tiene poder para perdonarlos. Esto es lo que constituye la base de aquel rigorismo exagerado, defendido poco después por Tertuliano y sobre todo por Novaciano.

Ahora bien, para la propaganda de esta ideología rigorista utilizó Montano la colaboración de dos mujeres muy influyentes, Maximila y Priscila, y en general, siendo las mujeres más asequibles a este género de predicación, les dio una intensa participación en las cosas de la liturgia, en franca oposición con las antiguas enseñanzas y prácticas de la Iglesia.

Frente a toda esta tendencia rigorista, que sembraba la confusión, el pesimismo y la angustia entre los fieles y estaba en franca oposición con la doctrina del Evangelio y de la Iglesia, que no ponen limitación ninguna al poder de perdonar los pecados, procedieron con energía los Romanos Pontífices. El papa San Sotero fue el primero que tuvo que hacer frente a esta ideología. Así, por lo que se refiere al rigorismo exagerado y al principio de la imperdonabilidad de los pecados graves, insistió en la doctrina tradicional de la Iglesia. Y en lo tocante a la excesiva intervención de las mujeres en la liturgia, publicó las prescripciones indicadas por el Liber Pontificalis.

Todo esto es claro indicio del espíritu eclesiástico de nuestro Santo y de su empeño en defender con toda energía el tesoro de la doctrina católica que la Providencia le había encomendado, El historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesarea, nos expone otro lado muy característico de la actividad del papa Sotero. Es su espíritu de caridad para con los pobres y necesitados, y los esfuerzos que puso durante su gobierno en socorrerlos y ayudarlos por todos los medios posibles. En esto no hizo otra cosa que continuar la tradición de la primera Iglesia del tiempo de los apóstoles, en la que sabemos que reinaba la más pura caridad y unión de unos con otros, y se pudo decir, por una parte, que todos eran "un corazón y un alma", y, por otra, que "todas las cosas era comunes", y, en consecuencia, que ponían sus cosas a los pies de los apóstoles, para que se distribuyeran entre los necesitados.

Siguiendo, pues, tan preciosos ejemplos San Sotero se distinguió por este espíritu de caridad. De ello es testimonio fidedigno un fragmento de una carta a los romanos escrita por el obispo de Corinto, Dionisio, y transmitido por Eusebio en su Historia. "Desde los principios —dice- de la religión vosotros introdujisteis la costumbre de llenar de varios beneficios a vuestros hermanos y de enviar los necesarios socorros y medios de vida a muchas iglesias establecidas en cada ciudad. Así vosotros remediáis la pobreza de los necesitados y suministráis lo necesario a los hermanos que trabajan en las minas, conservando, como buenos romanos, las costumbres romanas de vuestros mayores. Y vuestro obispo Sotero no sólo conservó esta costumbre, sino que aún la mejoró, suministrando abundantes limosnas, así como consolando a los infelices hermanos con santas palabras y tratándolos como un padre trata a sus hijos."

No conocemos cómo respondió Sotero a esta cariñosa carta del obispo de Corinto a los romanos. En cambio, sabemos que esta respuesta fue leída con particular respeto y veneración en la iglesia de Corinto, según testifica el mismo Dionisio, es decir, "como lo han hecho con la carta de Clemente". Precioso testimonio de cómo en este tiempo era respetado en las iglesias particulares el obispo de Roma y cómo el Primado Romano estaba en pleno ejercicio. "De este modo —termina el obispo de Corinto— haremos acopio de las mejores lecciones."

Por otro lado, como el gobierno de San Sotero cae de lleno dentro del reinado de Marco Aurelio (161-180), él fue testigo de los diversos chispazos de persecución de este tiempo, que dieron ocasión a algunos insignes martirios. A ellos pertenecen, entre otros, el martirio del gran apologeta San Justino, denominado el Filósofo, y sobre todo el de los mártires de Lyon y Vienne, el obispo San Potino, los diáconos Santo y Atalo, la esclava Blandina, que, haciendo escarnio a su nombre, fue un ejemplo sublime de fortaleza; el niño Póntico y otros cuarenta. También Sotero, según refiere la tradición, fue víctima de esta persecución, aunque no se conoce ningún detalle de su martirio. Los martirológios más antiguos incluyen su nombre entre los mártires, el día 22 de abril. Semejante oscuridad reina respecto del lugar de su sepultura.

Algunos le suponen autor de una carta sobre la Encarnación. Pero la crítica no la reconoce como auténtica. Menos consistencia tiene todavía la noticia que le hace autor de un Tratado contra Montano. En cambio, todos están conformes en ponderar su entereza y energía en la defensa de la verdad y de la tradición católica, su eximia caridad con los necesitados y la extraordinaria santidad de su vida.

BERNARDINO LLORCA, S. I.


La memoria del papa San Cayo (283-296) va unida generalmente en la tradición a la de San Sotero, y por lo mismo se celebra el mismo día. Sin embargo, sus vidas no tienen de común más que el hecho de ser ambos obispos de Roma. La tumba de San Cayo es, ciertamente, una de las más veneradas en la catacumba de San Calixto de Roma. Mas, por otra parte, su recuerdo está rodeado de multitud de tradiciones y leyendas que impiden tener una idea clara y segura sobre su vida y su verdadera actuación durante su pontificado.

Algunos documentos antiguos atestiguan que Cayo era originario de Dalmacia. Por otra parte, se le supone pariente de Diocleciano y de los Santos Gabino y Susana. Por esto esa misma tradición afirma que vivía en Roma en una casa contigua a la de Gabino y Susana. De esta misma tradición o leyenda se hace eco el llamado Titulus Suzannae, en Roma, que ha llevado siempre el subtítulo de ad duas domos (junto a las dos casas).

Algunas de estas leyendas o tradiciones fueron transmitidas por las Actas de Santa Susana, y sobre estas Actas, según parece, están fundadas las noticias que nos transmite el Liber Pontificalis. Así, pues, no podemos tener ninguna seguridad sobre el origen de San Cayo y demás circunstancias indicadas.

En terreno seguro entramos con la noticia de la elección de Cayo en 283 para suceder en la Sede Romana al papa San Eutiquiano. Además consta que, transcurrida la persecución de Valeriano, la Iglesia atravesaba entonces un período bonancible. Gracias a esta paz, de que gozó el cristianismo durante casi todo el siglo III, sólo interrumpida por los breves chispazos de algunas persecuciones, se había ido robusteciendo extraordinariamente, y a fines del siglo III constituía ya una fuerza arrolladora, imposible de dominar. De esta paz se aprovechó el Romano Pontífice San Cayo para fomentar todas las instituciones de la Iglesia. Bajo su protección se desarrollaron las dos escuelas de Oriente, la de Alejandría y la de Antioquía, que por este tiempo habían llegado a un notable esplendor. Asimismo las Iglesias del Africa, después de San Cipriano († 258), de las Galias y de España, que presenta figuras de primer orden y celebra poco después el concilio de Elvira.

En realidad, aunque tenemos pocas noticias concretas, podemos afirmar que los trece años de pontificado de San Cayo fueron tranquilos y prósperos para la Iglesia. Una noticia, sin embargo, se nos comunica, que da a entender que, no obstante esta paz general, debió haber algún chispazo o conato de persecución. Porque, de hecho, sabemos que Cayo pasó algún tiempo escondido en la catacumba de San Calixto. Precisamente entonces se encontraba esta catacumba en su mayor esplendor. Después de los trabajos realizados en ella por el papa San Calixto, quedó ésta convertida en uno de los lugares más venerados de los cristianos. La cripta de los papas y la contigua de Santa Cecilia, los cubículos de los sacramentos y las antiguas criptas de Lucina, Liberio y Eusebio ofrecían a los cristianos los más vivos y palpitantes recuerdos. Por eso, ante los sepulcros de los papas y de los mártires, se reunían para celebrar los aniversarios de sus martirios y tal vez alguna de sus solemnidades litúrgicas. De este modo, con la lectura de las Actas o Pasiones de los mártires, que era la manera más corriente de celebrar sus aniversarios, se alentaban sus espíritus, para las batallas que ellos mismos tenían que sostener. Allí, pues, en el interior de la catacumba de San Calixto, atestiguan antiguos documentos, pasó escondido algún tiempo el papa Cayo, sea porque amenazara alguna persecución, sea porque sintiera especial devoción en permanecer al lado de los mártires. Esto último pudo tener lugar, o bien al principio de su pontificado, en que el emperador Caro (282-283) inició una especie de persecución, o bien al principio del gobierno de Diocleciano, en que se siguió todavía algún tiempo en este estado de inseguridad.

Sobre esta base también de la persecución, iniciada por Caro en 283 y continuada algún tiempo con más o menos intensidad durante los años siguientes, adquieren especial consistencia los testimonios de la tradición, que nos presentan a San Cayo como el sostén más firme y el alentador de los cristianos, amenazados constantemente por la espada de la persecución. Según estos mismos documentos, tuvo que sufrir mucho en su constante trabajo de confirmar a los fieles en la defensa de su fe. En particular ponderan cómo aconsejó e indujo al patricio Cromacio para que acogiera a todos los cristianos en su casa de campo con el fin de protegerlos contra la persecución. Se refiere que un domingo entró él en la casa de Cromacio y dijo a los fieles allí reunidos: "Dios Nuestro Señor, conociendo la debilidad humana, ha establecido dos grados entre los que creen en Él: la confesión y el martirio, para que los que no se crean con fuerzas para poder sufrir los rigores de los tormentos al menos conserven la gracia para su confesión. Así, pues —continuó—, los que prefieran permanecer en la casa de Cromacio queden aquí con Tiburcio, y los que quieran venir conmigo a la ciudad síganme.

Con esta ocasión, según se refiere, ordenó diáconos a Marco y Marcelino, y presbítero a su padre Tranquilino; entonces nombró a Sebastián defensor de la Iglesia y de los fieles y dio pruebas de la mayor ternura hacia todos ellos. El Liber Pontificalis, por su parte, atribuye a San Cayo el decreto por el que establecía los diversos grados de la jerarquía anteriores al episcopado, es decir, de ostiario, lector, acólito, exorcista, subdiácono, diácono y presbítero, y asimismo la división de Roma en distritos. Sin embargo, no pueden admitirse estas noticias, pues ya en 250, según atestigua Eusebio en su Historia Eclesiástica (VI, c. 43), son enumerados todos estos grados de la jerarquía. Tal vez no hizo él otra cosa que conmemorarlos de nuevo expresamente.

Respecto de su muerte, no se sabe con certeza si fue mártir. Consta con toda evidencia que, después de su muerte, su memoria fue rodeada de gran veneración. Pero la primera redacción del Liber Pontificalis le designa expresamente como confesor. Posteriormente, en una nueva redacción, se añadió la expresión fue coronado con el martirio; pero esto no está conforme con los hechos. Además, el nombre del papa San Cayo está en la Deposición de los obispos, o Catálogo de los obispos, y no en la Deposición de los mártires. Para explicar estas divergencias el cardenal Orsi escribió: "El título de mártir no parece que se le pueda aplicar a Cayo, sino a causa de los malos tratos sufridos por él en los primeros años de Diocleciano, cuando este emperador permitió continuara en Roma la persecución iniciada por Caro".

De hecho, a partir del siglo IV, todos los calendarios romanos señalan el 22 de abril como el día de su muerte y de su fiesta. Lo mismo repiten los calendarios medievales y Beda el Venerable.

BERNARDINO LLORCA, S. I.

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