"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

jueves, 12 de mayo de 2011

Santoral Católico del 12 de Mayo

  • Santos Nereo, Aquileo, Domitila y Pancracio, Mártires
  • Santo Domingo de la Calzada, Confesor
  • San Germán de Constantinopla, Obispo y Confesor
  • San Epifanio de Salamis
  • Santa Rictrudis
  • San Madoaldo de Treveris
  • Beato Francisco Patrizzi
  • Beata Gema de Solmona
  • Beata Juana de Portugal
  • Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.





SANTOS NEREO, AQUILEO,
DOMITILA
y PANCRACIO,
Mártires

a hagiografía de los primeros siglos cristianos presenta la enorme dificultad de una numerosa serie de escritos apócrifos en los que es necesario descubrir los escasos pormenores históricos sin dejarse engañar por la exuberancia de literatura fantástica que la piedad de los fieles añadió a manera de novela edificante. La personalidad de los santos queda a veces diluida en esos relatos bizantinos; se llega a arrancar al protagonista de su tiempo y de su espacio para situarlo en un ambiente distinto del suyo; se llegaba a desdoblar una figura, para fabricar con ella dos personajes distintos. De una manera semejante, en novelas y películas de nuestro tiempo se describe aquel primer período del cristianismo entremezclando lo sucedido con lo imaginado, sin pretensión de engañar, sino de lograr un relato agradable con un fondo innegablemente histórico.


Las narraciones apócrifas de mártires y vírgenes pretenden, además, edificarnos, como la novela Fabiola inspirada en ellas, insistiendo más en el espíritu que en la historia, como las Florecillas de San Francisco de Asís.

Aún no había empezado la “era de los mártires", iniciada por Diocleciano, que sirvió de referencia cronológica antes de usarse la llamada "Era cristiana", equivocada esta última en la fijación de su año de origen. Pero Nerón había desencadenado ya la primera persecución local contra los cristianos. Muerto aquel monstruo sádico, la Iglesia vivió una época de deseada tranquilidad. Galba, Otón, Vitelio; dejaron a los cristianos en paz. Y los primeros emperadores Flavios; Vespasiano y Tito, tampoco mostraron enemistad contra aquella nueva religión. El cristianismo, que había seguido haciendo sus conquistas con la conversión de gentes humildes, escaló entonces las alturas de la sociedad imperial. El movimiento de conversión del paganismo al cristianismo invadió inconteniblemente las clases altas y la aristocracia romana.

Mientras filósofos y retóricos ponían su inteligencia y su palabra al servicio de la nueva religión que abrazaban, las familias que ingresaban en la Iglesia, con todas sus riquezas, no sólo facilitaron el incremento de algunas obras de caridad y el embellecimiento de varios cementerios cristianos, sino que hicieron posible la formación de un patrimonio eclesiástico. Gobernaba entonces la Iglesia de Roma un hombre de origen oscuro. Parece ser que el papa San Clemente, lejos de ser un aristócrata, como los de aquella nueva constelación de cristianos, era solamente un esclavo liberto. Entre las familias consulares que entonces abrazaron el cristianismo han dejado huella los Pomponios, los Acilios y los Flavios, todos ellos emparentados con los emperadores.

Aunque los Flavios habían hecho la guerra contra los judíos —Vespasiano había comenzado el sitio de Jerusalén que cayó en manos de Tito—, no sentían odio antisemita y no dudaron en rodearse de figuras del judaísmo, como la princesa Berenice y el historiador Josefo. Esta conducta favoreció la rápida difusión del cristianismo, considerado por los paganos como una secta judía, en los círculos de la aristocracia senatorial. El cónsul Flavio Clemente, sobrino de Vespasiano y primo hermano de Tito y de Domiciano, se convirtió al cristianismo juntamente con su mujer Flavia Domitila. Según el derecho romano, sus dos hijos, que eran discípulos de Quintiliano, debían suceder a Tito y a Domiciano, que carecían de hijos. De haberse efectuado esta sucesión, malograda por el desastre final de Domiciano, el Imperio romano hubiese sido regido por príncipes cristianos doscientos años antes de Constantino.

Fue el inhumano Domiciano quien desencadenó la segunda persecución contra el cristianismo. Tertuliano compara su crueldad con la de Nerón. Y el libro con que se termina el Nuevo Testamento, el Apocalipsis, parece ser una ensambladura de dos apocalipsis distintos del mismo autor, escrito el primero durante la persecución de Nerón y el segundo cuando la de Domiciano. Este libro inspirado nos da así el ambiente cristiano, de sufrimiento y de esperanza, en que vivió aquella generación de mártires. Domiciano veía mal aquella infiltración de personajes y costumbres judías en su corte, y decidió extirparla. Escudándose en sus dificultades económicas empezó exigiendo rigurosamente el impuesto de la didracma que los judíos pagaban para el Templo de Jerusalén, y que, desde la destrucción del mismo, se recaudaba para el emperador.

La recaudación alarmó a Domiciano, pues le hizo ver cuán numerosos eran los judíos que se habían infiltrado en su derredor, y decidió perseguirlos y aniquilarlos. Para Domiciano y para el paganismo, tan judíos eran los que seguían la religión de Moisés como los que seguían la de Jesús. Todos, sin distinción, fueron acusados de ateísmo. No debe extrañarnos esta acusación lanzada contra el judaísmo y el cristianismo, tan profundamente religiosos, ya que el hecho de no dar culto a ninguna imagen les hacía a los ojos de los idólatras vivamente sospechosos de ateísmo. Los cristianos de entonces, como los judíos de siempre, no daban culto a las imágenes, siguiendo en esto el segundo mandamiento del Decálogo dado por Dios a Moisés, tal como figura en la Biblia. Se condenó a muerte a judíos y cristianos, y fueron confiscados sus bienes. Flavia Domitila, mujer del cónsul Flavio Clemente y sobrina del emperador Domiciano, fue desterrada a la isla de Pandataria, en atención a su dignidad de miembro de la familia imperial. Según documentos menos seguros, habría habido entonces una segunda Flavia Domitila, virgen, sobrina de Flavio Clemente, desterrada también, por cristiana, a la isla Poncia. Es casi cierto que en la tradición ha habido un desdoblamiento legendario. No hay razón para admitir más de una Flavia Domitila, la mujer del cónsul, desterrada por cristiana a una isla que aparece como residencia de los personajes imperiales condenados al exilio.

La leyenda, consignada en los documentos apócrifos de las Actas, nos cuenta que la virgen Domitila, prometida de un joven gentil llamado Aureliano, tenía como esclavos a Nereo y Aquileo, a los cuales había convertido al cristianismo el apóstol San Pedro. Estos siervos veían muy mal que su señora se adornase para agradar a un pagano. Los argumentos que en las Actas aducen estos dos esclavos para disuadir a Domitila de esa boda son, ciertamente, desorbitados. Al hablar de la vida de matrimonio no se contentan con mostrarla inferior al estado de virginidad, sino que la presentan como positivamente aborrecible, por la brutalidad de los esposos, la ingratitud de los hijos y la serie innumerable de aflicciones y humillaciones que supone para la mujer. En cambio, dicen, la virginidad hace semejante al mismo Dios, y es la mejor corona a que puede aspirar una joven. La virginidad es un don concedido por Dios desde el nacimiento, y en el matrimonio es necesario renunciar a ella, prefiriendo un esposo mortal al Esposo inmortal. Llevados indudablemente de un celo excesivo, Nereo y Aquileo describen el matrimonio como algo muy distinto de lo que es en realidad, olvidando que la Iglesia tiene para el matrimonio un sacramento instituido por Cristo.

Y esas razones exageradas terminan por convencer a la joven, y ellos acuden gozosos al papa San Clemente, sobrino del cónsul Clemente, para que imponga a Domitila el santo velo de las vírgenes. Verificada la ceremonia religiosa, el resultado, previsto por el Papa, no se hace esperar. Aureliano, considerándose engañado, consigue sin dificultad que el emperador Domiciano destierre a su antigua prometida a una isla. Al llegar a ésta, con sus dos esclavos, encuentran a sus habitantes pervertidos por las predicaciones de dos discípulos de Simón Mago, Furio y Prisco. Para contrarrestarlas Nereo y Aquileo piden a Marcelo, hijo del prefecto Marco, discípulo de San Pedro, que cuente el fracaso de Simón Mago ante San Pedro. Pero llega Aureliano, que, no pudiendo corromper a los dos esclavos, los hace desterrar a Terracina, donde éstos son ejecutados. Con la esperanza de que Domitila llegue a ser su esposa Aureliano le envía dos amigas, Teodora y Eufrosina, que van a casarse también con Sulpicio y Serviliano. Pero Domitila convence a las dos jóvenes de las excelencias de la virginidad, y sus dos pretendientes, renunciando a ellas y convertidos también a la verdad de la religión cristiana, pasan a aumentar el número de los fieles. Aureliano muere desesperado después de una bacanal de dos noches, en la que intenta olvidar su derrota. Martirizados Nereo y Aquileo, caen también los dos cristianos de última hora, Sulpicio y Serviliano. Las tres vírgenes, Domitila, Teodora y Eufrosina, son encerradas en una casa en Terracina, a la cual prenden fuego. Las tres mueren, y sus cuerpos intactos son depositados por un santo diácono, llamado Cesáreo, en un sepulcro nuevo.

CARLOS MARÍA STAEHLIN, S. I.


an llegado hasta nosotros unas actas tardías del martirio de los santos Nereo y Aquiles. Debieron escribirse hacia finales del siglo V, y de las mismas se conservan dos recensiones, una griega y otra latina.

El valor histórico de estas actas es muy dudoso; se trata más bien de una novela que agrupa alrededor de Flavia Domitila a una serie de personajes conocidos por la arqueología, y de cuya existencia no puede en modo alguno dudarse. Suele ser el éxito de todas las leyendas partir de lo cierto para montar un relato fabuloso.


Mombritius, un renacentista del siglo XV, fue quien dio primero a luz estas actas en 1479. De él las tomó Surio para sus Vitae Sanctorum; de Surio pasaron a los Bolandos en 1680 y de allí corrieron por los "años cristianos" populares. Estudios críticos emprendidos el pasado siglo han conseguido cribar lo que hay de leyenda y de historia en la vida de estos santos mártires.


Veamos primero qué nos dicen las referidas actas.


Flavia Domitila, sobrina del emperador Domiciano, tuvo por servidores a Nereo y Aquiles, que habían sido convertidos por San Pedro, los cuales la persuadieron a rechazar las promesas de matrimonio que la hiciera Aureliano, hijo del cónsul, animándola a abrazar la virginidad.


El papa Clemente, sobrino del cónsul Clemente, recibió los votos de Domitila y le dio el velo de virgen.


Furioso Aureliano por la repulsa de la que había solicitado por esposa, acusa a Domitila y a sus servidores de cristianos, y son desterrados a la isla Ponciana, la cual encuentran pervertida por Furio y Prisco, discípulos ambos de Simón el Mago.


Los Santos ruegan a Marcelo, hijo del prefecto urbano Marcos, discípulo de San Pedro, que narre la historia de su maestro y la defección de Simón el Mago.


Mientras que llega Marcelo crece el furor de Aureliano al ver que no puede vencer la resistencia de Nereo y Aquiles y los envía a Terracina, donde el procónsul Menio Rufo los condena a muerte. Auspicio, su discípulo, y padre nutricio de Domitila, transporta sus cuerpos al cementerio propiedad de ésta, en un arenario de la vía Ardentina, junto al sepulcro de Petronila, pretendida hija de San Pedro.


Entretanto Domitila continúa su resistencia, logrando convertir a sus hermanas de leche Eufrosina y Teodora, animándolas a abrazar la virginidad. Luxurio, hermano de Aureliano, las ordena sacrificar a los dioses, y ante su negativa las encierra en su habitación de Terracina, prendiéndole fuego. Mueren las santas vírgenes, pero sus cuerpos quedan intactos y son enterrados por el diácono Cesáreo en un sarcófago nuevo. Este último martirio ocurre en tiempos del emperador Trajano.


Las actas saben aprovechar toda la rica literatura apócrifa del siglo I: Actas de San Pedro y San Pablo, actas orientales de San Lino, noticias topográficas y aún seguramente tradiciones romanas que perduraban.


Nos encontramos frente a un caso de leyenda hagiográfica característica, basado en el prurito de glorificar a un personaje —Flavia Domitila— y alrededor del mismo juntar y relacionar otros mártires de los que se tienen escasas noticias.


Con los mártires del siglo I la historia ha sido parca, pues de la persecución neroniana descrita por Tácito, escritor profano, como nombres seguros sólo han llegado hasta nosotros los de San Pedro y San Pablo; los demás quedan en el anonimato.


Ya Baronio, que tanta parte tuvo en la restauración del culto de San Nereo y Aquiles, y fue quien influyó para que su fiesta se desgajara de la de Santa Flavia Domitila, del 7 de mayo, incluyéndola en los nuevos calendarios litúrgicos postridentinos en la fecha de hoy, tiene una frase llena de dudas para las mencionadas actas: fide non integra.


Y Tillemont piensa que debieron ser redactadas por algún maniqueo enemigo del matrimonio, pues los diálogos entre Nereo y Domitila, aparte de lo inverosímiles y con frecuencia tan crudos al describir el matrimonio, los trabajos de la gestación y los dolores del alumbramiento, son más un alegato contra las nupcias que una defensa de la virginidad.


Sin embargo, las actas no son las únicas fuentes históricas que poseemos.


Existe, en primer lugar, el culto antiquísimo, atestiguado por los más respetables martirológios, por los libros litúrgicos y por los monumentos.


No podemos determinar la época en que los dos Santos sufrieron el martirio, tal vez en el siglo I, hacia el año 95, en la persecución de Domiciano. En la de Nerón, algo anterior, no parece probable, por la razón antes dicha. Más razones habría para probar que hubieran muerto en la persecución de Trajano, al tiempo de la propia Domitila.


Dos cosas hay ciertas: el hecho de su martirio y el lugar de su sepulcro. Nereo y Aquiles, que las actas llaman eunucos, con terminología y mentalidad de las cortes bizantinas del siglo V, y las lecciones del Breviario tienen por hermanos, eran simplemente soldados según las noticias del papa San Dámaso, cuando se construyó la basílica de Santa Petronila, mártir, junto a cuyo sepulcro fueron enterrados los dos Santos.


Su martirio estaba representado en dos columnitas que debieron servir para el teguriun o baldaquino que cubría el altar, y en una de las cuales aparece esculpido el martirio de Aquiles y su nombre (Acilleus), viéndose a un personaje junto a un poste con las manos atadas a la espalda, el cual recibe del verdugo el golpe fatal. De la otra columna queda solamente un fragmento, y se aprecia algo del bajorrelieve, cuya reconstrucción permite suponer que se trata de la escena equivalente a San Nereo, aunque falte el nombre.


Nos quedan, por fin, unos dísticos de San Dámaso que este Papa, tan devoto del culto de los mártires, dedicó a Nereo y Aquiles. Pequeños fragmentos del epitafio damasiano fueron descubiertos por Rossi, el investigador de las catacumbas, y la totalidad del elogio fue reconstruida a base de las copias que nos legaron los antiguos peregrinos, que lo vieron íntegro, y a través de los manuscritos medievales ha llegado hasta nosotros.


Dice así el elogio martirial de San Dámaso:


"Nereo y Aquiles, mártires”.


"Se habían inscrito en la milicia y ejercitaban su cruel oficio, atentos a las órdenes del tirano, y prontos a ejecutarlas, constreñidos por el miedo.


“¡Milagro de la fe! De repente dejan su cruel oficio, se convierten, abandonan el campamento impío de su criminal jefe, tiran los escudos, las armaduras, los dardos ensangrentados y, confesando la fe de Cristo, se alegran de alcanzar mayores triunfos.”


"Tened noticia por Dámaso a qué alturas puede llegar la gloria de Cristo."




El epitafio de San Dámaso es bastante impreciso. Unas veces la carencia de datos exactos, otras la estrechez de los metros, y su afán de recurrir a frases hechas, lo cierto es que San Dámaso aporta escasas noticias al historiador. Tal vez porque un elogio epigráfico no es la ficha biográfica de una enciclopedia moderna.


Los datos ciertos que el Papa español nos proporciona son la condición militar de los mártires, que pertenecían a la guardia pretoriana del emperador, si el término “tirano" ha de aplicarse a alguno de los césares antes mencionados: Nerón, Domiciano o Trajano.


Que el dicho tirano, abusando de su poder, obligaba a sus soldados a ejercer el oficio de verdugos, ejecutando sus crueles órdenes, que deben referirse a penas capitales.


Que ambos soldados, al convertirse, abandonan su profesión, y al confesar la fe de Cristo alcanzan honroso martirio.


¿Cuál pudo ser la relación de ambos mártires con la familia imperial de los Flavios, aparte de ser enterrados en la propiedad familiar que ellos usaban de cementerio (cementerio de Domitila) y que cedieron a la comunidad cristiana del siglo I? A ciencia cierta no la sabemos.


¿Habrían sido, ciertamente, convertidos por San Pedro o San Pablo? Las relaciones de los dos apóstoles con la guardia imperial fueron muy intensas, y en la epístola a los romanos (16, 15) aparece un Nereo. Si fueron enterrados en el hipogeo de los Flavios, cuando todavía el cementerio de la vía Ardentina era propiedad particular, no cabe duda que las actas, dentro de su fondo novelesco, nos proporcionan noticias de interés, y tampoco pueden desecharse todos sus datos. Sí, que la Petronila mártir, junto a cuyo sepulcro fueron enterrados Nereo y Aquiles, no es hija de San Pedro, pues se llamaba Aurelia y el cognomen Petro (de una de las ramas de los Flavios) dio lugar al equívoco. Pudieron ser desterrados a la isla Poncia Nereo y Aquiles, pudieron huir a la misma y encontrarse allí con Flavia Domitila, y animarla en su desgracia, o tal vez pudieron ser adscritos a su servicio, cuando, al hacerse pública su situación de cristianos, entre que se solventaba su caso, bueno era dejarles juntos y que se ayudasen en el destierro de la isla.


Lo cierto es que hay indicios seguros para suponer relaciones indiscutibles entre este grupo de santos. Y tratándose de relatos tan venerables por su antigüedad, hemos de proceder con cautela y tratar con respeto las referencias que nos ofrece el pasado.


l culto de los Santos Nereo y Aquiles es antiquísimo, localizado junto al sepulcro de Aurelia Petronila, en el cementerio de la vía Ardentina. La tumba y la basílica subterránea que llevan su nombre fueron levantadas por el papa Siricio en 390.


Anteriormente esta basílica llevaba el título de Fasciola, que hacia el siglo VIII se empezó a perder, para conservarse el de los santos mártires. En el siglo XIII fue restaurada, pero nuevamente sufrió el abandono al despoblarse aquella región romana en la Edad Media, y entonces el papa Gregorio IX transportó a la iglesia de San Adriano, en el foro, las reliquias de los mártires. El papa Sixto IV, en la fiebre del primer Renacimiento, vuelve a restaurar la basílica, que un siglo después necesitaba nuevamente de urgente reparación, la cual llevó a cabo el propio cardenal Baronio al solicitarla como su título cardenalicio. A la misma devolvió las reliquias, recabando con este motivo que su fiesta se celebrase el 12 de mayo.


En la primitiva basílica de San Nereo y San Aquiles pronunció San Gregorio Magno su homilía 38 sobre la curación del hijo del régulo, que todavía rezábamos en el breviario los sacerdotes antes de la reciente simplificación de rúbricas, en que la condición litúrgica de semidoble de estos mártires ha pasado a la categoría de "simple". Desde luego este evangelio contiene una alusión a la difusión del cristianismo entre los miembros de la casa imperial de los Flavios. Las palabras "Y creyó él y toda su casa" no dejarían de producir profunda impresión dichas por el diácono bajo las bóvedas terrosas del cementerio de la vía Ardentina, donde se guardaban las tumbas de Nereo y Aquiles, de Flavio Clemente, de Flavio Sabino y de otros familiares de Domiciano.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA.


l doce de mayo se celebra también la fiesta de San Pancracio, un jovencito romano de sólo 14 años, que fue martirizado por declarase creyente y partidario de Nuestro Señor Jesucristo.

Dicen que su padre murió martirizado y que la mamá recogió en unos algodones un poco de la sangre del mártir y la guardó en un relicario de oro, y le dijo al niño: "Este relicario lo llevarás colgado al cuello, cuando demuestres que eres tan valiente como lo fue tu padre".


Un día Pancracio volvió de la escuela muy golpeado pero muy contento. La mamá le preguntó la causa de aquellas heridas y de la alegría que mostraba, y el jovencito le respondió: "Es que en la escuela me declaré seguidor de Jesucristo y todos esos paganos me golpearon para que abandonara mi religión. Pero yo deseo que de mí se pueda decir lo que el Libro Santo afirma de los apóstoles: "En su corazón había una gran alegría, por haber podido sufrir humillaciones por amor a Jesucristo". (Hechos 6,41).


Al oír esto la buena mamá tomó en sus manos el relicario con la sangre del padre martirizado, y colgándolo al cuello de su hijo exclamó emocionada: "Muy bien: ya eres digno seguidor de tu valiente padre".


Como Pancracio continuaba afirmando que él creía en la divinidad de Cristo y que deseaba ser siempre su seguidor y amigo, las autoridades paganas lo llevaron a la cárcel y lo condenaron y decretaron pena de muerte contra él. Cuando lo llevaban hacia el sitio de su martirio (en la vía Aurelia, a dos kilómetros de Roma) varios enviados del gobierno llegaron a ofrecerle grandes premios y muchas ayudas para el futuro si dejaba de decir que Cristo es Dios. El valiente joven proclamó con toda la valentía que él quería ser creyente en Cristo hasta el último momento de su vida. Entonces para obligarlo a desistir de sus creencias empezaron a azotarlo ferozmente mientras lo llevaban hacia el lugar donde lo iban a martirizar, pero mientras más lo azotaban, más fuertemente proclamaba él que Jesús es el Redentor del mundo. Varias personas al contemplar este maravilloso ejemplo de valentía se convirtieron al cristianismo.


Al llegar al sitio determinado, Pancracio dio las gracias a los verdugos por que le permitían ir tan pronto a encontrarse con Nuestro Señor Jesucristo, en el cielo, e invitó a todos los allí presentes a creer siempre en Jesucristo a pesar de todas las contrariedades y de todos los peligros. De muy buena voluntad se arrodilló y colocó su cabeza en el sitio donde iba a recibir el hachazo del verdugo y más parecía sentirse contento que temeroso al ofrecer su sangre y su vida por proclamar su fidelidad a la verdadera religión.


Allí en Roma se levantó un templo en honor de San Pancracio y por muchos siglos las muchedumbres han ido a venerar y admirar en ese templo el glorioso ejemplo de un valeroso muchacho de 14 años, que supo ofrecer su sangre y su vida por demostrar su fe en Dios y su amor por Jesucristo.


San Pancracio: ruégale a Dios por nuestra juventud que tiene tantos peligros de perder su fe y sus buenas costumbres.

No hay comentarios:


Para volver a El Cruzamante haga click sobre la imagen del caballero