"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Santoral Católico del 18 de Mayo

  • San Venancio, Mártir
  • San Félix de Cantalicio, Confesor
  • Beata Rafaela María del Sagrado Corazón, Virgen
  • Beato Guillermo de Toulouse, Duque de Aquitania
  • San Erico de Suecia, Mártir
  • San Tecusa, Mártir
  • San Teódoto, Mártir
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.
R. Deo Gratias.





SAN VENANCIO

Mártir


C

amerino, ciudad del ducado de Espoleto, junto á la Marca de Ancona, fue patria, y al mismo tiempo teatro, del glorioso martirio de San Venancio. Desde la edad de quince años empezó este santo mancebo á desear con ansia que conociesen todos y amasen á Jesu­cristo. Este celo suyo contribuía á la dilatación de la Iglesia y á la ruina de la gentilidad. Llegó esto á oídos de Antíoco, que gobernaba aquella ciudad por orden de Decio. Y, como Venancio supiese que le habían mandado prender, él mismo se presentó y le dijo que los dioses que adoraba no eran sino hombres y mujeres de vida estra­gada y disoluta, invención del diablo, para que en ellos adorasen el vicio; que no hay más que un solo Dios, Criador de Cielo y Tierra, cuyo único Hijo se hizo hombre y se dejó prender y matar para libramos de la servidumbre y dé la muerte que acarrea el pecado. Irritado el gobernador al ver que un imberbe joven osase vilipen­diar en su presencia el culto de los ídolos, mandó á los soldados que le prendiesen y atormentasen del modo más cruel que imaginar pudieran. Empezaron los verdugos por azotarle con tanta fiereza, que hubiera muerto en este martirio si no enviara Dios un ángel, el cual quebrantó sus prisiones y alejó á los que le maltrataban. Pero estos desventurados, en vez de ablandarse por esta maravilla, más crue­les que fieras, colgándole cabeza abajo, le quemaron el cuerpo con planchas encendidas, y le abrían la boca para que, recibiendo el humo, se ahogase. Muchos de los que presenciaban estos tormentos, viendo la constancia del mártir, se convirtieron á la fe, entre los cuales se cuenta Anastasio Cornientario, admitido después á la pal­ma del martirio.

Antioco, admirado de que Venancio no hubiese todavía muerto, quiso ver si con promesas y halagos le arrancaría de su propósito. Viendo que nada podía conseguir, le llamó y trató de inobediente á sus órdenes, mandando que le partiesen los dientes y las quija­das, y le echasen en un muladar. Le sacó de allí un ángel; y como le hubiesen llevado ante un juez para oír su sentencia, hablándole Venancio en defensa de la religión cristiana, cayó el juez de su tribunal y murió diciendo que el Dios de Venancio era el verdadero, á quien todos debían adorar, desechando los ídolos.

Antioco, luego que llegó esto á su noticia, mandó que Venancio fuese arrojado á los leones, los cuales, olvidados del hambre y de su natural fiereza, se postraron á sus pies lamiéndole la cara, pre­dicando el mártir entre tanto la fe de Jesucristo al pueblo que había concurrido á aquel espectáculo, y exhortándolo á que obedeciesen al verdadero Dios, supuesto que hasta las bestias fieras se amansa­ban reconociéndole como á su Señor, traspasando las leyes de la na­turaleza por cumplir en todo su divina voluntad. Desesperados con esto los verdugos, volvieron al Santo á la prisión.

Al día siguiente, un santo sacerdote, llamado Porfirio, se presentó á Antioco y le dijo que aquella noche había visto en sueños á todos los que bautizaba Venancio cercados de gran resplandor, y á An­tioco en tinieblas. Enfurecido Antioco, mandó luego que le degolla­sen, y que á Venancio arrastrasen por lugares llenos de cardos y espinas. Medio muerto salió Venancio de este martirio; á otro día le despeñaron, y tampoco quiso Dios muriese su esforzado confesor. El gobernador, ciego ya de ira y de cólera, y cada vez más empeder­nido y desatinado, dispuso que nuevamente le arrastrasen por luga­res ásperos y pedregosos á mil pasos de la ciudad. En este martirio consiguió su corona; obrando antes el santo mártir un prodigio, que fue con la señal de la cruz sacar agua de una piedra para apagar la sed de sus verdugos. Muchos se convirtieron á la fe á vista de esta maravilla, á los cuales, juntamente con Venancio, mandó degollar el gobernador en el mismo sitio.

A la ejecución de los Santos se siguieron grandes terremotos, y una tempestad de truenos y rayos tan espantosa, que Antíoco, ate­rrado, huyó, mas no pudo escapar de la venganza divina, pues al cabo de pocos días murió desastrosamente. El cuerpo de San Venan­cio y los de sus compañeros sepultaron honrosamente los fieles, y hoy día se veneran en una iglesia que se dedicó á San Venancio en Camerino.

Celébrase hoy la fiesta de San Venancio por decreto del papa Cle­mente X. Baronio dice que las actas de este santo mártir, que vio en Camerino, están llenas de inexactitudes, de las cuales ha entre­sacado la Iglesia lo que hay de verdad para ponerlo en su Oficio. No debe confundirse este Santo con otro del mismo nombre, obispo y mártir, de que habla el Martirologio el día 1.° de Abril. Los que dicen que el nuestro fue obispo, no advirtieron que tenía sólo quince años cuando fue su glorioso triunfo; que fue el año 253, en la sexta persecución de la Iglesia por el emperador Decio. Escriben de San Venancio Pedro de Natalibus y Ferrari en Los Santos de Italia.

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