"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

viernes, 19 de junio de 2009

19 de Junio, Festividad de Santa Juliana Falconieri





anta Juliana de Falconieri es la fundadora de las religiosas terciarias servitas, organizadas en 1306 en Florencia y designadas comúnmente en Italia con el nombre de Mantellate, o de la mantilla. Deben, pues, distinguirse bien, por un lado, de los servitas, o siervos de María, insigne Orden mendicante que debe su origen a los célebres siete santos fundadores florentinos, y, por otro, de las religiosas servitas, fundadas por San Felipe Benicio, de carácter puramente contemplativo. Sin embargo, Santa Juliana está, en cierto modo, emparentada con ambas Ordenes, pues, por una parte, pertenece a la familia de los Falconieri, de la que procedía su tío, San Alejo Falconieri, uno de los siete fundadores de los servitas, y, por otra, se inició en la vida religiosa con las religiosas servitas y bajo la dirección de su fundador, San Felipe Benicio.

Nacida del hermano de San Alejo Falconieri, llamado Carisino, recibió en Florencia una educación profundamente cristiana. Su padre, que había reunido con su comercio grandes riquezas, levantó a sus expensas la magnífica iglesia de Nuestra Señora de la Anunciata, y no mucho después murió. Juliana, por su parte, según refieren sus antiguos biógrafos, dio desde sus primeros años las más expresivas muestras de eximia piedad y, sobre todo, de su predilección por la Santísima Virgen y por la virginidad cristiana. Por esto se refiere que San Alejo, su tío, llegó a decir a la madre de Juliana que había traído al mundo, no una niña, sino un ángel.

Efectivamente, cuando contaba sólo catorce años, en 1284, renunciando al ventajoso matrimonio que se le ofrecía y ansiando consagrar a Dios su virginidad, recibió de San Felipe Benicio el hábito de terciaria de las religiosas servitas por él fundadas, y hasta la muerte de su madre vivió en su propia casa conforme a las normas recibidas del Santo. Su ejemplo fue imitado por algunas damas de la buena sociedad florentina, y aun su propia madre se puso bajo su dirección en la vida de piedad. Un año más tarde recibía San Benito Benicio su profesión religiosa, y al morir poco después confió a Juliana la Orden por él fundada y la alentó de un modo especial en la Congregación de terciarias servitas iniciada por ella, que bien pronto, a causa de la mantilla que todas ellas llevaban, fueron vulgarmente designadas con el epíteto de Mantellate.

Después de la muerte de su madre su vida de consagración a Dios fue tomando una forma más rigurosa y definitiva. Se impuso ayuno riguroso los miércoles y viernes, no tomando en estos días más que un poco de pan y agua. El sábado lo empleaba entregándose por completo a la contemplación de los dolores de la Virgen, y el viernes lo dedicaba por entero a la meditación de la Pasión, en cuyo obsequio tomaba una sangrienta disciplina. De este modo fue creciendo rápidamente la fama de sus virtudes y de la sublimidad de la vida que llevaba, por lo cual fue aumentando el número de las mujeres que se le iban juntando. Todas ellas llevaban, como ella, en sus propias casas una vida de piedad y de la más absoluta consagración a Dios, sobre todo por medio de su virginidad. Entre las que ya entonces se le juntaron en este genero de vida merecen especial mención una de sus primas, llamada Juana, que se distinguió por su eximia virtud, y una hermana del mismo San Felipe Benicio.

Sin embargo, todo este significaba únicamente una vida de consagración al Señor puramente individual o privada. Ella y sus compañeras deseaban algo más, es decir, convertirse en Congregación religiosa canónicamente reconocida por la Iglesia. Así, pues, cuando ya estaban todas ellas, habituadas a aquella vida de consagración y penitencia, el año 1306 se establecieron en vida común en una casa preparada para ello en Florencia. Por esto se considera esta fecha como la de la fundación de la Congregación. Ya los papas Honorio IV (1285-1287), Nicolás IV (1288-1292), Bonifacio VIII (1294-1303) y Benedicto XI (1303-1304) habían aprobado su primer género de vida; pero la aprobación definitiva de la Congregación propiamente tal de las servitas terciarias de Santa Juliana de Falconieri se la concedió el papa Martín V (1417-1431) por medio de la bula Sedis Apostolicae providentia.

La vida de la nueva Congregación, conforme al contenido de la misma bula, se distinguía por un conjunto de prescripciones de una alta perfección y por su austeridad en los ayunos y en otras penitencias. Sin embargo, estas constituciones de las servitas terciarias ya no tienen valor en nuestros días. Las diversas ramas de dicho Instituto tienen actualmente reglas particulares, canónicamente establecidas y acomodadas a los tiempos presentes.

Una vez, pues, organizada y canónicamente establecida la Congregación, Juliana se vio forzada, bien contra su inclinación natural, a admitir el cargo de superiora general, que mantuvo durante treinta y cinco años, hasta su muerte. Bien persuadida de que, precisamente por ser la organizadora y por estar al frente de la Congregación, tenía más obligación que nadie de observar sus constituciones, procuró desde el principio ser modelo de observancia aun de las más mínimas prescripciones de la regla, pues, como para las demás, también para ella constituía la voluntad de Dios. Por otra parte, sintiendo en su interior un ansia, cada día más intensa, de corresponder a las gracias que había recibido del cielo, entregábase de lleno a la oración y a la práctica de las mayores austeridades. De un modo muy especial se pondera el empeño con que procuró ejercitar la humildad y caridad con los demás, buscando siempre los empleos más humildes y siendo la esclava de todas sus hermanas.

En estos puntos son interesantes los datos concretos que nos comunican las biografías e historias antiguas de la Orden de los servitas, de la que esta Congregación es considerada como una rama femenina. Algunas de estas prácticas, que en nuestros días nos parecen excesivas y aun extravagantes y desde luego no aconsejables, responden al espíritu de religiosidad y austeridad propios de la Edad Media. Así se refiere que pasaba a veces veinticuatro horas seguidas en oración, sea porque se sentía arrebatada por el espíritu interior, sea porque quería por este medio librarse de graves tentaciones. Por otro lado, dormía con frecuencia sobre la tierra desnuda, y para mortificar su carne usaba disciplinas, cuerdas, cilicios en la cintura; ordinariamente no tomaba más que un poco de alimento cuatro veces por semana. Los demás días solamente la comunión.

En medio de una vida tan austera, entregada por entero a la contemplación y a la penitencia, es admirable lo que se refiere sobre el influjo que llegó a tener sobre el mundo que la rodeaba. La fama y el aroma de su santidad había trascendido de tal manera fuera de la casa donde habitaba, que producía más provecho espiritual que muchas predicaciones. Así consta que en varias ocasiones obtuvo la conversión de grandes pecadores, y, sobre todo, que logró poner término a enconadas enemistadas, discordias y odios individuales y aun públicos.

Tanta penitencia y austeridad llegaron, por fin, a causar trastornos en su estómago y producirle agudas enfermedades. Pero ella supo sobrellevarlo todo con la mayor resignación. Próxima ya a morir, según refieren antiguos testimonios más o menos fidedignos, no pudiendo recibir el viático, rogó ella que, al menos, le trajeran el copón y lo depositaran sobre su pecho, sobre el cual se extendieron los corporales. Así se hizo; pero al punto desapareció la Sagrada Forma que en él se contenía. Y añaden las mismas crónicas que, después de su muerte, se encontró grabado sobre el pecho, encima del corazón, un sello a manera de hostia. Precisamente como recuerdo de esta tradición, sus religiosas, las Mantellate, llevan sobre el lado izquierdo de su escapulario la imagen de una hostia. Murió el 19 de junio de 1341 y desde un principio fue sumamente venerada por su eximia santidad.

BERNARDINO LLORCA, S. I.


El mismo día, Conmemoración de San Gervasio y San Protasio, Mártires




ijos de San Vidal y Santa Valeria, estos dos hermanos, en la carne y en la fe, padecieron martirio en Milán, en el siglo I. Sus reliquias fueron halladas providencialmente por San Ambrosio, y desde entonces la Iglesia les tributa culto. — Fiesta: 19 de junio.

Gervasio y Protasio son dos nombres que encontramos en las letanías de los santos y en frecuentes conmemoraciones martiriales, y que corresponden a dos hermanos milaneses que vivieron en el siglo I y merecieron la palma del martirio. Todo lo que sabemos de ellos lo debemos a San Ambrosio y a San Agustín, que nos explican, en sus escritos, cómo el primero halló, hacia el año 386, las reliquias de estos dos gloriosos mártires de la primitiva iglesia milanesa.

Sus vidas permanecen ignoradas, porque no se han conservado testimonios de su tiempo, pero el hecho del hallazgo de sus despojos es más elocuente que todas las actas que pudiésemos tener. No importa que se hayan perdido los testimonios de sus buenos ejemplos y de sus heroísmos. Lo importante para la Iglesia son sus reliquias, que proclaman perennemente la fe de aquellos héroes que supieron permanecer fieles a Cristo aun a costa de la propia vida. Su canto heroico trasciende a la misma muerte y nos llega a través de los siglos como un mensaje del Dios vivo, que nos mueve a la fidelidad.

Y si bien su historia está envuelta por la leyenda, por carecer de testimonios de sus días, no nos faltan los de ambos Santos Doctores de la Iglesia, que nos explican cómo Dios quiso que fuesen halladas las reliquias de aquellos dos mártires, cuya memoria ya casi había desaparecido de entre los cristianos. En la carta a su hermana Santa Marcelina, San Ambrosio nos cuenta cómo debiendo consagrar el nuevo templo de Milán, muchos le rogaban que lo hiciese con gran solemnidad. Él respondió que lo haría si hallaba reliquias de mártires, sintiendo en aquel mismo momento un movimiento interior, que le pareció el presagio de lo que había de suceder. San Agustín, que por entonces ocupaba el cargo de maestro de retórica en la escuela de Milán, nos explica —con su emocionante y sugestivo estilo de las «Confesiones»— cómo se vio confirmado este presagio del gran obispo Ambrosio

«Entonces —dice el más ilustre de los Padres occidentales, dirigiéndose a Dios— fue cuando por medio de una visión descubriste al susodicho obispo el lugar en que yacían ocultos los cuerpos de San Gervasio y San Protasio, que Tú habías conservado incorruptos en el tesoro de tu misterio tantos años, a fin de sacarlos oportunamente para reprimir una rabia femenina y además regia. Porque habiendo sido descubiertos y desenterrados, al ser trasladados con la pompa conveniente a la basílica ambrosiana, no sólo quedaban sanos los atormentados por los espíritus inmundos, confesándolo los mismos demonios, sino también un ciudadano, ciego hacía muchos años y muy conocido en la ciudad, quien, como preguntara la causa de aquel alegre alboroto del pueblo y se la indicasen, dio un salto y rogó a su lazarillo que lo condujera al lugar; llegado allí, suplicó se le concediese tocar con el pañuelo el féretro de los santos, cuya muerte había sido preciosa en tu presencia. Hecho esto, y aplicado después el pañuelo a los ojos, recobró al instante la vista.

»Al punto corrió la fama del hecho, y al punto sonaron tus alabanzas, fervientes y luminosas, con lo que si el ánimo de aquella adversaria no se acercó a la salud de la fe, se reprimió al menos en su furor de persecución. Gracias te sean dadas, Dios mío”.

La adversaria de San Ambrosio a quien se refiere San Agustín, era Justina, la madre del emperador Valentiniano, todavía niño, que perseguía al santo obispo porque ella era arriana y encontraba en él al gran defensor de la ortodoxia católica.

Ante el hallazgo de aquellas reliquias, a través de las que Dios se dignó realizar tales prodigios, pudo exclamar con razón el gran obispo de Milán: «Nuestra Iglesia ya no es estéril». No era infundado el gozo del santo: los cuerpos enteros de dos hombres de admirable estatura, hallados en las mismas puertas del templo de los Santos Félix y Nabor, eran los cuerpos de dos jóvenes campeones de Cristo. Por si alguno dudase de ello, quiso Dios mostrar su complacencia hacia los restos de aquellos héroes, obrando por ambos los milagros que nos narran San Agustín y San Ambrosio. Éste podía ya consagrar los altares con la deseada solemnidad, y dirigirse a su pueblo con el primer panegírico que se hacía en la Historia de los dos gloriosos mártires.




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