"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

sábado, 20 de junio de 2009

20 de Junio, Conmemoración de San Silverio, Papa y Mártir








eodato, rey de los godos en Italia, asustado con las conquistas de Belisario, general del ejército del emperador Justiniano, obligó al papa San Agapito á que hiciese un viaje á Constantinopla para pedir la paz al Emperador. No lo pudo conseguir el santo papa; pero en aquella corte mostró su celo y su vigor en defensa de los intere­ses de la religión, negándose, con invencible tesón, á recibir en su comunión á Antimo, obispo eutiquiano, y mostrándose inflexible, aunque le amenazaron con destierro, hasta que en fin, consumido de trabajos y de penitencias, murió en el año de 536.

Apenas se supo en Roma su muerte, cuando se juntó el clero para nombrarle sucesor. Era grande protectora de los eutiquianos la em­peratriz Teodora, singularmente de Antimo, á quien había sacado de la Silla de Trebisonda para colocarle en la patriarcal de Constantinopla; y resuelta á tener un Papa que fuese de su entera devoción, hizo partir á Roma al diácono Vigilio, y escribió á Belisario que le hiciese nombrar por sucesor de Agapito; pero el rey Teodato, que no quería por Pontífice á ninguno que fuese hechura del Emperador, previno á la Emperatriz, y obligó por fuerza al clero de Roma á que eligiese al subdiácono Silverio, natural de la campaña de Roma, hijo de Hormisdas, que, habiendo enviudado, se hizo diácono de la Igle­sia romana, y después fue Papa.

Llegó Vigilio de Constantinopla, con ánimo de apoderarse de la Silla Apostólica; pero como encontró ya á Silverio colocado en ella, con aplauso y satisfacción universal, no se atrevió á intentar por entonces alguna novedad, aunque no por eso desistió de su idea, confiando en el poder de Belisario, á quien la Emperatriz había es­crito en su favor. Después que este general había restituido la Sici­lia a la obediencia del Emperador, y hecho cada día nuevas conquis­tas en Italia sobre los godos, les tomó también la ciudad de Nápoles, adonde Vigilio le fue á buscar para entregarle las cartas de la Em­peratriz, y, leidas, le prometió poner en ejecución lo que se le en­cargaba luego que se hiciese dueño de Roma. Tardó poco en poderle servir; porque, atemorizado el pueblo romano con el saqueo de Nápoles, echó de sí la guarnición de los godos, y llamó á Belisario. Inmediatamente volvieron los godos sobre Roma y le pusieron sitio, que duró un año entero, en que la dieron sesenta y siete asaltos, manteniéndose siempre Belisario encerrado dentro de la ciudad. Y se notó durante el sitio que los godos, aunque arríanos y bárbaros, no perdieron el respeto á las iglesias de los católicos que estaban extramuros, y ni aun atacaron la ciudad por un paraje donde estaban medio arruinadas las murallas, y estaba también bajo la protección particular de San Pedro. Este respeto que los bárbaros mostraron al Apóstol fue pernicioso al papa Silverio, porque sus enemigos toma­ron de aquí ocasión de calumniarle, acusándole de que mantenía in­teligencias secretas con ellos.

Volvió mientras tanto, á Constantinopla el diácono Vigilio para in­formar á la Empe­ratriz de que ya había encontrado la Silla Apostólica ocupada por una per­sona, hechura del rey de los godos, y declarados en su favor el clero y el pueblo romano, ha­ciendo cuanto pudo para persuadir á la Emperatriz á que le despojase de ella; pero, antes de pa­sar á otra cosa, esta sagaz princesa quiso sondear el ánimo del nuevo Papa, y probar si le podía reducir á sus inten­tos sin llegar á tér­minos de violencia. Escribióle, pues, pi­diéndole que resta­bleciese á Antimo en la Silla de Cons­tantinopla; que res­tituyese en las su­yas á los demás he­rejes que su prede­cesor Agapito había desposeído de ellas, y que abrogase el santo Concilio de Calcedonia, bien resuelta á poner á Vigilio en lugar de Silverio, si éste le negaba lo que le pedía. Luego que el Sumo Pontí­fice leyó las cartas, conoció muy bien todo el ánimo de la Empera­triz; pero ni las amenazas que le insinuaron de su parte, ni el des­tierro que preveía, ni el horror de los suplicios que podía temer fue­ron bastantes para acobardarle. Respondió, pues, á aquella princesa con el mayor respeto, pero al mismo tiempo con un tesón y con una fortaleza digna de un verdadero sucesor de San Pedro. Representóla que tanto la deposición de Antimo, eutiquiano, como la dé los de­más herejes, había sido, no solamente legítima, sino necesaria; que restituirlos otra vez á sus Sillas, de que tan legítimamente habían sido, depuestos, sería volver á llamar los lobos para meterlos en me­dio de los rebaños; y que, en fin, antes perdería la vida que hacer la más mínima cosa contra el santo Concilio de Calcedonia. Irritada la Emperatriz con tan generosa respuesta, escribió prontamente á Belisario que, sin andarse ya en atenciones ni en respetos con Silverio, arrojase de la Silla Apostólica á aquel enemigo mortal de los eutiquianos, y colocase en ella á Vigilio.

Era el general temeroso de Dios, y le llenó esta orden de mucha dolor. Causábale horror poner las manos en el ungido del Señor, y temía atraer sobre sí y sobre todo el imperio la indignación del Cielo, si osaba desposeer al Papa; por lo que buscaba varios coloridos para ir eludiendo las órdenes de la corte; pero al fin, temiendo caer en desgracia, se resolvió á obedecer, y sólo esperó un aparente pretexto.

No le fue difícil encontrarle; porque fue acusado el santo Papa de que tenía correspondencia con los godos, y aun se presentaron algu­nas cartas que supusieron ser suyas. Bien conoció Belisario la fal­sedad y la calumnia, pero no tuvo espíritu para resistirlas. Llama á San Silverio á su palacio, y, sin darle lugar á que se justificase, mandó que le quitasen el palio, que le despojasen de las vestiduras pontificales, y que le echasen á cuestas una cogulla de monje; después envió á decir al clero, á quien se le había detenido en las antesalas de palacio cuando vino acompañando al santo Papa, que Silverio quedaba ya depuesto, y era monje. Atónitos los circunstan­tes al oír esta embajada, cada cual procuró escaparse como pudo, temiendo ser maltratado en una casa donde se trataba tan indigna­mente á un sumo pontífice.

Pasó más adelante Belisario. Viendo las lágrimas y los clamores del pueblo, que pedía á gritos á su santo pastor, temió alguna sedi­ción, y envió á San Silverio desterrado á Patara, ciudad de Licia, en el Asia Menor; después, sin perder punto de tiempo, hizo elegir en su lugar á Vigilio, sin que el clero se atreviese á oponerse á su voluntad; violencia escandalosa y sacrílego atentado, que llenó de luto á toda la Iglesia, y de llanto á todos los buenos católicos. Sólo San Silverio se llenó de verdadero gozo, por verse tan maltratado en defensa de la fe y de los intereses de la Iglesia, considerando su destierro como premio de su celo y de sus apostólicos trabajos, sin que nunca se le hubiese visto más contento que cuando estaba car­gado de tantas persecuciones y oprimido de miserias. Dichoso yo, solía decir, si puedo purgar los defectos de mi elección con las pena­lidades de mi destierro; pero mucho más dichoso si logro derramar mi sangre por la Iglesia y por la Fe.

Con todo eso, no dejó Dios de volver por el santo pontífice. Ape­nas llegó á Patara, cuando el obispo de aquella ciudad, altamente condolido de ver al Supremo Pastor arrojado de su Silla con tanta injusticia como crueldad, pasó á la corte del Emperador y le representó enérgicamente la indignidad de un tratamiento tan escanda­loso como injusto. Era Justiniano príncipe católico y piadoso, pero más condescendiente de lo que fuera razón con la Emperatriz, que, era eutiquiana. No obstante, mandó que el Papa fuese restituido á, Italia, y que, si se le justificase haber sido autor de las cartas al rey de los godos que se le atribuían, no se le permitiese residir en Roma, aunque sí en cualquiera otra ciudad de Italia que mejor le pareciese; pero, en caso de hallársele inocente, fuese restablecido en su Silla. Hizo la Emperatriz cuanto pudo para que no tuviese efecto esta re­solución del Emperador; pero éste se mantuvo firme, y volvió á Ita­lia San Silverio.

Informado Vigilio de su vuelta, y protegido siempre con el favor de la emperatriz, hizo tanto con Belisario, que al fin logró le pusie­se en las manos al santo Papa; y apenas le tuvo en su poder, cuan­do le mandó llevar á una pequeña isla desierta del mar de Toscana, llamada Palmaria, hoy Palmerola. Gimió toda la Cristiandad cuando supo la indignidad con que era tratado el Sumo Pontífice; escribié­ronle los más de los obispos, manifestándole la mucha parte que les tocaba en su persecución; y los de Terracina, Fundi, Termo y Minturno, vecinos al lugar de su destierro, pasaron personalmente á vi­sitarle, y quedaron admirados de su invencible paciencia.

Pero, considerándose siempre cabeza de la Iglesia, nunca descuidó su gobierno. Tan vigilante fue su solicitud pastoral en Palmerola como lo había sido en Roma; el mismo fue su celó contra los abusos; el mismo tesón y la misma firmeza contra los artificios de una em­peratriz hereje, que solamente le perseguía porque constantemente se negaba á restituir en su Silla de Constantinopla á Antimo, obispo eutiquiano, y porque no quería revocar el santo Concilio de Calcedo­nia. En una de sus respuestas á los obispos que le habían escrito se gloría de que sólo se sustentaba con el pan de lágrimas en aquella tierra de tribulación, y de que le tasaban el agua que bebía. En fin, consumido el santo Pontífice de miserias, pero colmado de mereci­mientos, murió en el mismo lugar de su destierro el día 20 de Junio del año 540, manifestando el Señor la santidad de su siervo con los milagros que obró en su sepultura. Siempre fue venerado como már­tir, y la Iglesia le decretó los honores de tal.

Desde luego se consideró como uno de sus mayores milagros la maravillosa mudanza, ó, por mejor decir, la portentosa conversión de Vigilio; porque, viéndose legítimo sucesor suyo por el unánime consentimiento de todo el clero después de la muerte del Santo, arre­pentido sinceramente de su ambición mudó tanto su conducta, que fue uno de los más celosos defensores de la fe, y verdaderamente un gran Papa. También sintió Belisario los efectos de su protección; do­lióse vivamente de la dureza con que le había tratado, y para dejar á la posteridad un monumento eterno de su arrepentimiento hizo edi­ficar en Roma una iglesia, y mandó poner en el frontis una inscrip­ción en que declaraba ser aquella obra una pública confesión y sa­tisfacción de su culpa.




El mismo día, Conmemoración de los Mártires Ingleses.




uando se habla de los mártires ingleses, se entiende aquellos héroes, sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, que dieron sus vidas durante la Reforma en Inglaterra, en un esfuerzo supremo para conservar la fe, la misa y los sacramentos en aquella isla.

Para entender mejor lo que les llevó a la muerte por su religión será menester hacer un pequeño resumen de la historia de aquella Reforma tal como se desarrolló en Inglaterra. Es decir, es necesario comprender el origen, naturaleza y tendencias de la causa en que perdieron la vida. Si no, nunca podremos comprender por qué se les acusó de traición, por qué fueron tan vanas las acusaciones lanzadas contra ellos y por qué fueron aceptadas dichas acusaciones tantas veces juntamente con pruebas ridículas contra su causa delante de los tribunales.
El protestantismo no logró tener éxito en Inglaterra hasta el reinado de Eduardo VI. Todo lo contrario, al rey Enrique VIII le fue concedido por el Papa el título de defensor de la fe por sus escritos contra aquella herejía. Sin embargo, la semilla de la separación entre Inglaterra y la Iglesia católica había sido sembrada hacía años, puesto que el poder de la Corona y el del monarca se habían aumentado mucho desde las guerras de las Rosas, de tal manera que la Iglesia en Inglaterra llegó a ser un instrumento más en las manos del rey. Por tanto, cuando Enrique VIII decidió casarse con Ana Bolena, divorciándose de su legítima esposa, Catalina de Aragón, pocas fueron las voces levantadas en contra, sí dejamos aparte la de Tomás Moro y Juan Fisher. Así llegó el cisma; pero todavía no había entrado la herejía.

El protestantismo empezó su trabajo nefasto en el reinado del joven Eduardo VI, introduciéndose primero entre los ministros del rey y, más tarde, apoderándose, sin mucha oposición, de las grandes ciudades, tanto como de los condados del este del país. Cuando llegó al trono la reina María, hija legítima de Enrique VIII y Catalina de Aragón, defensora de la verdadera religión y ferviente católica, el protestantismo tenía mucha fuerza en todo el país. Por esta razón el renacimiento del catolicismo durante su reinado duró muy poco, escasamente cuatro años desde su proclamación oficial hecha por el Parlamento.

Después de la muerte de María heredó el trono Isabel I, en el año 1558, y ésta, olvidando enseguida su solemne promesa de mantener en el reino la fe católica, se rodeó de consejeros y ministros protestantes, de los cuales Guillermo Cecil puede considerarse el jefe y prototipo. Entonces empezó la verdadera lucha entre la herejía y las fuerzas de la Contrarreforma, tanto que la mayoría de los mártires fueron ejecutados durante estos años, siendo relativamente pocos los que murieron durante el período de Carlos I, Jaime I y el protector CronweIl. Sin embargo, la persecución no empezó de una manera abierta y violenta, debido a que Isabel I y sus ministros habían condenado de una manera tan rotunda las ejecuciones de protestantes durante el reinado de María que sería demasiado ingenuo lanzarse en seguida, a su vez, a asesinar a los católicos.

Así, por lo menos, pensó Cecil, el primer ministro de Isabel. Primero sería necesario consolidar la posición del protestantismo y preparar el terreno. Esto lo hizo con dos leyes, el decreto de Supremacía y el acta de Uniformidad, en el año 1559. Con estos decretos se planteó un grave problema que hasta entonces no había surgido, y por tanto, frente a él los mismos católicos se encontraron desconcertados,
Antes se había discutido mucho la relación entre el poder de la Iglesia y el del Estado, siendo mantenido firme el derecho de la Iglesia de nombrar a los obispos y de concederles sus poderes jurisdiccionales, mientras el Estado había conseguido en Inglaterra el derecho de exigir contribuciones del clero y de juzgarles. Ahora se planteó un problema muy distinto, puesto que el rey se declaró monarca, no solamente en cuanto a las cosas civiles del país, sino también de las espirituales y religiosas dentro de su reino. Algunos de sus súbditos —la mayoría— resolvieron el problema aceptando con sumisión los decretos reales, viendo en ellos solamente los deseos del rey de enriquecerse mediante una confiscación de los bienes de la Iglesia en el país, especialmente de los grandes monasterios. Otros, y al principio fueron muy pocos, dieron sus vidas antes de ceder al monarca lo que consideraban una prerrogativa del Romano Pontífice. Es decir, éstos vieron en el problema su aspecto teológico, mientras los otros no vieron más que el aspecto político-social. Pero vamos a continuar con nuestra historia.

El levantamiento en el norte de Inglaterra en el año 1569, por motivos puramente religiosos, hizo a Cecil cambiar su política, y desde entonces la persecución de los católicos fue más dura, tanto que, en el año 1570, el papa San Pío V excomulgó a la reina Isabel. En seguida Cecil tomó su revancha. Identificando el protestantismo con el espíritu nacional, empezó a calificar de traidores a todos los que propagaron las noticias de la sentencia papal, a todos los sacerdotes que continuaron en la verdadera fe, juntamente con los que les ayudaran con dinero y les hospedaran en sus casas. Pero, al mismo tiempo, había empezado aquel movimiento espiritual que llamamos la Contrarreforma.

Sus ojos abiertos por la sentencia papal lanzada contra la reina, muchos católicos se marcharon de Inglaterra al extranjero, formándose así verdaderas colonias en muchos países entre estos jóvenes dispuestos a dar sus vidas para conservar la fe en Inglaterra. En 1556 el cardenal Allen abrió su famoso seminario en Douai mandando desde allí los primeros misioneros en el año 1574. Un poco más tarde abrió otro seminario en Roma, en 1578, y en 1589 todavía otro en Valladolid. El de Roma, como el de Valladolid, perduran aún y continúan su trabajo de educar y mandar sacerdotes a todas partes de Inglaterra. Tanto como la oposición, la resistencia de los católicos se había endurecido. La persecución continuó bastantes años todavía, hasta el fin del gobierno del protector CronweIl; pero llegó a su punto más feroz después del decreto del año 1585 contra la misa y los sacerdotes.

Según este decreto todos los sacerdotes de la isla tendrían que salir de ella en un plazo de cuarenta días; el mero hecho de ser sacerdotes era un acto de traición a la nación; los que estaban estudiando en seminarios fuera del país tendrían que volver a él dentro de un período de seis meses y prestar un juramento de fidelidad a la reina como cabeza de la nación y de la Iglesia. Los que rehusaron cumplir estas condiciones fueron declarados traidores, juntamente con todos los que les ayudaron en cualquiera forma. Les esperaba la pena de muerte. Esta, en general, fue la situación política y religiosa de aquellos tiempos. Ahora examinemos con más detalle la vida de aquellos gloriosos mártires y su muerte.

Al terminarse la persecución 316 personas habían dado sus vidas para conservar los restos de la fe en Inglaterra. De éstas 79 fueron seglares y 237 sacerdotes, de los cuales 85 eran religiosos de distintas Ordenes religiosas, entre ellas jesuitas, dominicos, benedictinos y franciscanos. Al leer estas cifras nuestra primera reacción es: ¿por qué fueron tan pocos? La contestación a esta pregunta no es sencilla, pero podemos resumirla diciendo que, al principio, no se vio claramente el peligro que encerró el cisma en tiempos de Enrique VIII, siendo solamente cincuenta los que murieron por la fe durante su reinado. Pero entre ellos encontramos aquellos dos santos, Santo Tomás Moro y San Juan Fisher, obispo de Rochester y gran defensor de la reina Catalina de Aragón. Además, la supresión de los monasterios y la flaqueza de los obispos en tiempos de Enrique planteó un problema para los fieles y para los sacerdotes. No tuvieron más remedio que seguir el ejemplo de sus obispos. En tiempos de Isabel I, como hemos indicado, se endureció la resistencia, pero ya era demasiado tarde para conseguir la completa conversión de la isla. Sin embargo, tenemos que decir que, si hoy día la misa se celebra en Inglaterra y si hay cuatro millones de católicos fervorosos allí, este hecho es debido, en gran parte, al sacrificio de aquellos católicos que murieron entre 1535 y 1679.

No podemos escribir aquí las vidas de cada uno de los mártires, puesto que no disponemos de espacio suficiente para ello. Por tanto, los vamos a dividir en dos grupos: los seglares y los sacerdotes. Entre los seglares encontramos todas las clases sociales desde lo más alto hasta lo más bajo, desde un canciller del reino hasta un simple obrero. Entre ellos hay tres mujeres. Cada uno dio su vida en circunstancias muy distintas, pero todos murieron por la misma causa: su fe. Entre ellos se destaca, tanto por su carácter como por las circunstancias de su muerte, el canciller Santo Tomás Moro. Intimo compañero y amigo del rey Enrique VIII, abogado distinguido, de mucha cultura general, amigo de Erasmo, cariñoso padre de familia, era un hombre muy simpático por razón de su buen humor y, además, era un católico fervoroso. Cuando vio que no era compatible con su religión aceptar el juramento de sumisión a Enrique como cabeza de la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión, tratando de vivir una vida tranquila en su casa sin más complicaciones. Pero por fin fue arrestado e interrogado en la Torre de Londres. A todos los esfuerzos para convencerle de que debía prestar el juramento contestó sencillamente que no podía reconciliarlo con su conciencia. Cuando su propia mujer añadió sus esfuerzos a los de sus amigos, le contestó, "¿Cuántos años crees que podía vivir en mi casa?" "Por lo menos veinte, porque no eres viejo", le dijo ella. "Muy mala ganga, puesto que quieres que cambie por veinte años toda la eternidad.” Por fin murió después de quince meses en la cárcel. Su catolicismo se demuestra en la pequeña obra Diálogo en tiempos de tribulación, que escribió en la cárcel; mientras su buen humor se reveló en los últimos momentos de su vida cuando, al agachar la cabeza sobre la madera para recibir el hachazo, dijo, quitando su barba de la madera: "Dejadme quitar la barba de aquí; ésa no ha cometido ninguna traición".

La mayoría de los otros murieron porque ayudaron a los sacerdotes en su trabajo como misioneros, ocultándoles en sus casas, preparándoles escondites donde podían refugiarse con sus hábitos y con todo lo que podía demostrar que se había celebrado misa en aquel lugar. Entre ellos encontramos a tres mujeres. Una, Ana Line, fue condenada por tener sacerdotes en su casa. Antes de ser ahorcada dijo a la muchedumbre: "Me han condenado por recibir en mi casa a sacerdotes. Ojalá donde recibí uno pudiera haber recibido a miles y no me arrepiento por lo que he hecho". Las últimas palabras de Margarita Clitheroe fueron: "Este camino al cielo es tan corto como cualquier otro”. Margarita Ward perdió la vida porque llevó en una cesta la cuerda con que se escapó de la cárcel el padre Watson, sabiendo que, de ser descubierta, nada la podría salvar de la horca. Los jueces hicieron lo posible para que prometiese ir a la iglesia protestante, pero su contestación fue sencilla y clara: "Eso no me lo permite la conciencia".

La vida de los sacerdotes es más fácil de describir por la semejanza que existe entre ellas.

Se educaron en seminarios y colegios en el extranjero (en España había tres en Valladolid, Madrid y Sevilla), cursando sus años de filosofía y teología. Después de ordenarse marchaban a Inglaterra, disfrazados de comerciantes, soldados, criados, etc., sabiendo que la muerte les acechaba a cada paso. Algunos fueron hechos prisioneros nada más llegar, mientras otros consiguieron pasar muchos años desapercibidos, sin despertar las sospechas de las autoridades civiles. Pero, más tarde o más temprano, para todos llegó el momento de la prueba. Generalmente debido a informes de algún traidor o espía, los guardias les buscaban, encontrándoles a veces en el acto de celebrar la misa o escondidos con sus hábitos sacerdotales en una casa. Encadenados, pasaban un periodo indefinido en la cárcel, donde eran interrogados repetidas veces para conseguir las pruebas necesarias contra ellos y los nombres de aquellos que les habían dado alojamiento o ayuda, tanto como los sitios donde habían celebrado la misa. Pero, fieles a su fe y su vocación, en ningún caso revelaban datos importantes. Por lo que eran sometidos a la tortura para conseguir por la fuerza lo que no quisieron decir libremente. Esta tortura fue tan dura a veces que, al llegar al juicio público, había que dejarles sentar, porque no tenían fuerza bastante para mantenerse de pie. Las condiciones en la cárcel fueron tan miserables que algunos murieron allí sin llegar a la horca. Un alumno del Colegio Inglés de Valladolid fue traicionado por su propio padre, quien, después de la muerte de su hijo en la cárcel, rehusó darle entierro cristiano.

Después del interrogatorio oficial venían las disputas con los pastores protestantes, quienes trataban de conseguir la apostasía de los misioneros mediante sus argumentos, sin éxito, saliendo vencidos por la sabiduría y la paciencia de los mártires, debidamente preparados durante sus estudios para este momento. Luego venía el juicio, del cual sabemos todos los detalles, puesto que los documentos oficiales y deposiciones se encuentran en los archivos del Estado todavía. Un estudio de estos documentos nos revela que la causa principal fue siempre religiosa, disfrazada bajo acusación de traición. Los documentos del juicio del Beato Edmundo Campion, uno de los más renombrados mártires de la Compañía de Jesús, también demuestran la insuficiencia de las pruebas admitidas por el juez, tanto como el truco principal que utilizaron los jueces para conseguir la condena cuando otras pruebas les fallaron.

Este método consistió en una serie de preguntas tales como las siguientes: "¿Aceptaría usted la libertad, tanto para usted como para su Iglesia, si esto fuese posible?". Dada la contestación afirmativa, el juez continuó: "¿La aceptaría de manos de una fuerza papal? En caso de una invasión de este reino por las fuerzas papales, ¿qué debe hacer un buen católico?". Como ningún católico de aquellos tiempos podía dar una contestación satisfactoria a estas preguntas, no había dificultad en condenarles como traidores al reino. Campion denunció con toda su elocuencia la injusticia de este truco en su juicio.

Después de la sentencia condenatoria les dejaban en la cárcel unos días más, sacándoles solamente para llevarles a la horca atados a una especie de trineo arrastrado por un caballo, siendo acompañados siempre por el pastor protestante discutiendo con ellos, sin duda para que no tuviesen oportunidad para hablar con amigos o rezar en paz. Al llegar al sitio de su martirio les quitaban la ropa, dejándoles solamente la camisa, así facilitaban el cumplimiento de los últimos detalles de la sentencia brutal. Ataban la cuerda al palo y el mártir subía las escaleras de la horca. La gente alrededor esperaba un discurso del condenado, y muchos de los mártires aprovecharon esta ocasión para hacer su última predicación de la verdadera fe a la gente ignorante que les rodeaba. Después de rezar una oración, sin miedo alguno y muchas veces con visible alegría, se preparaban para el supremo sacrificio. Quitando las escaleras o el carro debajo de sus pies el verdugo les dejaba congestionarse hasta casi perder el conocimiento. En este momento les echaba al suelo, donde les quitaban las entrañas y el corazón. A muy pocos, como favor especial, les dejaron en la horca hasta morir, y la mayoría tuvieron bastantes fuerzas para elevar una última oración al cielo en el momento de quitarles el corazón. Luego les cortaban la cabeza y les descuartizaban con el fin de exponer sus restos en un lugar público.

Así murieron por su fe, sabiendo que otros vendrían detrás de ellos para continuar su trabajo. En efecto, al recibir las noticias del martirio los estudiantes, todavía en sus colegios en el extranjero, solían acudir a la capilla para cantar el Te Deum y la Salve, En el Colegio de Valladolid esta ceremonia tenía lugar delante de una estatua de la Virgen mutilada por las tropas inglesas durante el saqueo de Cádiz. Como siempre, de la sangre de los mártires brotó una resistencia cada día más fuerte y más eficaz. España puede tener el merecido orgullo de haber dado refugio a muchos de aquellos sacerdotes, puesto que el Colegio de Valladolid cuenta entre sus alumnos de aquellos tiempos veintitrés mártires, diecinueve de ellos ya beatificados por la Iglesia. El país tendrá su recompensa por ese acto de generosidad y verdadero espíritu católico.
Quizá sea verdad que la resistencia a la Reforma fue menos dura y eficaz en Inglaterra que en otros países de Europa; pero también es cierto que el heroísmo de los pocos que lucharon tanto, perdiendo sus vidas por la causa de la fe, es un ejemplo, no solamente para los católicos ingleses, sino también para el mundo entero. De aquellos esfuerzos y de aquella sangre ha brotado la fe de nuevo en la isla, tanto que podemos afirmar que no fue derramada en vano. Lo mismo se dirá de todos los mártires de la Santa Iglesia, y mientras existan hombres y mujeres que estén dispuestos a sacrificar todo, incluso sus vidas, por la causa de la verdad, aquella verdad triunfará sobre todos los obstáculos y todos los perseguidores.



DAVID LIONEL GREENSTOCK


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