"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

sábado, 18 de julio de 2009

18 de Julio, Festividad de San Camilo de Lelis, Confesor y Fundador







o cabe un mentís más rotundo a la vieja costumbre de presentar a los santos como si ya poseyeran la santidad desde la misma cuna. Porque nadie hubiera osado decir no ya en la infancia, sino en su misma juventud, que Camilo de Lelis estaba llamado a ser un día fundador de una Orden religiosa, y venerado en los altares. Contra toda conjetura humana, la Providencia divina actuó fuerte y suavemente, y Camilo, dócil a las inspiraciones de la gracia, sorprendió a sus mismos contemporáneos, con el espectáculo maravilloso de una santidad lograda.

Notemos que tenía un carácter duro, resuelto, impetuoso. Toda su vida se hará admirar por la tenacidad con que sabe sostener sus propias ideas frente a todo y frente a todos. No otra cosa había aprendido en su propio hogar. Nada de blanduras. Su padre, don Juan de Lelis, era un militar que había corrido media Europa al servicio de las banderas y de las empresas de España. Comenzó su carrera militar a las órdenes del condestable de Borbón, en el sacco de Roma. Y pasó después a la defensa de Nápoles, al asedio de Florencia, a las batallas de Lombardía y del Piamonte. Después de combatir contra Francia, se retiró a Bucchianico, con el mando de las tropas que aseguraban la vigilancia y defensa de la costa adriática, tan amenazada entonces por los turcos. Por esos días tuvo la dicha de que su esposa le diera un hijo: Camilo. También la madre reunía cualidades de firmeza y carácter sobresalientes. Las largas ausencias del marido le habían hecho afrontar las responsabilidades del gobierno de la casa.

El nacimiento de Camilo fue un verdadero acontecimiento. Ya el día no pudo ser más señalado: era el domingo de Pentecostés y se celebraba la fiesta de San Urbano, la mayor solemnidad del pueblo, Año de 1550, proclamado año santo. La solemnidad religiosa fue particularmente notable, y cuando estaba terminando llegó la noticia del nacimiento de Camilo.

Todo el pueblo participa de la alegría que al matrimonio causa la llegada de aquel tardío hijo. Y así transcurren felices los años de su infancia. Pero el niño había heredado la sangre batalladora del padre. Ya a los diecisiete años intenta enrolarse en el ejército de Venecia, sin conseguirlo. Y cuando San Pío V convoca para una cruzada contra los turcos, el padre, ya viudo, corre junto al hijo hacia Ancona, para participar en la empresa. Pero su edad era ya muy avanzada. Unas fiebres le obligan a retirarse y antes de llegar a su hogar muere, en Saint'Elpidio a Mare, entre los brazos de su hijo.

Así vino a quedar Camilo enteramente solo sobre la tierra. Solo... y enfermo. Por aquellos mismos días empieza a sentir el dolor de una llaga que ya no le dejará nunca a lo largo de la vida, y que será para él fuente de dolorosísimos sufrimientos. Llaga misteriosa, cuya naturaleza exacta no llegaban a diagnosticar los médicos, y que influirá de manera decisiva en su vida.

Alguien le sugiere que podría curarse en Roma, en el hospital de Santiago, y allí acude sin pensar que el contacto con este hospital va a tener una influencia decisiva en su vida. A primeros de marzo de 1571 entra en la ciudad y el 7 ingresa en el hospital. Conocemos el asiento de las prendas que dejó en el guardarropa. Sólo una capa de paño negro, vieja, es la señal de una nobleza de cuna, ahora oscurecida por su angustiosa situación económica y su mala salud.

Vienen las alternativas. Primero, cuando parece curado, quedó como criado en el hospital. Parece que va a encajar allí, y así se apunta en la "Compañía de Santiago" dedicada al cuidado de los enfermos. Pero... aparece en él un terrible vicio que habría de costarle muchísimo quitar de si: el juego. Y ese vicio le puso en la calle. Por cuatro años va a ser el típico soldado, de alquiler del siglo XV: "grande, membrudo, violento, se juega la vida para después jugarse el sueldo en las tabernas, sobre las mesas sucias, o en los campamentos, sobre los viejos tambores", nos dice uno de sus biógrafos. Está presente en varias acciones de armas. Pero la suerte de aquellos soldados de alquiler era dura. Al llegar el invierno, sus capitanes les licenciaban, porque no era tiempo de guerras. De Camilo nos consta que se jugó, en una estancia suya en Roma, hasta la misma camisa. Cerca de la iglesia española de Montserrat, en una calleja frecuentada entonces por la soldadesca y llena de hosterías y casas de mala fama, se conservó durante años una hornacina con un arco, en la que un devoto había hecho pintar, de un lado, la escena del juego, y del otro, la imagen de San Camilo, con dos versos alrededor que decían:

Qui die' Camillo sua camicia al gioco.
Ed or si adora nel medesipo loco.
(Aquí dio Camilo su camisa al juego,
y aquí ahora se le adora.)

Volvió, sin embargo, a las armas, pero por poco tiempo. Después de guerrear en Túnez, desembarcaba en Palermo, y volvía de nuevo a jugarse todo lo que tenía. De retorno a Nápoles hizo voto de vestir el hábito de San Francisco si salía del peligro de una gran tempestad. Era el 28 de octubre de 1574. Pero pronto olvidó todo aquello, volvió de nuevo al juego, y se encontró enteramente miserable, reducido a tener que pedir limosna. Jamás consintió, según él nos dirá más adelante, en robar. Dios le preservó también de caer en la impureza. Por lo demás, el juego continuaba siendo su pasión, y no tuvo otro remedio que ponerse a la puerta de las iglesias a pedir limosna. Allí estaba, en Manfredonia, cuando un hombre se interesó por él y dirigió sus pasos al convento de los capuchinos, donde se estaban haciendo unas obras.
Camilo trabajó duramente como peón de la construcción. Poco a poco fue haciéndose a una vida más ordenada. Los frailes le cogieron cariño. Un buen día le enviaron a otro convento para traer provisiones. Inesperadamente, el 2 de febrero de 1575, a los veinticinco años, una luz celestial llegó a su alma. Mientras caminaba, junto al borriquillo que llevaba las provisiones, sintió la llamada de Dios, y cayó llorando sobre el suelo.
Al llegar al convento pidió el hábito. Tras algunas vacilaciones se lo consiguieron, pero el roce del mismo hábito con la pierna volvió a abrir la antigua llaga. Hubo de suspender el noviciado, y volver al hospital de Santiago, esta vez para dar el buen ejemplo de una vida de humildad y oración. De nuevo, curado al parecer, vuelve a los capuchinos. Y de nuevo la llaga le obliga a dejar el noviciado, para volver al hospital de Santiago, por tercera vez en su vida. La primera había ido como un joven desgarrado, aficionado al juego. La segunda como un novicio capuchino, ansioso sólo de vivir apartado y dedicado a la oración. Esta vez iba a ponerse por completo al servicio de los enfermos. Su vocación estaba allí.

Y a los enfermos se entregó ya de una manera definitiva, para todo el resto de su vida. Desde este mes de octubre de 1579 hasta su muerte toda su existencia transcurrirá en los hospitales, sin otro afán y otro deseo que ejercitar su ardiente caridad con los pobres enfermos.

Como es natural, no tuvo desde el primer momento idea alguna de llegar a ser fundador. Su entrega a los enfermos hizo que fuera nombrado "maestro de la casa", es decir, lo que en español diríamos mayordomo. Parece que entonces pensó en una especie de cofradía de hombres que sirvieran a los enfermos por amor de Dios. Se conservan aún los estatutos que él había diseñado, y que aparecieron hace unos años en los archivos. Incluso intentó reclutar a unos cuantos, entre el personal del hospital, que secundaran este designio suyo. Pero su intento chocó fuertemente. Hubo habladurías, reprensiones, disgustos..., y al final tuvo que salir del hospital. Es más —caso extraño—, San Felipe Neri miró con hostilidad el proyecto. San Camilo de Lelis, que siempre amó a San Felipe, no tuvo, sin embargo, el consuelo de que éste apoyara nunca sus proyectos.

Antes de salir del hospital de Santiago decidió hacerse sacerdote. Y después de haber estudiado en el célebre Colegio Romano, aunque de forma harto superficial, celebró su primera misa el 10 de junio de 1584. Tras un rápido viaje a su tierra natal, el primero de septiembre de aquel mismo año dejaba el oficio de maestro de la casa y se reunía poco después con un pequeño grupo de compañeros en la iglesia de la Virgencita de los Milagros. Le acompañaba en aquel traslado la hermosa imagen del crucifijo que un día, cuando más angustiado estaba por la incertidumbre de su porvenir, le había dicho rotundamente: "Es obra mía".

La pequeña comunidad vivía un género de vida realmente insostenible. Pronto enfermaron, pues además el sitio era insalubre a más no poder. Hubo que trasladarse primero a la calle de Botteghe Oscure, y después a una pequeña casa, junto a la iglesia de la Magdalena. Aquí es donde se inicia ya la vida de comunidad propiamente dicha. En medio de una pobreza impresionante Camilo y sus compañeros se dedican a atender a los enfermos, y consiguen, el 18 de marzo de 1586, el breve "Ex omnibus" de Sixto V con la aprobación de su género de vida, aunque no debiera mediar obligación de votos. Se trataría, por consiguiente, de una sociedad o congregación. Camilo fue elegido primer general y obtuvo poco después para él y para sus compañeros el poder llevar sobre el manteo y la sotana una cruz roja.

Desde la casita de la Magdalena los "ministros de los enfermos" iniciaron sus actividades al servicio de los enfermos.

En primer lugar, y ante todo, en los hospitales. Todos los días salían de casa en dirección al inmenso hospital del Espíritu Santo, próximo al Vaticano, donde con celo y caridad inextinguible atendían en todo a los enfermos. Hoy el hospital es para nosotros un lugar muy cuidado, donde la higiene se extrema, y donde, aun existiendo deficiencias, hay siempre un cierto cuidado en la limpieza. Aquellos eran otros tiempos. Puestos en manos de criados, las más de las veces mal pagados, con un desconocimiento casi absoluto de las leyes de la higiene, bajo el influjo de falsas ideas que impedían una ventilación racional... los hospitales, y no era excepción el mismo del Espíritu Santo a pesar de tratarse de uno de los mejores del mundo, ofrecían por lo común un espectáculo no poco repugnante a la naturaleza humana. Los biógrafos de San Camilo recogen datos macabros del abandono en que se encontraban los enfermos, de la tristísima situación en que se hallaban los que ya habían sido desahuciados, de los malos tratos que recibían todos por parte de los criados. La empresa era, por consiguiente, en muchas ocasiones, verdaderamente heroica. Personas llenas de la mejor intención no podían resistir un rato el ambiente del hospital en el que Camilo y sus religiosos pasaban, sin embargo, el día entero.

A este ministerio fundamental de los hospitales añadieron Camilo y sus hijos otros dos ministerios: el de los encarcelados, y el de los moribundos.

Esta era su vida ordinaria. Con su fundador a la cabeza, que a nadie cedía en entusiasmo y en entrega, que se reservaba para sí, como favor especialísimo, los cuidados más bajos y las tareas más penosas, aquel grupo de sacerdotes y hermanos legos dio en Roma maravillosos ejemplos de caridad y entrega a los pobres.

Pero no olvidemos que estamos en el siglo XVI. Todavía la medicina no había conseguido triunfar sobre las epidemias. De vez en cuando un terrible azote, la peste, se hacía presente en las ciudades empavorecidas al ver aparecer aquel espectro. Llenas de terror las muchedumbres, procedían de manera desatentada, con las bárbaras maneras inmortalizadas por Manzoni en Los novios. Puede decirse que todos, autoridades, nobles y pueblo, perdían la cabeza ante el desastre. A Camilo y a sus hijos les tocó hacer frente muchas veces a la peste y las epidemias. Y lo hicieron con heroísmo verdadero. Sin vacilar un momento, viendo que la muerte diezmaba sus filas, se dedicaba en jornadas agotadoras a cuidar a los apestados. Las muchas dificultades y oposiciones que encontró la obra fueron vencidas precisamente por el impresionante heroísmo que los nuevos religiosos supieron emplear al servicio de los apestados.

Ni es esto solo. Cuando en 1596 marcha un ejército a combatir en los campos de Hungría, Camilo recibe del Romano Pontífice el encargo de organizar la asistencia sanitaria. Y allí van, con los soldados, los ministros de los enfermos llevando su cruz roja, como anticipo de la que siglos después habría de ondear en los campos de batalla. También allí los camilos hicieron prodigios de heroísmo y de caridad.

Este era el panorama de la Orden naciente. Poco a poco había ido arraigándose y extendiéndose. Primero a Nápoles, después a Milán, más tarde a Génova..., poco a poco fue extendiéndose por toda la península italiana y por las islas. Fracasó, en cambio, con gran pena del fundador, su intento de salir de Italia hacia Francia y España.

Pero el crecimiento trajo también sus dificultades. Uno de los episodios más dolorosos de toda la vida del fundador. San Camilo, que amaba a los hospitales, que desde el primer momento había mantenido que allí estaba la auténtica casa religiosa de sus hijos, llegó a aceptar en alguna ocasión hacerse cargo por completo de todo el régimen de los mismos. Ya no se trataba de la asistencia espiritual a los enfermos, ni siquiera de salir de la propia casa para ir a atender con los cuidados materiales a los mismos. Se trataba de instalarse en los hospitales y vivir única y exclusivamente para ellos, de tal manera que todo, desde la administración hasta el cuidado espiritual, desde las tareas más bajas hasta las más delicadas, estuvieran en manos de los que por eso se llamaban "ministros de los enfermos".

Y estalló el conflicto. No podemos contarlo aquí con detalle. Tuvo enfrente San Camilo no sólo a gentes de fuera, prelados incluso, sino también a religiosos que con él habían convivido desde los primeros tiempos y que venían gozando de toda su confianza.

San Camilo, que había recibido una instrucción muy elemental, que no era hombre de ideas abstractas y de grandes conceptos, tenía, sin embargo, unas cuantas ideas evangélicas, firmes y claras, enteramente asimiladas, y las defendió con todas sus fuerzas. Sin una vacilación, contra todo y contra todos, con una resolución y firmeza absolutas, mantuvo sus ideas y consiguió sacarlas a flote. No podía transigir con algo que había sido el ideal de toda su vida.

Durante la lucha dejó el generalato. Pero en manera alguna renunció a lo que era irrenunciable: su cualidad de fundador. El había tenido la inspiración de Dios, y él habría de cuidar, mientras viviera, de que esa inspiración se realizase. Y así lo hizo. Con toda humildad, pero con firmeza, consiguió que las cosas se arreglaran y que la primitiva idea se reafirmase y llegara a consolidarse. Después, pudo ya morir contento.

Nada más sencillo y al mismo tiempo más encantador que la ascética camiliana. Ninguna complicación. Se establece un principio: en el Evangelio el Señor nos muestra al prójimo como imagen suya, y anuncia que en el juicio final premiará como hecho a Él mismo lo que se haya hecho a los pobres. En consecuencia, hay que servir a los pobres sin poner límite alguno. El mismo sacerdocio no ha de ser obstáculo para que quien lo ha recibido cure las llagas, lave los pies, haga los servicios más humildes a quien se encuentra enfermo.

A esto se añade otro principio también elemental, pero riquísimo en consecuencias: la suerte eterna del hombre se decide en la hora de su muerte. Por consiguiente, cuanto se haga por acompañarle y atenderle espiritualmente en esa hora decisiva será poco. Otros ministerios podrán exceder a éste en determinados aspectos. Pero siempre el cuidado de los moribundos, de los agonizantes, tendrá esta característica de ser decisivo. Porque, como dice el viejo aforismo, tantas veces repetido por los Santos Padres, "del lado que caiga el árbol, de aquél quedará para siempre".

Apoyándose en estos dos principios tan sencillos, la vida de San Camilo fue una entrega absoluta, sin límite, heroica, a los enfermos. No terminaríamos nunca si quisiéramos recoger las anécdotas maravillosas que de él nos conservaron los procesos de canonización. Baste decir que durante toda su vida sirvió de admiración a cuantos estuvieron en contacto con él. Enfermo, con la úlcera de la pierna siempre abierta, con una hernia, con dos furúnculos, que le causaban un verdadero suplicio, con un estómago, debilísimo..., Camilo pasaba largas horas en el hospital cuidando a los enfermos, sin dormir apenas, con un régimen alimenticio que apenas bastaría para no morirse literalmente de hambre.

Había llegado la hora de volar al cielo, "su patria", como le gustaba llamarle. Después de recorrer las diversas casas del instituto regresó Roma, a su queridísima casita de la Magdalena. Allí hubo de quedar en cama, con una nostalgia constante e intensísima de su querido hospital del Espíritu Santo. Cuando el tiempo mejoró y el médico le permitió salir un poco, para tomar el aire y el sol, se dio la paradoja de que el enfermo se dirigiera... precisamente al hospital, para respirar aquel aire viciado. Los religiosos que le acompañaban nos cuentan cómo se transformó su rostro cuando al pasar el puente sobre el Tíber divisó el hospital. Y el emocionante plebiscito de cariño y entusiasmo que suscitó entre los enfermos su presencia. Lloraban todos viéndole pasar entre las camas despidiéndose de aquellos enfermos a los que tanto había querido.

Lejos de sus queridos enfermos, pero en medio de ellos constantemente en espíritu, pasó los últimos días de su existencia. La noche del domingo 13 al lunes 14 de julio de 1614 fue una vigilia preagónica, lenta, dolorosa. Por fin, a las nueve y media de la noche de aquel lunes 16 de julio, en el momento en que el sacerdote recitaba la hermosa invocación Mitis, atque festivus, Christi Iesu tibi aspectus appareat, "el humilde y alegre rostro de Jesucristo te aparezca", Camilo sonrió suavemente y exhaló su último suspiro. Contaba sesenta y cuatro años bien cumplidos.

Inmediatamente corrió la noticia por la Ciudad Eterna del fallecimiento. La multitud acudió presurosa, hasta el punto de hacer necesaria la intervención de la fuerza pública para organizar el desfile. Algún malintencionado dio una torcida versión de esto último al cardenal vicario. Este ordenó a los padres que sepultaran el cuerpo de Camilo de noche "sin lápida ni inscripción". Así lo hicieron, y por el momento pareció que su figura iba a pasar al olvido. Pero no ocurrió esto. El pueblo continuó encomendándose a él. Y su fama de santidad fue extendiéndose cada vez más. Ante la insistencia de los fieles, Paulo V accedió a que se le enterrase normalmente, y no se impidiera a los fieles que se encomendaran a él.

El 13 de abril de 1617 el general de la Orden pedía que comenzaran el examen de los testigos sobre su fama de santidad. Fue beatificado el 2 de febrero de 1742 por Benedicto XIV y canonizado por el mismo Papa el 29 de junio de 1746. Un decreto de la Congregación de Ritos de 15 de diciembre de 1762 ofreció a la Iglesia universal su oficio con misa propia. León XIII le declaró en 1886 patrono en todo el universo, juntamente con San Juan de Dios, de los enfermos y de los hospitales. Y en 1930 Pío XI le proclamó patrono del personal de los hospitales, juntamente también con San Juan de Dios.

La Orden de los Ministros de los enfermos por él fundada llegó a ser suprimida en 1810. Pero resurgió con nueva fuerza y hoy cuenta con unos mil trescientos miembros extendidos por todo el mundo.


LAMBERTO DE ECHEVERRÍA



El mismo día: Santa Sinforosa y sus siete hijos, Mártires






anta Sinforosa fue una matrona romana, mujer, cuñada, y madre de mártires. Su esposo, san Getulio, que era tribuno militar, murió mártir en la época de Adriano. Este matrimonio tenía siete hijos varones cuyos nombres conserva la tradición: Crescencio, Juliano, Nemesio, Primitivo, Justino, Estacteo y Eugenio.

La familia vivió en Roma un tiempo, yendo y viniendo a las propiedades que el padre de familia, el tribuno Getulio-llamado también Zotico-, tenía en Tívoli. Dios les ha dado siete hijos; son familia cristiana y, en una casa bien dispuesta, llenan las horas del día viviendo en paz y armonía entre trabajos y aprendizajes mezclados con juegos, gritos y rezos.

El supersticioso emperador Adriano se ha convertido en un perseguidor cruel de los cristianos. Entre otros muchos, aprisiona a Getulio y a Amancio, su hermano, también militar. Prisioneros primero, acaban siendo decapitados en la orilla del Tiber.

Durante todo el tiempo de la persecución, Sinforosa ha salido con los suyos de Roma hacia Tívoli y allí procura preparar a sus hijos para la amenaza presente que se promete larga y que ya ha acabado con la vida de su padre. Les habla del amor de Dios y del premio, de fortaleza y fidelidad, de lealtad a Dios con las obras hasta la muerte como ha sido la actitud de su propio padre. Tuvo que pasar oculta siete meses con sus hijos, escondiéndose cuando arreciaba la persecución, por el temor a ser descubiertos, en una cisterna seca, que siglos después se mostraba a los visitantes. Sin fingimiento inútil, prepara a sus hijos hablándoles del peligro que corren, de los bienes futuros prometidos a los que son fieles y de la confianza en Jesucristo; también les pone al corriente de la dureza que supone el martirio y confiesa sus miedos ante la posibilidad de que claudique alguno de ellos. Todos se proponen estar dispuestos a la muerte antes que adorar a los ídolos. Por fin cayeron en manos de sus enemigos, y como Sinforosa no se dejase persuadir con promesas y amenazas para sacrificar a los ídolos, el juez quiere colgarla por los cabellos junto al templo de Hércules; pero, comprendiendo que el espectáculo contribuirá a afianzar la fe de los cristianos que permanecen ocultos entre el pueblo, cambia el propósito, disponiendo que sea arrojada al río Teverone, próximo a Tívoli, con una pesada piedra atada al cuello. Hasta último momento Sinforosa siguió animando a sus hijos a permanecer firmes en la fe.

Sus hijos Crescente, Juliano, Nemesio, Primitivo, Justino, Estacteo y Eugenio, jóvenes y algunos niños, se resisten firmemente a sacrificar a los dioses y aseguran con claridad ante el juez que se ha ofrecido con promesas a hacer de padre y madre para ellos: "No seremos menos fuertes ni menos cristianos que nuestros padres". Entonces es el potro alrededor del templo de Hércules el que entra en juego. A fuerza de ser estirados les descoyuntan los miembros, pero ellos bendecían a Dios en medio del tormento. Luego vienen los garfios que van rompiendo las carnes y, por último, vencido y humillado el juez por no poder torcer la voluntad de los fuertes y jóvenes reos, manda que los verdugos terminen con sus vidas atravesándoles con espadas y puñales.
Enterraron sus cuerpos en una fosa común que los paganos llamaron luego "Biothanatos", queriendo expresar el desprecio a la muerte que mostraron al juzgarles. Cuando se calma de furia de Adriano en cosa de año y medio, los cristianos pudieron dar digna sepultura a los que llamaban ya, distinguiéndolos, como "Los Siete Hermanos" y levantaron una pequeña y pobre iglesia a Sinforosa. Posteriormente sus reliquias se trasladaron a Roma y se pusieron, junto a las de Getulio, en la Iglesia de san Miguel.


El mismo día: Santa Marina, Mártir




ay historia de santas o de santos que impactan al lector porque, aunque no haya muchos datos reales de ellas o de ellos, están, sin embargo, envueltos en una aura de misterio y leyenda que gustan e interesan.Esta joven, nacida en Pontevedra en el lejano año 119, vino al mundo en un parto múltiple. La madre, asustada de este acontecimiento, pensó en lo peor. Su marido andaba de aquí para allá a cargas con el gobierno de Galicia y de Portugal.

Era el gobernador que el emperador había enviado para que rigiera los destinos de estas dos provincias en poder del imperio de Roma.El miedo atenazaba el corazón de Calsia. Temía que cuando llegara su esposo, Lucio Castello, de uno de sus viajes la mataría creyendo que le había sido infiel.

Y no sabiendo afrontar lo sucedido con valentía, entregó a una empleada sus hijas e hijos. Menos mal que la Providencia de Dios actúa siempre en el alma de las personas de buena voluntad.

La criada, llamada Sila, era ya cristiana. Toda una garantía en aquellos tiempos de tanta turbulencia contra los seguidores del Señor.

Pues bien, Sila fue entregando a los recién nacidos a familias de total carta de identidad para que las criaran y educaran en la fe cristiana.Una vez que habían recibido la instrucción necesaria, llamaron al obispo san Ovidio para que las bautizara.El padre no tenía ni idea de lo que había ocurrido. Pero poco a poco se fue enterando de que su mujer había dado a luz a varios hijos en el mismo parto.

Sin embargo, hay algo que no podía pasar por su mente de gobernante: que sus hijas fueran educadas en la religión que él perseguía con furia, encarnizamiento y rabia.

Llegó el instante en que supo que sus hijas eran cristianas. Entonces, con la mayor sangre fría del mundo, mandó que fueran a su palacio. Les invitó a que renunciaran de la fe en Cristo. Ellas, ya en la cárcel, huyeron hasta que las cogieron y martirizaron. De una hermana de Marina, Liberada, mártir también, se sabe que llevaron sus restos a Bayona, Pontevedra, en donde yacen los de Marina. Esto fue en el año 1515.

El mismo día: San Arnulfo ó Arnaulfo de Metz, Obispo




rnulfo, que nació en el seno de una noble familia, y se distinguió por su saber y su piedad, fue llamado a la corte de Teodoberto II de Austrasia. Los cortesanos le admiraban por su prudencia en el consejo y por su valor en el campo de batalla, pues Arnulfo unía a las virtudes del cristiano las cualidades de un hombre de Estado. Contrajo matrimonio con una noble dama llamada Doda, de lo que tuvo dos hijos: Clodulfo y Ansegiselo. Al quedar viudo se casó en segundas nupcias con una hija de Pepino de Landen, de suerte que los reyes de la dinastía carolingia descendían de San Arnulfo.

Ante el temor de perder su alma en el cuidado de las cosas de este mundo, Arnulfo determinó retirarse al monasterio de Lérins, pero no lo consiguió y, en cambio fue consagrado obispo de Metz, en el año 610. En su nuevo cargo siguió desempeñando un papel importante en los asuntos públicos, sin dejar por ello de cumplir escrupulosamente con sus deberes pastorales. Cuando murieron Teodoberto y su hermano Thierry, San Arnulfo y otros nobles colocaron en el trono de Austrasia a Clotario de Neustria quien, al cabo de diez años de reinado, dividió sus dominios, dejó el gobierno de Austrasia en manos de su hijo Dagoberto y nombró a San Arnulfo consejero principal suyo. Pero éste se abstuvo de desempeñar el oficio y se esforzó en cambio por obtener al fin, el tan deseado permiso de retirarse de la corte, por más que Dagoberto le amenazó al principio con cortarle la cabeza si lo hacía. El santo obispo renunció entonces al gobierno de su diócesis y se retiró, junto con su amigo San Romarico, a una ermita de los Vosgos, que se convirtió más tarde en el monasterio de Remiremont. Ahí murió San Arnulfo.

En Acta Sanctorum, julio, vol. IV, se hallarán prácticamente todos los documentos de importancia. B. Krusch reeditó una biografía latina escrita por un contemporáneo del santo, en MGH., Scriptores Merov, vol. II, pp. 426-446. Acerca de las genealogías, cf. Salet, en Mélanges Léonce Couture, pp. 77-95. Véanse también los artículos de J. Depoin en Revue Mabillon, vols. XI y XII.


El mismo día: San Federico de Utrecht, Obispo y Mártir




ederico se educó en la piedad y las ciencias sagradas con los clérigos de la ciudad de Utrecht. Una vez ordenado sacerdote, recibió del obispo Ricfrido la misión de instruir a los convertidos. Hacia el año 825 fue a su vez, elegido obispo de Utrecht.

Inmediatamente empezó a establecer la disciplina, envió a San Odulfo y otros celosos misioneros al norte del país a disipar las tinieblas del paganismo.

Según la tradición, el santo se vio envuelto en las luchas que enfrentaron a los hijos del emperador contra su padre, Luis el Piadoso, y su segunda esposa, Judit. Los príncipes acusaban a su madrastra, la emperatriz Judit, de graves inmoralidades. Cualquiera que haya sido la veracidad de tales acusaciones, el hecho es que San Federico amonestó a la emperatriz con gran caridad, lo cual no obstó para atraerle la cólera y el resentimiento de Judit. También se creó enemigos en otros terrenos. Los habitantes de Walcheren, que eran bárbaros, se habían mostrado muy hostiles al catolicismo. Por ello, San Federico se reservó para evangelizar él mismo el territorio más peligroso Y difícil de su diócesis y envió a los misioneros a las regiones del norte. Entre las inmoralidades que era necesario combatir y que requirieron los mayores esfuerzos por parte del obispo, figuraban los matrimonios ilícitos entre parientes próximos y la frecuente separación de los cónyuges (se llegó a afirmar incluso que la unión de Luis el Piadoso con Judit era incestuosa, pero seguramente que sólo se trata de una sospecha de los hagiógrafos, dadas las costumbres de aquellos tiempos). El 18 de julio de 838, según cuenta la tradición, San Federico fue apuñalado por dos asesinos cuando daba gracias al pie del altar, por haber celebrado la misa. Expiró pocos minutos más tarde, recitando el salmo 114: "Alabaré al Señor en la tierra de los vivos." El autor de la biografía de San Federico (siglo XI), afirma que la emperatriz Judit pagó a los asesinos, incitada por su esposo, ya que ninguno de los dos había perdonado al santo obispo la libertad con que reprendió a la soberana. Guillermo de Malmesbury y otros cronistas repiten la acusación, pero los autores posteriores, como Baronio y Mabillon, se inclinan a pensar que los asesinos fueron enviados por los habitantes de Walcheren. Tal opinión es más verosímil, ya que ninguno de los contemporáneos acusó del crimen a la emperatriz y, por otra parte, el hecho cuadra mal con la actitud cristiana de Luis el Piadoso y con el respeto que profesaba a la autoridad episcopal. San Federico compuso una oración a la Santísima Trinidad, que se rezó durante mucho tiempo en los Países Bajos. Una prueba de la fama de santidad de que gozaba, es el poema que su contemporáneo, Rábano Mauro, consagró a sus virtudes.

En Acta Sanctorum puede verse la biografía del santo y otros documentos, julio, vol. IV. Dicha biografía fue reeditada en MGH., vol. XV. Cf. Duchesne, Pastes Episcopaux, vol, III, p. 196. Hay una noticia biográfica de San Federico en DNB, vol. XIII, s.v. Cridiodunus. La nacionalidad del santo es desconocida.


El mismo día: San Filastro de Brescia, Obispo


o sabemos exactamente dónde nació San Filastro. Lo cierto es que abandonó su país natal, su herencia y la casa de sus padres, como Abraham, para cortar todos los lazos que le ataban al mundo. Viajó por varias provincias haciendo la guerra a los infieles y a los herejes, particularmente a los arríanos, cuyos errores se habían propagado por toda la Iglesia. Tan grandes eran el celo y la fe de Filastro, que se regocijaba, como el Apóstol, de sufrir por la verdad y de llevar en su cuerpo las marcas de los terribles latigazos que había recibido por afirmar la divinidad de Jesucristo. En Milán se opuso vigorosamente al arriano Auxencio, quien estaba tratando de acabar con la Iglesia en aquella diócesis. Igualmente predicó y discutió con los herejes en Roma. Después se trasladó a Brescia, donde fue elegido obispo y cumplió sus deberes pastorales con un celo inmenso. Alban Butler dice que Filastro no igualaba en ciencia a San Ambrosio y San Agustín, sus contemporáneos, pero lo compensaba abundantemente con el ejemplo de su vida, con su espíritu de humildad y piedad y con su entrega infatigable a sus deberes pastorales. San Filastro demostró claramente que un hombre de cualidades normales es capaz de obrar maravillas cuando posee una gran virtud.

Para defender a sus fieles contra los errores en materia de fe, Filastro escribió el "Catálogo de Herejías." En dicha obra no toma la palabra "herejía" en su sentido teológico estricto, ya que incluye entre las herejías algunas opiniones simplemente discutibles y llega hasta a llamar "herejes" a los que dan a los días de la semana sus nombres paganos. La obra carece de valor en sí misma, pero es interesante por la luz que arroja sobre las obras de otros escritores de la época, como por ejemplo, la de San Hipólito. En su panegírico de San Filastro, San Gaudencio alabó su modestia y su trato apacible y bondadoso. La liberalidad de San Filastro no alcanzaba sólo a los pobres, sino que se extendía también a los comerciantes y negociantes para que pudiesen ensanchar sus empresas. San Agustín conoció a San Filastro en Milán, junto con San Ambrosio, hacia el año 384. San Filastro murió antes que su metropolitano, San Ambrosio, el cual nombró a San Gaudencio para sucederle en la sede de Brescia.

Ver Acta Sanctorum, julio, vol. IV, Los escasos datos que poseemos sobre San Filastro provienen en gran parte del panegírico de San Gaudencio, cuya autenticidad ha sido puesta en duda; pero Knappe y Poncelet la defendieron victoriosamente. Cf. Analecta Bollandiana, vol. XXVIII (1909), p. 224; y Bardenhewer, Patrologie, n. 89. Véase también P. de Labriolle y G. Bardy, Histoire de la littérature latine chrétíenne (1917), pp. 432-434.


El mismo día: San Pambo, Monje

an Pambo fue uno de los fundadores del grupo de monasterios del desierto de Nitria, en Egipto. En su juventud, fue discípulo de San Antonio, compañero de los grandes padres, San Isidoro y los dos Macarios e instructor de Dióscoro. Anión, Eusebio y Eutimio, los "hermanos altos" que fueron perseguidos por apoyar el origenismo. Cuando el perseguidor de los "hermanos altos", Teófilo de Alejandría, reprochó a Pambo el no haber informado de los hechos al arzobispo, aquél respondió sarcásticamente: "Si no es capaz de sacar una lección de mi silencio, tampoco la habría sacado de mis palabras." Pambo, como el resto de los monjes de la Tebaida, se dedicaba a tejer esteras de hojas de palma, practicaba prolongados ayunos y otras severas mortificaciones y se consagraba exclusivamente a la oración durante largos períodos. Era de apariencia tan majestuosa, que nadie se fijaba en los andrajos que vestía, puesto que recogía las ropas que los otros desechaban. Se distinguía particularmente por su dominio de la lengua, que se manifestaba tanto en el silencio como en la consideración con que hablaba. Pero, como limaba sus frases antes de pronunciarlas, tenían éstas algunas veces un filo acerado que podía parecer descortés a quienes no le conocían. Pambo se había dedicado a practicar particularmente el dominio de la lengua, debido a que su maestro había empezado la primera lección con el salmo 38: "Y dije: Pondré atención a mis palabras para no pecar con la lengua." "Eso es lo que voy a hacer hoy", dijo Pambo a su maestro, y se retiró a reflexionar sobre ello. Una vez que hubo meditado todas las consecuencias de ese texto, volvió a recibir la segunda lección, ¡seis meses después!

El mundo tiende a considerar como sabios a quienes hablan poco, por ése simple hecho. Pero el silencio puede tener por causa, ya la falta de ideas, ya la abundancia de ellas y la fuerza de voluntad. En todo caso, quienes iban a consultarle no salían decepcionados: de su boca brotaban sabios consejos, y algunos de sus dichos le hicieron famoso. Rufino fue a visitarle en 374; Santa Melania la Mayor, la viuda romana que fundó un convento en Jerusalén, lo visitó más tarde. En su primera visita, Santa Melania regaló a San Pambo trescientas libras de plata que el santo aceptó para darlas a los monasterios pobres, sin pronunciar una sola palabra de gratitud. Melania le recordó discretamente: "No olvidéis las trescientas libras." Pambo replicó: "Aquél a quien habéis hecho ese regalo no necesita que le digáis el valor de vuestra plata." En otra ocasión, como un visitante le pidiese que contara un dinero que le habían enviado para los pobres, Pambo respondió: "A Dios no le importa el cuánto sino el cómo." A diferencia de tantos otros monjes y ascetas, San Pambo no tenía una mentalidad estrecha. En cierta ocasión, dos monjes discutían sobre cuál de dos hombres era mejor: uno que había gastado una fortuna para hacerse monje y otro que había gastado una fortuna en hacer el bien a los pobres. Pambo zanjó la cuestión: "Ante Dios, los dos son perfectos." En otra oportunidad, dos visitantes le describieron detalladamente las austeridades que practicaban y las limosnas que habían hecho. Le preguntaron si con eso salvarían su alma y el santo replicó: "Yo hago lo mismo que vosotros y no por eso soy un buen monje. Tratad de no ofender jamás al prójimo y así os salvaréis." La muerte sorprendió a San Pambo cuando tejía un cesto para su discípulo Paladio. "Desde que llegué al desierto, jamás he comido nada que no hubiese ganado con el trabajo de mis manos y no recuerdo haber dicho nada de que haya tenido que arrepentirme después. Y sin embargo, tengo la impresión de que Dios me llama a sí cuando aún no había comenzado a servirle realmente." Santa Melania, que estuvo presente en su muerte, se encargó de los funerales y recogió, como una preciosa reliquia, la cesta que estaba sin terminar.

En Acta Sanctorum, julio, vol. IV, están reunidas las referencias que se hacen sobre Pambo en las Vitae Patrum de Rosweyde. Casi todos esos datos provienen de la Historia Lausiaca de Paladio y de la Historia Monachorum. Preuschen editó el texto griego de esta última. La Historia Lausiaca puede verse en la edición del abad Butler; existe una buena traducción inglesa de la obra de Paladio, hecha por Lewther Clarke.

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