
s el comienzo del siglo XVII en Francia, donde ha de actuar Vicente de Paúl, un hervidero de ideas, de pasiones religiosas y políticas, de ensayos doctrinales y organizados. El cardenal Bérulle introduce en Francia las carmelitas, funda la Congregación del Oratorio para formar una selección de sacerdotes, y "naturaliza" en Francia las corrientes místicas de Alemania, España e Italia. San Francisco de Sales pone al alcance de todos la "vida devota", ensalza las vías del amor de Dios e intenta la primera Institución de religiosas visitadoras fuera del claustro, que no consigue llevar a efecto. Vicente de Paúl aprovechará estas dos corrientes, mística y de acción, para renovar la teología de Jesucristo en el pobre y fundar el apostolado secular de la caridad, sin caer en el utópico quietismo de Fenelón, ni en el duro jansenismo, ni en el racionalismo cartesiano, sistemas que se fraguan en pleno siglo de San Vicente, y de los que él queda incontaminado.
Esta empresa no es para un hombre solo. Vicente de Paúl se sitúa entre sus contemporáneos, colabora con todos, recoge ideas y orientaciones en un ambiente de restauración espiritual que se ha consolidado en Trento: inspira a muchos, como gran director de almas; se rodea de asociaciones religiosas a las que da vida y continuidad, se apoya en los grandes para servir a los humildes. La poderosa familia de los Gondí, el poder casi absoluto de Richelieu, por medio de la sobrina duquesa de Ayguillon, dama de la Caridad, la española reina Ana de Austria, el mismo Mazarino y casi toda la nobleza giran en torno de este padre de los pobres y defensor de la Iglesia. Olier, fundador de San Sulpicio; Rancé, reformador de la Trapa; Bossuet, que pronunciará en 1659 el famoso sermón "de la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia", y casi todos los grandes hombres de ese siglo y de los siguientes, se benefician de la suave influencia de Vicente, La preparación para esta misión grandiosa es larga y difícil. La acción de Dios en este hombre y la respuesta generosa forman una experiencia vital aleccionadora.
Nace probablemente en las Landas en 1581, pero su ascendencia inmediata es española, como se ha comprobado en una larga búsqueda en los archivos de la región oscense de La Litera, que nos dan una abundante genealogía de los apellidos Paúl y Moras, apellidos paterno y materno. Las migraciones eran muy frecuentes, y Ranquines, que es el lugar en que se sitúa su nacimiento, significa la "casa del cojo". Es el apelativo recibido al ocuparla el padre, que tenía ese defecto, y del que un día se llegó a avergonzar el hijo, estudiante en los franciscanos de Dax. Vicente llevará a todas sus empresas las características del aldeano, mezcla de aragonés y francés, en su tesón indomable, en su prudente lentitud, en su trabajo silencioso, de labrador que abre el surco y esconde su semilla con esperanza. Ya es un signo providencial que, en su origen, una en si a dos pueblos tan diversos y encontrados a lo largo de estos siglos.
El niño Vicente, tercero de los seis hermanos, guarda durante un tiempo el pequeño rebaño de su casa. En muchas ocasiones se humillará ante los grandes manifestando este su oficio de la infancia. Por tradición local nos consta su devoción mariana y su pronta caridad.
Sus estudios continúan sin desmayo, primero en la universidad de Tolosa, después en la de Zaragoza, como atestigua su primer biógrafo Abelly y una tradición ininterrumpida en España. Más tarde propondrá como modelos a las universidades españolas y a sus teólogos, tan fieles a la Iglesia.
Recibe el sacerdocio el 20 de septiembre de 1600 y dice su primera misa en una capilla de la Virgen, cerca de Bucet, sin la presencia de su padre, que había fallecido hacía dos años. Allí y en Tolosa se ayudó para los estudios con un pequeño pensionado de estudiantes que él cuidaba. Hasta 1605 prosigue sus estudios, que alterna con la enseñanza y un viaje a Roma, donde se emociona hasta derramar lágrimas.
El Señor purifica a su elegido, que por entonces buscaba cargos y honores eclesiásticos, con tres pruebas: El cautiverio en Túnez, cuando iba en busca de una herencia, y que duró casi tres años de continuos sufrimientos (1605-1607); la injusta acusación de robo al volver de Roma, donde esperó inútilmente una buena colocación del vicelegado Montorio, a quien había enseñado las curiosidades de alquimia que había aprendido en el cautiverio (1608); y la terrible tentación contra la fe que aceptó sobre su alma para que se viera libre de ella un doctor amigo suyo. De esta "noche obscura" sale cuando, a los treinta años, pensaba pasar el resto de su vida en un modesto retiro, amargado por los desengaños humanos, según escribe, en la única carta que se conserva, a su buena madre. Cae a los pies de un crucifijo, se consagra a la caridad para toda la vida y la luz renace en su espíritu.
Este voto de servir a los pobres es la clave de toda su vida y la fuente de sus numerosas obras de caridad. Para terminar la purificación de sus aspiraciones terrenas y quitar los impedimentos de su actuación sacerdotal se retira una temporada al naciente Oratorio de Bérulle, se pone incondicionalmente bajo la obediencia de este gran mentor de almas, que le ha de conducir hasta que se ponga bajo la dirección del doctor Duval, piadoso catedrático de la Sorbona. Unos ejercicios en la cartuja de Valprofonde le libran de una tentación que tenía en sus ministerios, y una mortificación constante le hace cambiar el "humor negro" de su temperamento por una amabilidad semejante a la de San Francisco de Sales, con quien sostiene relaciones íntimas, cuyos libros lee ávidamente y del que recibirá más tarde la dirección de las Hijas de la Visitación.
Las experiencias apostólicas de estos años (1609-1626) le van marcando suavemente el camino definitivo de su vocación. Animado de una ferviente caridad, hace de capellán y limosnero de la reina Margarita de Valois, visita y sirve personalmente a los pobres enfermos en el hospital de la Caridad, que, en los arrabales de París, dirigían los hermanos de San Juan de Dios, y entrega a esta institución 15.000 libras que le habían donado.
Por dos veces es párroco del campo. En Clichy, cerca de París, donde se siente feliz, reedifica la iglesia que perdura hasta hoy. Ya en pleno París, establece la comunión mensual e intenta un pequeño seminario (1612).
En Chatillon les Dombes, en la frontera de Saboya, restaura espiritualmente la parroquia deshecha por la herejía y el abandono. Ante un caso de miseria familiar establece la Cofradía de la Caridad con un reglamento que aun hoy está en vigor. Es la primera cofradía de caridad para que las señoras asistan a los enfermos abandonados en sus casas (1617). En ambas parroquias, que dejó por obediencia a Bérulle, tiene como sucesores a dos fervorosos vicarios: el señor Portail, en Clichy, que más tarde será su compañero de Misión, y el señor Girad.
DENTRO DE LA CASA DE LOS GONDÍ.-
Es Bérulle quien trae y lleva al señor Vicente y quien determina que sea el preceptor de los hijos de esta noble familia que llevaba lo que hoy se llama el ejército del mar, y en el orden eclesiástico gobernó durante mucho tiempo la diócesis de París hasta llegar al inquieto cardenal de Retz. En los extensos dominios rurales de los Gondí ejerce su ministerio con los pobres campesinos y funda las cofradías de la Caridad —de mujeres, de hombres y mixtas—, siempre ayudado de la marquesa, cuya alma dirige espiritualmente. Llega a dominar en tal modo en sus almas que esta familia será, con la de Richelieu, el apoyo que la Providencia le depara para sus obras.
Se siente excesivamente incómodo en los palacios y cree que no cumple su voto de servir a los pobres. Por eso huye a Chatillon. Pero Bérulle le hace volver. Vicente reclama libertad de acción en los 8.000 colonos de las tierras. Allí encuentra al anciano que por vergüenza no ha hecho buenas confesiones y está en peligro de condenación, al hereje que no cree en la Iglesia porque no atiende a las gentes del campo, al sacerdote que no sabe la fórmula de la absolución. Voces de Dios que mueven al Santo y a la marquesa para fundar una comunidad de sacerdotes que recorra los campos misionando, en ayuda de los párrocos. Al señor Vicente se unen el tímido señor Portail y otros varios. Reciben una ayuda económica y un colegio, el de los Buenos Hijos, donde nace humildemente la comunidad de sacerdotes seculares de la Misión, que es aprobada en 1626 por el arzobispo de París y en 1632 por el papa Urbano VIII, sin carácter de religiosos.
Se siente excesivamente incómodo en los palacios y cree que no cumple su voto de servir a los pobres. Por eso huye a Chatillon. Pero Bérulle le hace volver. Vicente reclama libertad de acción en los 8.000 colonos de las tierras. Allí encuentra al anciano que por vergüenza no ha hecho buenas confesiones y está en peligro de condenación, al hereje que no cree en la Iglesia porque no atiende a las gentes del campo, al sacerdote que no sabe la fórmula de la absolución. Voces de Dios que mueven al Santo y a la marquesa para fundar una comunidad de sacerdotes que recorra los campos misionando, en ayuda de los párrocos. Al señor Vicente se unen el tímido señor Portail y otros varios. Reciben una ayuda económica y un colegio, el de los Buenos Hijos, donde nace humildemente la comunidad de sacerdotes seculares de la Misión, que es aprobada en 1626 por el arzobispo de París y en 1632 por el papa Urbano VIII, sin carácter de religiosos.
En estos seis años el Santo ha recorrido todos los dominios misionando y fundando Caridades, ha sido nombrado capellán de las galeras reales y ha procurado misiones y ayuda material a los forzados del remo, creando un hospital para ellos; se ha hecho cargo de la dirección espiritual de las Salesas, de acuerdo con la madre Chantal, ha tomado la dirección de su gran colaboradora Santa Luisa de Marillac, y ha quedado en libertad de movimientos por haber fallecido la marquesa y haber tomado la decisión de hacerse sacerdote del Oratorio el señor Gondí.
En 1626 a los treinta y cinco años, San Vicente está plenamente centrado en su vocación. Bérulle no ha visto claro el Instituto de las misiones, pero Roma lo aprueba, gracias al tesón del Santo, que ve el abandono del campo como una de las miserias mayores de la Iglesia. El sacerdote no está cuidado de las almas como prescribía el concilio de Trento. Su santificación era muy deficiente. Vicente ha meditado mucho, ha observado todos los movimientos místicos y apostólicos, ha trabajado con santa ilusión y ha sufrido crisis interiores fructíferas. Para la restauración del clero establece los ejercicios de ordenandos por espacio de diez días, en los que se une la parte ascética con la pastoral. Son cursillos intensivos que suplen algo la falta de seminarios. El obispo de Beauvais, el cardenal de París y más tarde la Santa Sede los declara obligatorios para todos los que hayan de recibir las órdenes sagradas. De aquí brotan las conferencias ascético-pastorales (los martes para sacerdotes y los jueves para seminaristas). De su seno nacen los misioneros de las ciudades unidos a los misioneros de los campos, que había fundado y que trabajaban en hermandad con un reglamento preciso y sabio (1631).
Se ha trasladado con sus misioneros a la gran abadía de San Lázaro, que será el centro regenerador del clero y del pueblo con los ejercicios en tanda dados gratuitamente. Richelieu, que ha tomado las riendas de la nación en 1624, pide a San Vicente los mejores hombres para ponerlos al frente de las diócesis; pero falta el remedio definitivo, los seminarios tridentinos, que no acaban de realizarse. El Santo hace la distinción de mayores y menores, reconoce que es muy difícil reformar al clero de edad y establece su primer ensayo para jóvenes con vocación en el colegio de los Buenos Hijos. Forma el seminario mayor de San Lázaro con ayuda de Richelieu (1642). Orienta a Olier en sus planes del seminario de San Sulpicio y trata de colaborar con el difícil señor Bourdoise, que ha establecido el seminario parroquial comunitario. En 1647 sus misioneros dirigen siete seminarios y el Santo confiesa que "Dios bendice su obra" y que las misiones piden como complemento ayudar a la Iglesia en la formación del clero.
Las Cofradías de la Caridad pasan a la ciudad en sus incipientes suburbios. Luisa de Marillac ha salido de su ensimismamiento escrupuloso por obra de la gracia y de su firme director, y es llevada a la acción caritativa por campos y ciudades como una maternal inspectora de las Caridades, y de las escuelas rurales que el Santo funda como fruto permanente de las Misiones en las parroquias. Da reglamentos adaptados a las necesidades de la ciudad y organiza totalmente la caridad en la ciudad de Beauvais, como antes (1621) lo había realizado en Majon.
El servicio personal al necesitado exige una vocación especial y las Caridades se resentían por falta de personal.
El Señor vino en ayuda de su siervo. Un día que había misionado un pueblecito cercano a París, una joven pastora, Margarita Naseau, que había aprendido a leer por su cuenta, se presentó al Santo para servir a los pobres. Es la primera hija de la Caridad. Margarita murió al poco tiempo víctima de la caridad, asistiendo a un apestado. Buen cimiento para la magna obra vicenciana de la hija de la Caridad, la "religiosa" sin claustro que asiste al pobre a domicilio en unión de las damas de la Caridad, enseña en las escuelas del pueblo donde no hay maestro, llega a los campos de batalla, ya en los tiempos del Santo, para atender a los heridos, cuida de los niños expósitos, obra ardua que sacó a flote San Vicente frente a todos los prejuicios de las damas de la Caridad; que acoge en sus casas a las mujeres ejercitantes, a las que el Santo señala como libro de meditación el Memorial del padre Granada; que se hace cargo del Hospital General de París y del Asilo del Nombre de Jesús construido por el Santo con un donativo de 100.000 libras (1642), a las que lleva por las regiones destrozadas por las guerras y hasta Polonia a servir, no a los grandes, aunque sean protectores, como la reina de Polonia, sino a los humildes.
SAN VICENTE DEFENSOR DE LA IGLESIA.-
Es un título que le cae muy bien en un siglo de errores y herejías. Primeramente en el Consejo de Conciencia (1647-1652), donde se trata de la elección de obispos. ¡Qué labor más dura para evitar la subida de ministros indignos y promover la de los mejores! Aquí se fraguó la renovación del alto clero de Francia, que había de luchar con el error, con la corrupción y, más tarde, con el galicanismo ya latente en el reinado de Luis XIV. El Santo aceptó este puesto delicadísimo para el bien del clero y de los religiosos (en cuya reforma tomó parte muy activa) y para el bien de los pobres. Trabajaba en ello con la reina española Ana de Austria y se enfrentaba con Mazarino para evitar el favoritismo en los cargos.
El jansenismo, con la herejía de las dos cabezas, la lucha contra la frecuente comunión y la falsa mística de Port-Royal son el viento helado que sopla fuertemente sobre la vida católica en Francia, y desde ella en otras naciones de Europa. Vicente, que es amigo del abate Saint Cyran, de Arnauld y del monasterio de Port-Royal, se ve en una difícil tesitura; pero su fe, inquebrantable y luminosa, su prudencia admirable y siempre su tesón humano y sobrenatural, le hacen el principal campeón contra el jansenismo, aunque todavía se silencia en algunas historias de la Iglesia de este período. En la vida del Santo editada por la B. A. C., el libro VI está dedicado a esta actuación de San Vicente (pp.512-591), donde, con documentación de primera mano, se manifiesta que él aunó a la mayoría de los obispos contra la herejía, alentó a los teólogos que la Sorbona envió a Roma, escribió cartas al Papa incluso e hizo la refutación doctrinal y práctica del jansenismo con sus obras de caridad, su reforma del clero y su mística optimista del alma. No es posible entrar en detalles en esta breve biografía.
Dilatando los espacios de la Iglesia el señor Vicente es padre de misioneros de fieles y de infieles. Establece misioneros en Túnez y Argel para ayudar espiritualmente a los esclavos y promover su rescate (1645). Envía a Irlanda, perseguida en su catolicismo por Cromwell, a sus misioneros que sostienen la fe de los fieles, "Siente una devoción especial en propagar la Iglesia en países de infieles por las pérdidas que sufre en Europa" (1646), como Santa Teresa de Jesús, aunque "mujer y ruin". Manda y sostiene continuas expediciones, devoradas muchas veces por la peste, de misioneros a Madagascar (1648). Promueve las misiones en Arabia; hace que las damas de la Caridad de la Corte sufraguen los gastos de las misiones anticipándose a la obra de Paulina Jaricot.
PADRE DE LA PATRIA.-
Las guerras de la Fronda, parlamentaria (1648-49), y de los príncipes (1650-1653) destruyen la vida de París y de sus alrededores y se unen a la de los Treinta Años, que no termina hasta la desgraciada paz de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1658), con el triunfo político de los protestantes traído por la ambición nacionalista de Richelieu y de Luis XIV, Es un panorama desolador que la pluma se resiste a describir. En esta hora es San Vicente el que moviliza todas sus fuerzas —misioneros, damas e hijas de la Caridad— y se aúna con la Compañía secreta del Santísimo Sacramento y con todas las Ordenes religiosas para aliviar el desastre material y moral de Francia. Recoge millones de libras haciendo la primera campaña nacional de caridad, editando los relatos de las miserias y de los medios necesarios, creando almacenes en París, dando misiones a los refugiados en su casa central de San Lázaro, buscando refugio para las religiosas y para los pobres vergonzantes, lo mismo que para los nobles huidos de Irlanda, creando para eso las conferencias de la caridad de hombres con el barón de Renty al frente. No es extraña la admiración de todos por el Santo y sus huestes, que le proclamaban oficialmente "Padre de la Patria".
Su labor pacificadora es audaz. Por tres veces habla con la reina para que prescinda de su funesto ministro Mazarino, y se atreve a decírselo al mismo interesado el 11 de septiembre de 1652: "Que el rey entre con voluntad de apaciguar los ánimos y todo quede tranquilo. No obstante, es preferible que el primer ministro se quede cierto tiempo fuera". El joven rey entró el 21 de octubre y proclamó la amnistía general. Pocos meses después volvía Mazarino, que pagó la carta del señor Vicente con retirarle del Consejo de Conciencia, que hoy diríamos Ministerio de Cultos.
De 1650 a 1660 San Vicente dirige todas sus obras en pleno rendimiento desde el sencillo aposento del cuartel general de San Lázaro, luchando a la vez contra el jansenismo, organizando las dos comunidades de misioneros e hijas de la Caridad, hasta que su modo secular de vida en común sea aprobado por Alejandro VII (1655). Recibe con inmenso gozo la bula que condena al jansenismo. Funda el asilo-taller para ancianos, comenta las reglas que ha dado a los misioneros y a las hijas de la Caridad, proyecta establecer a los misioneros en Toledo de acuerdo con el cardenal Moscoso y Sandoval (1657), dicta de continuo cartas a sus dos secretarios, reúne en su casa central a los Consejos de las obras, orienta a los que de toda Francia acuden a pedirle consejo y hasta proyecta con el caballero Paúl la liberación de todos los esclavos de Argel, el paso de sus misioneros al Canadá, etc.
EN LA SANTIDAD HA LLEGADO A CUMBRES INSOSPECHADAS.-
Su caridad es una llama que incendia a todos los que le rodean. "No es suficiente —exclama— que yo ame a Dios si mi prójimo no le ama." "Hemos sido elegidos como instrumentos de Dios, de su inmensa y paternal caridad, que quiere ver establecida en todas las almas." El Santo proclama a todo el mundo: "Las cosas de Dios se hacen por sí mismas, y la verdadera sabiduría consiste en seguir a la Providencia paso a paso sin adelantarle ni retrasarse". "Dios es amor y quiere que se vaya a Él por amor." Vicente, que tiene las manos llenas de obras e instituciones, que se duerme de fatiga, dice a su fiel e inquieta colaboradora que "es preciso honrar el descanso de Dios" y que "debemos honrar particularmente a su Divino Maestro en la moderación de su obrar". "¡Qué dicha —dice— no querer más que lo que Dios quiere, y no hacer sino lo que la Providencia presenta, y no tener nada más que lo que Dios nos ha dado!"
La mística de la acción apostólica y la unión fraterna de todos en Cristo y en el Padre Celestial: Este es el mensaje que San Vicente proyecta a todos los siglos como un eco potente del Evangelio y de la Iglesia, desde su sillón, donde muere plácidamente en las primeras horas del 27 de septiembre de 1660, bendiciendo, como Patriarca de la Caridad, a todas las instituciones que habrán de irradiar de su orientación y cuyo patrocinio universal le confió la Iglesia con fiesta especial el 20 de diciembre.
VEREMUNDO PARDO, C. M.
El mismo día: Santas Justa y Rufina, Vírgenes y Mártires
stas dos santas fueron dos hermanas que nacieron en Sevilla, en el seno de una familia muy modesta pero de firmes costumbres y sólida fe cristiana. En aquella época España era dominada por los romanos, y con ellos, la idolatría y la corrupción. Mientras tanto las dos hermanas se conservaban en santidad y pureza de costumbres, empleando todo su cuidado en conocer el Evangelio, en su propia santificación y en beneficio de sus prójimos. Todos los años celebraban los idólatras fiestas en honor de Venus, recordando la tristeza de ésta en la muerte de su adorado Adoni. Las mujeres recorrían las calles de la ciudad llevando al ídolo en sus hombros, importunaban a todos y les pedían una cuantiosa limosna para la festividad. Al llegar a la casa de Justa y Rufina, les exigieron adorar al ídolo; las dos santas se negaron y las mujeres, enfadadas, dejaron caer el ídolo rompiendo muchas vasijas. Las santas, horrorizadas por ver en su casa un ídolo, cogieron el ídolo y lo hicieron pedazos, provocando la ira de los idólatras que se lanzaron contra ellas.
Diogeniano, prefecto de Sevilla, las hizo prisioneras, las interrogó y las amenazó con crueles tormentos si persistían en la religión cristiana, a la vez que les ofrecía grandes recompensas y beneficios, si adolatraban a los ídolos. Las santas se opusieron con gran valor a las inicuas propuestas del Prefecto, afirmando que ellas sólo adoraban a Jesucristo. El Prefecto mandó que las torturasen con garfios de hierro y en el potro, creyendo que cederían ante los tormentos, pero ellas soportaban todo con alegría y sus ánimos se fortalecían a la vez que crecían las torturas.
Mandó entonces a encerrarlas en una lóbrega cárcel y que allí las atormentasen lentamente con hambre y con sed. Pero la divina Providencia les socorría y sustentaba con gozos inefables, según las necesidades del momento, provocando el desconcierto de los carceleros. Luego, el Prefecto quiso agotarlas obligándoles a seguirle descalzas en un viaje que él iba a hacer a Sierra Morena; sin embargo, aquel camino pedregoso era para ellas como de rosas. Volvieron a meterlas en la cárcel hasta que murieran. Santa Justa, sumamente debilitada, entregó serenamente su espiritu, recibiendo las dos coronas, de virgen y de mártir. El Prefecto mandó lanzar el cuerpo de la virgen en un pozo, pero el obispo Sabino logró rescatarlo. El Prefecto creyó que, estando sola, sería más fácil doblegar a Rufina. Pero al no conseguir nada, mandó llevarla al anfiteatro y echarle un león furioso para que la despedazase. El león se acercó a Rufina y se contentó con blandir la cola y lamerle los vestidos como un corderillo. Enfurecido el Prefecto, mandó degollarla. Asi Rufina entregó su alma a Dios. Era el año 287.
Se quemó el cadáver para sustraerlo a la veneración, pero el obispo Sabino recogió las cenizas y las sepultó junto a los restos de su hermana. Su culto se extendió pronto por toda la iglesia. Famoso y antiquísimo es el templo de Santa Justa en Toledo, el primero de los mozárabes.
El mismo día: San Ambrosio Auperto, Monje
an Ambrosio era un miembro distinguido de la corte de Pepino el Breve. Enviado por su soberano a una misión a Italia, tuvo ocasión de visitar el monasterio benedictino de San Vicente, en el ducado de Benevento. El espíritu y la observancia de los monjes le produjeron tal impresión, que ingresó al punto en la abadía. Después de su profesión y ordenación, predicó con gran éxito en la región; algunos de sus sermones se conservan todavía. Ambrosio vivió santamente, ignorado del mundo, consagrado sobre todo a escribir. Sus obras eran tan estimadas en la Edad Media, que su tratado sobre el conflicto de las virtudes y los vicios fue atribuido a San Ambrosio de Milán, a San Agustín, a San León IX y a San Isidoro de Sevilla, sucesivamente. Entre los escritos de Ambrosio se cuentan las vidas de los santos y un comentario del Apocalipsis.
Dom Morin escribe a propósito de las obras del santo: "Por su ciencia y estilo, San Ambrosio constituye un fenómeno raro, casi un enigma, ya que no podemos dejar de preguntarnos dónde y cómo pudo acumular tantos datos, si tomarnos en cuenta la época y el sitio en los que vivió." Tampoco entre sus contemporáneos le faltaron admiradores: Carlomagno solía consultarle (pues Ambrosio había sido en una época su tutor) y el Papa Esteban IV le trataba como a un amigo. Ambrosio gozaba de simpatías también en su monasterio.
Hacia el año 776, los monjes francos le eligieron abad; pero una coalición de monjes lombardos apoyaba a otro candidato llamado Poto. Enterado del asunto, el Papa Adriano I convocó a los dos rivales a Roma, pero San Ambrosio Autperto murió en el viaje. Fue sepultado en la basílica de San Pedro. Sus reliquias fueron trasladadas alrededor del año 1044, a la abadía que gobernó por tan corto espacio de tiempo.
Existe una breve biografía latina; puede verse en las obras de Muratori y Mabillon y en Acta Sanctorum, julio, vol. IV. Ver sobre todo G. Morin, Revue Bénédictine, vol. XXVII (1910), pp. 204-212; y Morin, Etudes, Textes Découvertes (1913), pp. 23, 488, 494, 498, 506. Cf. J. Winandy, Ambroise Autpert, moine et théologien (1953).
El mismo día: San Arsenio el Grande, Eremita
uando el emperador Teodosio el Grande buscaba a un hombre a quien confiar la educación de sus hijos, el Papa San Dámaso le recomendó a Arsenio, un senador tan versado en las ciencias sagradas como en las profanas. Arsenio se trasladó a Constantinopla para ejercer el cargo de tutor de los hijos del emperador. Se cuenta que en cierta ocasión Teodosio el Grande fue a ver a Arcadio y Honorio y los encontró sentados, mientras Arsenio les explicaba las lecciones de pie; al punto ordenó a sus hijos que en adelante escuchasen de pie las lecciones y pidió a Arsenio que tomase asiento. Pero Arcadio y Honorio no hicieron nunca honor a su tutor, quien, por otra parte, se sentía llamado a retirarse del mundo. Finalmente, después de haber pasado diez años en la corte, Arsenio oyó claramente la voz de Dios, que le decía: "Huye de la compañía de los hombres para salvarte."
Arsenio partió, pues, de Constantinopla y se trasladó por mar a Alejandría. Después de la muerte de Teodosio, los monjes con quienes Arsenio vivía se burlaban de él llamándole "Padre de los Emperadores"; Arsenio, que sufría por no haber conseguido hacer hombres decentes de sus dos pupilos, huyó al desierto para olvidar su fracaso. [Refiriéndose a Arcadio, el historiador Gibbon escribía: "Un osado escritor satírico, que se ha dedicado a atacar parcial y apasionadamente a los emperadores cristianos, comparaba al hijo de Teodosio con una de esas bestias que, en su inocente simplicidad, ni siquiera se dan cuenta de que son propiedad del pastor. La comparación no peca contra la verdad, pero su bajeza es un atentado contra la dignidad de la historia."]
Los superiores de los monjes de Esquela, ante quienes se presentó, le confiaron al cuidado de San Juan el Enano. Cuando los monjes se sentaron a comer, Juan el Enano se sentó con ellos, dejando a Arsenio de pie y sin saber qué hacer. Tal recepción era un rudo golpe para la vanidad de un antiguo miembro de la corte. Pero lo que siguió fue todavía peor: San Juan el Enano, tomando una rebanada de pan, se la arrojó a los pies y le dijo con aire de indiferencia que comiese si tenía hambre. Arsenio se sentó alegremente en el suelo a comer. San Juan quedó tan satisfecho al ver ese gesto, que consideró que no hacía falta probar más a Arsenio antes de recibirle y dijo a los monjes: "Este hombre será un buen fraile." Por falta de atención, Arsenio conservaba al principio ciertas costumbres cortesanas, como la de sentarse con la pierna cruzada, y sus compañeros veían en ello cierta ligereza o falta de recogimiento. Pero los monjes más antiguos, que tenían gran respeto por Arsenio, no querían humillarle en público haciéndoselo notar; así pues, se pusieron de acuerdo en que uno de ellos cruzaría la pierna en una reunión y soportaría sin replicar la reprensión de otro. Arsenio comprendió al punto la lección y no volvió a cruzar la pierna.
El nuevo monje pasaba el tiempo tejiendo esteras con hojas de palma. En vez de cambiar el agua en la que humedecía las hojas, se contentaba simplemente con añadir más según se iba consumiendo. Algunos monjes preguntaron a Arsenio por qué no tiraba el agua sucia, y el santo respondió: "con el mal olor del agua sucia hago penitencia por haber empleado, en otro tiempo, perfumes lujosos."
Arsenio vivía en la mayor pobreza; durante una enfermedad, hubo de mendigar la pequeña suma que necesitaba para procurarse medicinas. Como la enfermedad se prolongase, el sacerdote del desierto de Esquela trasladó a Arsenio a su propia celda y le recostó en un lecho de pieles de bestias salvajes, con una almohada en la cabecera. Algunos ermitaños condenaron el hecho como un lujo. En cierta ocasión, un empleado del emperador llevó a Arsenio el testamento de un senador que le había dejado por heredero de su fortuna. El santo tomó el documento y lo hizo pedazos, a pesar de que el enviado imperial le previno de que ello podría acarrearle dificultades. Arsenio se contentó con responder: "Yo morí antes que el senador y, por consiguiente, no puedo ser su heredero."
El santo debía practicar, sin duda, ayunos muy severos, pues, aunque se le daba una ración muy reducida de grano para lodo el año, él se las arreglaba para regalar a oíros una parte de ella.
Con frecuencia pasaba toda la noche en oración. Los sábados tenía por costumbre asistir a los rezos del crepúsculo y permanecer con los brazos en cruz hasta la salida del sol. Dos de los discípulos de Arsenio vivían cerca de él; se llamaban Alejandro y Zoilo. Algo más tarde, se añadió a esos dos discípulos un tercero llamado Daniel. Los tres se distinguieron por su santidad y sus nombres aparecen con frecuencia en las historias de los padres del desierto de Egipto.
Con frecuencia pasaba toda la noche en oración. Los sábados tenía por costumbre asistir a los rezos del crepúsculo y permanecer con los brazos en cruz hasta la salida del sol. Dos de los discípulos de Arsenio vivían cerca de él; se llamaban Alejandro y Zoilo. Algo más tarde, se añadió a esos dos discípulos un tercero llamado Daniel. Los tres se distinguieron por su santidad y sus nombres aparecen con frecuencia en las historias de los padres del desierto de Egipto.
San Arsenio admitía rara vez a los visitantes. En cierta ocasión, fue a visitarle Teófilo, el obispo de Alejandría, con algunos compañeros y le rogó que le diese algunos consejos para bien de sus almas. El santo les preguntó si estaban dispuestos a seguir sus consejos. Cuando los visitantes le respondieron afirmativamente, Arsenio les dijo: "Bien, entonces os mando que, cuando alguien os pregunte dónde vive Arsenio, no se lo digáis o bien, decidles que se eviten la molestia de ir a visitarle y que le dejen en paz."
El santo no visitaba nunca a sus hermanos, a los que veía de cuando en cuando en las conferencias espirituales. El abad Marcos le preguntó un día por qué rehuía de esa manera la compañía de sus hermanos. Arsenio replicó: "Dios es testigo de que os amo de todo corazón. Pero, como no puedo estar con Dios y con los hombres al mismo tiempo, prefiero dedicarme a conversar con Dios."
Sin embargo, no dejaba por ello de dirigir espiritualmente a sus hermanos, y todavía se conservan algunos de sus dichos. Con frecuencia repelía: "Muchas veces he tenido que arrepentirme de haber hablado, pero nunca me he arrepentido de haber guardado silencio." Solía también traer a colación lo que San Eutimio y San Bernardo se repetían para renovar su fervor: "Arsenio, ¿por qué abandonaste el mundo y para qué has venido a la religión?" En cierta ocasión, los monjes le preguntaron por qué pedía consejo a un iletrado, puesto que él era tan versado en las ciencias. Arsenio replicó: "Es cierto que conozco un poco de las culturas griega y romana; pero todavía me queda por aprender el "ABC" de la ciencia de los santos, y este monje ignorante lo conoce a la perfección."
Evagrio del Ponto, que se había retirado al desierto de Nitria el año 385, después de haberse distinguido en Constantinopla por su saber, preguntó al santo por qué tantos hombres muy versados en las ciencias hacían tan pocos progresos en la virtud, en tanto que algunos egipcios analfabetas alcanzaban un alto grado de contemplación. Arsenio respondió: "Si nosotros no progresamos, es porque nos gloriamos de la vana ciencia que poseemos; en cambio, esos analfabetas egipcios, que conocen perfectamente su debilidad, ceguera e insuficiencia, avanzan en la virtud por el verdadero camino de la humildad."
Los autores antiguos hablan muy frecuentemente del gran don de lágrimas de San Arsenio, que lloraba sus propios pecados y los del prójimo, particularmente la debilidad de Arcadio y la falta de juicio de Honorio.
San Arsenio era bien parecido y muy alto, aunque con los años se encorvó un poco. Era de figura elegante y su rostro reflejaba a la vez la majestad y la mansedumbre. Su cabello era muy blanco y la barba le llegaba hasta la cintura; pero las lágrimas que derramaba continuamente le habían carcomido los párpados. Tenía cuarenta años cuando abandonó la corte y vivió hasta los noventa y cinco años en la mayor austeridad. Estuvo cuarenta años en el desierto de Esquela, hasta que la irrupción de los bárbaros le obligó a salir de ahí, hacia el año 434. Entonces se retiró a la roca de Troe, que dominaba la ciudad de Menfis y, diez años más tarde, a la isla de Canopo en las costas de Alejandría; pero, no pudiendo soportar la proximidad de dicha ciudad, se retiró a morir a Troe. Sus hermanos, viéndole llorar en sus últimas horas, le preguntaron: "Padre, ¿por qué lloras? ¿Tienes miedo de morir, como tantos otros?" Arsenio respondió: "Sí, tengo miedo y no he dejado de temer ni un solo instante desde que fui al desierto." Sin embargo, Dios le concedió una muerte muy apacible, y el santo pasó al Señor lleno de fe y de la humilde confianza que inspira la caridad perfecta, el año 449 o 450. En el canon de la misa del rito armenio se menciona su nombre.
En Acta Sanctorum se halla la biografía griega escrita por Teodoro el Estudita, con una traducción latina. En 1920, T. Nissen editó un texto de dicha biografía, que los bolandistas no conocían, en Byzant. Neugriech. Jahrbuch, pp. 241-262. Ver también el comentario de Acta Sanctorum, julio, vol. IV, y DCB., vol. I, pp. 172-174.
El mismo día: Santa Macrina la Jóven
acrina era la mayor de los diez hijos de San Basilio el Mayor [San Basilio el Mayor fue el padre de San Basilio el Grande (14 de junio), hermano de Sta. Macrina la joven (N. de E.)] y Santa Emelia. Nació en Cesárea de Capadocia, hacia el año 330 y su madre la educó con particular esmero, la enseñó a leer y vigilaba cuidadosamente sus lecturas. El libro de La Sabiduría y los Salmos de David eran las obras predilectas de Macrina, quien no descuidaba por ello los deberes domésticos y los trabajos de hilado y costura. A los doce años fue prometida en matrimonio, pero su prometido murió súbitamente y Macrina se negó a aceptar a ninguno de los otros pretendientes para dedicarse a ayudar a su madre en la educación de sus hermanos y hermanas menores.
San Basilio el Grande, San Pedro de Sabástea, San Gregorio de Nissa y los otros hermanos de Macrina, aprendieron de ella el desprecio del mundo, el temor a la riqueza y el amor a la oración y la palabra de Dios. Según se dice, San Basilio volvió muy envanecido de sus estudios, y su hermana le enseñó a ser humilde.
Por otra parte, Macrina fue "el padre y la madre, el guía, el maestro y el consejero" de su hermano menor, San Pedro de Sebástea, pues San Basilio el Mayor, murió poco después del nacimiento de su último hijo. A la muerte de su padre, San Basilio estableció a su madre y a su hermana Macrina en una casa a orillas del río Iris; las dos santas mujeres se entregaron ahí a la práctica de la ascética con otras compañeras.
A la muerte de Santa Emelia, Macrina repartió entre los pobres su herencia y vivió del trabajo de sus manos. Su hermano Basilio murió a principios del año 379, y Macrina cayó gravemente enferma nueve meses después. Cuando San Gregorio de Nissa llegó a visitarla después de nueve años de ausencia, la encontró en un lecho de tablas. El santo quedó muy consolado al ver el gozo con que su hermana soportaba la tribulación y muy impresionado del fervor con que se preparaba para la muerte. Santa Macrina exhaló el último suspiro en un transporte de gozo al atardecer. Era tan pobre, que para amortajar el cadáver no se encontró más que un vestido viejo y una tela muy burda; pero San Gregorio regaló con ese fin una túnica de lino. El obispo del lugar, llamado Arauxio, dos sacerdotes y el propio San Gregorio transportaron el féretro y, durante la procesión funeraria, se cantaron los salmos; pero la afluencia de la multitud y las lamentaciones del pueblo, especialmente de algunas mujeres, perturbaron mucho la ceremonia.
En un diálogo sobre el alma y la resurrección y en un panegírico dedicado al monje Olimpio, San Gregorio dejó trazada la biografía de su hermana Macrina, con muchos detalles sobre su virtud, su vida y su entierro. En el panegírico mencionado, el santo habla de dos milagros: el primero de ellos fue que Santa Macrina recobró la salud cuando su madre trazó sobre ella la señal de la cruz; en el segundo caso, la santa curó de una enfermedad de los ojos a la hijita de un militar. San Gregorio añade: "Creo que no es necesario que repita aquí todas las maravillas que cuentan los que vivieron con ella y la conocieron íntimamente... Por increíbles que parezcan esos milagros, puedo asegurar que los consideran como tales quienes han tenido ocasión de estudiarlos a fondo. Sólo los hombres carnales se rehúsan a creerlos y los consideran imposibles. Así pues, para evitar que los incrédulos sean castigados por negarse a aceptar la realidad de esos dones de Dios, he preferido abstenerme de repetir aquí esas maravillas sublimes..." Este comentario confirma, una vez más, el dicho de que sólo un santo puede escribir la vida de otro santo.
Apenas si sabemos algo sobre Santa Macrina, fuera de lo que cuenta su hermano, San Gregorio de Nissa. El texto griego se halla en las obras del santo. En Acta Sancionan, julio, vol. IV, hay una traducción latina. También existe una traducción inglesa hecha por W. K. Lowther Clarke (1916). En el rito bizantino se celebra la fiesta de Santa Macrina .
El mismo día: San Símaco, Papa

l Líber Pontificalis afirma que San Símaco era hijo de un tal Fortunato y que nació en Cerdeña. Recibió el bautismo en Roma, donde llegó a ser archidiácono del Papa Anastasio II, a quien sucedió en el pontificado el año 49o. Pero el día mismo de la elección de San Símaco, una minoría del clero, que simpatizaba con Bizancio, se reunió en Santa María la Mayor y eligió Papa a Lorenzo, arcipreste de Santa Práxedes. En la empresa les ayudó, con dinero, un senador llamado Festo, a quien Anastasio, el emperador de Constantinopla que debía proteger más tarde a los monofisitas, había pagado para que procurase que el nuevo Papa confirmase el documento imperial conocido con el nombre de "Nenótikon de Zenón", condenado por su predecesor. Tanto San Símaco como Lorenzo apelaron al arriano Teodorico, rey de Ravena, quien zanjó la cuestión en favor de San Símaco, porque éste había sido elegido antes que Lorenzo y por un número mayor de miembros del clero. Teodorico aprovechó la ocasión para afirmar que Símaco "amaba al clero y al pueblo y era bueno, prudente, amable y gracioso." Sin embargo, la sentencia de Teodorico no puso fin a las dificultades que habían de perturbar la primera mitad del pontificado de San Símaco.
El nombre del santo no figura en los martirologios más antiguos, y apenas sabemos algo sobre su vida. Cuando Trasimundo, el rey arriano, desterró a Cerdeña a muchos obispos del África, San Símaco les envió dinero y vestidos para ellos y sus fieles. Todavía se conserva la carta que les escribió para consolarlos y que les envió junto con algunas reliquias de mártires. San Símaco fundó tres posadas para los pobres, socorrió a las víctimas de las incursiones de los bárbaros en el norte de Italia y rescató a numerosos cautivos. También decoró o restauró varias iglesias de Roma y construyó las basílicas de San Andrés, de San Pancracio extra muros y de Santa Inés, en la Vía Aurelia. Según la costumbre de la época, todos estos hechos se conmemoraron en inscripciones. En una de ellas, refiriéndose al fin de las dificultades con el antipapa Lorenzo, San Símaco dice: "Los lobos han cesado de mordernos." El santo Pontífice murió el 19 de julio de 514 y fue sepultado en San Pedro.
La figura de San Símaco pertenece a la historia general de la Iglesia, de suerte que su biografía detallada puede verse en obras como la de Hefele-Leclerq, Conciles, vol. II, pp. 957-973, 1349-1372; Grisar, Geschichte Roms und der Päpstum, etc. Cf. Duchesne, L´Eglise au VIe. siécle (1925), pp. 113-130. Véase también el Líber Pontificalis (Duchesne), vol. I, pp. CXXXIII ss., 44-46 y 260-263. Las cartas de San Símaco se hallan en Thiel, Epp. Rom. Pont.









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