"La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega".


(Pío XI, Encl. Rerum Omnium)


Para algunos lectores inquiridores en particular, y para todos en general, la mayoría de las hagiografías de este santoral están tomadas de la obra El Año Cristiano, publicado por la BAC en 1966 en 4 tomos, uno por trimestre.

martes, 21 de julio de 2009

21 de Julio, Festividad de San Lorenzo de Brindisi, Predicador y Doctor de la Iglesia




l Santo nació en Brindis, cerca del lugar en que la bota italiana llevaría la espuela contra el Balcán turco. Era en julio de 1559. Tres semanas después, el viejo papa Paulo IV, duro campeón de la reforma católica, moría en Roma. El populacho mostraba su alegría por verse libre de su firme puño, y echó abajo la estatua del Pontífice. El recién nacido heredaría en cierto modo el celo del reformador difunto, pero sabría ser más caritativo y más flexible.

Había nacido de noble familia. Recibió en el bautismo el nombre de Julio César. Se cuenta que a los seis años predicó en la catedral y que el auditorio quedó transportado de admiración. Reduzcamos las cosas a sus justos límites, no es imposible que participara en alguna fiesta infantil, al estilo de las que tan frecuentemente vemos organizarse en las catequesis. Y nada tendría de raro que el despierto muchacho, puesto en una ocasión tal, encantara a su auditorio por el despejo y la soltura con que trataba de las verdades religiosas.

Muerto su padre, César entra en los franciscanos conventuales, y queda allí hasta la edad de catorce años. Pero ya hemos dicho cuál es el emplazamiento de Brindis. Los turcos amenazaban con su poder creciente la pequeña ciudad y César, con su madre, se refugia en Venecia, donde un tío suyo cuidará tiernamente de su formación. El adolescente no había olvidado el ideal franciscano. Y el 17 de febrero de 1575 entra en la Orden capuchina tomando el nombre de Lorenzo. Su ingreso tuvo lugar en el convento de Verona. Novicio modesto y grave, penitente hasta el extremo, cayó enfermo y hubo que retrasar su profesión. Por fin, el 24 de marzo, víspera de la Anunciación, pudo hacerla.

El futuro doctor de la Iglesia recibió en la Orden capuchina una formación verdaderamente excepcional. Enviado a estudiar a Padua, conoció a fondo la Sagrada Escritura, y así, durante su vida, hemos de verle muchas veces discutir directamente sobre el texto hebreo con los herejes y los judíos. Tuvo un conocimiento de idiomas poco corriente, pues hablaba el francés, el alemán, el griego, el siríaco y el hebreo, Su formación teológica era tal que, no siendo aún sacerdote, predicó dos cuaresmas en Venecia, ciudad nada fácil para un predicador bisoño. Alguna de sus conquistas apostólicas tuvo enorme resonancia en la ciudad, así, por ejemplo, la de aquella cortesana que, venida al sermón con ánimo de hacer alguna mala conquista, fue conquistada por Cristo.
Una vez Sacerdote, sus trabajos continuaron a un ritmo todavía más vivo. Durante tres años, por encargo de Clemente VIII, predica a los judíos de Roma, obteniendo buenos resultados gracias a sus conocimientos de hebreo. Pero las dos grandes empresas de su vida habían de ser la lucha antiprotestante y la cruzada contra los turcos.

El historiador, aun profano, que recorra sumariamente los acontecimientos religiosas de la edad postridentina, y estudie la contraofensiva de la restauración católica, tropezará necesariamente con la figura de este capuchino italiano que, aun perteneciendo a la provincia de Venecia, fue enviado en 1599 a Austria, al frente de un grupo de doce hermanos suyos, con los que se estableció en Viena, Graz y Praga. Llegaba allí Lorenzo precedido de la fama de religioso austero, de hombre cultísimo, de predicador iluminado, de polemista eficaz. A sus cuarenta años de edad había recorrido ya con éxito asombroso toda Italia. Y, en efecto, en Praga sus predicaciones conmueven la opinión publica y provocan la reacción de los protestantes que solicitan del emperador Rodolfo II su expulsión.

Un doble paréntesis se abre en su acción antiprotestante, para atender a la guerra contra los turcos, y al cargo de ministro general de su propia Orden (1602-1605). Pero apenas libre de los cuidados de este cargo, vuelve de nuevo a la lucha, primero en Praga (1606-1610), y después en Munich (1610-1613), junto a su amigo íntimo el duque Maximiliano, de Baviera. Se esforzó en la constitución de una liga de príncipes católicos de Alemania que pudiera oponerse a la unión de los protestantes, y con una misión oficial en Madrid conquistó que se adhiriera y ayudara financieramente a dicha liga el rey Felipe III de España. Cuando parecía seguro que iba a tener que marchar de Alemania, una intervención del cardenal Dietrichstein ante el papa Paulo V lo impidió. Así él pudo continuar su trabajo. Obtuvo después el restablecimiento de la paz entre las autoridades españolas y el duque de Saboya, Carlos Manuel el Grande, en 1618, y desarrolló una feliz legación en Madrid y Lisboa (1618-1619), en defensa de la ciudad de Nápoles contra la tiranía del virrey Osuna.

Es difícil sintetizar en pocas líneas la colosal labor de este predicador. "Dios me ha llamado —repetía— a ser franciscano para la conversión de los pecadores y de los herejes." Y, en efecto, predicó, de manera incesante, en Italia, en Hungría, en Bohemia, en Bélgica, en Suiza, en Alemania, en Francia, en España y en Portugal. Apoyado por los jesuitas, desarrolló una admirable labor en la Europa central, y sembró de conventos franciscanos gran parte de estas naciones en las que había predicado.

Hacía falta también un animador espiritual en la lucha contra los turcos, que golpeaban las puertas del Imperio. El papa Clemente VIII envió a San Lorenzo de Brindis al emperador Rodolfo II "seguro de que él solo valdría lo que un ejército". Y, en efecto, San Lorenzo fue el brazo derecho del príncipe Felipe Manuel de Lorena, que consiguió el año 1601 una victoria resonante sobre el Islam en Stuhiweissenburg (Alba Real) contra la masa de cerca de 80.000 turcos, capitaneados por Mohamet III, que se aprestaba a invadir la Stiria y amenazaba conquistar Austria, invadiendo desde allí Italia y Europa entera. San Lorenzo nos escribió una preciosa crónica de la campaña y, aunque ocultase en parte sus rasgos de valor, capitanes y soldados le aclamaron como el principal autor de la batalla. No cabe la menor duda de que también San Lorenzo pudo ejercitar, en aquel cosmopita ejército, su conocimiento de idiomas. Lo que es cierto es que resultó un admirable capellán militar, que a la hora de la victoria únicamente se lamentaba de no haber podido lograr con aquella ocasión el mérito del martirio.
Recientemente, en marzo de 1959, Su Santidad el Papa elevó a San Lorenzo de Brindis a la dignidad de doctor de la Iglesia universal, después de haber escuchado el parecer de la Sagrada Congregación de Ritos. Es el tercero de los franciscanos que recibe este honor, después del doctor seráfico, San Buenaventura, y del doctor evangélico, San Antonio de Padua. A San Lorenzo de Brindis podría cuadrar bien el título de doctor apostólico.

Independientemente de su admirable predicación por toda Europa, nos dejó San Lorenzo una multitud de obras editadas desde 1926 a 1956 en una espléndida colección de quince volúmenes, que nada deja que desear ni en cuanto al aparato científico ni en cuanto a la magnífica presentación tipográfica. Allí encontramos más de ochocientos sermones, que ocupan once de los quince volúmenes: Marial, Quadragesimales, Adviento, Domingos del año, santoral, etc. Se ha señalado que estos once volúmenes constituyen un admirable ejemplo de lo que modernamente se ha llamado teología kerigmática, y que esta manera de exponer las verdades eternas le sitúa en la línea de clásica actividad pastoral de los Santos Padres y de los grandes Doctores obispos. En especial, destaca su admirable mariología, de una claridad de conceptos verdaderamente extraordinaria.

Encontramos también en su obra literaria reflejada la actividad que desarrolló en pro de la conversión de los judíos. Estas tareas y la enseñanza de la Sagrada Escritura a los religiosos de su Orden, juntamente con su conocimiento profundo del hebreo y suficiente del arameo y el caldeo, le permiten mostrarse como espléndido exegeta en su Explanación del Génesis. Uniendo una sana filosofía con profundos conocimientos teológicos, trata de manera magistral todas las cuestiones referentes a Dios Creador, a sus atributos, a los ángeles, a la naturaleza y composición del hombre, a la institución matrimonial, etc., etc.
También se refleja en su obra literaria el admirable apostolado antiprotestante que desarrolló. Tuvo en Praga una disputa con el luterano Policarpo Leiser, teólogo escritor y predicador de la corte del príncipe elector de Sajonia. Reflejo de aquella disputa son los tres volúmenes de la Lutheranismi hypotyposis, manual práctico de apología de la fe católica y confutación de la interpretación protestante. El vigor de la dialéctica teológica está sostenido por la exactitud del estudioso, que se informa sobre la génesis histórica y doctrinal del protestantismo directamente en la literatura y en los símbolos protestantes, en una cuarentena de autores reformados, sin excluir los manuscritos y los libelos, además de las obras de Lutero. En esta empresa, defensiva y confirmativa al mismo tiempo, característica de una época en que la controversia adquirió tanta importancia, San Lorenzo emula, con acentuación polémica, la acción de San Pedro Canisio y simplifica, para el uso ministerial, el método escolástico de las Disputationes de San Roberto Belarmino.

La proclamación de San Lorenzo como Doctor de la Iglesia universal contribuirá al conocimiento de su biografía y, consiguientemente, de su influencia en la historia del pensamiento y en la misma marcha política de Europa. Porque aún ocultan muchísimos documentos interesantes los archivos europeos, que podrán dar luz sobre aspectos desconocidos de su increíble actividad.
En medio de tareas tan extraordinarias, acogido en todas partes como un santo, habiendo obtenido ciertos éxitos extraordinarios en su acción diplomática, se mantuvo siempre, aunque rodeado de ovaciones, sencillo y afable, revestido de una humildad típicamente franciscana. Rechazaba los honores con la mayor naturalidad. Permaneció siempre fiel a su costumbre de dormir sobre tablas, de levantarse durante la noche para salmodiar, de ayunar con frecuencia a pan y verdura, de disciplinarse cruelmente y, sobre todo, de meditar con asiduidad los sufrimientos de Cristo.

Se encontraba en Lisboa, tratando con Felipe III la causa de los napolitanos vejados y oprimidos por el virrey, cuando le llegó la muerte. Era el 22 de julio de 1619. Su cuerpo fue llevado al convento de monjas franciscanas de Villafranca del Bierzo, en Galicia. Fue beatificado por Pío VI en 1783 y canonizado por León XIII en 1881. Según hemos dicho, Su Santidad el Papa Juan XXIII, el 19 de marzo de 1959, le otorga el título de Doctor de la Iglesia por el breve Celsitudo ex humilitate. "Con esta proclamación la Iglesia adscribe oficialmente al senado luminoso de sus maestros, que unen la santidad con una ciencia sagrada auténtica y excelente, su trigésimo miembro."

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA


El mismo día: Conmemoración de Santa Práxedes





u nombre trae a la memoria el de Pedro en el momento histórico de plantar la Iglesia en Roma con la palabra y la sangre. Bien pronto el príncipe de la Iglesia engendró para Cristo al senador romano Pudencio, y con él a sus hijas Pudenciana y Práxedes, según atestiguan las actas. Fue en su casa donde por primera vez ondeó la cruz, guión y cifra de una fe que descuaja los montes y de una esperanza que busca la inmortalidad. Hasta ayer el senador ha errado por un desierto sin caminos, palpando en las tinieblas sin luz. Hoy la cruz es camino y es luz vertida torrencialmente en su alma por el bautismo y en su hogar por la incorporación a la Iglesia. junto a la cruz se alza el ara, y sobre el ara se acuesta el Cordero que, con mano temblorosa, sacrificará el pescador de Galilea. Prudencio vio con alegría íntima cómo su morada se trocaba en cenáculo de la nueva Ley.
La historia nos dice que los primeros lugares del culto cristiano eran las mansiones de los miembros mejor acomodados, los cuales ante la ley figuraban como propietarios en épocas en que a la Iglesia no se la reconocía, como corporación, título alguno de propiedad. Los nombres de las más antiguas iglesias titulares de Roma, como la iglesia de San Clemente, la iglesia de Santa Cecilia y la iglesia de Santa Pudenciana. conservados hasta nuestros días, pregonan los nombres de sus propietarios primitivos. Los mismos Hechos de los Apóstoles se adelantan a consignar diferentes reuniones litúrgicas en casas privadas. Y las circunstancias de otras ciudades y lugares eran similares a las de Jerusalén y Troas. Más tarde, creciendo el número de cristianos, se impusieron los templos propios, pasando la propiedad de los mismos, al menos desde mediados del siglo III, a las comunidades como tales. Santa Práxedes rogó y obtuvo que la casa paterna fuera consagrada después como iglesia con el título de Pastor.

Aunque históricamente no nos consta, nos hace ilusión imaginarnos aquella mansión señorial a la usanza romana: con los dos patios, el atrio, el peristilo, alrededor de los cuales estaban los aposentos. Posiblemente uno de los patios se transformará en lugar de reunión, y las dependencias anexas se conservarán para la custodia de objetos y libros y habitación del obispo. Cada uno de aquellos lugares conservaba el recuerdo perfumado del paso del Vicario de Cristo y primer obispo de Roma. Su diseño sirvió como esquema arquitectónico para levantar las primeras basílicas, y la designación "domus ecclesiae", tan familiar en la época preconstantiniana para designar el templo, autoriza a creer que entonces las iglesias no diferían esencialmente de la forma y distribución de la antigua casa privada.

La familia del senador Pudencio fue levadura que fermentó una masa pagana y reventó en un ambiente enrarecido y hostil. Las tinieblas eran demasiado densas y el credo cristiano se abría paso lentamente, penosamente. Era el momento del pusillus grex discutiéndole al demonio sus conquistas y desalojándole de sus posiciones en lucha heroica por la verdad. Muchos caían, y del polvo de sus huesos nacían nuevos servidores del Dios verdadero. Hacerse cristiano era sacar entrada para el martirio. La Iglesia se debatía en la clandestinidad con un enemigo siempre al acecho y manejando con refinamiento todos los resortes: autoridad, astucia, soborno, dinero, pasiones, desesperación, El arrojo de los mártires, la valentía de los apologistas, como San Justino, y la honradez de quienes vivían haciendo bien y morían bendiciendo, amando, perdonando... eran las únicas armas que apoyaban las ideas renovadoras del cristianismo. En este clima de lucha y heroísmo, de persecución y de rabia, despertó Práxedes a la vida.

Su misma cuna se vio mecida en la iglesia de la comunidad cristiana. Allí pudo sorprender el latido íntimo del pastor, San Pío I, y la difícil situación de la Iglesia. Asumía con entusiasmo los servicios de prevenir y aderezar cuanto los actos de culto exigían. Le resultaba familiar la voz del Vicario de Cristo y guardaba en su corazón, ilusionada, su palabra de vida. Tan cerca de Dios, saltó la chispa, y Práxedes sintió quemársele las entrañas en fuego divino. Pensó que ella misma podía ser ofrenda, como la hostia que el Papa alzaba en sus manos al celebrar. Pensó que su corona mas brillante habría de comprarla con la moneda preciosa de la virginidad. Desde aquel día fue virgen de Cristo, por Cristo y para Cristo.

"Todo el arte de los sacrificios —escribió Platón en El banquete— no tiene otro fin que conservar el amor. Le está encomendado cuidar del amor entre los hombres y los dioses, y producirlo." El cristiano, Práxedes, corrigiendo al filósofo, diría que el fin del sacrificio es comprar el amor de Dios. Y a cualquier precio. El amor de Dios es el tesoro escondido en el campo. Y cuando por la fe se descubre el lado más fino, más delicado de ese amor, el cristiano lo vende todo, renuncia a todo y sale ganando en la operación. El amor de Dios es amor virginal. Por ese amor la virgen no da algo, se da a sí misma. No divide su corazón. Consagra la unidad servida por la integridad de alma y de cuerpo. Por la fe descubrió Práxedes el misterio de la virginidad. Muy temprano entendió lo que dejó consignado Baruc: "Las estrellas fueron llamadas de la nada por el Señor, y exclamaron: "Henos aquí". Y lucieron para Él con alegría". Llamada Práxedes a la luz, como una estrella lució siempre para Él. Su lámpara nunca se extinguió. Repetidas veces golpearon su puerta mendigos del amor. Para todos, siempre, invariablemente, tuvo la misma respuesta: "Alguien se adelantó y ninguno de vosotros le iguala. Amándole soy casta, estrechándole vivo limpia: entregándome a Él no mancillo mi virginidad". ¡Qué bien comprendió Práxedes que la virginidad es fruto exquisito de nuestra religión, que nace en la misma Trinidad, baja a la tierra en brazos del Verbo y se revela a la humanidad en el misterio de una maternidad virginal! La virginidad cristiana no se impone. Se resuelve en un campo de absoluta libertad y consciente valoración. El fiat de Práxedes a Cristo brindándole la virginidad es libre, consciente y meritorio como el de María para la maternidad. La virginidad realzó la limpieza de sangre, claridad de ingenio, nobleza y hermosura de Práxedes. Penetró en la bodega del Esposo y bebió hasta embriagarse del mejor de sus vinos.

San Vicente de Paúl podría inspirarse en los gestos caritativos de la virgen Práxedes para escribir aquella página luminosa a las Hijas de la Caridad: "El fin principal para el que Dios las ha llamado es para honrar a nuestro Señor sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, unas veces como niño, otras como necesitado, otras como enfermo y otras como prisionero". Para el Apóstol de la Caridad los pobres pasan a ser "nuestros señores".

Práxedes mantiene abiertas las puertas de su casa día y noche. Su casa será escuela, y asilo, y hospital, y templo, y lugar de refugio para los perseguidos. Saben los cristianos de Roma que a su sombra están defendidos y guardados. Acuden a ella para reanimar la fe que vacila, seducidos por promesas tentadoras o aterrados por las torturas. Es catequista ardiente e incansable que los lleva al sacerdote o a la Eucaristía para devolverles una fe que perdieron o empujarles con mayor entusiasmo a la lucha. Su actuación abarca el cuadro completo de la misericordia corporal y espiritual. Si los cristianos se ven impedidos de acudir irá ella a su encuentro. Las cárceles, los lugares de tortura y de hacinamiento la vieron a diario y se estremecieron con su sonrisa, con la fuerza de su palabra y con la ternura de su corazón virginal. Práxedes no rastrea como serpiente; vuela como águila hasta las mismas regiones del sol. Demostró que la virgen ha de ser lámpara —la pintura es evangélica— siempre encendida, siempre ardiendo por la caridad interior hacia Dios, y por la caridad exterior hacia los prójimos, miembros débiles, enfermos tarados de Cristo. De su patrimonio hizo dos partes: la una para el servicio del Señor y la otra para alivio de los pobres. Su vida entera, su tiempo, su ilusión, su dinero..., todo giraba en esa órbita sobrenatural.
El emperador Antonino Pío sorprendió en la casa de Práxedes, con el presbítero Simetrio, a otros veintidós cristianos, a los cuales, sin previo proceso, mandó degollar. La Santa los envidió y con santa osadía argumentaba al tirano, como luego públicamente lo haría el apologista San Justino: "Si encontráis todo esto razonable, respetadlo; si lo juzgáis ridículo, despreciadlo; pero no condenéis a muerte a los hombres inocentes que no han hecho ningún daño".

La copa se había colmado y Práxedes retornaba a su Dios, como una estrella que lucirá desde entonces en otro hemisferio. Era el 21 de julio del año de gracia 159. Las reliquias, en su mayor parte, se guardan en la iglesia de su título. Una parte de ellas pasó a Mallorca, donde reciben veneración.

LIBRADO CALLEJO

El mismo día: San Víctor de Marsella y compañeros mártires






l poco tiempo de haber mandado degollar a toda la legión Tebea, fue el emperador Maximiano a Marsella, donde había una iglesia numerosa y floreciente. A su llegada temblaron por su vida todos los fieles de la ciudad y se prepararon para el martirio. Durante esta general consternación un oficial cristiano, llamado Víctor, iba todas las noches de casa en casa a visitar a sus hermanos en Jesucristo para exhortarles al desprecio de la muerte, e inspirarles el deseo de la vida eterna. Habiendo sido sorprendido en una acción tan digna de un soldado de Cristo, fue conducido al tribunal de los prefectos Asterio y Eutiquio, que le representaron el peligro que corría, y cuán loco era de exponerse a perder el fruto de sus servi cios y el favor del príncipe, por querer adorar a un hombre muerto. Contestó Víctor que renunciaba a todas las ventajas, que no podía servir mas que a Jesucristo, Hijo eterno de Dios, que se ha bía dignado hacerse hombre y que había resucitado después de muerto. Semejante respuesta excitó furiosos gritos de indignación, pero como el prisionero era persona ilustre, lo enviaron al emperador Maximiano, el cual, para torcer la constancia de Víctor lo hizo atar de pies y manos y mandó que lo paseasen por todas las calles de la ciudad, exponiéndolo así a los insultos del populacho. A la vuelta de este público desprecio, lo presentaron todo cubierto de sangre a los prefectos, y Asterio :mandó que lo extendiesen sobre el caballete, donde los verdugos le atormentaron por largo espacio. Encerránronle después en una lóbrega prisión, en la cual, a media noche, le visitó el Señor por el ministerio de sus ángeles. La cárcel se llenó de admirable claridad. El santo mártir cantaba con los espíritus celestiales las alabanzas del Señor. Tres soldados encargados de custodiar le quedaron tan asombrados de lo que pasaba, que arrojándose a los pies de Víctor, le pidieron perdón y la gracia del bautismo. Llamábanse Longinos, Alejandro y Feliciano, los cuales fueron bautizados aquel día, y Víctor les sirvió de padrino. Al día siguiente, supo todo esto el emperador, y montado en cólera hizo trasladar los cuatro santos a la plaza pública, donde fueron cargados de injurias por la plebe soez y cortadas las cabezas de los tres centinelas. Tres días después llamó de nuevo el emperador a Víctor a su tribunal y le mandó adorar una estatua de Júpiter puesta sobre un altar, pero Víctor, lleno de fe en Jesucristo, dio un puntapié al altar, y lo derribó juntamente con el ídolo hecho pedazos. El tirano, para vengar a sus dioses, le hizo cortar el pie ordenando luego que metiesen al mártir debajo de la rueda de un molino. Como a la primera vuelta el molino se descompusiese, sacaron de allí al santo y le cortaron la cabeza. Su cuerpo, junto con los cadáveres de Longinos, Alejandro y Feliciano, fueron arrojados al mar, pero los cristianos los encontraron sobre la orilla y les dieron honrosa sepultura.

REFLEXIÓN

Mostróse san Víctor muy digno de su nombre, porque fue ilustre y glorioso vencedor de todos los poderes de la tierra y del infierno. Por esta causa triunfa ahora en el paraíso con todos los santos mártires a quienes animó a alcanzar también victoria de los tiranos y tormentos. Hagamos asimismo nosotros obras dignas del nombre que llevamos, imitando las virtudes del santo cuyo nombre nos pusieron en el bautismo, para que, así como ahora nos honramos con su nombre, participemos después de su eterna recompensa.

ORACIÓN

Oh Dios, que nos concedes la gracia de celebrar el nacimiento para el cielo de los gloriosos mártires Víctor y sus compañeros, concédenos también la de gozar de tu eterna bienaventuranza en su santa compañía. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.






El mismo día: San Daniel, Profeta






aniel es un profeta del Antiguo Testamento. Su nombre es raro en la Escritura. En 1 Par. 3,1, figura un Daniel entre los hijos que le nacieron a David en Hebrón y del cual nada se dice en la historia sucesiva. En 1 Esd. 8, 2, aparece otro Daniel entre los repatriados que subieron con Esdras de Babilonia a Jerusalén. Ninguno de éstos tiene nada que ver con nuestro profeta. Pero en Ez. 14, 14.20, se hace mención de un personaje conspicuo en la forma siguiente: "Hijo de hombre: Cuando, por haberse rebelado pérfidamente contra mí la tierra, tienda yo mi brazo contra ella y la quebrante el sustento del pan, y mande sobre ella el hambre, y extermine en ella hombres y animales, aunque hubieran estado en ella estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia hubieran salvado su vida, dice el Señor, Yahvé". Lo mismo viene a repetir en 14,20, donde declara mejor que no salvarían a "un hijo ni una hija; por su propia justicia escaparían ellos y salvarían la propia vida". Aquí se pondera la justicia de Daniel, junto con la de Noé y Job, la cual, sin embargo, no sería suficiente para obtener gracia en favor del pueblo rebelde y condenado ya en el tribunal de la justicia divina a la pena del cautiverio. No podemos rehuir aquí la impresión de que este Daniel es un personaje antiguo, famoso por su justicia, como Noé y Job, Más adelante el mismo Ezequiel vuelve a mencionar a Daniel en un discurso al príncipe de Tiro, el cual, en su soberbia, se había atrevido a decir: "Yo soy un dios, habito en la morada de Dios, en el corazón de los mares". "Y siendo tú un hombre, no un dios, igualaste tu corazón al corazón de Dios, creyéndote más sabio que Daniel, a quien ningún secreto se le ocultaba" (28,2s.). Aquí se nos vuelve a hablar de Daniel como conocedor de los secretos divinos y, por tanto, un gran amigo de Dios; pero también un personaje antiguo y famoso.

Los documentos hallados no hace mucho tiempo en Fenicia nos dan a conocer a un cierto Daniel o Danel, y se discute sobre su identificación con el de Ezequiel. No es éste el lugar propio para discutir el problema, sobre el cual no están concordes los doctos.

Y con esto pasamos al libro bíblico de Daniel, donde largamente se habla de Daniel, como un personaje a quien se revelan los secretos de Dios, como el de Ezequiel (28,2s.). Esto nos lleva a recordar cómo en la literatura seudoepigráfica del Antiguo Testamento, igual que en los apócrifos del mismo, los verdaderos autores de los libros recurren a los personajes antiguos, tales como Enoc, Moisés, Salomón, Esdras, Baruc, etc., etc., a quienes hacen hablar o los consideran como los verdaderos autores de las obras. Es éste un artificio literario de todos conocido y que por esto a nadie engañaba ni engaña.

El libro de Daniel es una obra llena de misterios, no precisamente misterios divinos, sino literarios e históricos, que ofrecen a los doctos materia de largos estudios, de múltiples hipótesis, sin que hasta el presente se haya llegado a soluciones claras. Entre los mismos expositores católicos se da como probable que el libro de Daniel es una obra apocalíptica y que el autor que aquí figura no sería el Daniel antiguo, cuyo nombre tomaría un escritor posterior, que habla al pueblo para instruirle en la doctrina de la Ley y para alentarle, con la próxima llegada del Mesías, a sufrir la persecución suscitada por Antíoco IV Epifanes, rey de Siria y primer perseguidor de la religión mosaica. Hay, pues, en el libro dos partes, una histórica y la otra profética; la primera parenética, que nos ofrece en Daniel y sus compañeros otros tantos modelos de la fidelidad a la Ley, y la segunda profética, que en diversas visiones de Daniel nos anuncia la próxima venida del Mesías. En las dos se contiene todo cuanto podemos saber de la vida de Daniel.

Por el libro de los Reyes conocemos dos deportaciones de Judá a Babilonia: la una al principio del reinado de Jeconías, el año 598, y la otra al fin del reinado de Sedecías, en 587, que fue la definitiva. Pero en el mismo libro de los Reyes se cuenta que el rey Joaquim había estado sujeto a Nabucodonosor durante tres años; pero que luego se rebeló contra él. "Entonces mandó Yahvé contra Joaquim tropas caldeas, sirias, moabitas y amonitas, y las envió contra Judá para destruirle, según la palabra que Yahvé había pronunciado por sus siervos los profetas" (2 Reg. 24,2ss.). Aquí no se habla de deportación, pero nada tendría de extraño que a la invasión acompañara también la deportación de algunas partes de la población y con ella la de Daniel y sus compañeros.

La introducción histórica del libro de Daniel nos presenta a los cuatro jóvenes celosos de la observancia de la Ley. El rey quiere aumentar el personal de su corte con algunos jóvenes de los deportados de Judá. Y el jefe del personal de palacio recibe orden de tratarlos de modo que resulten unos buenos mozos. Además, deben ser instruidos en la sabiduría caldea, de suerte que nada les falte para que hagan en la corte un papel lucido. Pero los jóvenes, llevados de su amor a la Ley, temen quebrantar los preceptos divinos comiendo cosas prohibidas, y así ruegan y obtienen que los dejen pasar con legumbres y agua. Y, en efecto, con este tratamiento, que Dios bendice, los jóvenes hombres aparecen los más lucidos de todos los de su clase. Con esto vino a corresponder el progreso en las letras y ciencias en que se los instruía. Llegado el tiempo de su presentación al rey, éste los encontró muy de su agrado, por encima de todos los de su clase. Indudablemente que Dios había premiado el amor de aquellos jóvenes por la Ley divina.

Pronto llega el momento de la prueba. El rey tiene una visión, pero se le olvida su contenido. Sólo una cosa retiene, el hecho de la visión y que ésta debe ser muy importante. El monarca hace venir a todos los sabios de la corte, a los sacerdotes, cuya ciencia consistía en conocer el sentido de los sueños. Pero en el caso presente, como en el del Faraón, la ciencia caldea, tan famosa en el mundo antiguo, se declara impotente para resolver el problema que se le presenta. El rey insiste y hasta amenaza, pero nada saca con ello. Al fin se presenta Daniel, uno de los cuatro jóvenes hebreos, el cual empieza por excusar la ignorancia de sus compañeros y confesar que la ciencia de la profecía es un don de Dios. Luego trae a la memoria de Nabucodonosor el sueño olvidado y a la vez le declara su sentido. Es el sueño de la estatua, que concuerda con las visiones que luego vendrán. En todas aparece la sucesión de los imperios que aparecerán en Oriente: el caldeo, representado por el mismo Nabucodonosor; el persa, el macedonio y el seléucida o sirio, fuerte, porque será el perseguidor del pueblo escogido, pero débil por las divisiones y guerras civiles, que acabarán con él. Finalmente vendrá el reino que no será destruido jamás y que no pasará a otro pueblo, mas permanecerá para siempre. El relato se cierra con dos cosas: la glorificación de Dios por Nabucodonosor y la exaltación de Daniel y sus compañeros, que reciben así el premio de su amor por la Ley.

Un segundo episodio nos lo ofrece la loca pretensión del rey, que quiere ser adorado en una estatua colosal. El autor sagrado nos ofrece aquí una imagen de la soberbia del rey, que acaba por rendirse a la gloria del Dios de Israel. En medio del inmenso campo de Dura se levanta la estatua: todos los vasallos de Nabucodonosor se postran ante ella; sólo se niegan a rendirle adoración los tres compañeros de Daniel, a quienes, a ruegos de Daniel, había el rey constituido sobre la provincia de Babilonia (2,49). La negativa vendrá a constituir un crimen de lesa majestad, que sólo se expía con la muerte. Pero entonces aparece el milagro. En medio del fuego un ángel protege a los tres jóvenes y se hace patente el poder del Dios verdadero. Resultado final: que Nabucodonosor, que antes quería ser adorado como dios, ahora se rinde con toda su corte a reconocer al Dios de Israel, y más todavía: que todo hombre que hable mal del Dios de aquellos jóvenes será descuartizado y su casa convertida en un muladar. Resultado del episodio: la glorificación de Dios por el rey y la de sus fieles siervos, entre los cuales no aparece Daniel, pero que, sin duda, está oculto en la escena.

Un nuevo episodio, en el que aparece de nuevo Daniel como profeta, en el cual está el espíritu del Dios santo. Es la visión del árbol frondoso, que es derribado, pero que renace de nuevo, y es el castigo de aquel rey, que antes quiso igualarse con Dios y a quien Dios abatió hasta que reconoció su bajeza y la soberanía de Dios.

El largo reinado de Nabucodonosor terminó, y va a terminar también el reino de Babilonia bajo el cetro de un príncipe llamado Baltasar. La crónica babilónica nos cuenta cómo fue ocupada la gran ciudad, sin derramar una gota de sangre, por el ejército de los persas mandado por un general caldeo. La crónica no se mete en más detalles. Pero el profeta nos cuenta el banquete suntuoso y hasta sacrílego de Baltasar y de su corte, y las tres palabras misteriosas que aparecieron escritas en la pared. Como en casos anteriores, acude la ciencia caldea a descifrar aquellas palabras misteriosas, pero tiene que confesar su impotencia. Entonces se presenta Daniel, a quien se revelan los secretos de Dios, y éste de plano declara el misterio, que aquélla misma noche se cumplirá; aunque todavía queda lugar para la glorificación de Daniel y en Daniel la del Dios verdadero, que le revela sus secretos.

El imperio pasa de los caldeos a los persas o, según la afirmación del profeta, a Darío, rey de los medos, lo que constituye uno de los problemas más difíciles que presenta el libro de Daniel. Este, que en el imperio de Nabucodonosor había ocupado un alto puesto en la corte caldea, vino a ser en el nuevo imperio uno de los personajes más altos de la jerarquía imperial. Que esto despertara envidias nada tiene de particular, teniendo en cuenta, sobre todo, que Daniel era extraño a la raza imperante. El modo empleado para perderle es de lo más singular. Los enemigos de Daniel proponen al rey Darío la publicación de un decreto en que se prohíba hacer petición alguna a hombre o dios, fuera del rey Darío. Y sólo Daniel no respeta tal decreto, pues, según su costumbre, continúa haciendo su oración a Dios tres veces al día. El rey se ve forzado a condenar a Daniel al foso de los leones, los cuales le respetan, dando lugar a que el rey glorifique a Daniel como a siervo de Dios y por un decreto ordene que todos en su reino teman al Dios de Daniel. Los acusadores de Daniel fueron arrojados al foso de los leones y devorados por éstos.
A estos episodios proféticos de la vida de Daniel siguen las cuatro visiones proféticas, en que se reproduce el plan de la visión de la estatua. Con diferentes detalles las visiones nos ofrecen la serie de los imperios orientales desde el caldeo al seléucida, perseguidor, con Antíoco IV, del pueblo de Dios. A este cuarto imperio sucederá el mesiánico, no inmediatamente. sino a la distancia que Dios conoce.

Tal es el resumen de la parte semítica del libro de Daniel, al cual se añade un apéndice en lengua griega, en que se cuenta la intervención del joven Daniel en el episodio de Susana, que salva a los inocentes y condena a los culpables. Es de notar aquí el cuadro que se nos ofrece de la casa de Joaquim, y de la vida del pueblo, que goza de autonomía hasta para aplicar la pena de muerte. Con esto "Daniel se hizo famoso en el pueblo".

Otros dos episodios de distinto carácter vienen a ser una sátira contra la idolatría caldea, como tantas que leemos en los profetas: la de los manjares presentados al dios Bel, que Daniel demuestra eran consumidos por los sacerdotes y sus familiares; la muerte dada al dragón, que los caldeos veneraban como a una divinidad, y que Daniel prueba que no hay tal divinidad. Este atrevimiento de Daniel le trae, como en otro caso, ser condenado a los leones, de los que la mano de Dios le libra, dando esto lugar a una nueva glorificación del Dios de Daniel, a quien un decreto del rey ordena a todos sus vasallos que le teman como verdadero salvador y obrador de maravillas en la tierra.

El autor sagrado, más que la vida de Daniel, lo que se propone es la glorificación de Dios por los reyes de Caldea y de Persia. Y esta glorificación, más que de la realidad histórica de las cosas que se cuentan, recibe su fuerza de la autoridad del profeta que nos lo cuenta, el cual sería un profeta apocalíptico, a juicio de muchos. Del juicio que sobre este problema se forme dependerá la historia del profeta Daniel. La exégesis futura logrará poner más en claro lo que al presente se halla para nosotros bastante obscuro.

ALBERTO COLUNGA, O. P.

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