

Casi no tuvo tiempo de formarse, ya que a los quince años ya tomó las armas y hubo de luchar en defensa de su patria contra los franceses... Unas veces tiene victorias y otras derrotas. Son cosas del oficio.
Las enseñanzas cristianas que inculcó su buena madre en su alma no las olvidó jamás, pero la vida militar le sedujo desde un principio y se descaminó como tantos otros compañeros de armas entregándose a una vida que decía muy poco con los principios que de su buena madre había recibido. El cielo le había adornado con muchas cualidades: simpatía, bondad, caballerosidad y por ello arrastraba tras sí a muchos amigos. Tenía un defecto que le costó mucho durante toda su vida arrancarlo de su corazón: era la ira, la cólera, el genio fuerte que en tantas ocasiones le traicionaba... Los malos amigos le llevaron por malos caminos.
Su buena madre y hermanos le rogaban abandonase aquellas compañías y que entrase por las sendas del bien... Como no estaba dispuesto a oír la voz de los hombres, fue Dios quien vino en su ayuda y para ello se sirvió de una derrota militar.
Emiliano fue encargado como jefe de defender la plaza fuerte de Castelnuovo, cerca de Treviso... pero por fin fue derrotado y hecho prisionero a pesar de su arrojo y valentía. Durante el tiempo del cautiverio tuvo mucho tiempo para pensar en Dios, en cuanto había aprendido desde niño, en el más allá y también en lo que sería la plenitud de su vida: los pobres. Para estar seguro de su cambio de vida y de que aquellas luces que recibía del Señor no eran meras alucinaciones, sino gracia de lo alto, acudió, con filial confianza, a la Virgen María, recordando su consagración a Ella que le había hecho su madre desde niño. Lloró en la prisión sus pecados y dijo a María: "Madre, pide perdón a vuestro Hijo de todos mis pecados y concédemela gracia de mostrarme cuál es el camino que debo seguir para serle fiel a Él y a Vos"... Todavía no había acabado su oración cuando se le apareció la Santísima Virgen María entre gran resplandor y consolándole le bendijo, le soltó las cadenas que le tenían atado y le entregó las llaves de la cárcel para que abandonara aquel lugar y se dirigiera adonde Ella le mostraría...
Marchó a Venecia y se entregó al cuidado de los niños huérfanos y a atender a todos los necesitados que encontraba... Recorrió varias comarcas de Italia: Somasca, Bérgamo, Brescia, Venecia, Verona... siempre tratando de imitar al Divino Samaritano. Para continuar su obra fundó los Clérigos Regulares Somascos o Siervos de los Pobres que fueron aprobados enseguida por el Papa Pablo III y elevados al rango de Orden religiosa por el Papa San Pío V en 1567.
La vida de San Emiliano está totalmente entregada al servicio de los más pobres y necesitados. Todos encuentran ayuda de su parte: Los huérfanos, las viudas, los abandonados, los encarcelados... para todos es como un verdadero padre. El tiempo que le queda libre lo dedica a la predicación y a enardecer en el amor a Jesús y a María a cuantos le siguen y escuchan. Obraba muchos prodigios el Señor por su medio. Corre la voz de que cura enfermos, multiplica los alimentos, evita catástrofes... Todos acuden a él en busca de ayuda y protección. Él los encamina hacia el Sagrario y al altar de la Virgen María... Lleno de méritos parte para la eternidad, a la edad de 56 años, el 1537.
REFLEXIÓN
En el martirio de esta santa doncella vemos cumplida aquella palabra del Señor que dijo: «Vine a separar el hijo de su padre y la hija de su madre, porque siendo tan contraria la santidad del Evangelio a la impiedad de la antigua superstición, era imposible que en una misma familia viviesen en paz cristianos e idólatras. Estos infieles, a falta de verdad, echaban mano de 1a fuerza y violencia contra los fieles de Cristo, como se ve en el martirio de nuestra santa. Y ¿de dónde nacen ahora las persecuciones que padecen los buenos católicos de los impíos, sino de la enemistad irreconciliable de la impiedad con la fe y del vicio con la virtud?
ORACIÓN
Suplicámoste, Señor, que nos alcances el perdón de nuestros pecados por la intercesión de la bienaventurada virgen y mártir Margarita, que tanto te agradó por el mérito de su castidad y por la manifestación de tu soberana fortaleza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
San Aurelio tuvo que hacer frente a dos herejías: la de los donatistas, que tocaba ya a su fin, y la de los pelagianos, que apenas comenzaba. Durante los treinta y siete años que gobernó la sede, San Aurelio convocó numerosos sínodos provinciales y concilios plenarios de los obispos africanos para resolver ésos y otros problemas. Los sínodos y los viajes absorbían de tal modo al santo, que se vio obligado a delegar el ministerio de la predicación a los presbíteros de mayores cualidades, lo cual era entonces desacostumbrado en la Iglesia.
San Aurelio era íntimo amigo de San Agustín y, cuando aquél se quejó de que muchos monjes, so pretexto de vida contemplativa, eran simples holgazanes, Agustín escribió un tratado "Sobre el trabajo de los monjes" para tratar de mejorar la situación. San Fulgencio de Ruspe, obispo africano de la siguiente generación, escribió en términos muy encomiásticos acerca de San Aurelio, como lo hizo también el erudito español Pablo Orosio.
Ver Acta Sanctorum, octubre, vol. IX, pp. 852-860. Los bolandistas conmemoran a San Aurelio en agosto porque no conocieron un calendario cartaginés del siglo VI, que dice lo siguiente: "El 20 de julio, la sepultura de San Aurelio, Obispo." No existe ninguna biografía propiamente dicha del santo, escrita por sus contemporáneos; pero se encuentran numerosas alusiones a él en las cartas de San Agustín y en los documentos conciliares, etc. Véase Hefele-Leclerq, Conciles, vol. II, pte. I; y Bardenhewer, Geschichte der altkirchlichen Literatur, vol. IV, pp. 524-525.


lías, que era de origen árabe, se educó en un monasterio de Egipto. El año 457, el patriarca monofisita de Alejandría, Timoteo el Gato, le expulsó del país por su fidelidad a la causa católica. Elías se trasladó entonces a Palestina y se refugió en la "laura" de San Eutimio. Más tarde, fundó una comunidad en Jericó y recibió la ordenación sacerdotal. El año 449, fue elegido patriarca de Jerusalén. Por aquella época, debió conocer al monje sirio Flaviano, quien había sido enviado por su patriarca como legado a la corte imperial de Constantinopla y le había sucedido en la sede de Antioquía el año 498.
El año 482, el emperador Zenón publicó un documento, llamado "el Henótikon", que tenía por objeto zanjar la controversia entre los católicos y los monofisitas. Roma condenó dicho documento porque favorecía a los monofisitas, de suerte que el edicto imperial se convirtió en una nueva fuente de cisma y disensión en el oriente. Tanto Flaviano como Elías aceptaron el "Henótikon" y procedieron ambiguamente en otros puntos; pero ambos eran profundamente católicos y acabaron por ser expulsados de sus respectivas sedes por haberse negado a secundar al emperador en su política de apoyo a los monofisitas.
San Flaviano murió desterrado en Petra, en Arabia. San Elías falleció en Aila, todavía más al sur en la costa del Mar Rojo, acompañado por su amigo San Sabas. A pesar de que habían aceptado el "Henótikon", Baronio incluyó a los dos patriarcas en el Martirologio Romano. Los católicos del rito sirio celebran su fiesta el 18 de febrero.
Las principales fuentes sobre los hechos son los escritos de Evagrio y Teófanes. Ver Acta Sanctorum, julio, vol. II. Hay que reconocer que la conducta de ambos patriarcas ha sido muy criticada; como ejemplo de esto, citaremos los artículos a ellos consagrados en DCB., vol. II, pp. 84 ss., y 533 ss.
ació el profeta en la Transjordania, hacia el año 900 a. de J. C. Es decir, ya consumada la división del pueblo escogido en dos reinos: al norte, el reino de Israel, con capital en Samaria; al sur, el reino de Judá, con capital en Jerusalén. Mientras el profeta crece ignorado, la situación política y religiosa del reino del Norte se va perfilando. El heredero del trono, Ajab, se ha casado con la hija del rey fenicio Itobaal. El matrimonio ha conseguido paz y buenas relaciones comerciales con los navegantes fenicios; pero ha traído una reina extranjera, devota servidora de los dioses fenicios, Jezabel.Mujer dominadora y sin escrúpulos, sabe empujar al marido o actuar por cuenta propia. Cuando el rey fracasa en su intento de comprar la viña de Nabot, Jezabel levanta una calumnia contra Nabot, le hace asesinar con apariencia legal y entrega triunfante la viña a su marido. Y lo mismo que elimina a un rico provinciano persigue a muerte a los profetas de Yahvé. Sólo se salva un centenar, porque el mayordomo del rey, Abdias, los esconde en cavernas y los alimenta durante la época de máximo peligro. Entre los profetas de Yahvé uno lleva un nombre significativo: "Eliyahu" o sea: "Yahvé es mi Dios". Elías se salva en un retiro de su región natal y en una ciudad fenicia llamada Sarepta.
Hasta que le llegó el momento de actuar. Elías había predicho unos años de sequía como castigo por las idolatrías; el hambre arreciaba en Samaria cuando reapareció Elías, profeta del castigo y mediador de la conversión.
El rey se encontró con Elías y le dijo: "¿Eres tú, ruina de Israel?" "No arruino yo a Israel, sino tú y tu familia, porque habéis abandonado la ley de Yahvé y servís a los baales. Pero ahora congrégame todo Israel en el monte Carmelo, y también a los 450 profetas de Baal que comen a la mesa de Jezabel".
Convocó Ajab a los hijos de Israel y congregó a los profetas en el monte Carmelo. Acercóse Elías al pueblo y le dijo: "¿Hasta cuándo estaréis cojeando a dos muletas? Si Yahvé es el Dios, seguidle; si es Baal, seguidle a él". El pueblo no respondió palabra. Dijo Elías: "Soy el único profeta de Yahvé que queda, mientras los profetas de Baal son 450. Que nos traigan dos novillos: que escojan ellos uno, lo despedacen, lo coloquen sobre la leña sin aplicar fuego; yo prepararé el otro sobre la leña sin aplicar fuego. Invocad después el nombre de vuestro dios, yo invocaré el nombre de Yahvé. Y el dios que conteste con fuego, ése es Dios". El pueblo respondió: "Está bien".
Tomaron los profetas el novillo, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal, de la mañana al mediodía, diciendo: "¡Oh Baal, respóndenos"; y no había voz ni había respuesta; y danzaban en torno al altar que habían hecho. Al mediodía se burlaba de ellos Elías diciendo: "Gritad con voz fuerte; dios es, pero está ocupado o atareado, o está de viaje, o duerme y se despertará". Y gritaban en voz alta, y se sajaban con espadas y lanzas, según su costumbre, hasta derramar sangre. Pasado el mediodía vaticinaban; pero no había voz, ni había respuesta, ni había atención.
Entonces Elías dijo al pueblo. "Acercaos". Y se acercaron. Restauró el altar de Yahvé e hizo una zanja de dos satos de capacidad en torno al altar. Amontonó la leña, despedazó el novillo, le colocó sobre la leña. Y dijo: "Llenad cuatro cántaros de agua y derramadla sobre la víctima y la leña". "Otra vez"; y lo repitieron. "Otra vez"; y lo hicieron tercera vez. El agua corría en torno al altar y llenaba la zanja. A la hora de la ofrenda vespertina Elías oró: "Yahvé, Dios de Abraham, Isaac e Israel; sépase hoy que tú eres el Dios de Israel, y yo tu siervo, que por tu orden he hecho esto. Respóndeme, Yahvé; respóndeme; sepa este pueblo que tú eres Yahvé, el Dios, que conviertes los corazones a Ti". Y cayó el fuego de Yahvé, devoró la víctima y la leña, las piedras y el polvo, y lamió las aguas de la zanja. Violo el pueblo, y cayó rostro a tierra diciendo: "Yahvé es Dios, Yahvé es Dios". Y dijo Elías: "Prended a los profetas de Baal, que no se salve ni uno"; y los prendieron. Elías los bajó al torrente Cisón y los mató allí.
El reino de Israel vive a caballo a ambos lados del Carmelo: al norte limita con Fenicia; al sur, con Judá. El pueblo claudicaba entre el dios de Fenicia y el Dios de Judá. El monte Carmelo ha sido arista de decisiones, plataforma del profeta Elías y escenario de la gloria de Yahvé. El pueblo se ha convertido, ya puede venir la lluvia. Y el Carmelo, monte que se adentra en el mar, atalaya las nubes en el horizonte.
Elías se encorvó a tierra, la cabeza entre las rodillas, y dijo a su criado: "Sube, observa en dirección al mar". Subió, observó y dijo: "No hay nada". "Vuelve siete veces". A la séptima retornó diciendo: "Una nube pequeña como la palma de la mano se levanta del mar". Díjole Elías: "Avisa a Ajab y dile. "Unce y baja, no te impida la lluvia". Y en esto se obscureció el cielo de nubes y viento, y cayó un aguacero.
Ante la victoria espectacular sobre el Carmelo y la matanza de los profetas de Baal, la reina no se rinde, sino declara guerra formal al profeta. Jezabel envió un mensajero a Elías: "Que los dioses me castiguen una y otra vez si mañana a estas horas no hago de tu vida lo que hiciste a uno de ellos". Temió él por su vida, se levantó, marchó, llegó a Beerseba y dejó a su criado allí.
El profeta, después de la gran victoria se siente derrotado, sin fuerzas para seguir luchando. Una fuerza ajena le impulsa hacia el desierto: lugar sacro de la revelación de Dios, de la alianza, noviciado del pueblo escogido. Elías apenas lo entiende, abatido de angustia mortal. "Caminó un día por el desierto, y se sentó bajo una retama, y deseó morir: "Basta, Yahvé; toma mi alma, que no soy mejor que mis padres". Se acostó y se durmió; mas he aquí que un ángel le tocó y le dijo: "Álzate, come". Miró bajo su cabecera y vio una torta y una vasija de agua. Comió, bebió y volvió a dormir. Tornó el ángel de Yahvé y le dijo: "Álzate, come, que es más fuerte que tú el camino". Se alzó, comió y bebió, y con la fuerza de tal comida caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el monte de Dios, Horeb.
Allí entró en una cueva, donde pasó la noche. Y he aquí la voz de Yahvé que le decía: "Sal y ponte en la montaña ante Yahvé" —he aquí que Yahvé pasaba—. Vino un viento potente, impetuoso, que rompía montes y quebraba peñascos, y no estaba Yahvé en el viento. Tras el viento un terremoto, y no estaba Yahvé en el terremoto. Tras el terremoto un fuego, y no estaba Yahvé en el fuego. Tras el fuego, la voz callada de la brisa. Al oírla Elías se cubrió el rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la gruta. La voz le dijo: "¿Qué haces aquí, Elías?" "Sentí celo ardiente por Yahvé Sabaot, porque los hijos de Israel te han abandonado, han derribado tus altares y han pasado a cuchillo a tus profetas; he quedado yo solo, y buscan mi vida para quitármela". Díjole Yahvé: —Vete, torna por tu camino; ungirás a Hazael por rey de Siria, a Yehu por rey de Israel, a Eliseo como profeta y sucesor tuyo. El que escape de la espada de Hazael lo matará Yehu; el que escape de la mano de Yehu lo matará Eliseo; y perdonaré en Israel a siete mil: las rodillas que no se doblaron ante Baal, las bocas que no le adoraron".
La tarea que resta a Elías es traspasar poderes a su sucesor y desaparecer. Está maduro para el rapto final.
Se ha corrido una voz entre los gremios de profetas, se susurra a media voz. Se lo dicen al discípulo predilecto y sucesor. "Elíseo, ¿sabes que hoy se llevará Yahvé a tu señor?" "Silencio, que ya lo sé." Elías intenta despachar a su discípulo, y éste no lo consiente: "Por Yahvé y por tu vida, que no te abandonaré".
Un grupo de cincuenta profetas los vieron acercarse al Jordán, golpear las aguas con el manto enrollado y pasar a pie enjuto. Quedaron solos, al otro lado, prontos para las últimas confidencias. "Eliseo, ¿qué quieres que haga por ti, antes de ser arrebatado?" "Dame los dos tercios de tu espíritu (hazme tu heredero)." "Difícil petición; si me vieres en el rapto, lo obtendrás; si no me vieres, no se hará."
Mientras iban caminando y hablando, un carro de fuego con caballos de fuego los separó, y Elías subió en un torbellino al cielo.
Al llegar el Mesías el espíritu de Elías baja para precederle: no dos tercios, sino el espíritu entero pasa a Juan el Bautista. Y Juan precede al Mesías con el espíritu y el poder de Elías. Los judíos preguntan a Juan: "¿Eres tú el Cristo?"; él responde: "No lo soy" "¿Eres tú Elías?"; responde. "No lo soy". "¿Pues quién eres?" "Soy el que prepara los caminos del Señor." No es Elías en carne, sino en espíritu. También fue arrebatado Juan, víctima del rey perverso.
Un día escogió Jesús a tres apóstoles para manifestarles su gloria. "Se transfiguró ante ellos: su rostro brilló como el sol, sus vestidos eran blancos como la luz. Y aparecieron Moisés y Elías, que hablaban con Él."
Los dos grandes profetas peregrinos del Sinaí se han dado cita en el Tabor para saludar al Mesías ya llegado. Y así han quedado los dos, en el ábside de la basílica del Tabor; inmóviles en piedra de mosaico sobre el tabernáculo, siempre presentes en espíritu ante su Señor.
LUIS ALONSO SCHOECKEL, S. I








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