- San Pedro Canisio, Confesor y Doctor
- Nuestra Señora de Montserrat, Patrona de Cataluña
- San Antimio, Obispo y Mártir
- San Toribio de Mogrovejo, Obispo y Confesor
- San Pedro Armengol, Mártir
- Santa Zita, Patrona del Servicio Doméstico
- San Esteban de Pechersky
- San Floribertode Lieja
- Beato Jacobo de Biteto
- Beato Antonio de Siena,
- Beata Osanna de Cattaro
- Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
Confesor y Doctor de la Iglesia
Al decir de sus biógrafos era Peter Kanis un joven de carácter irritable, pendenciero, vanidoso y terco. Todo ello indicaba a las claras que no había nacido santo; sin embargo, podría llegar a serlo, ayudado por la gracia divina. Al menos tenía un hermoso fondo y unas nobles inclinaciones. Se dice que sus aficiones de niño eran construir altares y púlpitos para decir misa y predicar ante sus compañeros.
La Providencia le juntó en Maguncia con el jesuíta Pedro Fabro en el verano de 1543. No debió suponerse el jesuíta que con sus Ejercicios espirituales iba a conquistarse para la naciente Compañía de Jesús a aquel joven alegre y vanidoso. La verdad es que en esos Ejercicios se decidió su vocación a santo y su ingreso en la Compañía. Desde entonces su nombre de Kanis se trocará en Canisio.
Tenía el nuevo hijo de Ignacio de Loyola en su haber una profunda formación religiosa heredada de sus padres. El mismo cuenta en sus Confesiones que su madre, Egidia Houweningen, a la hora de la muerte, reunió junto al lecho a todos sus hijos, a los que pidió siguieran firmes en la fe que de continuo les había inculcado. Esta escena quedó profundamente grabada en la imaginación infantil de Pedro y quiso seguir fiel a los ruegos de su madre.
Su padre era el alcalde de Nimega. Allí nació Pedro Canisio el 8 de mayo de 1521, el año preciso en que Lutero rompió definitivamente con Roma. Oriundo de familia rica y cristiana, pudo llevar, desde los primeros momentos, una educación esmerada y religiosa. Después de hechos en su ciudad natal los estudios elementales pasó, a los catorce años, a la universidad de Colonia para cursar en ella los estudios superiores. Hubo un momento de vacilación en su vida. Y hasta pareció que iba a destruir todos los gérmenes de la buena educación recibida. Las diversiones le atraían más que los libros y su nombre llegó a ser sobradamente conocido en todas las tabernas de Colonia. En esos momentos se presenta como ángel del cielo en su camino la figura del santo sacerdote Nicolás Esche, bajo cuya dirección su vida se orientó decidida y definitivamente por los caminos de la ascética, con una profunda tendencia afectiva al estilo de San Buenaventura. Frecuenta asimismo los contactos fructíferos con los cartujos Surio, el hagiógrafo, y Lagnspergio, el asceta.
En 1540 obtuvo el grado de maestro en artes, y en 1545 el título de bachiller en teología. Desde entonces se dedica por entero a la actividad apostólica, enseña Sagrada Escritura en la Universidad, predica y escribe. En 1546 fue ordenado sacerdote.
Carácter batallador, muy pronto se le ofreció ocasión de poner a prueba su celo religioso cuando los católicos de Colonia se pronunciaron contra su obispo caído en la herejía. Las varias actuaciones del Santo, comisionado por la Universidad y por el clero de la ciudad, tuvieron como remate la deposición del obispo apóstata.
Muy pronto pasó al concilio de Trento como teólogo de Otón de Truchsess, cardenal de Augsburgo. Allí formó, con los españoles Laínez y Salmerón, el magnífico triunvirato de la Compañía en el Concilio. Desde Roma se interesaba Ignacio de Loyola por tener a su lado a este su primer discípulo alemán y algún tiempo después pudo recibir personalmente su profesión solemne en 1549.
Con esto y con el doctorado en teología por la universidad de Bolonia, obtenido ese mismo año, estaba ya preparado Canisio para presentarse en su patria como el paladín de la causa católica. Comprendió San Ignacio que ése era el verdadero campo de acción de su nuevo discípulo y se determinó a mandarle a su patria. El bagaje intelectual de Canisio iba firmemente asentado sobre los pilares de una sólida piedad y de una filial devoción a la Iglesia de Roma.
De regreso en su patria, encamina sus trabajos todos a dar firmeza de convicciones a la fe de aquellos pueblos que aún seguían siendo fieles al Pontífice Romano. Acude a todas partes y, cuando personalmente no puede hacerlo, lo hace con cartas que hoy constituyen para nosotros un testimonio vivo de los males del momento. A través de esa correspondencia con sus superiores, con los obispos y con los príncipes seglares nos es dado ver perfectamente el estado de postración en que vivía el cristianismo alemán en aquellos críticos días y las llagas morales y el desconcierto religioso que corroían a aquellos pueblos donde el Santo actuaba con tesón y denuedo. Las universidades estaban llenas de una juventud desenfrenada y falta de amor a los estudios. Los maestros estaban influidos por los errores del protestantismo y daban plena tolerancia a la divulgación de los mismos. Así había llegado el pueblo a un estado de negligencia y abandono en las prácticas religiosas y a despreciar, incluso, a la autoridad de la Iglesia y a sus legítimos pastores.
A todo este conjunto de males sociales servíale de contrafondo una profunda ignorancia religiosa en el pueblo y en gran parte del mismo clero. Las vocaciones eclesiásticas habían mermado de una manera que resultaba alarmante. Contra este cúmulo de males venía a estrellarse, casi impotente, la tenacidad y buena voluntad de los prelados y sacerdotes ejemplares, que todavía seguían laborando, llenos de celo y de entusiasmo, por el triunfo de la causa católica.
En medio de este ambiente así enrarecido moviase San Pedro Canisio intrépidamente durante muchos años. Las dificultades no le arredraban; más bien podría decirse que ante ellas se agigantaba. Perfecto conocedor de todos los males que carcomían la sociedad de su tiempo, acometió el acabar con todos ellos con una voluntad de hierro. Inició sus trabajos en la universidad de Ingolstadt, donde transcurrió su vida durante treinta años a partir de 1549. El primer número de su programa fue la buena formación de la buena juventud estudiantil; por eso comenzó fundando colegios que llegarían a ser los centros irradiadores de sus ideas de acción reformadora. La universidad de Ingolstadt (en días no lejanos dique infranqueable contra los avances del protestantismo), había comenzado a decaer visiblemente en los estudios y en la disciplina. El Santo llora esta postración: "Los estudios teológicos, que ahora principalmente debieran florecer, están decaídos", escribe. Lucha por la restauración de la teología escolástica como por una cosa de importancia suma. "No debemos dejar en olvido tampoco la parte de la teología llamada escolástica. Tan necesaria la juzgamos en este nuestro tiempo, que sin ella no podríamos suficientemente discernir ni desbaratar los sofismas de los herejes."
Desde 1549 a, 1552 él mismo enseña teología en la Universidad, de la que llegó, incluso, a ser rector. Este puesto, si bien delicado por más de un concepto, poníale en unas condiciones inmejorables para llevar a feliz termino su obra restauradora.
Lograda ya la reforma en esta universidad, pasa el Santo a la de Viena en 1552, imbuido del mismo, espíritu reformador. Más de una vez tuvo que verse frente a sus enemigos, a los que siempre logró dominar con sus dotes de polemista formidable y temible. Atacaba sin miramientos la herejía, si bien, al hacerlo, obraba sin rencor ni animosidad hacia la persona del descarriado. Era más abundante en razones que en palabras, y sus fórmulas, precisas y exactas, llevaban como distintivo un ne quid nimis de sobriedad que no exacerbaba a nadie. Era ésta su norma, la que más tarde, en 1557, daba por escrito a un amigo suyo: "Lo que todo el mundo ama y busca es la moderación unida a la gravedad del lenguaje y a la fuerza de los argumentos. Abramos los ojos a los descarriados, pero sin causarles irritación".
Su celo apostólico iba siempre acompañado de una delicadeza y de una caridad sumas y de una íntima convicción que dimanaba de su santidad. Sabía él muy bien que, en aquellos momentos de relajación de los vínculos morales la única fuerza era la persuasión y el convencimiento de las gentes. Y no es que careciera de energía, puesta de manifiesto siempre que se vio en la necesidad de actuar contra los protestantes en las Dietas del Imperio. En más de una ocasión resultaron dolorosas las mordeduras de aquel canis austriacus, como le motejaban sus enemigos jugando con su nombre de pila: Kanis.
El nombramiento de provincial de todas las casas de la Compañía en Alemania vino a darle una categoría que repercutió beneficiosamente en su obra. En el transcurso de estos años florecen los colegios de Ingolstadt, Praga, Munich, Insbruck, Tréveris, Maguncia, Dillingen y Espira.
Pero el celo de Canisio no se podía parar en una clase de hombres. Anhelaba elevar el nivel moral de todo el pueblo cristiano, sin distinción de clases. A sus dotes personales quería unir el apoyo de los príncipes y el de los obispos, y lo busca con visitas y, cuando éstas no le son posibles, con cartas. En 1555 escribía a un consejero del duque Alberto de Baviera: "Nuestros príncipes católicos deben desterrar las herejías, suprimir los errores de los maestros, acallar las discordias en las Universidades, reconocer al Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia para que podamos ver, como remate de todo ello, restaurada la paz en las Iglesias".
Pedro Canisio vive ahora los momentos culminantes de su vida apostólica. Sus actividades se multiplican para gloria de Dios. Predica y da misiones lo mismo en las grandes ciudades que en las iglesias de los pueblos que encuentra en su camino. Su oratoria, encendida sonó en las grandes catedrales del Imperio: en Viena, Praga, Ratisbona, Worms, Colonia, Estrasburgo, Osnabruck, Augsburgo... Llevado de su espíritu divinamente inquieto, acudía a todas partes con una rapidez que recuerda el espíritu alado de un Juan de Capistrano o de un Bernardino de Siena. Así paseó Austria, Baviera, Alsacia, Suabia, el Tirol, Polonia, Suiza. Al mismo tiempo actúa como consejero y director de príncipes; lucha valientemente corno campeón del catolicismo en las Dietas del Imperio, adonde es llamado para ocupar relevantes puestos; hace de nuncio apostólico y, sobre todo, trabaja como publicista eximio e infatigable. Todas estas modalidades de su vida llevan como denominador común el afán de oponer a los avances del protestantismo un dique a base de una verdadera reforma católica.
Al propio tiempo que predicaba enseñaba también el catecismo. Era ésta una de sus actividades predilectas, convencido de que nada valdrían sus sermones si no iban acompañados de una sólida instrucción religiosa. Para facilitar esta enseñanza publicó en 1554 una Suma de la doctrina cristiana, que llegaría a ser, a un mismo tiempo, suma teológica para la juventud universitaria, manual de pastoral para los sacerdotes y catecismo para el pueblo y para los niños. De ahí las tres diferentes redacciones que le dio él mismo, según el público a quien, iba destinada. Juntábanse en esta obra todas las cualidades de un excelente pedagogo: orden y claridad en la exposición, con una esmerada exactitud y precisión en los conceptos. Las ediciones se multiplicaron rapidísimamente y en breve llegó a estar traducida esta obra a todos los idiomas. Con ella lograba Canisio, después de no pocas demoras y dificultades, poner en práctica el deseo del emperador Ferdinando de tener en sus Estados un manual católico para oponerlo a los muchos de protestantes que circulaban en ellos.
Pedro Canisio, lleno de inquietudes, seguía moviéndose y viajando. Como provincial pasó a Roma para la elección de nuevo general de su Orden. Desde Roma marchó a la Dieta de Piotrkow, en Polonia, como teólogo consejero del nuncio Mentuati. De nuevo regresó a Alemania, donde encontró en unas circunstancias delicadas las relaciones del emperador con el papa Paulo IV, hombre inflexible en sus determinaciones. A ello habían contribuido grandemente las intrigas de los protestantes en ausencia de Canisio. El tacto con que éste llevó aquel asunto dio pronto como resultado que en la Dieta de Augsburgo quedaran anudadas aquellas relaciones un tanto rotas. Años más tarde volvió a Roma (1565), y es entonces cuando el papa Pío IV le nombra nuncio apostólico con la comisión de promulgar y hacer cumplir los decretos del concilio de Trento. Esta comisión le obliga a recorrer, una vez más las principales ciudades del Imperio. El trabajo se acrecentaba día a día, hasta el punto que la viña evangélica iba resultando demasiado extensa para los pocos buenos operarios que iban quedando, Piensa entonces Canisio en aumentarlos y surge en su mente la idea de los seminarios para la formación de buenos sacerdotes, "Sin buenos seminarios jamás podrán los obispos lograr el remedio de los males presentes", escribía en 1585 a su general Aquaviva. A los pocos años esta idea era una florecida realidad por todas partes.
Trabajaba por elevar el nivel cultural del clero de Alemania y, al mismo tiempo, por restituir a su prístina pureza la disciplina y la piedad religiosas para asentar sobre ellas, como sobre firmísimos pilares, una nueva generación de sacerdotes celosos y santos en su patria. Para ello, una de sus primeras intenciones era poner al alcance de todos las obras maestras de la teología católica. Con estas miras editó, entre otras, las de San Cirilo de Alejandría, las de San León Magno y las del franciscano español fray Andrés de Vega.
Nunca pensó Canisio en la enseñanza de cosas nuevas; su doctrina es la tradicional en la lglesia, adaptada a todos los públicos. Sus excelentes dotes pedagógicas brillan en sus famosos catecismos, que tanta importancia tuvieron en la instrucción del pueblo y en la reforma de la vida cristiana. Más que doctrinario era Canisio un hombre eminentemente Práctico, Por lo que no le interesaba una producción de tonos originales. Era en el terreno de las costumbres donde fallaba principalmente la sociedad de su tiempo. Por otra parte, en el terreno doctrinal ya estaban los errores protestantes suficientemente derrotados con las obras maestras del cardenal Juan Fisher, de Clícthove, de Alberto Pighius y del franciscano español fray Alfonso de Castro.
Para oponerse eficazmente a la propaganda de los errores protestantes, San Pedro Canisio desplegó una actividad portentosa como polemista y propagandista de las doctrinas católicas. Esta modalidad perfila su fisonomía espiritual. Desde sus años jóvenes fue ésta una de sus ocupaciones más asiduas. Y tenía dotes especiales para ello. Una de las ocasiones más solemnes se la ofreció la Dieta de Worins del año 1557, donde el Santo se vio frente a Melanchton, corifeo de los protestantes. Una de las cosas que más dolor le causaron fue el tener que verse en lucha contra sus mismos compatriotas y contra las reclamaciones de su misma sangre. En sus cartas asoma, de continuo, un deseo de amplia conciliación sin claudicaciones, Si era grande su amor a Alemania era muy superior en él la devoción que había aprendido a Roma de los labios hispanos de Ignacio de Loyola. Ese amor a Roma triunfa por encima de todo y, para defenderlo, Canisio consagró su vida a escribir y editar obras propias y ajenas. Trabajó con las editoriales para que publicaran libros católicos. Incluso logró crear en Augsburgo una serie de editoriales católicas. En todo momento animó a sus súbditos a escribir obras en defensa de la fe y hasta llegó a proponer la fundación, dentro de su Orden, de una Sociedad de escritores dedicados a escribir obras de controversia y de refutación de las herejías. En lo más intenso de su campiña Pío V le encargó, en 1557, la refutación de los Centuriadores de Magdeburgo. Para poder hacerlo mejor el Santo pide el relevo en su oficio de provincial y se retira al colegio de Dillingen. Dos tomos llegó a ver publicados, pero no quiso la Providencia que la obra llegara a estar terminada. Naturalmente, los hombres se gastan y Canisio había dado ya ricos frutos durante su larga vida.
En 1580 pasó a Suiza, donde pudo consagrarse a una intensa vida de piedad, dejando así aflorar su primera formación y la verdadera inclinación mística de su vida. Enseña ahora catecismo a los niños, como en sus mejores tiempos, instruye a los pobres y a los obreros, visita a los enfermos y encarcelados, funda escuelas y congregaciones al mismo tiempo que escribe obras de piedad. Lo importante para Pedro Canisio era no estar quieto ni un momento.
La muerte le cogió en Friburgo trabajando y rezando aquel día 21 de diciembre de 1597. Acababa de rezar con sus hermanos religiosos el rosario, su devoción favorita, cuando exclamó "¡Vedla; ahí está, ahí está!" Allí estaba, efectivamente, la Virgen para llevárselo al cielo.
Desde ese momento la fama de Canisio se agiganta por los muchos milagros que vienen a dar testimonio de su santidad, En 1625 se tramita en Friburgo el proceso de su beatificación. Se tramitaba ya en Roma cuando llegó la supresión de la Compañía de Jesús. Por fin, el 24 de junio de 1864 le beatificó Pío IX y el 21 de mayo de 1925 Pío XI remató la corona de su gloria al elevarle a la categoría de los santos, al mismo tiempo que adornaba su nombre con el título de Doctor universal de la Iglesia y le declaraba Patrono de todas las organizaciones de estudiantes católicos de Alemania.
El mismo día: Santo Toribio de Mogrovejo, Obispo y Confesor

La sensación que se produce al ponerse en contacto con esta figura excepcional de la historia eclesiástica es de auténtico asombro. Resulta increíble lo que, sin embargo, está maravillosamente documentado. Santo Toribio de Mogrovejo puede muy bien parangonarse, sin temor alguno, con las más egregias figuras de la historia eclesiástica universal. No es una impresión nuestra exclusivamente. Hace años que un especialista en historia eclesiástica de los más famosos, el padre Leturia, escribía así. "Nada de cuanto hasta ahora he manejado en el Archivo de Indias me ha impresionado más vivamente que este ilustre metropolitano, gloria del clero español del siglo XVI, quien por su apostolado directo e infatigable en las doctrinas de indios, por su legislación canónico-misional en los concilios de Lima, por sus relaciones y contiendas de subidísimo valor histórico y misional con las grandes Ordenes evangelizadoras; por la firme, digna y confiada majestad con que se opuso a ciertas rigideces centralistas de su insigne admirador y protector el monarca Felipe II, y, sobre todo, por su afán indomable y eficaz en mantener —por encima de los virreyes y del Consejo de Indias— el contacto inmediato y constante con la Santa Sede, proyecta en la historia de las misiones americanas su múltiple y prócer silueta, digna de coronar... el mismo Archivo de Indias de Sevilla". Como ha escrito el señor arzobispo de Valladolid: la epopeya homérica de los conquistadores halla un paralelo digno, y aun superior por sus fines y objetivos espirituales, en la labor inmensa del gran arzobispo. A él se debe en grandísima parte la rápida y profunda cristianización de la América española, y el éxito de su apostolado, y el florecimiento de sus maravillosas "doctrinas" de indios, la exuberancia del clero y de catequistas durante su fecundo pontificado, explican la supervivencia del espíritu y de la vida cristiana en aquellas dilatadas regiones, a pesar de las posteriores crisis y de la tremenda escasez actual de operarios evangélicos".
Sin embargo, triste es tener que reconocerlo, Santo Toribio continúa siendo prácticamente para la gran masa de los fieles, incluso españoles y americanos, un desconocido. Y hasta entre los mismos historiadores pesa más el tópico consabido de quienes dieron pie a la leyenda negra que la labor maravillosa realizada por este arzobispo, el mejor de los regalos que España hizo a su América.
Pasemos casi sobre ascuas por su niñez y juventud. Nacido en Mayorga, en las montañas de León, ya en las estribaciones de los Picos de Europa santanderinos, en noviembre de 1538, su niñez fue la que correspondía a un muchacho de casa hidalga en aquellos tiempos. Hasta los doce o trece años estudia en el mismo Mayorga. Después marcha a Valladolid, donde hace sus estudios de humanidades, lo que hoy llamaríamos bachillerato, y los de derecho. Son los años de 1550 a 1560. En 1562 le encontramos ya en Salamanca, donde había de permanecer largo tiempo, hasta 1573. Hay, sin embargo, un paréntesis significativo: su tío, Juan de Mogrovejo, que luego había de morir canónigo de la catedral de Salamanca, le llamó junto a sí a Coimbra, donde él se encontraba entonces de profesor, y juntos tío y sobrino prepararon para la imprenta, durante los años 1564-1566, las lecciones de don Juan. Es el más extenso de los autógrafos de Santo Toribio que conservamos: cuatrocientos cincuenta y un folios de escritura preciosa y limpísima. No parece, sin embargo, que llegara a matricularse como alumno oficial en Coimbra. En cambio nos consta históricamente que en septiembre de 1568 acudió a Santiago de Compostela en peregrinación a pie, y aprovechó esta peregrinación para graduarse en aquella Universidad. Por aquel tiempo la economía familiar tuvo un serio revés y Toribio se vio en la triste necesidad de ir enajenando, para ir viviendo, parte de la espléndida biblioteca que de su tío Juan había heredado. Se le ofreció ocasión de opositar a una beca en el Colegio Mayor del Salvador de Oviedo. Hizo las oposiciones, triunfó con limpieza y brillantez, y continuó sus estudios con vistas al doctorado en derecho. Otros eran los planes de la divina Providencia, y Toribio no llegaría nunca a graduarse de doctor.
Eso sí, nos consta de toda su vida de estudiante la admirable santidad que ya entonces presentó. Cuando, después de su muerte, el Colegio Mayor de Oviedo se dirigía a Su Santidad el Papa pidiendo la beatificación, diría: "Todavía rezuman las paredes, después de tantos años, el suavísimo olor de santidad de que esta casa quedó como consagrada con la vida en ella de este alumno divino". Y los testimonios de sus antiguos compañeros de colegio le acompañarían también en el mismo proceso de beatificación, proclamando el concepto de rectitud y de absoluta limpieza de vida en que entonces se le tuvo. Parece cierto que pensó en retirarse a la Orden cisterciense. Y no es improbable que la misma Santísima Virgen y San Bernardo intervinieran de manera milagrosa para enderezar sus pasos por otro camino. Al menos en el Museo Provincial de Salamanca se conserva algún testimonio arqueológico que parece indicarlo.
Recibido en el Colegio Mayor el 3 de febrero de 1571, llega de manera imprevista, en una noche de diciembre de 1573, su nombramiento como inquisidor de Granada. Inmediatamente comienzan los trámites, no pequeños, para incorporarse a tan importante destino, y en agosto de 1574 le encontramos ya tomando posesión e incorporado a sus difíciles tareas. Conservamos las actas de las reuniones de los inquisidores y los resultados de una visita, que, como correspondía a su cargo, hizo por diversos pueblos de la región granadina. Por lo que puede apreciarse su prestigio debía de ser extraordinario, cuando tan joven se le dio un puesto de esta importancia, y el mismo Consejo Supremo le trató siempre con una consideración que incluso no se encuentra en sus relaciones con inquisidores mucho más antiguos y avezados.
Por lo que podemos conjeturar sus planes eran enteramente modestos. Simple tonsurado, como lo fue toda su vida su tío el canónigo y tantos otros letrados eclesiásticos de aquel tiempo, Toribio no parece que llegara a pensar en pasar a Indias o en llegar a difíciles cargos de gobierno eclesiástico. Pero otros eran los planes de Dios. El mismo antiguo colegial de San Salvador de Oviedo, don Diego de Zúñiga, que había conseguido su nombramiento para la Inquisición granadina, logró ahora que el rey le presentará para la más importante de las sedes de Indias: el arzobispado de la ciudad de los Reyes, que hoy llamamos Lima. Y, en efecto, Felipe II accedió a solicitar del Papa que fuera nombrado para ese cargo aquel joven inquisidor, de treinta y nueve años de edad, que aún no había recibido ni una sola de las Ordenes menores. En junio de 1578 fue la elección. Tras mil vacilaciones y angustias, en agosto acepta. Pero antes era necesario que, al menos, fuera subdiácono para que se pudiera proceder al nombramiento. Y aquí tenemos a un arzobispo electo recibiendo, por sus tiempos, de una en una, sin querer dispensa, las diversas órdenes menores. Se hace la presentación oficial, el proceso de idoneidad, y, por fin, el 9 y 16 de marzo el nombramiento consistorial. El arzobispo, ya nombrado, recibe el diaconado y el presbiterado, realiza un viaje a su pueblo natal y a la corte, y por fin, en agosto de 1580, sin que sepamos la fecha exacta, ni el nombre del consagrante, ni ningún otro detalle (cosa muy curiosa, pero no rara en aquellos tiempos), recibe la consagración episcopal en Sevilla y se dispone a pasar a las Indias. Aún no había cumplido sus cuarenta y dos años.
"La desmembración actual en pequeñas repúblicas nos aleja del concepto unitario de aquella primera organización política de sus reinos en los virreinatos del Perú para el Sur y de Méjico para el Norte", ha escrito muy justamente Rodríguez Valencia. Entonces era Lima la más importante de las metrópolis de América, como cabeza de jurisdicción en lo civil y en lo eclesiástico, puesto que la provincia eclesiástica comprendía casi todos los obispados del Continente hasta Nicaragua. "Los obispos comprovinciales —decía el Cabildo de Lima a Felipe II— tienen por ley lo que se hace en el arzobispado de Lima." Y la influencia religiosa y misional de Lima rebasaba incluso los mismos límites del virreinato, extendiéndose al Brasil, a Filipinas y en parte también a Méjico. Lima era, por otra parte, una ciudad hermosa: "Parece otro Madrid", escribía el virrey don García Hurtado de Mendoza. Ciudad cortesana a la europea, con su Universidad de San Marcos, con su Cabildo catedral, con sus hospitales y su puerto de El Callao.
A Lima, pues, llega el 11 de mayo de 1581 el nuevo arzobispo. Y la ciudad le recibía con extraordinaria pompa y esplendor. Era una ceremonia prácticamente nueva para los limeños, pues la anterior entrada episcopal había tenido lugar hacía cuarenta años, en los comienzos del desarrollo urbano de la población. Cuando, rendido por el trabajo de aquel larguísimo viaje desde la Península, primero por mar y después por tierra, y de las interminables ceremonias de la entrada, terminaba don Toribio de cenar, dio orden a su paje de que le llamara muy de mañana al día siguiente. "Y ¿ha de ser esto así, siendo tanta la fatiga?", dijo su hermana doña Grimanesa. "Sí, hermana —contestó el Santo—, hemos de empezar a trabajar muy de mañana, que no es nuestro el tiempo."
El duelo que iba a establecerse no era el duelo individual de un santo frente a un mundo. Contaba ya con unos principios de evangelización y una organización eclesiástica; contaba con el apoyo eficiente del Patronato español, con amplia generosidad de medios; contaba con su propia preparación jurídica, muy completa, y contaba con un grupo excepcional de colaboradores. Allí está, junto a él, su cuñado don Francisco de Quiñones, que con tal lealtad le ha de servir a lo largo de los años, dando muestras de heroica fidelidad; está Sancho Dávila, su fidelísimo compañero desde los tiempos de Granada, que tantas noticias de su vida nos había de proporcionar; está don Antonio Valcázar, espléndido colaborador en materias jurídicas y pastorales, y el padre Acosta, y todos los jesuitas, que tanto le ayudaron. Y, sobre todo, su hermana doña Grimanesa. Es ella la que alzará su voz contra el exceso en las limosnas ("Andad presto —dirá el arzobispo a unos pobres a quienes ha dado su mejor camisa—, mirad que no venga mi hermana"), quien urgirá que cuide algo de su salud, quien atenderá a las cosas materiales de aquella casa. Así, rodeado de un equipo excepcional, acomete su tarea.
Tarea ciclópea. En primer lugar como legislador. Sus tres concilios y sus diez sínodos diocesanos suponen el planteamiento legislativo de toda la organización eclesiástica de la América del Sur. Durante siglos, hasta el concilio plenario de América latina que se tendrá en Roma a principios del siglo XX, América se regirá por las leyes que ha dado Santo Toribio. No importa que el Patronato ponga estorbos a la celebración de los concilios, como estaba mandado. El cumplirá la ley y allá los señores del Consejo de Indias si impiden que los concilios no lleguen a promulgarse. Pero su éxito más fabuloso será el del primero de los concilios que reúne. Es algo increíble: unos obispos que se pelean durante meses, que se envuelven en una maraña de pleitos... saben, sin embargo sobreponerse, que así eran los hombres de aquella época, a todas esas miserias humanas y de proceder de común acuerdo a la hora de dictar las leyes eclesiásticas. El arzobispo pasa por las mayores humillaciones. Casi se lee hoy con lágrimas en los ojos la historia de aquellos días. Pero no le importa. Lo sufre todo a trueque de sacar adelante aquellas leyes que introducían, con fuerza y decisión, la reforma tridentina en las tierras de América.
El concilio se tuvo, y con el apoyo del rey, y con la aprobación de Roma, se aplicó inflexiblemente. A los pocos años un clero reformado emprendía una tarea pastoral maravillosa. El arzobispo, incansablemente, superaría nuevas cimas, y al final de su vida la fisonomía de la diócesis limeña y de la provincia eclesiástica habría cambiado por completo. Sólo Dios sabe a trueque de cuántas Iágrimas, dificultades y disgustos.
Pero no bastaba dictar leyes. La experiencia estaba hecha. Su antecesor, Loaysa, había legislado también admirablemente y sus leyes habían quedado incumplidas. Santo Toribio quiso hacer más y ponerse en contacto inmediato con las duras realidades.
Y empezó su gigantesca visita. En una geografía atormentada, que iba desde las más deliciosas planicies hasta las cumbres de los Andes, sin caminos unas veces, las más, a pie, y otras en mula, soportando una diferencia de clima que ponía a prueba la salud de los más robustos, Santo Toribio recorrió aproximadamente cuarenta mil kilómetros. Nótese bien, cuarenta mil kilómetros de aguas y nieves, de súbitas crecidas, de los ríos, de caminos jamás transitados, llegando hasta tribus que jamás habían visto un español, cuanto menos un obispo. Al final de su vida en un cálculo exacto —pues, anticipándose a las tendencias de ahora, Santo Toribio llevó siempre cuenta rigurosa de lo que llamaríamos hoy datos de sociología religiosa— Santo Toribio pudo calcular que había administrado el sacramento de la confirmación a ochocientas mil almas. La mayor parte de su pontificado. transcurre en las doctrinas, en contacto con los indios y con sus párrocos. En este sentido su testimonio acerca de las cosas de aquellas tierras es excepcional. Unicamente un virrey, Toledo, que había cesado en su cargo al iniciar Santo Toribio el pontificado, hizo algo parecido, pero no en esta medida. El material de sus libros de visita, inconcebiblemente menospreciado por muchos historiadores, nos dice algo más e infinitamente más cierto y más seguro que las fantasías de otros muchos que escribieron sobre las Indias.
Es emocionante el anecdotario de la visita. Pero también inagotable. Jamás dejó de visitar a un solo indio, por pobre y alejado que estuviera. Baste un ejemplo por el que nos podemos hacer idea de lo que era aquello. Se les había hecho de noche en la margen del río. Decidió acampar y esperar la normalidad de las aguas al día siguiente, pues el río había subido de repente. Los demás lo habían atravesado ya. Quedaron con él sus dos capellanes y el negro Domingo que le servía. No había para cenar sino un pan que llevaba el negro. El prelado lo partió en cuatro partes, para los cuatro comensales, y, con un poco de agua del río hicieron su cena. Rezó sus horas canónicas y se acostó al sereno. No habían descansado hora y media cuando sobrevino un aguacero muy terrible que duró hasta el amanecer y no les dejó conciliar el sueño. Al llegar el día el río continuaba crecido. Rodeado por la cuesta sin caminos ni posibilidad de cabalgadura. Llegaron al pueblo por el puente del río a las ocho de la mañana. Sin desayunar se dirigió a la iglesia, hizo oración y predicó a los indios. Oyó misa y volvió a predicar durante ella. Se puso a confirmar y terminó a más de las dos de la tarde. A eso de las tres se sentaba a comer, "bien cansado y trabajado". Preguntó al doctrinero si faltaba alguno por confirmar. El padre, que conocía de lo que era capaz, respondió con evasivas. El arzobispo insistió y el religioso no tuvo más remedio que declararle que a un cuarto de legua había un indio enfermo. El arzobispo se levantó de la mesa y fue allá. Llevaron el pontifical. El indio estaba en un altillo "que si no era con una escalera no pudieran subir". Consoló al indio, le instruyó y le confirmó con la misma solemnidad pontifical que si se tratara de un millón de personas. Volvió a comer. Y encargó mucho al cura dominico que cuidase de él, le consolase y mimase, y le dejó una limosna. Se sentó a comer a las seis de la tarde. "Bendito sea Dios que se ha confirmado este indio —decía—, y no irá ya por mi cuenta a morirse sin este sacramento."
Ocasión hubo en que Dios selló con milagros un celo tan extraordinario. Así, por ejemplo, cuando hizo lo que entonces llamaban "una entrada hasta rincones a los que no había llegado jamás ningún español. Era tierra de infieles caribes y le salieron al encuentro cantidad de ellos con sus armas. Y Su Señoría les habló de manera que se arrojaron a sus pies y le besaron la ropa". Sus acompañantes testificaron el milagro: el intérprete que llevaba no les entendía, pero el arzobispo "miró al cielo diciendo: "Dejad, que yo los entiendo", y volvió a hablarles en la lengua española, que en su vida habían oído, y en latín, del Santo Evangelio, y fue entendido de todos. Ellos, a su vez, le respondieron en su lengua, entendiéndoles el arzobispo, con que se verificó este milagro, aunque el lo quiso ocultar por su mucha virtud y santidad".
Su gran amor fueron los indios y los negros. Por ellos padeció persecución, y bien recia, en tiempos de don García de Mendoza. En favor de ellos luchó con tenacidad para que se les admitiera a la Eucaristía. No es posible recoger los mil rasgos que de él se conservan en este aspecto. Les predicaba, se detenía con ellos en la calle, les invitaba a su mesa, les trataba con un cariño paternal, les recibía a cualquier hora. Es una epopeya emocionante de amor, entrega y afecto. Refugiémonos una vez más en la anécdota:
Ocurrió que entre la servidumbre de su casa arzobispal enfermó de gravedad un negro bozal de su caballeriza. A las dos de la madrugada entró un sacerdote a confesarle, y se retiraba ya a descansar. El arzobispo, que apenas dormía, le vio desde su ventana y le preguntó el objeto de su visita a estas horas. El sacerdote le explicó el caso y cómo lo había confesado ya. El arzobispo dijo era conveniente administrarle el viático. El sacerdote respondió que el negro era demasiado bozal e incapaz de recibirlo. Insistió el arzobispo que le instruyese y le hiciera capaz, y sin esperar más bajó de su habitación y se fue con el cura a la del enfermo; se sentó en la cama y, con palabras de consuelo y de ternura, comenzó a instruirle. Consiguió que el negro distinguiese suficientemente el pan eucarístico; levantó a los de su casa, limpiaron la habitación, entró en la catedral, sonaron las campanas, y bajo palio, con algunas personas que acudieron al toque de campanas, el sacerdote portó el viático seguido del arzobispo. Recibió el negro la comunión, volvió el arzobispo a la catedral acompañando al Señor. Reservado el sacramento, el prelado fue de nuevo a la habitación del negro para consolarle, supo que no estaba confirmado, pidió el pontifical y le administró la confirmación. Le exhortó a que pidiese la extremaunción. Lo hizo el negro. Se la administró el arzobispo y en estos ministerios llegó el alba. Inmediatamente el arzobispo emprendió su jornada ordinaria.
Esto no es más que una anécdota. Como éstas conservamos a millares. A cuál más edificante. Como edificantes sus relaciones con el clero secular, sus luchas por sacar adelante el seminario, su amor y veneración hacia las Ordenes religiosas, su firmeza y su sentido profundo de respeto hacia la autoridad civil. No hay lugar a recogerlo todo. Durante cinco años interminables recibió un trato durísimo por parte del rey, que inexplicablemente, se fiaba de las relaciones que enviaba don García Hurtado de Mendoza, quien en alguna ocasión no retrocedió ante la misma calumnia. Mucho tuvo que sufrir, hasta lo increíble. Nos consta, sin embargo, que jamás salió de sus labios una queja, sino, antes al contrario, tuvo explicaciones para todo. "No será como dice", decía siempre que en su presencia murmuraba alguno. Y cuando, con ocasión de un memorial en el que se le denunciaba por haber atacado el Patronato, la reprensión del rey llegó a extremos realmente increíbles, la contestación de él tiene una dignidad y un estilo que transparentan por completo la santidad: "No sé —dice— con qué conciencia pudo persona alguna hacer relación a Vuestra Majestad... tan siniestra y contraria a la verdad... Tendrá su conciencia gravada y onerada para poder satisfacer a la buena fama y opinión y honra de la persona del prelado y dignidad pontifical que se tenía en estas partes... Su Divina Majestad tenga misericordia de él, y le perdone y atraiga a conocimiento de su yerro, maldad y pecado, y a que satisfaga enteramente como está obligado... Dios Nuestro Señor que tenga en su mano, y me dé fuerzas para trabajar en esta viña y poder descargar la conciencia de todos, no queriendo otro premio sino a Él".
Aun hablando humanamente, y prescindiendo del aspecto sobrenatural, Santo Toribio fue un hombre realmente excepcional. Su salud, que sólo por milagro pudo resistir la increíble austeridad de vida y aquellos trabajos interminables; su inteligencia prócer, que se proyecta en la claridad extraordinaria de todos sus escritos; su estilo literario, de impresionante majestad; su propio dominio, aun en las circunstancias más difíciles, le elevan a una altura inconmensurable.
Murió como correspondía a un luchador de su talla: en pleno combate. Se sintió enfermo, y continuó, sin embargo, la visita. Le pedían y le suplicaban sus acompañantes que se cuidara un poco. Fue todo en vano. Continuó trabajando hasta el último momento. Había llegado a Saña medio muerto, con ánimo de consagrar allí los óleos. Le derribó la fiebre; y con todo, por rigor de ayuno del tiempo (era Semana Santa.), "no comió carne hasta tres o cuatro días antes de morir, por mandato del médico, lo cual fue mucha parte para apresurar su muerte, por no haberse dejado regalar estando enfermo". Allí, lejos de su iglesia catedral, rodeado de sus indios amadísimos y de los sacerdotes que habían concurrido para la consagración de los óleos, murió el día de Jueves Santo de 1606.
Su cabildo catedral tomó sobre sí, con fidelidad admirable, el trabajar por conseguir la beatificación. En 1679 se lograba. Y en 1726 era canonizado. Cuando, a principios del siglo XX, se reunía el concilio plenario de América latina, los obispos reunidos en Roma con esta ocasión habían de pedir con insistencia que él fuera su modelo. "Prelado santísimo —decían en las aclamaciones que se cantaron en la solemne sesión de despedida—, intercede por nosotros para que nuestros trabajos sinodales produzcan fruto sempiterno." Al fin y al cabo los mismos prelados acababan ya de llamarle "ejemplar de todos los obispos de América latina y ornamento espléndido de aquella santa Iglesia".
LAMBERTO DE ECHEVERRÍA.

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