- San Pablo de la Cruz, Confesor
- San Vidal, Mártir
- San Luis María Grignon de Montfort, Confesor
- San Prudencio, Obispo y Confesor
- Santa Valeria, Mártir
- San Vital, Mártir
- San Cirilo de Turov
- San Dídimo, Mártir (Con Teodora)
- San Pánfilo de Sulmona
- Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
Pablo Danei, el futuro San Pablo de la Cruz, nació en Ovada el 3 de enero de 1694. Después de haber pasado la juventud en los lares paternos ayudando a su padre en el comercio, a los veintiséis años inició una vida de total entrega a Dios, vistiendo el hábito de la futura Congregación de los pasionistas en la forma que le había mostrado visiblemente la Virgen Dolorosa. Retirado durante cuarenta días en un oscuro tugurio de la iglesia parroquial de Castellazzo, entre la oración y la penitencia compuso las, primeras reglas.
Ordenado sacerdote en 1727 por Benedicto XIII, se estableció definitivamente en el Monte Argentario, en las cercanías de Orbetello (Toscana). En esta soledad maduró su vocación de apóstol de la Pasión, recibiendo de Dios luces e inspiraciones para la solución de los grandes problemas hacia los que debería orientar su vida y su obra.
Ante todo, San Pablo de la Cruz procuró plasmar esta vocación en sí mismo, transformándose en viva imagen de Jesús crucificado, identificándose con Él y convirtiendo su Pasión santísima en el principio regulador de su vida espiritual. La unión de su alma con Dios hasta alcanzar las más altas cimas de la mística no fue más que un efecto de la contemplación asidua de Jesús crucificado y de sus esfuerzos por reproducir hasta en su mismo cuerpo al Mártir del Gólgota.
Apartado de todo lo que hasta remotamente pudiera distraerle, pasaba los días y las noches en comunicación con su Dios. El altísimo espíritu de oración del apóstol del crucifijo, frecuentemente acompañado de fenómenos místicos, fue una de las gracias más señaladas con que Dios le favoreció.
En este ejercicio su conocimiento y su amor a Jesús crucificado alcanzaron tal grado de perfección, que hicieron de él uno de los santos que más profundamente han comprendido el misterio de la cruz.
Pero no se limitó a la contemplación de las penas del Redentor. Hambriento, según su expresión, de cruces y sufrimientos, intentó asemejarse a Jesús crucificado, imprimiendo en su inocente cuerpo las llagas del crucifijo. Convencido que Dios quería de él grandes penitencias, e influido por la educación materna y el ambiente de la época, se impuso un régimen de vida tan austero y penitente que hasta parece imposible que alguien pudiera soportarlo.
A las prolongadas vigilias, ayunos y abstinencias, a los cilicios, disciplinas y demás penas con que voluntariamente se mortificaba, debemos añadir las desolaciones y aflicciones de espíritu, las luchas y tentaciones del demonio, con que Dios mismo quiso purificarlo poniendo a prueba su virtud. El abandono de la cruz lo sufrió Pablo en su realidad más viva, y con tal prolongada y angustiosa sequedad, que pudo confesar no haber pasado durante cincuenta años un solo día sin estos sufrimientos y en casi continua aridez,
Todo ello no fue en manos de la Providencia más que un medio eficaz y poderoso para uniformar sus sentimientos a los de Jesús crucificado con un total abandono a la voluntad de Dios, tanto más meritorio cuanto tuvo que superar dificultades de todo género.
Dotado de un carácter jovial, abierto y sobremanera sensible, de trato ameno, exquisitamente social y delicado, sus austeras penitencias y las amarguras interiores de su espíritu en nada disminuyeron la amable suavidad de sus modales, que daban a su acción apostólica y a su gobierno un equilibrio constante y una armonía espiritual perfecta.
Pero San Pablo de la Cruz debía ser, además del santo contemplativo, el apóstol infatigable de los sufrimientos del Redentor. De importancia decisiva en la orientación espiritual de su vida fue la clara investidura recibida del cielo de recordar al mundo la memoria de la pasión y muerte de Jesús crucificado.
En su programa espiritual Pablo de la Cruz proponía a Cristo crucificado como el divino modelo de nuestra vida cristiana, de absoluto valor v de infinita fecundidad, y la meditación de sus sufrimientos como el medio más seguro y eficaz para una rápida transformación y elevación de las almas. Toda la espiritualidad del Santo se inspira en esta verdad inmutable y eterna anunciada por San Pedro: Cristo sufrió por nosotros para que sigamos sus, pisadas. La santidad que se inspira en la cruz es la más grande, la más genuina, la más preciosa, la deseada por Dios, segura y secreta en su maravilloso desarrollo. El supremo ideal del cristiano debe ser, según él, dedicar su vida a glorificar la locura de la cruz, y sumergirse en lo más profundo de este mar sin orillas, participando lo más posible de las penas del Redentor.
Para perpetuar en la Iglesia este su programa de renovación y progreso espiritual, ideó la Congregación de los pasionistas. Fundando el primer convento, que él llamó "retiro", en 1737, obtuvo la aprobación solemne de la Congregación en 1769 y la cuarta aprobación de las reglas en 1775.
Estableciendo su Congregación sobre las bases austeras de un marcado espíritu de soledad, pobreza y oración, quiso que los religiosos pasionistas fuesen con su palabra y su ejemplo auténticos apóstoles de Jesús crucificado, obligándose con voto particular a propagar la devoción a sus dolores. El emblema que el pasionista lleva sobre el pecho debe recordarle a él y a los demás que no hay medio más seguro de salvación y santificación que la pasión de Cristo bien grabada en el corazón. En 1771, con la inauguración del primer monasterio femenino, completó su acción como fundador. Las monjas pasionistas serán, en la soledad de sus claustros, el complemento y la savia fecunda que alimentará el apostolado de sus religiosos.
Combinó con el gobierno de la familia religiosa su actividad apostólica, trazando el camino y constituyéndose en el primer misionero de la Congregación. Durante más de cuarenta años recorrió especialmente las ciudades y pueblos de Toscana y Lazio, predicando misiones y dando ejercicios espirituales. El paso del padre Pablo suscitaba un entusiasmo incontenible en el pueblo cristiano, granjeándose la admiración y veneración no sólo de los fieles, sino también de los sacerdotes, obispos, cardenales y hasta de los mismos Romanos Pontífices.
La misión predicada en 1769 en la basílica de Santa María del Trastévere, en el centro de la cristiandad, por orden del mismo Clemente XIV, fue el coronamiento glorioso de una vida que se había consumido por la salud eterna de sus hermanos redimidos con la sangre divina.
Como en la soledad del "retiro" su única ocupación era la contemplación de su Amor Crucificado, durante las misiones se dedicaba con un ardor y empeño tal al apostolado, que terminaba completamente extenuado de fuerzas.
La elocuencia del Santo era ardiente, viva, rica de afectividad, que a veces se manifestaba en sollozos y gemidos, como la del amante que se ve imposibilitado de manifestar lo que siente en su corazón.
Alimentando su dinamismo apostólico en la contemplación de las llagas del Redentor, el argumento central de la misión era la pasión de Jesucristo. Cuando San Pablo de la Cruz hablaba de los sufrimientos del Hijo de Dios, se transformaba visiblemente, haciendo descripciones tan patéticas, tan llenas de fuerza y colorido que el auditorio, profundamente impresionado, prorrumpía con frecuencia en llanto y gritos de perdón y misericordia.
Si, por una parte, su espíritu apostólico era fuego abrasador e impetuoso que deseaba destruir hasta la raíz misma del pecado si le fuera posible, por otra se hacía dulce y suave abriendo las puertas a la más consoladora esperanza, haciendo ver que la muerte del Redentor es un acto de misericordia infinita hacia los pecadores y una garantía del perdón aun a los más obstinados.
La intención del Santo en sus misiones no era solamente la conversión del pecador. Los sufrimientos de Jesús crucificado debían inducirle al arrepentimiento, pero no debía limitarse a sólo eso su eficacia: debían producir la perseverancia en el bien y la consecución de todas las virtudes cristianas.
Elemento esencial de su método apostólico era capacitar toda clase de personas a meditar por sí misma la pasión de Jesucristo, facilitando con el esfuerzo personal de cada uno la acción santificadora de la gracia. Para conseguirlo más fácilmente, al terminar sus ministerios buscaba alguna persona, con preferencia sacerdotes, que durante su ausencia siguiesen cultivando la devoción a la pasión de Jesucristo, dirigiendo la meditación todos los días por la mañana mientras se escuchaba la santa misa.
En tantos años de actividad apostólica cientos de almas de la más variada condición social y de formación cultural y espiritual más diversa, le escogieron por guía y maestro, alcanzando bajo su dirección firme y suave las más asombrosas ascensiones en las vías del espíritu.
Si bien el magisterio de San Pablo como director de almas fue principal y sustancialmente oral y apostólico, lo continuó y completó con sus cartas, llenas de tal sabiduría celestial y divina, que le colocan a la altura de uno de los mayores místicos de la hagiografía cristiana.
Para introducir un alma a la vida interior comenzaba por habituarla a la meditación de la Pasión. La oración, en general, y la meditación de la Pasión, en particular, la consideraba como la puerta de acceso a los secretos de la vida interior, del trato íntimo y amigable con Dios. Se proponía que el alma llegase a conseguir un profundo silencio interior en el que, con absoluta abstracción de las criaturas, sólo se oyese la voz de la Sangre del Cordero Inmaculado, que sube hasta el cielo pidiendo misericordia, o cae sobre las almas para purificarlas de sus imperfecciones y hermosearlas con el traje rozagante y perfumado de todas las virtudes.
El alma que bajo su dirección se daba a la vida interior debía ser acompañada del continuo recuerdo de las penas del Redentor. Con tal modelo y ejemplo debía morir a todo lo creado para nacer a nueva vida, donde Jesús crucificado sería su única riqueza y tesoro.
Estas enseñanzas las difundía San Pablo de la Cruz no sólo entre personas religiosas, sino que las inculcaba a las del mundo, convencido de que son incompatibles la vida mística y la contemplación más elevada con el ejercicio de las ocupaciones del propio estado.
Los últimos años, reducido a la inactividad por las enfermedades y los achaques de la vejez, fueron caracterizados por la veneración de los hombres, incluidos los Romanos Pontífices, y de grandes y extraordinarias gracias místicas por parte de Dios. Era como la anticipación del paraíso. Quien tanto se había asemejado a Jesús paciente merecía que aun en vida comenzase a gustar los frutos del triunfo de la cruz y a contemplar su gloria final.
El 18 de octubre de 1775 San Pablo de la Cruz terminaba su existencia recordando al mundo un mensaje siempre actual y de permanente vitalidad, como actual y vital es el objeto que lo constituye: transformarnos en otros Cristos crucificados para cooperar con Dios a la redención del mundo.
PAULINO ALONSO DE LA DOLOROSA, C. P.
El mismo día: San Luis María Grignon de Montfort
Es el apóstol por excelencia de la Santa Esclavitud de María, o de la Perfecta Consagración a la Santísima Virgen, según la fórmula por él popularizada: "Por María, con María, en María, para María".
Nació el 31 de enero de 1673 en Montfort (Bretaña francesa), no lejos de la ciudad de Rennes. Fueron sus padres Juan Bautista Grignon y Juana Robert de la Biceule. Bautizado con el nombre de Luis el 1 de febrero en la iglesia parroquial de San Juan, hizo su primera comunión en el vecino pueblo de Iffendic. El nombre de "María" le tomó en la confirmación.
Ocho años de estudios, hasta el primero de teología inclusive, en el colegio de los padres jesuitas de Rennes (1685-1693), donde fue congregante mariano y trabó amistad con sus compañeros Juan Bautista Blain y Claudio Poullart des Places; y otros ocho en París (1693-1700) completando los estudios de teología y preparándose para el sacerdocio a la sombra del seminario de San Sulpicio. El 5 de junio de 1700 era ordenado sacerdote, y poco después, en el altar de Nuestra Señora de San Sulpicio, que muchas veces, con cariño filial, había él adornado, decía su primera misa: "como un ángel”, en expresión de su amigo Blain.
Su gusto hubiera sido consagrarse a la evangelización de los infieles en las misiones extranjeras; pero su director, el señor Leschassier, que lo era de San Sulpicio, tenía otros planes. Los jansenistas de Nantes monopolizaban por entonces la enseñanza en aquella ciudad. Dueños de la Universidad, habían logrado, además, eliminar del Seminario Mayor a los sacerdotes de San Sulpicio. Para contrarrestar su influjo en el clero, un santo sacerdote, Rene Léveque, de la diócesis de Nantes, en unión con uno de los arcedianos de la misma, el señor Jonchéres, había fundado una asociación de celosos sacerdotes, que formaron la Comunidad de San Clemente, así llamada de la parroquia a que fueron adscritos. El señor Jonchéres se encargó del Seminario y el señor Lévéque de la Comunidad. Como auxiliar de este último, ya anciano, era enviado a Nantes Montfort. La estancia iba a ser para él durísima. En el Seminario, se había infiltrado el espíritu jansenista en la persona del profesor Lanoë-Menard, y, obligada a oír sus conferencias, se había contagiado también la Comunidad de San Clemente. Muy pronto se dio cuenta Montfort de aquel ambiente, irrespirable para un fervoroso hijo de la Iglesia romana.
Providencialmente Dios le sacó pronto de aquella casa, encaminándole a Poitiers, donde le esperaban no ligeras cruces, pero donde encontraría a la que años adelante, bajo su dirección, sería la fundadora de las Hijas de la Sabiduría, María Luisa Trichet, hija del primer magistrado de aquella ciudad. Nombrado capellán del hospital de Poitiers, por tres veces fue despedido malamente de él. En una de estas ocasiones se trasladó a París. Destrozado del viaje, hecho como siempre a pie, se acogió al hospital de La Salpêtriére, en el cual, escribía él, se encontró con 5.000 pobres enfermos. Apenas repuesto un poco, había comenzado a ejercitar allí el oficio de enfermero con la misma heroica abnegación que en Poitiers, cuando un día, al sentarse a la mesa, encontró bajo su cubierto una esquela en que se le despedía. Y allí quedaba sin asilo y sin pan en medio de la ciudad inmensa. El pan se lo dieron de limosna las benedictinas del Santísimo Sacramento, y, por fin, bajo una escalera en la calle del Pot-de-fer, halló un cuchitril donde cobijarse. En este rincón se cree que escribió su primer libro; El amor de la sabiduría eterna, y en este inmenso desamparo fue donde comenzó a planear la fundación de la Compañía de María, poniéndose al habla con su antiguo condiscípulo Poullart des Places.
Vocación definitiva de Montfort era la de misionero popular. En el mismo Poitiers dio ya con gran fruto cuatro o cinco misiones; pero, en vista de las dificultades que se le presentaban en aquella y en otras diócesis de Francia, pensó de nuevo en las misiones de ultramar, y con este intento se encaminó a Roma para pedir la bendición del Papa. El 6 de junio de 1706 era recibido en audiencia por Clemente XI, el debelador del renacido jansenismo, que le mandó quedarse en Francia. Para autorizar sus misiones le concedió el título de misionero apostólico.
En los diez años escasos que le quedan de vida Montfort misionará, primero en medio de grandes contrariedades, en las diócesis de Rennes (1706), de Saint Malo y de Saint Brieuc (1707-1708) y en la de Nantes (1708-1711). Sólo los cinco últimos años (1711-1716) trabajará con alguna tranquilidad en las diócesis de La Rochela y de Lujon, cuyos prelados no se habían doblegado al jansenismo. En estos últimos años, sobre todo, se esforzará por formar sus Congregaciones religiosas.
Una de las grandes tribulaciones de la primera etapa (1706-1711), tal vez la mayor de toda su vida, fue la demolición ordenada por Luis XIV, siniestramente informado, del grandioso Calvario de Pontchateau, en que, durante quince meses, dirigidos por Montfort, habían trabajado más de 20.000 obreros. Las misiones en las diócesis de La Rochela y de Luon fueron en conjunto triunfales, aunque no sin cruces: "Ninguna cruz: ¡que gran cruz!", solía decir el Santo.
En las afueras de La Rochela, y en una ermita llamada de San Eloy, fue donde compuso las Reglas de las Hijas de la Sabiduría, y también, según se cree, el tratado de la verdadera devoción. Allí, una vez más, sintió la necesidad de reclutar un escuadrón de sacerdotes que se dedicaran a misionar por los pueblos. Tal vez allí brotó de sus entrañas la llamada justamente oración abrasada.
Un viaje a París en el verano de 1713 buscando candidatos para la Compañía de María en el seminario fundado por su condiscípulo Poullart, y otro a Rouen, en el de 1714 para invitar a su amigo Blain, canónigo en aquella catedral, a que se le uniera en el proyecto de esta fundación. A la vuelta de este viaje se detuvo unos días en Nantes, en la casa de los "Incurables" por él fundada; y en Rennes, el último día de unos ejercicios hechos en su antiguo colegio, escribió la encendida carta a los amigos de la cruz.
Vuelto a La Rochela, se ocupó, sobre todo, en organizar las escuelas de caridad, y fue allí donde, llamadas por él, vinieron a encontrarle sus hijas, María Luisa Trichet y Catalina Brunet —otra joven vivaracha de Poitiers—, para ponerse al frente de las escuelas de niñas, que se llamarían Escuelas de la Sabiduría.
Pero se acercaba el fin de su vida —el había presentido y aun predicho que moriría antes de acabarse aquel año 1716—; y las fundaciones por que tanto había suspirado apenas estaban esbozadas. Había que alcanzar del cielo su desarrollo; y acudió a Nuestra Señora de Ardillers. Postrado a sus plantas se sintió escuchado. Ya podía morir.
Su última misión fue la de San Lorenzo de Sévre. Pudiera decirse que la muerte le asaltó en el púlpito, predicando el último día por la tarde ante su gran amigo el obispo de La Rochela. El 27 de abril, después de dictar su testamento en el que pedía que su corazón fuera enterrado bajo la tarima del altar de la Santísima Virgen, entregaba su espíritu al Señor. Tenía cuarenta y tres años y tres meses. No menos de 100.000 personas de la comarca acudieron a venerar los restos de su apóstol
Apenas ha podido entreverse por lo dicho aquí la eficacia extraordinaria de su palabra evangélica. Debíase esta eficacia, desde luego, a la gracia divina, que el Santo alcanzaba muy principalmente por intercesión de la Virgen Santísima. Junto con el crucifijo llevaba él siempre consigo una estatuita de Nuestra Señora, que instalaba en su habitación, en el confesonario, en el púlpito... en todas partes: Era la "Reina de los Corazones". A los ojos del pueblo, su vida penitente, su pobreza en el vestir, su espíritu de oración, su modestia constante, le conciliaban la veneración de todos. Venía sobre esto la predicación sabia y ardiente. Al mismo tiempo Montfort era maestro, en utilizar toda clase de recursos populares. Hasta siete procesiones, nos dice su contemporáneo Grandet, organizaba en cada misión. Especial solemnidad revestía la de la renovación de las promesas del bautismo. Otro elemento capital en todas sus misiones eran los cánticos. Son unos 24.000 los versos compuestos por él, que abarcan todos los temas usuales en las Misiones.
Nada podemos decir aquí del desarrollo que, por fin, han logrado sus fundaciones religiosas. En cuanto a sus libros, ya se indicó la difusión inmensa que han tenido El secreto de María y la Verdadera devoción. Esos y los demás pueden verse en la edición española de la B. A. C., vol. III (1954), donde se hallará, en la introducción, la bibliografía que puede desearse. El 22 de enero de 1888 el siervo de Dios fue beatificado por León XIII; y el 20 de julio de 1947 canonizado por Pío XII.


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